
Mono: “síndrome de abstinencia, necesidad, deseo apremiante o añoranza de algo” (DRAE).
Al fin, los sabios de la lengua española han incluido el sustantivo "mono" en el diccionario con su significado preciso. Menos mal, porque, después de seis días de ausencia para asistir a un curso de retiro, puedo decir, con todas las bendiciones académicas, que vuelvo al globo con mono.
Entro de un salto en la barquilla y compruebo que don Alfonso se ha superado a sí mismo con los supermicrovídeos. A mí no se me han caído dos lágrimas como a él, porque lamentablemente no puedo llorar desde que me rompí la calavera hace muchos años, pero me he emocionado igual.
Ahora debería resumir en pocas palabras el curso de retiro que acabo de terminar, pero el asunto es peliagudo: tengo la agenda llena de notas y la cabeza abarrotada de ideas y de emociones que no sería discreto transcribir. Sin embargo me sitúo frente al teclado y me viene a la imaginación una imagen: la sonrisa del sacerdote que predicaba. Eso es. Basta con que hable de esa sonrisa.
Hay sonrisas melancólicas, serviles, educadas, protocolarias, tristes, embusteras, insolentes, cínicas, publicitarias, de político en campaña, de vendedor de enciclopedias, de gracioso insoportable o de pistolero a sueldo; pero la de don Miguel Ángel no era de éstas; él se reía en serio, quiero decir en broma, o sea de verdad. Estaba contento y contagiaba optimismo y esperanza a los que le oíamos, también cuando hablaba de los temas más profundos y graves de la existencia humana: el pecado, la muerte, las verdades eternas. Creo que nos ha ayudado a rezar sin dejar de reír y a reír sin dejar de rezar.
Supongo que si se entera de que estoy escribiendo sobre él, se le borrará la sonrisa de la cara y sentirá deseos de estrangularme; pero este globo es un diario y algo tengo que contar.
Sólo una cosa más: ¿Cuántos años han pasado desde que hicisteis el último curso de retiro? Os aseguro que vale la pena escaparse unos días al campo sólo para oír hablar de Dios y para hablar con Dios. Vale la pena hacer silencio en el corazón para escuchar a Jesucristo, que casi siempre habla en voz baja, pero se hace oír si le dejamos. Vale la pena dejarse mirar por el Señor y abrir algunos armarios del alma que quizá llevan cerrados demasiados años. Vale la pena ventilar la conciencia, abrir las ventanas de par en par para que entre la primavera.
Todo eso y algo más es un curso de retiro.