jueves, 22 de diciembre de 2016

A don Javier Echevarría[*]

Escribí este artículo para Mundo Cristiano dos días después del fallecimiento de don Javier Echevarría. Habitualmente no cuelgo en el blog mis colaboraciones en esa revista hasta que salen impresas en papel. Esta vez haré una excepción. No esperaré hasta el mes de enero. Creo que cuento con el permiso de mis editores y con vuestra comprensión.
Mi e-mail de este mes está escrito deprisa, deprisa, con el pulso acelerado y con la pena clavada en el pecho. Por eso quiero que lo leáis ya.


Ser Padre


Queridísimo Padre, te he escrito muchas veces a la manera antigua, o sea, con papel y pluma. Hoy mi mensaje electrónico te llegará volando hasta el Cielo, y no tendré más remedio que tutearte como se estila con los bienaventurados.
Estoy en Molinoviejo, la primera casa de retiros del Opus Dei, que tan bien conoces, cerca de Segovia. Vivo en la zona antigua, junto al pequeño oratorio que consagró San Josemaría en 1948.
El pasado día 12, cuando me dieron la noticia de tu muerte, entré corriendo en ese oratorio para rezar un responso y hablar con el Señor de tantas cosas… ¿Tantas? La verdad es que no me salían palabras y enseguida elegí sumergirme en mis recuerdos.
Te vi por primera vez en esta misma casa. Era el mes de agosto de 1960. Tenías solo 28 años y lucías una cara de niño que contrastaba con tu sotana recién estrenada. Llegaste con San Josemaría y con el beato Álvaro del Portillo. Siempre estuviste a su lado, incluso desde antes de ordenarte sacerdote.
Ahora recuerdo tu sonrisa de medio lado, cierta guasa madrileña y una mirada atenta a cada detalle. Por lo demás, apenas me fijé en ti: mis ojos y mis oídos —igual que los tuyos— estaban fijos en el Fundador de la Obra.
Cuatro años más tarde volví a encontrarte en Roma. Eras secretario de nuestro Padre y te ocupabas de asuntos relacionados con el gobierno de la Obra. Tu enorme capacidad de trabajo, tu memoria fabulosa y, por encima de todo, tu fidelidad al espíritu del Opus Dei, te hicieron madurar muy pronto. Seguías siendo un chiquillo, pero tus espaldas y tu corazón ya estaban preparados para soportar el peso que Dios pondría sobre tus hombros. 
Te vi llorar en 1975 cuando San Josemaría se fue al Cielo, y también en 1994 cuando cerraste los ojos de Álvaro del Portillo. Todos sabíamos ya —seguro que tú también— que te iba a tocar llevar las riendas de la Prelatura. Así fue y, con  tu dirección, la labor de la Obra comenzó en Lituania, Estonia, Eslovaquia, Líbano, Panamá, Uganda, Kazakstán, Sudáfrica, Eslovenia, Croacia, Letonia, Rusia, Indonesia, Corea, Rumanía, Sri Lanka, Vietnam.
Pero ocurrió algo más: cuando fuiste nombrado prelado de la Obra, el Señor dilató tu corazón para que cupieran en él miles de hombres y mujeres. Ibas a ser padre de una gran familia extendida por el mundo entero. Y aceptaste la carga, y desde entonces no hiciste más que darte, que darnos tu persona a nosotros, tus hijos e hijas.
Es cierto que "Padre" es el nombre propio de Dios y que sólo Él puede ser llamado padre en sentido pleno: "a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, que está en el Cielo", dijo Jesús. Pero San Pablo nos descubre que el Señor quiere que las criaturas sean participes de su paternidad. "De Dios procede toda paternidad en el Cielo y en la tierra", escribió el Apóstol. De ahí que la paternidad y la filiación humanas sean el mejor camino para entender y vivir nuestra relación filial con Dios.
Querido don Javier, querido Padre, el Señor puso sobre tus hombros una empresa paternal y maternal, una tarea gigantesca a la que has dedicado la vida. Has vivido una entrega abnegada y constante de padre enérgico, cariñoso, apasionado, entusiasta, recio, tierno,  amable y lleno de buen humor.
Te has ido gastando poco a poco y mucho a mucho. Te hemos visto envejecer, dejar tu vida a pedazos cuando recorrías docenas de países de los cinco continentes para estar cerca de cada uno de tus hijos e hijas. Esos viajes en los que a nada decías que no, y en los que dejabas agotados con tu ritmo a quienes te acompañaban: otra reunión, otra familia, otra tertulia, otra visita…, sin admitir el derecho a estar cansado.
Yo sé que has sufrido mucho durante tu vida y también que has sido muy feliz. La última vez que te vi no podías ocultar la huella cruel de los años. Pero conservabas intacta tu mirada de chiquillo, la sonrisa de medio lado y esa guasa madrileña que te has llevado al Cielo.    




[*]  Javier Echevarría Rodríguez (Madrid, 14 de junio de 1932 - Roma, 12 de diciembre de 2016), Obispo Prelado del Opus Dei,
Fallecido en Roma a los ochenta y cuatro años, el día de Virgen de Guadalupe.

14 comentarios:

Cristina .v dijo...

Mil gracias don Enrique por este bonito artículo . Y mil gracias a Ellos
que desde el cielo estarán contemplando su inmensa labor.
Aprovecho para desearle, a usted y a todos los globeros, una Feliz Navidad y
todo lo mejor para el año nuevo.

Cordelia dijo...

Gracias.

pilar dijo...

Recuerdos entrañables, gracias por compartirlos. Esto... los amigos acudimos a la mirada comprensiva con la que seguro mira desde el Cielo. ¡Feliz Navidad!

yomisma dijo...

Que bien saber de don Javier desde alguien que le conoció de primera mano. Yo solo le conozco de las películas de tertulias de San Josemaria, donde se le ve con los ojos pegados al santo, y al cargo del cable del micrófono. Efectivamente, con cara de niño.
Hace unos años fuimos invitados a una de esas "tertulias" en este caso con el Padre, don Javier. Fue en un teatro en Nueva York. Me pareció tan cariñoso... como un abuelo alrededor de sus nietos, queriéndoles mucho. Así será, supongo, lo que pase con el siguiente padre y los que vengan después: el corazón se les agranda para querer de verdad a todos. Que gracia tan especial del Espíritu Santo!!
Y que pena cuando ya no están....

Merche dijo...

Muchas gracias por compartir sus recuerdos.
Me gusta especialmente lo de no admitir el derecho a estar cansado. ¡Padre, enséñame cómo lo hacías! ¡Enséñame a trabajar cansada (y siempre con alegría)!
Muy feliz Navidad a todos. Que Jesusito nos traiga Paz (y que nosotros la acojamos).

Antuán dijo...

Yo escribí esa misma noche un foleo que no he tenido ocasión ni he sido capaz de leer en voz alta. Será por que era demasiado personal. Conocí al Padre en una tertulia con poca gente y hasta me atreví a hacer una pregunta. Algo así como: Que a veces nos cuesta entender las cosas, como la letra de una canción y recordamos la música. Yo estaba en el suelo y se puso a la altura de mi pregunta, me dijo más o menos que así hace Dios con nosotros haciéndonos entender las cosas a su manera. Ya os dije que le pedí dos cosas: Que Carmelo volviera a casa, que supiera que tiene familia. Entiendo ahora a mi madre, cuando pasaba el tiempo y no venía. Pues el dia 16 pensé se lo voy a pedir. El teléfono no funcionaba pero llamo el 17 y se pone
¡Carmelo! ¿donde estas?... ¡Estoy en casa! He venido a la aceituna. y se cortó. Hasta hoy.
Solo quería saber eso. Ahora falta algo más. Adiosle-pido

Anónimo dijo...

Feliz Navidad a la de las faltas ortográficas

Loreto dijo...

Don Enrique, no he podido no poner un comentario a su post. Creo que es de lo mejor que he leído sobre el Padre en las últimas semanas...
Le escribo desde Roma, se puede imaginar lo que notamos la ausencia del Padre estos días.
Gracias!

Mariana Dorta Tortolero dijo...

Gracias Don Enrique!!! sus líneas nos llegan al alma...y más como se refiere a El Padre!! sencillamente un grandioso instrumento de Papá Dios y fiel hijo de San Josemaría y Don Álvaro!
la bendición desde Venezuela!

goyo dijo...

D.Enrique solo me salen palabras de agradecimiento, el otro dia caminando por el campo me preguntaba ¿ que le diria a D.Javier si lo volviese a ver ahora mismo? y sólo podia decir gracias gracias y gracias.

Nos vemos en el cielo

Rocío Miralles dijo...

¡Acabo de leer tu carta, D.Enrique!
Hacía tiempo que no dejaba mi mirada posarse en tu globo, y ¡vaya, dónde he ido a parar! Gracias por esas palabras tan cercanas y directas. Todos tenemos el mismo sentimiento y recuerdo de "el Padre". Yo tuve que dejar esa noche, la del 12, reposar y al día siguiente me puse a recordarle, y escribí esto que le (os) dejo aquí: https://12y3volveraempezar.wordpress.com/2016/12/13/siervo-bueno-y-fiel/

¡Cuánto nos ha dejado el Padre! Me emocioné, lloré, y di gracias por haberle tenido en mi historia personal.

¡Saludos valencianos!

Jordania Munelo dijo...

Muchisiiimas Gracias D. Enrique... Yo como siempre poniéndome al día. Lento pero seguro.

Maria Paula Riofrio dijo...

Con lágrimas en los ojos. Muchas gracias por publicar esta carta!

Clara dijo...

Me hace llorar, Don Enrique, y no soy del Opus Dei.
Rezo por el Opus Dei siempre, para que continúe fiel al espíritu de San Josemaría.