domingo, 24 de marzo de 2013

Rumbo norte

 El alimoche, como yo, vuela hacia el norte estos días
Me pregunto por qué tengo que anotar aquí todos mis movimientos. Tal vez el globo sea una copia de seguridad, un back-up de mi propia memoria, que ya empieza a flaquear.
--¿Que dónde estuve el viernes? Un momento, colega; me meto en Internet y te lo cuento con pelos y señales.
¿O será sólo para justificar mi silencio de algunos días? Hoy, por ejemplo, no creo que escriba nada: voy camino del Norte, despacio, sin prisas, como las aves migratorias que pasaron el invierno en África y quieren llenar de música nuestra primavera. A lo mejor surge una historia en la carretera, pero no es probable. Tengo el depósito lleno y sólo me detendré para estirar las piernas un par de veces. Mi cochecito aguanta mil kilómetros sin repostar.
Cuando salga este post, habré celebrado la Misa del domingo en la Pasión del Señor y tal vez esté rezando el rosario en el coche.
Ha empezado la Semana Santa. No es un tiempo triste; puede ser gozoso, glorioso o doloroso, según como se mire. Y los cristianos contemplamos la Pasión y muerte del Señor desde la victoria final, desde la alegría de la Resurrección.

sábado, 23 de marzo de 2013

2ª Edición

De regreso a casa, me espera una montaña de papeles: una multa por pasarme de listo; tres cartas convencionales y dos más de publicidad; dos facturas, un acuse recibo, un librito elaborado por Milla con lo que hemos ido publicando sobre el año de la fe en el blog; dos ejemplares de Mundo Cristiano; tres boletines de Peñacorada, el cole de León; un periódico de Gaztelueta, mi cole de Bilbao...
Debajo de todo un paquete de libros que me corresponden por contrato. Es la segunda edición de los "Relatos a la sombra de la Cruz". No es que me vayan a hacer millonario, pero al menos podré pagar la multa de tráfico.
Kloster, crítico como siempre, me aconseja que no me ponga vanidoso:
--La segunda estaba en el bote --me dice--. Ya veremos si llegas a la tercera.


viernes, 22 de marzo de 2013

Despedida en la ermita



La primavera ha llegado.
Trae un viento huracanado. 
Eso, por la mañana. Poco a poco va amainando el temporal y por unos instantes vemos el cielo azul y un sol frío y redondo que hace bajar aún más la temperatura.
Por la tarde voy a la ermita y me quedo un rato junto a la Virgen. Estoy solo y me entran ganas de hablar con mi Madre en voz alta. Tengo algunos encargos que hacerle, y los he ido dejando para el último día.
En éstas estoy cuando oigo pasos al otro lado de la puerta. Entra uno de los asistentes al retiro que predica Luis en la residencia. Ha debido oír algo porque me pregunta:
―¿Está solo?
―Ya ves…
Dice que viene a rezar una salve, pero que no se acuerda “de la letra”.
―¿Y de la música?
Sonríe el buen hombre.
―Me la sé en latín, que es como la cantamos en el pueblo; pero en español no me sale.
―Pues ya tienes un buen propósito para estos días: aprenderte la salve en castellano.
Sentado frente a la imagen de la Señora, me cuenta algunas cosas más personales que no debo reproducir.
Al terminar, y antes de marcharse, nos ponemos los dos en pie. Él recita la Salve en un latín macarrónico y yo hago la traducción simultánea al castellano.
―Para que la Virgen me entienda ―apostilla en broma―.
Empieza a anochecer y hace un frío pelón. 
La primavera ha venido
¿Dónde diablos se ha metido?



jueves, 21 de marzo de 2013

Los “relatos” en la tele



 Aquí, sentados en unas sillas blancas de jardín, me han hecho la entrevista
Al fin no será posible emitir en directo el programa de televisión que os anuncié hace algunos días. A cambio, Sonsoles se ha presentado esta mañana de Molinoviejo con un cámara y me ha hecho una entrevista de 26 minutos para hablar de mi último libro.
Ella ha quedado muy contenta y yo también. Con tanto tiempo por delante y una presentadora tan maja, he dicho todo lo que quería decir. La grabación ha tenido lugar en el jardín aprovechando el respiro que nos ha dado la primavera esta mañana. El marco, por tanto, ha sido espléndido.
Aún no sé cuándo se emitirá la entrevista en Intereconomía tv. Estad atentos a la pantalla, quiero decir al globo, y os enteraréis. A lo mejor incluso cuelgo el vídeo entero en esta página. 

Un Stradivarius para recordar a Sinatra

Según parece este vídeo ha superado ya los 6 millones de visitas. Se trata de un homenaje a Frank Sinatra en Nueva York, a cargo de Andre Rieu y su famoso violín.
My Way
  

miércoles, 20 de marzo de 2013

Primavera


 Nunca se fueron del todo; pero ya están aquí
Llegó la primavera también a Molinoviejo. Comprendo que no es noticia, pero tenía muchas ganas de escribirlo.
A las 11 de la mañana la casa antigua se llena de sacerdotes de toda la diócesis que vienen a hacer su retiro mensual. Jesús, que es el predicador, me pide que asista a la tertulia después del almuerzo y aproveche para “presentar” mi último libro.
Los curas castellanos son sobrios de gestos. Manifiestan su adhesión a todo lo que digo manteniendo los ojos muy abiertos y asintiendo levemente con la cabeza.
Vendo cuatro ejemplares, y ya me parece mucho. ¡Si supierais lo que gana al mes un cura de pueblo! Un párroco de la Sierra, que pastorea un pueblo con mucho turismo de fin de semana, me dice:
―Yo compraría tres o cuatro ejemplares para ponerlos a la venta en la iglesia. Pero ya sabes cómo es la gente; se los llevan sin pagar.
―Eso es porque tus feligreses son ricos ―le contesto―, y pasan el finde en el pueblo. Los pobres nunca hacen eso.
Me ha quedado un poco demagógico, pero me temo que tengo razón.

Lista de precios



No me resulta nuevo este cartel. A lo mejor lo he puesto ya en el blog y lo he olvidado. Si es así, no me lo echéis en cara: un respeto a los ancianos.

martes, 19 de marzo de 2013

La Homilía


SANTA MISA 
IMPOSICIÓN DEL PALIO 
Y ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR 
EN EL SOLEMNE INICIO DEL MINISTERIO PETRINO 
DEL OBISPO DE ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Martes 19 de marzo de 2013
Solemnidad de San José

Momento de la imposición del anillo

Queridos hermanos y hermanas


Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.
Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús
¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio;  y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.
Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.
Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.
Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.
Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.
En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.
Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.
Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amén.



San José y el picapinos




Estoy solo otra vez en Molinoviejo. Dentro de unos minutos en Valencia comenzará la nit de foc y la noche se llenará de luz y de olor a pólvora. Aquí, en este rincón de Castilla la Vieja, me conformaría con una de esas puestas de sol escalofriantes que encienden el horizonte cuando el cielo está limpio y tiritan , limpias de bruma, las estrellas.
Hoy no ha habido nada de eso. Las nubes, que parecieron disiparse esta mañana, han vuelto con aire amenazador. No hay pájaros en el jardín. Sólo se oye el rítmico martilleo del pico picapinos, que trabaja la madera con gran entusiasmo.
Me pregunto si será un homenaje a San José, patrono de todos los carpinteros, hombres y pájaros. Por si acaso, procuro escucharlo en silencio sin interrumpir su tarea, y lo bautizo con el nombre de Pepe: Pepe-Picapinos.
De pronto, como un eco, otro de la misma especie se une al concierto a lo lejos.
Mientras paseo por el jardín, preparo la meditación de mañana. En el gran oratorio de la residencia se reunirán 60 o 70 personas. ¡Tengo tantas cosas que decir! ¿Cómo resumiré todo lo que San José representa en este juego divino de la Redención?
Regreso a mi habitación y escribo estas cosas. Hablaré del trabajo, del picapinos, de fidelidad, de la Virgen María. Y también del silencio, que es el mensaje más elocuente del Santo Patriarca.