jueves, 8 de agosto de 2013

Desde mi cueva sin cobertura





Los periódicos en verano tienen mucho más interés que en invierno. Como los políticos están de vacaciones, emergen las auténticas noticias, incluso las buenas.


Me encanta la prensa del corazón cuando se ocupa del corazón y evita descender a otras vísceras.


Sigue habiendo heridos en estado crítico, víctimas del descarrilamiento de la víspera de Santiago, pero ya no son noticia. Tampoco lo son, por lo visto, los ciudadanos sin nombre que se jugaron el tipo ayudando a los heridos. En Estados Unidos habrían recibido ya el reconocimiento público de toda la sociedad y hasta tendrían una serie en la tele. A los americanos les gusta aplaudir. Aquí preferimos protestar; nos molestan los héroes.


He vuelto a leer el poema de Luis Alberto de Cuenca, que quizá colgué en el globo, o quizá no. Se titula "España" y está dedicado a la memoria de Antonio Fontán. Dice así:

Es un lugar muy triste que ha prohibido los héroes
y ha dejado pudrirse las rosas del escándalo.
Siempre he vivido en él. No sé si en otra parte
habrá tantos borrachos y chicas tan espléndidas.
Es sólo un lugar pobre que ha perdido su alma
sin ganar nada a cambio, un lugar sin futuro,
un puñado de tierra desunido y estéril.
Por él daría mi sangre hasta la última gota.


Gracias, Señor, por ayudarme a olvidar aquella ofensa... ¿Qué ofensa? No sé; ya no la recuerdo.


Gracias por los buenos recuerdos y los malos olvidos.


Gracias por las heridas que me has curado. Ya ni siquiera encuentro las cicatrices.


El fariseo de la Parábola daba gracias "porque no soy como los demás hombres". Yo te doy gracias por que sí soy como todo el mundo.


Examen de conciencia. Tres minutos. Dos para agradecer y uno para pedir perdón.



miércoles, 7 de agosto de 2013

De nuevo en el túnel

El globo no remonta el vuelo por falta de cobertura. No sé hasta cuándo estaré aislado. Dicen que dentro de un par de días telefónica resolverá nuestros problemas, pero hasta entonces debo conformarme con ver y moderar los comentarios y quizá editar dos o tras líneas desde el IPad. Fotos, ni una. Y eso que los paisajes de Tenerife merecerían algo grande.

Hoy mi amigo Moisés me ha explicado que, en realidad, el Teide lo es todo. Tenerife es sólo lo que queda alrededor.

martes, 6 de agosto de 2013

El anuncio del lunes cae en martes

Menudo lío han organizado en Ibiza los de AXE. Y todo para que usemos su desodorante


Una inesperada excursión


Anteayer fui víctima de un secuestro. A las seis de la tarde llamaron a la puerta de mi pequeño apartamento de Los Roques y un chaval de doce o trece años me instó a acompañarle. En un automóvil familiar de nueve plazas me esperaba el pleno de la familia de Pilar, una encantadora delincuente de Arona que quería acercarme al Teide.
Pablo, Pilar, Enrique, Giovanni, Hiurma, Alicia, José María… Lo siento, me lío con los nombres. No me resulta fácil identificar a todos los componentes de la banda de secuestradores. Además me colocaron en la parte delantera del coche y comenzamos a trepar por las empinadas cuestas de esta isla. Vi pinos canarios, rocas azufrosas de color verde, extensiones de “malpaís”, plantas tropicales y paisajes lunares.
Durante el viaje el novio de Hiurma, que se llama Pablo (espero no equivocarme) y es casi ciego, demostró que sabe de pájaros una barbaridad. No sé cómo logré salir airoso de sus preguntas.
De regreso, cenamos en un restaurante rural: pizza, metro y medio de salchicha y papas nosécómo. Alicia, la pequeña de la familia, se durmió como un tronco a la vuelta.
Aquí tenéis el testimonio gráfico del secuestro.

domingo, 4 de agosto de 2013

Arona la nuit



Arona es un pueblo de juguete. Al menos el barrio en el que me muevo. Las calles son estrechas y tan limpias que dan ganas de pasear en zapatillas como en el salón de casa. Las fachadas, relucen como una casa de muñecas recién pintada. El bar más cercano se llama “jardín canario”, y lo es, en efecto. Un “jardín” que está dentro y fuera del local con mismos muebles, todo pulcro y aseado.
Mi habitación de Los Roques tiene salida independiente a la calle, y he decidido trasnochar un poco. Que nadie se alarme; no hay “locales de ocio” en Arona, pero, cuando el sol se pone, entra una brisa fresca en el pueblo que invita al paseo.
―Buenas noches, padre. 
El paisano que me saluda camina pegado a la pared para no perder el equilibrio. Va un poquito achispado, desde luego; pero es sábado y su mujer, que a lo mejor se llama Candelaria, lo comprenderá.
―Muy buenas, amigo.
No hay coches a la vista. El mío, estacionado en la calle González del Yerro, forma parte del mobiliario.
De pronto se oye el repique de unas campanas, las de la iglesia de San Antonio Abad donde pasado mañana predicaré un retiro y celebraré la Santa Misa. Es extraño que suenen a estas horas, y, por si acaso, me acerco a la parroquia. Como es natural, está cerrada a cal y canto. Parece que son campanas sin campanero, que se rebelan de vez en cuando.
En el pequeño parterre que hay frente a la entrada, dos chicos y tres chicas, sentados en el suelo, fuman con aire clandestino un paquete de Malboro frente a un botellón de cerveza “Tropical”.
Me cuentan que Juan Francisco, el Párroco, está en Roma “de vacaciones” y que dentro de unos días vendrá un cura nuevo llamado Emiliano, que es “más viejo que el padre Juanfran”.
―¿Y vais a Misa?
―A veces…
Me ofrecen un pitillo y casi he estado a punto de aceptarlo.

Madrid-Tenerife (y III)



Murphy también falla


Al llegar al aeropuerto Reina Sofía, al sur de Tenerife, se produjo un inesperado milagro que necesito contar.
Los doscientos y pico pasajeros del vuelo de Iberia se situaron junto a la cinta transportadora de equipajes, atentos como aves rapaces a la espera de su presa. Yo me despedí de Gorda y Ángel, que no habían facturado nada y me puse también al acecho en primera fila.
No tuve que esperar ni un minuto. La cinta se movió de pronto y escupió una maleta azul, sólo una: la mía. Ni siquiera tuve que atraparla en marcha; se aproximó lentamente y se detuvo a mi vera. Me sentí avergonzado como un delincuente sorprendido in fraganti. La cogí ante la mirada incrédula de los demás viajeros. Alguien comenzó aplaudir y yo hice mutis por el foro saludando al respetable como un torero. Mis compañeros de viaje aún tuvieron que esperar diez minutos más para que se pusiera en marcha de nuevo el misterioso mecanismo.
Entre tanto, en el mostrador de Hertz, Ángel discutía acaloradamente con un empleado, mientras Gorda chateaba con su IPhone.
―¿Algún problema?
―Na, que reservé un Toledo y este tío me quiere dan un Fiat Punto, que es una...
Huí del campo de batalla. Ángel vociferaba como un rinoceronte enfurecido mientras el empleado de Hertz le llamaba “caballero”.

sábado, 3 de agosto de 2013

Madrid-Tenerife (II)




Ella tendría dieciocho o veinte años; él, algo más. Ella se situó en el asiento del centro, junto a mí, que ocupaba la ventanilla. Me miró sonriente y soltó un “¡hola!” la mar de campechana. Él, colocado junto al pasillo, al otro lado de su chica, no dijo nada.
Él vestía una camiseta de la NBA, un pantalón corto de color violeta y unas zapatillas rojas sin calcetines. Ella llevaba otra camiseta semejante y un pantalón mínimo. Los dos acarreaban una sola maleta pequeña. Al parecer, no habían facturado ninguna. Lo más probable es que no necesitasen más ropa que la puesta para sus vacaciones.
Él resultó llamarse Ángel, y era rollizo, lustroso, moreno y compacto como una salchicha de Frankfurt. En el antebrazo izquierdo lucía su nombre, tatuado con letras góticas, quizá para no olvidarlo. En el derecho, el tatuaje lo cubría todo, desde el hombro hasta la muñeca. Era un dibujo complejo, barroco, de difícil interpretación.
Ella se llamaba “Gorda”. Al menos ése era el único nombre que le daba siempre su singular pareja. Flaca no era, la verdad. No soy capaz de describirla porque traté de no fijarme demasiado. Solo sé decir que llevaba seis piercings en lugares visibles: uno en la nariz, dos al norte de cada oreja y otro en el belfo inferior. Por lo demás miraba con unos ojillos claros de niña sin malear.
Durante las tres horas que duró el vuelo, Gorda y Ángel hablaron (a todo volumen) de juegos de ordenador; de “cómo lo vamos a pasar, tío”; del coche que iban a alquilar, "que tiene mogollón de prestaciones”; de cómo se conocieron “en la calle” poco antes y descubrieron que “había química”; de la madre de Gorda, que “pasa de mí desde que está con Alberto”…
Y eso fue todo. Cuando el avión se internó en el océano, Gorda y Ángel comenzaron a juguetear sin el menor pudor a pesar de tener un cura como vecino. Sus expresiones amatorias eran ingenuas, impúdicas y rutinarias al mismo tiempo. No sé explicarlo mejor. Yo traté de moderarlas un poco entablando conversación con Gorda, pero fue inútil; pocas veces he tenido la impresión de estar tan lejos en el pensamiento y en el lenguaje de alguien tan cercano en el espacio.
Gorda y Ángel utilizaban veinte o treinta palabras para comunicarse, y la mitad son irreproducibles. Ya cerca de nuestro destino, Ángel declaró que él creía en todos los dioses “pa por si acaso”.
―Pero en los curas, no; y perdona, tío…
Perdoné a mi sobrino haciéndole saber que yo tampoco creía en los curas y que explicándole que creer en “todos los dioses” era creer muy poco. Mejor creer en un sólo Dios con mayúscula que está siempre a nuestro lado y espera que hablemos con Él.
―¿Lo ves? ―dijo entonces Gorda―.
No tuve tiempo de enterarme qué es lo que tenía que ver su amigo.
Tomamos tierra a las 13, 15, hora canaria y Ángel hizo la señal de la cruz.
―¿Pa por si acaso?
―¡A ver…!

viernes, 2 de agosto de 2013

Madrid-Tenerife (I)


Endecasílabos de Iberia

En el vuelo Madrid-Tenerife, una voz femenina daba instrucciones a los sufridos pasajeros. No era una voz cualquiera, era, probablemente, Beatriz, la amada de Dante.
“Coloquen sus objetos personales
debajo del asiento delantero”.

¿Lo veis?: dos endecasílabos clásicos, con la acentuación en la segunda, sexta y décima sílabas, como me enseñó en el colegio Joaquín Andrada, que fue mi profe de literatura. Igualitos a “el dulce lamentar de dos pastores” de Garcilaso o al “enhiesto surtidor de sombra y sueño” de Gerardo Diego.
Como soy algo maniático de la métrica, una vez instalado en mi asiento, me puse a componer mentalmente un soneto que incluyera los didácticos versos de la azafata…

Si quieren ser personas bien cabales,
Deberán comportarse con esmero.
Coloquen sus objetos personales
debajo del asiento delantero.
Debajo de otro asiento, del trasero,
alojen sus temores y sus males;
y olvídenlos allí; no son reales
son simples pesadillas de viajero.

Iba ya a comenzar el primer terceto, cuando la misma voz de Beatriz me regaló dos versos más:
“Dejen bien despejados los pasillos.
No se puede fumar en este vuelo”.

Cerré los ojos para completar el poema, y me quedé dormido. Al despertar, se sentó a mi lado una pareja incompatible con la lírica de Garcilaso. Ya os contaré.

jueves, 1 de agosto de 2013

Se confirma que el globo sigue volando

Aquí, ni wifi, ni 3G ni na.Trataré de asomarme a un bar para dar señales de vida, pero eso será todo.Y es una pena, porque el viaje Madrid-Tenerife ha estado lleno de incidencias interesantes.Las iré escribiendo para publicarlas cuando pueda.
¡Y dejad en paz a Goyo!

Todo tiene arreglo