De
un tiempo a esta parte me lo pregunto casi todas las mañanas cuando suena el
despertador. Supongo que eso me pasa por viajar más de lo corriente. Hoy mismo me he despertado en
Gaztelueta y por no encender inmediatamente la luz, he tomado la dirección
equivocada y casi me meto en el armario.
Dos
horas más tarde, vuelvo a mi habitación, abro la ventana y dejo que mis ojos se
vayan a la mar. La mar, como el fuego, tiene un extraño poder hipnótico. Atrapa
la mirada y la retiene durante largo tiempo sin que uno quiera hacer nada por
evitarlo.
Hoy
amanece entre brumas de color violeta que ocultan la línea del horizonte. El
Serantes, a la izquierda se desnuda lentamente de un tenue manto de niebla gris.
―¿Sabes,
Serantes? ―le digo―; he estado en una isla muy lejos de aquí donde hay un monte
que se te parece. Quizá sea pariente tuyo. Se llama Teide y presume de ser el más alto de España. Todos
los días cambia de color, como tú; pero no tiene tu belleza ni tu misterio. Tú
naces del mar. En ti se pone el sol cada atardecer y te enciendes en rojo
mientras se va apagando el mundo. Además tú guardas una copia de seguridad de cada
uno de mis recuerdos. Los conservas y los proteges de los historiadores, que
querrían cambiarlos según de dónde les sople el viento, y me los entregas sólo a
mí, limpios y vírgenes, como si no hubiesen pasado los años, cada vez que te
miro.
Se
ha despejado el horizonte. Nos espera otro día de sol y calor, como aquel mes
de julio de 1958...