―¿Va
a hablarnos del Cielo?
―Sí.
El segundo día del curso de retiro nos toca hablar de las postrimerías. También
del Cielo, claro.
―¿Y
qué nos va a decir?
―Aún
no lo sé. Cualquier cosa que diga será pobre, inexacta y hasta un poco
ridícula. Ya sabes lo que escribió San Pablo: “ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó
por mente alguna las cosas que Dios tiene preparadas para los que le aman”.
―Pero
puede explicarnos a qué se parece el Cielo. Usted tiene imaginación.
―¿Más
que San Pablo?
Mi
interlocutora no contestó, pero me sirvió la sugerencia. A última hora de la
tarde he dedicado treinta minutos a jugar con la fantasía del modo más
descarado. El Cielo se parece…, a un viaje sin fin, a un banquete, a un baile, a un acto de
amor eterno, a un juego, a una sinfonía, a una tertulia, a un poema perfecto… Al terminar, no he sentido vergüenza como
otras veces. Al contrario. Sé que me he quedado muy corto.
En
el telediario de la noche siguen mostrando imágenes de miles de muertos
en Filipinas. Es una tragedia terrible para los que han sobrevivido, y hemos de
procurar aliviarla entre todos. Si no existiera el Cielo, el mundo no tendría sentido. ¡Cuánto me gustaría ahora asomarme a la gran fiesta de los que acaban de llegar a la Gloria!