jueves, 7 de junio de 2012

Enredado



No sé quien me metió en facebook ni quién me adscribió a diecisiete grupos de nombres la mar de sonoros, pero de los que nunca antes había oído hablar.
No sé de dónde han salido las fotos que adornan "mi perfil". Yo sólo puse una y no consigo eliminar las demás.
No sé por qué me llegan tantos y tan variados mensajes, comunicaciones, citas y amables interpelaciones.
El caso es que las redes sociales me exigirían una dedicación de varias horas semanales para no aparecer como un grosero. 
En vista de lo cual, ya que estamos en tiempo de recortes, he sacado algunos propósitos:
1. Me borro de todos los grupos de facebook, menos de uno de carácter histórico-familiar que creó mi sobrino Manolo.
2. A las docenas de internautas que se asoman a mi correo diariamente para pedirme que los admita como “amigos”, los ignoraré por completo―les pido perdón desde aquí―, salvo que los conozca previamente y sean, de hecho, amigos míos fuera de Internet. Tampoco negaré mi cibernética amistad a las antiguas alumnas de Aldeafuente, a los de Gaztelueta y a los señores obispos: tengo varios en mi lista y la verdad es que adornan mucho.
3. Acabo de recibir un e-mail desde Australia en el que me comunican que he sido “favorecido con mil millones de libras esterlinas”. ¡Fantástico! ¿Veis? A estos sí que los admitiría como amigos.

miércoles, 6 de junio de 2012

El IPad cervecero

Nuevas y sorprendentes aplicaciones del IPad. 


martes, 5 de junio de 2012

La red



  
Te conocí hace veinte años. Casi nadie hablaba de ti, pero me enamoraste de golpe. Eras limpia, sencilla e infinita; el mayor milagro del siglo.
―Es “la red” ―me dijo Luis―. Una gozada, ya verás.
Tu nombre ―“Internet”― me pareció horrible, pero lo importante era lo que decían de ti; que eras un universo sin límites; que, si me abandonaba en tus brazos, podría trasladarme en un click hasta donde nunca antes me había atrevido a soñar; que entraría en bibliotecas, museos, salas de conciertos, diccionarios de todos los idiomas, y, en pocos años, tendría la posibilidad de comunicarme con los míos desde cualquier parte del mundo.
Apenas di el primer paso, comprendí que, más que una red, eras una tela de araña. Me atrapaste desde el minuto cero. Mi vida había cambiado y no encontraba la marcha atrás. A uno no le gusta ser esclavo de nada ni de nadie, y jamás pensé que caería por los cantos de sirena de una máquina infernal; ¡pero estábamos todos en la misma cesta!: millones de amigos y amigas. Mi familia entera. Y las fotos de las bodas, funerales y bautizos. Escaparse parecía una traición. Me gustó sentirme tu prisionero. Era el síndrome de Estocolmo.
―La red es la calle ―me dijo un tal Kloster al que conocí por entonces―. Si no estás en Internet no existes.
Y como no tengo vocación de anacoreta, decidí que debía quedarme. Y me vinieron a la memoria aquellas palabras que Jesús dirigió a Pedro:
―”Mar adentro y echa la red (o sea, la web) para pescar”.
Pescar en río revuelto no es tan fácil como sugiere el refrán. Además, a medida que te conocía, menos me gustabas. En ti encontré museos, bibliotecas más grandes que la de Alejandría y barrios limpios de contaminación; pero también vi basureros apestosos, escupideras inmundas, burdeles degradantes, escuelas de de violencia y de odio y todas las aberraciones que la humanidad ha sido capaz de imaginar.
En efecto, Internet, eres la calle, pero una calle sin leyes ni control, sin señales de tráfico, sin policías, con gánsters en cada esquina y sin servicio de limpieza.
Alguna vez, navegando en tus aguas, he recordado aquel diagnóstico que hizo San Pablo de la sociedad de su tiempo en la Epístola a los Romanos. Al describir la situación de los paganos llega a llamarlos “inventores de maldades”. Y es que, en efecto, la creatividad para el mal parece infinita. También en esta dichosa red que nos ha cambiado la vida.
―Pero hay pelis superbuenas ―me sugiere Rocío, que tiene dieciséis años y ha leído lo anterior―.
Sí, maja, sí: hay películas ya olvidadas y otras recién salidas del horno, que caen en la web incluso contra la voluntad de sus dueños. En la red hay millones de canciones, y toda la gran música, que antes se vendía en discos de vinilo. Si Mozart levantara la cabeza… En la red podemos colgar nuestras propias ideas, insultar anónimamente al prójimo, mentir en cien idiomas, cometer delitos, jugar al ajedrez con un monje budista, matar a un marciano o estafar mil euros a una viuda colombiana.
―Y aun así, usted sigue pescando en esta red.
―Pero hay que tomar precauciones. Oigo por la radio que no se puede ir en moto sin casco y en bermudas. Hay que estar preparados para caer y para ponerse en pie de nuevo de un salto sin un rasguño. San Pablo a los de Éfeso, mucho antes de Internet, les pide que se vistan con las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. “Y, después de haber vencido, ―escribe―, manteneros firmes. ¡En pie! Ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”.
Yo, por si acaso, aunque no llevo casco, me encomiendo al Espíritu Santo antes de abrir mi página. Y trato de no estar solo frente a la pantalla, y pongo un filtro para sentirme más libre. Y algunas veces rezo la bendición del viaje, que siempre es útil para todas las singladuras.


 


lunes, 4 de junio de 2012

Me despido de la prensa diaria


Un propósito personal que no trato de imponer a nadie: leeré el periódico sólo  un día a la semana; por ejemplo, los miércoles. Si ocurre algo importante el jueves o el sábado (un terremoto, pongamos por caso), seguro que me lo cuenta alguien o lo noto bajo mis pies. Los periódicos, desde hace algunos años, sólo me producen hiperclorhidria y un grado de ansiedad cercana al pánico, que además es irracional, ya que no entiendo nada de lo que dicen y no tengo la menor posibilidad de influir en el Ibex ni en la prima de riesgo.
Hoy, después de leer el abc, sólo me he enterado de que la selección española de fútbol ha ganado 1-0 y que el portero chino tiene unas orejas más grandes de lo habitual.  
PD. Me cuenta ahora un ilustre periodista que en el Reino Unido han empezado a plantearse la posibilidad de editar los periódicos de papel sólo tres días a la semana. Como comienzo no está mal.


El anuncio del lunes (II)

Quién lo diría: este anuncio está hecho en Polonia. Se ve que piensan mucho en la selección española.


El anuncio del lunes

Estoy harto de los anuncios de Mixta. No les veo la gracia por ninguna parte, pero tienen miles de partidarios. Éste es el primero que pongo. Supongo que será también el último.

 
Casi me gusta más este, a pesar de que no esté el horno para bollos.
 

domingo, 3 de junio de 2012

El búho responde



―¿Y se puede saber, amable rapaz nocturna, por qué las noticias siempre son de “rabiosa” actualidad y nunca de “apacible” actualidad?
―Elemental, querido Kloster. De esta forma el ibero corriente comienza su jornada con ese rostro huraño y amenazador que nos ha hecho famosos en el mundo entero. 

sábado, 2 de junio de 2012

El Búho responde



―Dime, asombrado pajarraco de ojos saltones, ¿por qué los periódicos tienen una sección de economía si, en realidad, no hablan de otra cosa en todas sus páginas?
―No es cierto que hablen sólo de economía, amigo. No olvides que también hay esquelas, fútbol y sudokus.

viernes, 1 de junio de 2012

El móvil requisado


  
A Rocío le han requisado el móvil a las diez y media de la mañana.
─Estaba en clase sin hacer nada…,
─o sea, como siempre.
─Y como la profe es un rollo, saqué el teléfono del bolso para mandar un mensaje a Elena, que es mi mejor amiga. Era superurgente, te lo juro y no molestaba a nadie, pero aquí no te dejan ni moverte.
─Son las normas, ¿verdad?
─Sí, y lo entiendo, pero ¿por qué tienen que quitarte el móvil hasta final de trimestre? Allí guardo todos mis contactos, los números de mis amigos…
─…el whatsapp para enviar mensajes, videos y fotos.
─¿Ves? A que tú también chateas…
─Casi nada, pero no es ese el problema. Ya sabías que si lo usas en clase, te lo requisan.
─¡Pero es injusto! Ahora si le pasa algo a mamá no podrá llamarme…
El inesperado ataque de amor filial derrumba a Rocío en la silla que hay frente a mí. Me mira con ojillos de osito panda recién nacido, agarra con fuerza uno de los pocos kleenex que quedan sobre la mesa y empieza a hacer pucheros como una niña chica.
─¡Es que me encuentro como desnuda!
Logro detener el chiste al borde mismo de mis labios: estamos en junio, hace calor y Rocío quizá necesitaría algo más de abrigo.
─Seguro que tú sabes dónde guardan los teléfonos ─añade con mirada de delincuente─. 
─Sí que lo sé. Están bien protegidos. Les quitan la batería y los meten en una caja fuerte.
─Noooooo…
─Síííííííí… Y como sé donde está la caja, conozco la combinación y sé quién tiene la llave…
─¿Me lo vas a dar? Te prometo que me portaré superbién, pero es que lo necesito ahora mismo. Estoy histérica.
─¿Histeria?, no. Creo que lo llaman “nomofobia” y es una de esas enfermedades recién descritas por los médicos y se caracteriza por el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil. El término es una abreviatura de la expresión inglesa "no-mobile-phone phobia".
─O sea, que no me lo vas a devolver…
─Me temo que no. Además seguro que tienes en casa un par de teléfonos más.
─Sí pero éste es superchulo.
Rocío se levanta, me requisa el último kleenex y asegura que no piensa volver a verme nunca más.
─Hasta el lunes, maja…