jueves, 28 de septiembre de 2017

El tiempo libre

No es tiempo de huida.
Es tiempo de madurar, de crianza, de silencio, de espera.
Tiempo de intimidad en el amor, de soledad, de susurros, de risas contenidas.
Tiempo de apertura, de mirar a los que amas para descubrirlos por primera vez.
Tiempo de siembra, de dar vida a las viejas utopías que un día soñaste.
Tiempo de descanso, de esconder tu fatiga a la sombra del alma.
Tiempo de calcular los kilómetros andados y los que aun debes recorrer. 
Tiempo de abrazar a quien lo necesita, de hacer cosquillas a los tristes.
Tiempo de escuchar la melodía del viento, los  timbales del trueno, el goteo de la lluvia..., y las palabras de tus amigos
Tiempo de mirar los a ojos de los mendigos y descubrir en ellos la mirada de Cristo 
Tiempo de abrir la puerta al Dios-mendigo que balbucea cada día su llamada.
Tiempo de fe; de luz y de penumbra. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Han pasado tres años

¿Alguien ha olvidado aquel 27 de septiembre?

martes, 26 de septiembre de 2017

A Pablo

El mendigo que me habló del Cielo 



Querido Pablo:
Nos conocimos a mediados de agosto, bajo un sol infernal. Llevabas un sombrero gris con una cinta verde alrededor de la copa y una camiseta blanca con gruesas rayas horizontales de color azul. No parecías un mendigo; si acaso, una especie de payaso callejero, sobre todo porque el sombrero te estaba pequeño y se te había posado en lo alto de la cabeza como si hubiera caído del cielo mansamente.
Permanecías inmóvil, en pie, apoyado en una fachada señorial del barrio de Salamanca, tieso como una cariátide. Tenías la mano izquierda en la espalda y la derecha extendida hacia el frente con un vaso de plástico en el que bailaban dos o tres monedas. Te pregunté tu nombre.
—Me llaman Pablo —dijiste—, pero no te fíes demasiado. En la calle se miente mucho. Si me das un euro, te digo la verdad.
Dejé el euro en el vaso y te apresuraste a comprobarlo metiendo tu narizota en el recipiente.
—¡Qué bien huele el dinero! El Papa ha dicho que es el estiércol del diablo, pero me gusta su aroma.
Ya estaba claro que no eras un mendigo corriente. Citabas al Papa y te expresabas con precisión aunque con un tono algo arrogante y provocador.
—¿Asturiano? —aventuré—.
—Sí, o a lo mejor no; mentimos mucho en este barrio.
—¿Y por qué tendrías que mentirme?
—Los ricos mienten, y yo quiero ser rico. Si me invitas a una cerveza, te lo cuento.
Nos sentamos en la terraza de un bar que había a pocos metros. El camarero te llamó "Antón", pero yo me hice el sordo; me interesaba más tu historia que tu verdadero nombre. Y comenzaste sin más  preámbulos:
—Soy de Vigo y he trabajado 25 años en la mar.
Ya sin freno, te remontaste hasta tu primera novia, Mari Cruz:
—Me divorcié de ella antes de casarme. Mi segunda novia fue la cerveza, y ésta no me abandona. Yo la engaño con la ginebra, y a veces con el güisqui; pero le da igual. Soy alcohólico a mucha honra y no pido en la calle para comer, sino para beber. Un pijo de Serrano me  trae un porro de vez en cuando y lo fumamos a medias.
Hablabas a borbotones, sin orden ni concierto. Yo casi había perdido el hilo cuando me dijiste que querías ir al Cielo.
—Mi colega, el del porro, dice que no existe, pero yo lo he visto en el mar cuando se pone el sol…


Te quedaste callado unos segundos. Luego añadiste:
—El Papa dice que los ricos lo tienen muy difícil, pero a los pobres y a los borrachos nos llevarán los ángeles al Cielo.
Yo también intervine en la conversación y quiero suponer que mis palabras te ayudaron a buscar el mejor camino para que los ángeles pudieran llevarte a un Cielo aún más grande y perfecto que el que incendia el océano al atardecer.
Quedamos en vernos de nuevo "en octubre, cuando pase el calor". Habíamos interrumpido nuestra charla porque te dio una llorera regular y más de una lágrima cayó en el fondo de la jarra de cerveza vacía. Los de las mesas vecinas nos miraban alarmados, y el camarero se acercó solícito:
—¿Estás bien, Antón?
—No pasa nada —respondí yo—. ¿Cuánto debemos?
Levantaste la cabeza como un resorte y te dirigiste al camarero:
—Esto lo pago yo. Apúntalo en mi cuenta, Pepe.
—¿Tu cuenta…?
Alguna vez me han acusado de inventar las historias que reproduzco en esta página. Yo suelo defenderme diciendo la verdad: que las anécdotas vienen a mí porque las provoco. Esta vez bastó con preguntarte tu nombre. Ésa suele ser la mejor limosna.
—Pero bueno, ¿te llamas Antón o Pablo?
—¿No te he dicho que aquí mentimos mucho? A Pepe lo tengo engañado.
Pongamos que te llamas Pablo. Tus lágrimas no mentían y como ya ha llegado el otoño, volveremos a encontrarnos muy  pronto en la misma esquina.

  

miércoles, 19 de julio de 2017

A Aníbal Barca

Odio eterno y hamburguesas


Mi General:
Tenía ganas de enviarte un e-mail desde hace meses, más que nada por aquel famoso juramento que te obligó a hacer tu padre Amílcar. Juraste "odio eterno a los romanos". Al menos, eso decía el libro de historia que yo estudié a los 11 ó 12 años. Poco más aportaba aquel manual; sólo que destruiste la ciudad de Sagunto, que por entonces era un enclave de Roma, y que, para rematar la faena, decidiste marchar sobre la Capital del Imperio atravesando los Alpes con cuarenta elefantes y treinta mil soldados de infantería. 
No sé si me sorprendió más la ruta elegida o el medio de transporte, pero un día cayó en mis manos una biografía tuya y empecé a tomarte en serio. Me enteré de que fuiste un aventajado discípulo de Alejandro Magno, un estratega colosal, audaz y astuto en tus planteamientos y casi invencible en el campo de batalla. Aún se preguntan los historiadores por qué te quedaste a las puertas de Roma. Un paso más y habrías cambiado la historia de Europa.
Pero volvamos al famoso juramento. ¿Odio eterno? No es que me asombre demasiado. Desde el penoso incidente de la manzana en el Paraíso terrenal, los hombres tenemos la insana costumbre de formar bandos irreconciliables para atizarnos sin piedad: romanos y cartagineses, capuletos y montescos, béticos y sevillistas, de Joselito y de Belmonte, de Pedro y de Mariano… Y no es que la rivalidad me parezca mal. Al contrario, la competencia casi siempre es sana, deseable y compatible incluso con la amistad más entrañable. Pero odiar es otra cosa. Te lo diré con claridad: nada hay más diabólico que el odio.
Odiar significa querer aniquilar al odiado; desear que el otro no exista, que desaparezca para siempre de nuestro horizonte.
Para odiar al prójimo es preciso verlo como objeto, no como persona. Mi amiga Maica, a sus trece años, asegura que odia las hamburguesas con mostaza, las mates y las canciones de Amaral. Se trata de "odios" efímeros —a saber qué pensará el año próximo—, pero no por eso menos auténticos. Maica querría alejar de su vida para siempre esos infames "objetos", aunque, para algunos, puedan ser objetos de deseo.
Se ha dicho que del amor al odio solo hay un paso. La afirmación vale para quienes confundan el amor con la simple atracción sensual, con el afán de poseer a una persona para gozar de ella. Ese amor erótico no comprende que las personas no se desean como simples objetos, se aman. Y amar es entregarse, desvivirse, y mirar a los ojos de otro hasta comprender que allí hay algo divino, un abismo infinito en el que es posible sumergirse sin miedo, porque no envejece.
No, querido Aníbal. No es posible odiar a quien vemos como una persona, como un ser creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso el Señor no sabe odiar. Él es todo Amor, y entre ese Amor, que en Dios se desborda, y el odio, que es patrimonio de Satanás, hay más que un paso: hay una distancia  infinita.
Ahora debería preguntarme por qué esta epidemia de odios que parece crecer sin freno en el siglo XXI. Y tendría que hablar de los llamados "delitos de odio", que son una novedad en las legislaciones penales; de la violencia doméstica, del machismo desatado y del hembrismo frenético, de los niños maltratados o profanados; de las fobias ideológicas, de casta o de nación.
¿Qué nos está ocurriendo? Es evidente, mi general: cuando se expulsa de la sociedad al Creador, se apaga en el prójimo esa chispa divina que lo hace único porque Dios lo ama como si no existiera nadie más en el mundo, y se convierte en simple objeto: útil o inútil; agradable o molesto; hermoso o deforme; simpático o insoportable… Ya podemos utilizarlo, gozar de él u odiarlo sin alterarnos demasiado. Sólo es una cosa.
¿Odio a los romanos? Valiente bobada. "Los romanos" en general no son nada; es sólo una cómoda etiqueta que ponemos para despersonalizarlos y poder odiarlos sin cargos de conciencia, igual que Maica odia las hamburguesas.
Si aprendiéramos a mirarnos a los ojos como Dios nos mira, uno a uno, empezaríamos a amar de verdad y entonces las cosas serían muy distintas.

viernes, 23 de junio de 2017

No empecemos, porfa


¡Válgame Dios, qué alboroto se ha formado con mi última entrada! ¡16 comentarios poniéndome a caer de un burro! No sabía yo que me quedasen tantos lectores, y todos sin nombre.
Uno me llama "reprimido y represor"; otro me sugiere "una visita a psiquiatra"; un tercero se defiende no sé de quién con un "mi cuerpo es mío y hago con él lo que me sale". Hay quien dice que yo mismo soy el mayor impúdico por contar mis intimidades en este blog…
Lo siento, no publicaré esos comentarios. A cambio censuraré también un par de elogios desmesurados.
Mi  carta a Miguel Hernández no pretendía abrir ningún debate. Y menos ahora que hasta en Tenerife hace calor.

jueves, 22 de junio de 2017

A Miguel Hernández


El beso

Querido poeta.
Ahora que el verano enseña los dientes y el sol se ceba con el desabrigado pellejo de los turistas del Brexit, me he acordado de ti. Te escribo desde Arona, un pueblecito de Tenerife, que es un balcón sobre el Océano a 600 metros de altura. Esta mañana, como casi todos los días, he salido a dar un paseo antes de celebrar la santa Misa. El sol aún no había cargado sus baterías y soplaba una brisa fresca del mar. Las calles empezaban a desperezarse y los madrugadores nos dábamos los buenos días con la música afable de esta tierra.
Entonces los vi. Eran un chico y una chica de 15 ó 16 años. Por un momento pensé que se estaban peleando a mordiscos, o que se trataba de un caso de vampirismo. Me equivocaba. Era sólo un beso, pero tan agresivo, voraz y caníbal que el diccionario de la academia difícilmente lo calificaría como tal.
Di la vuelta para no molestar a la pareja. Yo había empezado a rezar el rosario, y me vinieron a la boca, como un avemaría más, los cuatro primeros versos de uno de tus sonetos:
Te me mueres de casta y de sencilla:
estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla[i]

 El poema está dedicado a Josefina, el amor de tu vida, la misma que te tiró "un limón y tan amargo", quizá medio enfadada por ese medio-beso transgresor. A ti, en cambio, te enamoró el pudor con que ella defendía el tesoro de su intimidad.
Y es que, en efecto, la intimidad es un tesoro, un don que hemos recibido porque somos espíritu y no solo carne; un privilegio que nos distingue de los animales y nos capacita para amar. En la intimidad viven los sueños más secretos, las fantasías del corazón, ese punto de locura que todos guardamos. Y los amores imaginados. Las miserias ocultas. Y las añoranzas: lo mejor y lo peor de cada uno. La intimidad es cosa del alma, pero también se refleja en el cuerpo: en el rubor que aparece de improviso, en el lenguaje discreto y respetuoso, en el recato que protegemos de las miradas extrañas algunas partes de nuestro cuerpo.
No resulta fácil elogiar el pudor en este siglo que parece haber optado por la procacidad teórica y práctica como signo de progresía y norma obligatoria de conducta. El impudor reina en las redes sociales, donde los usuarios desnudan su alma y a veces su cuerpo; en las camisetas ilustradas con mensajes más o menos obscenos, pero siempre explícitos; en los vestuarios (mejor llamarlos "desnudarios"); en el lenguaje académico, que se ha llenado de expresiones zafias de carácter sexual. Por no hablar de determinados programas televisivos donde lo íntimo y la vulgaridad más mugrienta campean a la vista de mirones y cotillas.
Hay devoradores de intimidades ajenas, obsesos que lo contaminan todo con su mirada sucia, y tratan de convencernos de que el pudor es sólo una forma de hipocresía, que lo natural es la desnudez del alma y del cuerpo y la manifestación pública, sin tabúes represores, de los más bajos instintos.
Pero tú sabes, querido Miguel, que el pudor es el joyero que guarda lo más valioso de uno mismo; un estuche necesario que se abre desde dentro y nunca para exhibir como mercancía lo que solo se entrega y se comparte por amor.
Se comparte —quizá nunca del todo— con los "íntimos", con la familia más cercana, con el hogar en que vivimos, con los amigos, y, por supuesto, con la persona que hemos elegido para entregarle nuestra vida. Y se da por completo sólo al Amor de los amores, a Dios, que no se deja ganar en generosidad y nos abre también el tesoro infinito de su intimidad.
—Entonces, ¿el beso?
—Es una forma delicada y cariñosa de llamar a la puerta.  




[i] El resto del poema dice asíYo te libé la flor de la mejilla, / y desde aquella gloria, aquel suceso, / tu mejilla, de escrúpulo y de peso, / se te cae deshojada y amarilla. El fantasma del beso delincuente / el pómulo te tiene perseguido, / cada vez más potente, negro y grande. / Y sin dormir estás, celosamente, / vigilando mi boca ¡con qué cuido! /para que no se vicie y se desmande

miércoles, 14 de junio de 2017

Candelaria, 23 grados


Rosa no comprende por qué la televisión española apenas alude al clima de Canarias.
—Dicen que en la Península superan los 40 grados. Aquí no subimos de 25 ni bajamos de 20. Con semejante clima hasta la lluvia es agradable, porque no enfría ni calienta; casi, ni moja.
—La lluvia moja como en todas partes. Lo que ocurre es que te encanta que se empapen esos pantaloncitos de flores, y no te enfureces si te chorrea el pelo.
Rosa es la mujer de Santi. Los dos son viejos amigos y acaban de llegar a Tenerife para pasar unos días. Han aparcado a los niños en casa de la abuela y, quizá por el remordimiento, han aparecido en Arona para liberar a este ermitaño de su encierro y llevarlo a pasear por la costa. De momento hablan de meteorología y mandan continuos watchaps a "los niños" para preguntarles si hace calor en Sevilla.
Ya en el coche, la conversación cambia de música. Van a cumplir quince años de matrimonio y quieren tener una Misa para dar gracias a Dios en agosto y en Sevilla.
—¿Te acuerdas cuántas cosas bonitas dijiste el día de nuestra boda? —pregunta Rosa—.
—La verdad es que no. Y tu…, ¿te acuerdas?
—¡Cómo voy a acordarme!, ¡qué cosas tienes! Para sermones estaba yo, con este tío a mi lado que no paraba de contar chistes en voz baja.
Santi pone cara de inocencia absoluta y dice:
—Yo sí me acuerdo. Hablaste de los hijos, de la familia y eso…
—Ya. En todo caso, a mi no me lleváis a Sevilla en agosto ni anestesiado.
—Te lo dije, Rosa. A los vascos no les van los calores…
Rosa y Santi tienen cuatro niños y una niña. Ellos mismos siguen siendo una pareja de adolescentes discutidores, peleones y llenos de vitalidad.
Al llegar a Candelaria rezamos el Ángelus en latín dirigido por Rosa.
—Y si pedimos a la Virgen que haga fresquito en agosto…, ¿vendrías?
—Bueno; pero sólo si se repite el milagro de la Virgen de las Nieves. 
El arroz con bogavante estaba delicioso, pero fui fuerte y, de momento, no he cedido. 

domingo, 11 de junio de 2017

En Tenerife


Llegué hace una semana desde Las Palmas en un avión de juguete, con grandes hélices negras. Salimos con retraso porque, al decir del comandante, sólo había una pista disponible y teníamos que hacer cola.
El vuelo sería breve; apenas media hora para saltar de una isla a otra. Pero el piloto estaba enfadado:
—Cuando estemos en vuelo, le daremos caña al motor para recuperar el tiempo perdido.
Una señora de habla alemana que se sentaba a mi lado me preguntó que "caña" le iban a dar al motor. Traté de tranquilizarla asegurando que se trataba de pura  jerga aeronáutica.
Volamos muy bajo con la mole del Teide al fondo. La azafata ofrecía agua y prensa local. No hubo tiempo para más. En veinte minutos tomamos tierra en "Los Rodeos" y salí caminando en busca del equipaje y del coche que había reservado:
—Tenemos un cochito un poco mejor —me dijo la empleada—.
El "cochito" era un Polo último modelo, que llevó a Arona volando.
Al día siguiente por la mañana tuve que pensármelo muy bien antes de decidir por qué lado de la cama tenía que salir para no romperme la nariz contra la pared.
 
Y, sí, estuve en Candelaria. Sólo diez minutos; pero caben muchas intenciones en ese breve tiempo.

sábado, 3 de junio de 2017

DesdeTeror a Candelaria


Por la mañana he subido a Teror, el pueblo de los balcones, donde se encuentra la Patrona de esta Isla: la Virgen del Pino.
Esta vez sólo he tenido tiempo de rezar un rosario y saludar a la camarera del bar que hay en la plaza, que me recuerda de otros años y siempre me pide que rece por alguna intención suya.
El domingo, si Dios quiere, aterrizaré en el aeropuerto de Los Rodeos, de Tenerife, y tomaré rumbo sur con un cochecito alquilado. Pasaré por Candelaria, la villa que toma su nombre de la advocación mariana, como recuerda siempre su alcalde. La Virgen de Candelaria es patrona de Tenerife, y yo espero ir a verla para darle recuerdos de su "colega" de enfrente.
Que nadie me corrija; yo sé que la Virgen María es una sola, pero las distintas advocaciones nos permiten meter a nuestra Señora en cada pueblo y tutearla como a una paisana más.
A mí me gusta invocarla con el nombre que adopta en cada región: Guadalupe, Almudena, Paloma, Begoña, Candelaria...
Sé que a ella le gusta.