
Este año no pensaba ir al cementerio. En nuestro Madrid, tan grande e inhóspito, uno ya no tiene tiempo para casi nada; pero me he levantado muy temprano y, al salir de casa, mi coche ha tomado una extraña querencia y me ha llevado hasta la misma puerta de La Almudena. Se ha detenido allí y he rezado un responso por todos los amigos que descansan en esa ciudad silenciosa de los difuntos.
Ya sé que no están en sus tumbas; que viven con el Señor una vida nueva “como chispas que prenden en un cañaveral”, según la expresión del libro de la Sabiduría; pero me ayuda visitar el cementerio; necesito ver, tocar, leer los nombres, para traerlos a la memoria y pedir por cada uno.
He leído en algún periódico que los camposantos son lugares tenebrosos; que habría que eliminarlos, reducir los muertos a ceniza y dar a esos terrenos una utilidad más alegre.
Creo que se equivocan quienes piensan así. Los cementerios nos recuerdan que existe la muerte, pero hablan sobre todo de la vida: son un grito de esperanza. Cuando los primeros cristianos enterraban y veneraban a sus mártires en las catacumbas, estaban afirmando su fe en la resurrección, su convicción de que la muerte es el principio de la vida, y que en esos huesos, que fueron templo del Espíritu Santo, hay algo divino, una semilla de inmortalidad, que germinará pronto y dará fruto. “Polvo serán, mas polvo enamorado…”
Desde La Almudena he ido al colegio, y he recordado a dos personajes de Shakespeare y de Calderón de la Barca: Hamlet y Segismundo. Hamlet, tentado por el suicidio, veía en la muerte un alivio, un sueño eterno: dormir “para terminar con los dolores del corazón”. Pero añadía: “morir, dormir, quizá soñar…” Sí, ése era el problema: qué siniestras pesadillas esperan al que renuncia voluntariamente a seguir viviendo.
Segismundo no pensaba que la muerte fuera un sueño. Al contrario, la vida sí que lo es, decía: “…pues estamos/ en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar;/ y la experiencia me enseña/ que el hombre que vive, sueña/ lo que es, hasta despertar.”
Hamlet se equivocaba, porque morir no es dormir, sino despertarse; abrir las ventanas a la luz, a la belleza, al amor y a la justicia de Dios. Sin embargo tampoco acertaba Segismundo en su lamento final: “¿qué es la vida?, un frenesí;/ ¿qué es la vida?, una ilusión,/ una sombra, una ficción”...
No, esta vida es real. Nuestros amores de la tierra, nuestro trabajo, nuestras luchas, van edificando, día a día, la Gloria que Dios nos dará gratis. Así lo expresó San Josemaría en una inolvidable homilía hace 42 años:
“En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”
Mientras pensaba estas cosas, empezaba a amanecer en Madrid.