sábado, 7 de noviembre de 2009

Un tsunami en mi habitación

Estoy en Gaztelueta. Esta tarde o mañana, si encuentro un hueco, explicaré el porqué. Hoy, de momento, ya tengo una primera anécdota para abrir el blog.

Acabo de regresar a la habitación que suelo ocupar en esta casa. Es un cuarto sencillo, no muy grande, con vistas a la desembocadura de la Ría de Bilbao. Desde aquí veo mi viejo Serantes y las puestas de sol más increíbles…, cuando hace buen tiempo, es decir cuatro o cinco veces al año. Lamentablemente hoy el clima se nos ha puesto bravo. Ya no recordaba yo la fuerza que pueden tener las galernas del Cantábrico.

A las ocho menos diez de la mañana he ido al oratorio de la casa y he estado allí algo menos de 45 minutos; suficientes para que se produjera la catástrofe. Un golpe de viento y lluvia ha abierto de par en par la ventana de mi cuarto, y la habitación entera se ha convertido en una laguna con olas y viento racheado de componente norte. Sobre la mesa, sumergidos en las aguas, navegaban los siguientes objetos: un cuaderno azul, la cámara de fotos, una novela de Mankell y el ordenador Toshiba.

Gracias a Dios, mi Toshiba nació en el extremo oriente y está acostumbrado a los tifones y tsunamis del Pacífico. Lo he secado con la toalla, ha estornudado levemente y ha vuelto a funcionar.

Dentro de unas horas celebraremos un cumpleaños más de mi madre, a quien todos llamamos ya simplemente “Marita”. Empezamos estos festejos cuando cumplió 80 y, desde entonces, año tras año se han ido repitiendo en el mismo restaurante de Neguri. Ella asegura que el día de su cumpleaños no llueve nunca.

Tiene razón: lo de hoy no es lluvia, es el diluvio universal.



Ella dirá que ha salido feísima

jueves, 5 de noviembre de 2009

Atención a los radares


Gracias, Antonio, por enviarme esta fotografía. Tengo que salir de viaje hacia Bilbao, y ahora comprendo que las borrascas y los huracanes que azotan el Cantábrico no son el peligro mayor. La DGT ha instalado unos radares definitivos.


Los intrusos



A medida que aumenta el número de lectores del blog, crece también la cifra de intrusos que entran en “pensar por libre” con extraños propósitos. Hoy, por ejemplo, me llega un comentario, encomiástico hasta la exageración, en mi último post sobre el adolescente enamorado. Uno que no se fía un pelo de los elogios gratuitos, observa que el comentarista me invita a poner un enlace con su propio blog; él haría lo mismo como contrapartida. Hago click para ver cómo escribe el muchacho y me encuentro con una web caótica, confesionalmente masónica, anticlerical y más cursi que una perdiz con peineta.

Hace dos días recibo un e-mail que dice lo siguiente: ¡Hola!, me llamo NN y he descubierto tu blog por casualidad. Me ha encantado por su agilidad y buen criterio comercial (¿) y pienso que podemos hacer negocios ensieme (sic). ¿Te gustaría participar en…, etc. etc.? Lo extraordinario es que el remitente escribe, al parecer, desde Nigeria.

Luego están los insultadores. Generalmente lo ponen todo con mayúsculas y salpican signos de admiración a diestro y siniestro para que se vea que están muy enfadados. Yo supongo que la mayor parte tienen algún trastorno mental. Sólo así se explica su perseverancia en la injuria, aún sabiendo que no publicaré ninguna de sus brillantes afrentas.

Hace algunos meses pensé hacer una lista de los insultos recibidos para publicarla con unas breves palabras de agradecimiento. Tuve que desistir por la insoportable vulgaridad de la mayoría. Lamento tener que constatar que la riqueza imprecatoria del castellano ha disminuido notablemente en los últimos siglos. ¡Con lo bien que insultan, por ejemplo, los personajes de Quevedo o Cervantes! A mí, que soy un blanco fácil, lo más original que me han llamado ha sido “curilla inmaduro”. Es una pena que el remitente de esta perla no diese su nombre; lo habría abrazado agradecido, ya que, ni por edad ni por tamaño, me merezco el elogioso título de curilla. Y os aseguro que, con frecuencia, siento nostalgia de la edad “inmadura”, que ya nunca volverá.

—¿Y hay algún elogio que te moleste?

—En efecto, Kloster. Hay elogios envenenados que llevan implícita un puntapié en la zona glútea de un tercero. Son aquellos que comienzan diciendo: “usted sí que es abierto y liberal, no como el cura de mi pueblo, que es un sinvergüenza y un etcétera, etcétera.”

Por último, están los clericales-clerófobos que hacen consultas morales con el único propósito de organizar gresca y, si se tercia, de ponerte en ridículo en otro medio.

—¿Y cómo los distingues de los que preguntan con buena fe?

—Se les ve venir de lejos. Y, es curioso, si no les contestas, se convierten en insultadores. Una pena.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¿Enamorado?


Ayer me acordé de Julio. Han pasado tantos años que ya no importa dar su nombre auténtico. Hablo de un amigo de mis años de universidad.

Julio hacía tercero de Derecho como yo, y decía que estaba loco por Carmen. Me confesó que no podía pensar en otra cosa, que no era capaz de estudiar (nunca lo había sido, la verdad), que necesitaba estar con ella o si no…

—Si no, ¿qué?

Carmen era muy popular en el curso, sobre todo tenía poca competencia: en clase había más de cincuenta chicos para sólo cuatro o cinco chicas.

Julio era medio poeta (menos de medio, en realidad) y le hizo un soneto penoso, que describía las características anatómicas de Carmen con una mezcla aterradora de cursilería y suciedad.
Me lo leyó una mañana nada más llegar a la Facultad.

—Oye, Julio —le dije—, tú, ¿la has mirado a la cara?

—¿A Carmen? Claro; ¿no te digo que estoy enamorado?

—Ya. ¿De qué color tiene los ojos?

—¡Azules!... No, verdes. Espera, no me lo digas…

Ya digo que ayer me acordé de Julio. Hablaba con un chaval de 16 años que tampoco se ha fijado demasiado en los ojos de su presunta novia.

Le he dicho lo mismo que a Julio:

—Cuando sepas muy bien cómo son sus ojos y te importe eso más que el resto de su anatomía, creeré que empiezas a estar un poco, sólo un poco, enamorado.

martes, 3 de noviembre de 2009

Morir, dormir, despertar...

Este año no pensaba ir al cementerio. En nuestro Madrid, tan grande e inhóspito, uno ya no tiene tiempo para casi nada; pero me he levantado muy temprano y, al salir de casa, mi coche ha tomado una extraña querencia y me ha llevado hasta la misma puerta de La Almudena. Se ha detenido allí y he rezado un responso por todos los amigos que descansan en esa ciudad silenciosa de los difuntos.

Ya sé que no están en sus tumbas; que viven con el Señor una vida nueva “como chispas que prenden en un cañaveral”, según la expresión del libro de la Sabiduría; pero me ayuda visitar el cementerio; necesito ver, tocar, leer los nombres, para traerlos a la memoria y pedir por cada uno.

He leído en algún periódico que los camposantos son lugares tenebrosos; que habría que eliminarlos, reducir los muertos a ceniza y dar a esos terrenos una utilidad más alegre.

Creo que se equivocan quienes piensan así. Los cementerios nos recuerdan que existe la muerte, pero hablan sobre todo de la vida: son un grito de esperanza. Cuando los primeros cristianos enterraban y veneraban a sus mártires en las catacumbas, estaban afirmando su fe en la resurrección, su convicción de que la muerte es el principio de la vida, y que en esos huesos, que fueron templo del Espíritu Santo, hay algo divino, una semilla de inmortalidad, que germinará pronto y dará fruto. “Polvo serán, mas polvo enamorado…”

Desde La Almudena he ido al colegio, y he recordado a dos personajes de Shakespeare y de Calderón de la Barca: Hamlet y Segismundo. Hamlet, tentado por el suicidio, veía en la muerte un alivio, un sueño eterno: dormir “para terminar con los dolores del corazón”. Pero añadía: “morir, dormir, quizá soñar…” Sí, ése era el problema: qué siniestras pesadillas esperan al que renuncia voluntariamente a seguir viviendo.

Segismundo no pensaba que la muerte fuera un sueño. Al contrario, la vida sí que lo es, decía: “…pues estamos/ en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar;/ y la experiencia me enseña/ que el hombre que vive, sueña/ lo que es, hasta despertar.”

Hamlet se equivocaba, porque morir no es dormir, sino despertarse; abrir las ventanas a la luz, a la belleza, al amor y a la justicia de Dios. Sin embargo tampoco acertaba Segismundo en su lamento final: “¿qué es la vida?, un frenesí;/ ¿qué es la vida?, una ilusión,/ una sombra, una ficción”...

No, esta vida es real. Nuestros amores de la tierra, nuestro trabajo, nuestras luchas, van edificando, día a día, la Gloria que Dios nos dará gratis. Así lo expresó San Josemaría en una inolvidable homilía hace 42 años:

“En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”

Mientras pensaba estas cosas, empezaba a amanecer en Madrid.

La manifa contada por una niña

Nuestro amigo Dani estuvo en Madrid con el cole para participar en la manifa y filmó este video. La narradora es su hija mayor, que tiene 4 años. Por cierto, ¿cómo se llama?




Yo había anunciado que no volvería sobre el tema, pero ¿quién se resiste a semejante relato?

lunes, 2 de noviembre de 2009

La jerga


Santiago (16 años) me ha dicho algo incomprensible:

—Es que tú eres un cura máquina, tío.

—¿Y eso qué significa?, me pregunta Kloster

Significa que envejecemos, colega, y, por tanto, ya no entendemos la jerga de la tribu.

Los lunes, publicidad


Algunas veces los publicitarios se complican demasiado la vida. Esta campaña, un poco surrealista, es un ejemplo. Tiene como protagonista a un corredor al que le han salido unos pies en la cabeza. Para que se los amputen, acude a un hospital.

La campaña pretende animar a los atletas y corredores para que ‘vistan’ sus pies con el calzado correcto para no causarse a sí mismos problemas durante la carrera. “Think about your run. Not your feet” es el mensaje sobre el que se crea toda la historia.

La campaña estará presente en ‘TV TAXI’, canal que sólo se emite a través de las televisiones instaladas en los taxis de Nueva York.

En mi opinión el anuncio es malo. Yo creo que sus creadores lo han pensado, en efecto, con los pies.

¿Por qué lo pongo? Porque esta semana no he encontrado nada que valiera la pena: unos trogloditas que usan desodorante; un monstruo formado por la basura que genera un francés al día, y cosas así.


domingo, 1 de noviembre de 2009

Todos los Santos


—¡Eh, despistado!, ¿no saludas o qué?

—Perdona Juan Antonio, es que no me había fijado.

Mi encuentro casual con un viejo amigo me ha llevado a pensar que, en efecto, soy un cura despistado. Voy por la calle pensando en mis cosas, viendo sin mirar o mirando sin ver. Luego he llegado a la conclusión de que la fiesta de hoy —Todos los Santos— es una invitación levantar la barbilla y mirar hacia arriba, al Cielo, sin miedo a que nos deslumbre el sol. Sí, es bueno recordar que hay una multitud de santos en el Paraíso, la mayor parte desconocidos, que están también a nuestro servicio. Más de uno podría decirnos lo mismo que mi amigo:

—¡Eh, tú! ¿No me saludas?

Hay demasiados espíritus encorvados, que de tanto mirar al suelo chocan contra las farolas y ni siquiera reconocen a Dios cuando pasa a su lado.