En la Iglesia es preciso sonreír de vez en cuando:
ante la Santa Madre de Dios, alzada sobre la serpiente como si llevara tacones altos;
ante San Antonio, junto al que cuelgan los exvotos de hojalata cual máscaras mexicanas;
ante el escrupuloso, que no cesa de dar la tabarra al confesor musitándole sus cuitas al oído;
ante el seminarista enclenque, al que alimentan con el pecho de la teología;
ante los maridos, cuyos anillos chapalean en la pila del atrio cual dorados peces;
ante el sermón que concluyó antes incluso de haber comenzado;
ante quienes no viven las fiestas, sino que se limitan a rumiarlas;
ante el moralista, que durante la adoración sigue royendo el hueso de lo correcto;
ante los niños que se equivocan y comienzan a entonar:
―Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día;
ante esas cinco señoras delgadas y también ante esas cinco gruesas;
ante los enamorados que, al desmontar su corazón, encontraron el mecanismo del amor;
ante el existencialista, que, como zorro rojo, traslada sin cesar su soledad de un sitio a otro;
ante esa lágrima envejecida que se va secando sobre el confesonario;
ante el ideólogo, que recuerda a un “espanta-gentes”.
JAN TWARDOWSKI





