jueves, 2 de diciembre de 2010

Adviento (III)


Los ángeles ciegos 
Cuando los hombres habláis de belleza, pensáis en la armonía de unos colores, en las proporciones de un cuerpo, en la tersura de una piel joven o en la frescura de una mirada. Hacéis bien: esa belleza es como un destello del fulgor divino. Y sin embargo es compatible con la maldad. 
¿No habéis tenido nunca la experiencia de encontrar a un hombre o a una mujer diabólicamente hermosos que, al mismo tiempo repelen? En el Cielo esa inquietante paradoja es imposible. La belleza de un ángel refleja, sin sombras ni engaños, la infinita hermosura de Dios. 
Así se entiende mejor la terrible tragedia de Lucifer. Era el portador de la Luz, el más hermoso de todos los Espíritus. Ninguno de nosotros podía comparársele y nadie sentía la menor envidia, porque veíamos en él una expresión admirable de todas las perfecciones divinas.
Pero Dios nos puso a prueba. Por un instante los ángeles del Cielo nos quedamos a oscuras y sufrimos la experiencia de la duda y de la oscuridad luminosa de la fe. Yahvé nos hizo ver que había puesto su corazón en un mundo diferente e inferior al nuestro, en un universo hecho de espíritu y materia. Y conocimos el Misterio de su Encarnación y también la belleza de su Madre, aquella criatura que Dios forjó en sueños durante toda la Eternidad.
―¿La aceptáis como vuestra Reina? ―nos preguntó―.
Los Ángeles, entonces, temblando como niños ciegos, formamos una corona en torno a nuestro Creador e hicimos un acto de fe, de amor y de abandono. 
Fue un sí enorme y sin fisuras, pero no unánime. En ese mismo instante vimos brillar la espada de plata de San Miguel mientras Lucifer caía al abismo. A medida que se desplomaba, el más hermoso de los Espíritus se convirtió en Satán, el más monstruoso de los seres de este Mundo; y sus seguidores, igualmente horribles, fueron llamados “diablos”.
La gran batalla del Cielo había concluido.
Dios continuó su trabajo creador. Nacieron los ríos y los océanos. Brotaron las primeras flores, y María, la Virgen nonata, soñada por Dios, ya nos sonreía.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué chulo, pero echo de menos algo de la Novena de la Inmaaculada en concreto, aunque lo de hoy me va a servir para una cosilla, que sepa que para las charlas es usted una de mis fuentes preferidas...
Una cosa, en la pestaña de "ya solo faltan..."para la JMJ si se mete da error, por si lo puede mirar a ver qué le pasa!Mejórese de su gripe. Un saludo
MFM

Enrique Monasterio dijo...

El año pasado dediqué una entrada diaria a la Novena de la Inmaculada.

maisa dijo...

PRECIOSO!!!!

gosspi dijo...

Hoy me invitas a ser como un angel!!!Enrique, me encanta que hables de la Virgen, para mi fué la rubrica de la Creacion.....
me encanta....
Yo sin Nuestra Madre..estoy Perdida!Un abrazo

Gonzalo dijo...

Yo no comentaré nada, que es de mala educación hacerlo con la boca abierta...

Juana la Loca dijo...

el acto de fe que define a los angeles.... Menos mal que los hombres tenemos oportunidad de volver una y otra vez, con lo burros que podemos llegar a ser!

Vila dijo...

Gracias III. Y efectivamente mejor sin comentarios para no estropear la estampa. Gracias por llevarnos de nuevo a Nuestra Madre.

Historias del Metro dijo...

Sí, hay muchas, muchas cosas bellísimas y atractivas que esconden mucha infelicidad dentro. Ojalá supiéramos verlas más claramente.

Almudena dijo...

Es cierto, si Lucifer cayó... como para no estar alerta. No es fácil aceptar la Voluntad de Dios cuando deja atrás las propias expectativas. Gracias por el aviso

Escarlata O'hara dijo...

D. Enrique ¿por qué no publica de nuevo alguna entrada de la novena del año pasado? Yo también la echo de menos.
¿Cuándo dice que vaa publicar ese folleto?

ignacio sevillano dijo...

hola soy Ignacio, estoy aqui como te prometi. ¿has luchado con san miguel?.

Enrique Monasterio dijo...

Por supuesto, Ignacio, pero siempre a su lado

ARdV dijo...

Lindisimo don Enrique!! Gracias!! Me encanta eso de que la belleza se puede ver el bien y la belleza ajena sin "la menor envidia, porque se ve allí una expresión admirable de todas las perfecciones divinas"
De esa manera nos podemos llenar de más orgullo al ver nuestras miserias y las muchas cualidades en los demás, pues podemos presumir de que a pesar de ser tan poca cosa, somos hijos de Ese Dios tan perfecto.

Anónimo dijo...

Llego tarde pero... Gracias. Aquí se despista uno 24h y se le acumula el trabajo. AC