domingo, 6 de enero de 2008

Epifanía.

No pensaba poner en el blog más capítulos de "el belén que puso Dios", pero me dice Pilar que hoy sí, que es Epifanía, que porfa, ande... Bueno, pues aquí están "las figuras torcidas". Así se tituló este capítulo.



—Dios lo puede todo, ¿verdad?
—Sí, claro...
—Entonces, ¿podría crear una piedra tan pesada,tan pesada
que ni Él mismo fuese capaz de moverla?
—Ya la ha creado.
—¿Sí..?
—Claro. Tu voluntad es esa piedra.
(Parte de una conversación con una alumna de 11 años. No sé si
me entendió. Por si acaso, le dedico este capítulo)

Para poner su belén, Dios Padre utilizó figuras grandes, como las estrellas o los montes, y figuras diminutas, como el grillo del portal o los estorninos que limpiaron el suelo del establo. Todas son obras de arte, como corresponde a la infinita sabiduría del Creador; pero no era preciso hacerlas perfectas. Incluso convenía que tuviesen deficiencias y limitaciones: la tosquedad también es graciosa, y el belén de Yahvé no iba a ser precisamente de porcelana. Por otra parte, ¿cuándo es perfecta una colina, una nube o un borrico?
Según aseguran en el Cielo, el primer camello (el todoterreno de los desiertos, que habría de ser cabalgadura de los Reyes Magos) fue diseñado por un comité de ángeles; y salió tan feo, con su mirada miope, sus jorobas grotescas y sus zancos enormes y descoordinados, que a nadie se le pasó por la mente que Yahvé aprobaría aquel extraño proyecto. Sin embargo a Dios le gustó su aire desgarbado, sus depósitos de combustible a la vista y la suspensión independiente en las cuatro patas. Y creó el camello de dos jorobas, y el modelo deportivo con una sola, al que llamaron dromedario.
A lomo de dromedarios llegaron los Magos a Jerusalén, y allí conocieron a otra de las figuras del belén; un personaje que salió torcido y un tanto ridículo: se llamaba Herodes.
—¿Quieres decir que algunas figuras le salen mal a Yahvé?
Oriente parecía escandalizada
—¿Cómo puedes pensar eso?, respondió el Arcángel. El Creador trabaja el barro divinamente, pero los hombres no son como las estrellas, y algunas veces no se dejan modelar.
—Pues no lo entiendo.
—Resulta que Dios Nuestro Señor piensa en cada una de las criaturas desde toda la eternidad, y sólo con quererlas, comienzan a existir. Tú, Oriente, eres un pensamiento divino, y no puedes escaparte de la mente de Yahvé. Allí estarás mientras dure el universo. Si por un imposible Él se olvidara de que existes, te esfumarías; no quedaría de ti ni un átomo de recuerdo. ¿Me sigues?
—Me temo que no...
—Recuerda lo que te dije hace tiempo: que Dios te ha creado perfecta y completa para la misión que tienes encomendada, que tu vida y tu muerte están ya escritas, igual que la caída de cada hoja del último arbusto del mundo o las notas de la melodía que interpreta la brisa al peinar las copas de los álamos. Nada escapa a la voluntad de Yahvé..., salvo una cosa.
Oriente asentía con un estudiado parpadeo, pero la verdad es que no entendía nada.
—Me refiero a los hombres, naturalmente, a las únicas figurillas del belén que Dios ama por sí mismas, las únicas también que están inacabadas. Él ha soñado con cada uno, y a cada uno le ha asignado un puesto junto al establo de Jesús. Más aún, querría poner el pesebre en el mismo centro de su corazón. Pero los ha hecho libres.
—¿Y eso qué significa?
—Que Yahvé les ha hecho alfareros de su propio barro y quiere que terminen de modelarse a sí mismos. ¿Te has fijado que, cuando nacen, son las criaturas más indefensas del universo? Es que están aún sin hacer, y necesitan años para madurar. No ocurre lo mismo con los demás animales: fíjate en las aves, por ejemplo; Yahvé las viste de plumas y en pocos días las lanza a volar, que sólo para eso han nacido. Pero los hombres deben formarse poco a poco, hasta llegar a ser..., lo que ellos quieran.
—¿Y Dios no les ayuda?
—Naturalmente. Y si son sensatos, se dejarán llevar de su mano, ya que, en definitiva, Él está más empeñado que nadie en hacerlos felices. El problema es que algunos usan su libertad tan mal que acaban por destruirse. Y cuando Yahvé les habla, se hacen los sordos o miran para otra parte, como aquel pequeño rey. Y entonces salen torcidos, grotescos: son las figuras oscuras del belén de Dios.
Pero, ya lo verás, Oriente: aunque Yahvé no pueda cambiar la voluntad de Herodes, sus planes saldrán igualmente.
* * *
—Hemos visto su estrella en Oriente... —había dicho Gaspar. Herodes, sentado en su inmenso trono, parecía cada vez más pequeño, más viejo y tembloroso. Melchor tuvo la extraña sensación de que, a medida que aumentaba su ira, disminuía de tamaño, y se convertía en un enanito gruñón con ropajes demasiado grandes y con una corona que resbalaba en todas las direcciones.
—¡Su estrella! —explotó al fin— ¿Qué estrella? ¿Cómo saben ustedes que era una estrella, y no un cometa, un planeta, un meteorito, un reflejo de la luna, un pegaso, un halcón peregrino o cualquier otro objeto volante no identificado? ¿Y qué significa exactamente su? ¿Qué les hace suponer que esa presunta estrella sea propiedad privada? Han de saber, mis queridos magos, que, en este reino, todo lo que existe, desde las más profundas entrañas de la tierra hasta el cielo, pertenece a la Corona...
—Y al Altísimo...
—Sí, claro. Pero ¿quién administrará mejor lo que pertenece a Yahvé que el Rey de su Pueblo Elegido?
Los Magos, que habían contado ya su historia tres o cuatro veces, escuchaban con paciencia las quejas de Herodes, y se preguntaban por qué razón, a ese reyezuelo, gruñón y avinagrado, le apodaban en Israel El Grande.
* * *
Oriente no comprendía por qué Dios nuestro Señor le había fundido los plomos. Apagada, sin luz y sin calor, volaba a oscuras por el espacio como una estrella fantasma o como un meteorito, invisible a los ojos de Los Magos, que la habían perdido a las puertas de Jerusalén.
—¿Por qué no puedo volver a brillar como antes? —se quejaba—. No es justo lo que les ha ocurrido a los pobres Magos. Me han seguido desde tan lejos... Hemos cruzado el desierto, y no han desfallecido. Sabes bien, Gabriel, que a punto estuvieron de volverse atrás cuando Yahvé les mandó la tormenta de arena, y cuando se quedaron sin agua y casi sin esperanza de encontrarla. Sin embargo todo lo superaron porque sabían que al anochecer yo aparecería en la línea del horizonte para indicarles el camino. Sin embargo, ahora... ¿Qué pueden hacer si Dios me deja sin luz?
—Preguntar a quien representa a Dios. Su estrella, en esta etapa del viaje, debe ser el Rey de Israel.
—¿Herodes?
—Cumplirá su misión, no te preocupes. Y cuando lo haga, Yahvé te encenderá de nuevo para que guíes a tus Magos.
* * *
No se hablaba de otra cosa en Jerusalén:
—Dicen que ha nacido el rey de los judíos...
—¿Quién lo dice?
—Han llegado unos Magos de Oriente, unos gentiles amigos de las estrellas.
En el templo lo susurraban los sacerdotes y los mercaderes; los rabinos buceaban en sus libros en busca de pistas para localizar al Niño; los pastores llevaban el mensaje con sus rebaños a los pueblos vecinos; los campesinos, siempre desconfiados, miraban de reojo al Cielo por si también ellos avistaban la estrella, y hasta los publicanos olvidaron por un momento su oficio de recaudadores para preguntarse quién podría ser ese rey tan temido y deseado.
Herodes, entre tanto, reunido con los teólogos de la Corte, trataba de dar una salida a la crisis.
—¿En Belén? ¿Estáis seguros?
—Eso dice el Profeta, Majestad: "Y tú Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel..."
De nuevo ante los Magos, Herodes se deshacía en sonrisas.
—Traigo buenas noticias... Quizá tengáis razón, y vuestra famosa estrella anuncie el nacimiento de un rey. Id a Belén, y preguntad allí. Si lo encontráis, regresad cuanto antes, que yo también quiero adorarle.
Cuando los Magos cruzaban la puerta de la Ciudad, Yahvé encendió de nuevo a su estrella y le entregó como regalo una cola bellísima de espuma plateada, como la estela de una nave. Los Magos, al descubrirla en el horizonte, se llenaron de alegría, y Oriente se ruborizó al verse reflejada en las aguas del mar. Quisó decir algo; pero al Ángel, de pronto, le entraron las prisas:
—Tengo que irme, Oriente. Estos tres infelices no saben lo que está maquinando Herodes. Voy a contárselo. Tú, mientras tanto, guíales hasta el Portal.
Gabriel se había puesto serio, y aunque todo el mundo sabe que los Ángeles no lloran, la estrella creyó ver en sus ojos la chispa de una lágrima.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás triste?
—Nada, Oriente, nada... Es que el belén de Yahvé se va a llenar de sangre. Pronto verás las primeras figurillas rotas; morirán antes de abrir los ojos. Son los más inocentes, y Dios los creó para vivir; pero Él, que ha preparado un firmamento entero para decorar su cuna, que ha movido montañas y océanos con sólo su pensamiento, no puede mover la voluntad libre de un reyezuelo oscuro y torcido... Es una piedra demasiado pesada para el Omnipotente.
Apenas se fue el Ángel, Oriente escuchó el llanto de un Niño. Belén estaba a la vista, y la estrella empezó a descender sobre el Portal. Tras su larga estela de plata, volaba una escuadrilla de serafines, que comenzó a entonar el primer villancico, con letra y música de Yahvé. El espectáculo fue tan grandioso que hasta los ángeles sintieron escalofríos. Pero en la tierra casi nadie lo vio: los hombres, aquella noche, tenían otros sueños más urgentes. Y fue una pena, porque tampoco vieron el rubor de las mejillas de María ni la sonrisa de San José ni los aplausos del Niño desde el pesebre.

sábado, 5 de enero de 2008

Elogio del taco (hasta cierto punto)



Dicen que mi amigo Odón es mal hablado, pero si lo fuese de verdad, nadie se lo echaría en cara, porque, tal como está el patio, una grosería más o menos ni se nota. En esta tierra nuestra se dicen ordinarieces en todos los foros: en el Parlamento, en el Estadio de los Pajaritos y en la Real Academia de Bellas Artes. Lo que ocurre es que a Odón se le notan más los tacos, precisamente porque los utiliza con moderación y sabiduría. Él mismo suele explicarlo con singular vehemencia:

—Al fin y al cabo —decía en su tertulia literaria— ¿qué es el taco? ¡Lírica pura y simple! Machado definió la poesía como "unas pocas palabras verdaderas". Y ¿acaso hay palabra más verdadera, metáfora más breve, más auténtica y más apta para transmitir sentimientos que el taco ibérico en toda su grandeza original...?

Pues qué queréis que os diga: que Odón tiene razón, aunque rime. El taco es un tesoro de la lengua que debe conservase con orgullo. Es un recurso violento, de acuerdo, pero de tal expresividad concentrada, que, cuando se emplea adecuadamente, ahorra largas y prolijas explicaciones.

Elenita Castromil, por ejemplo, conduciendo el Golf de mamá, saltó al prado con el coche, se tragó una vaca y se rompió dos costillas, el parachoques delantero, los pilotos, las gafas, el radiador y la tibia de la pierna derecha. En tal coyuntura se le presentaron dos posibilidades:

a) telefonear con el Nokia al traumatólogo de guardia y decirle: "mire usted, don Arturo, creo que me he fracturado la tibia y tal vez incluso tenga fisura de peroné, porque el dolor de mi espinilla es intensísimo, especialmente cuando me río. Si a esto añadimos la opresión en el pecho, etc., etc."

b) olvidar por un momento la educación recibida en el colegio y aullar por el teléfono (rellene el lector el espacio entre paréntesis). Esto fue precisamente lo que hizo Elenita, y el buen doctor la comprendió perfectamente.

—Así que usted es partidario del taco.

—Dentro de un orden, sí. Pero hay un problema de saturación.

Hemos quedado que la palabrota es una metáfora: descabellada, pero eficaz si se emplea sobriamente (3 ó 4 por persona/año parece una cuota razonable). Ahora bien, abusar de las metáforas equivale a devaluarlas; es convertirlas en lugares comunes insoportables. El primero que comparó los labios de su amada con un rubí y sus dientes con perlas, probablemente era poeta. El segundo fue un plagiario, y el tercero también. El decimoquinto y los que todavía siguen, son unos cursis estomagantes.

Debería haber un depósito de fiambres literarios donde se almacenasen las metáforas asesinadas por el uso. Y a quienes trataran de exhumarlas, se les impondría la correspondiente pena de cárcel.

Con el taco ha ocurrido precisamente eso: la ignorancia, la pobreza de lenguaje, la tartamudez mental y el estercolero en que se han convertido algunos cerebros celtibéricos, han transformado la palabrota en muletilla de todas las conversaciones. Es imposible mantener una charla normal sin oír cada cinco o seis segundos una rústica alusión glandular, una referencia al presunto oficio de la madre de un tercero, un superlativo hormonal o lácteo, y todo ello bien adobado con imágenes marrones y verdosas de aroma pestilente.

¿No os entristece este envilecimiento que ha sufrido el noble, rotundo y escandaloso taco ibérico?

Dejadme que insista: el taco era una interjección llena de fantasía para momentos solemnes, y se nos ha convertido en una conjunción o en un adverbio blando y amorfo, en una especie de autem latino, que no se traduce, porque no significa casi nada. Fue una originalidad del castellano, ya que ningún otro idioma ha tenido tanta riqueza imprecatoria. Nos envidiaban los angloparlantes, y sólo los italianos podían competir con nosotros (ellos nos superaban en gestos); pero por desgracia, todo eso es historia: la palabrota, como los dinosaurios, se extingue por superpoblación y gigantismo.

Por eso me atrevo a pedir a las organizaciones ecologistas que hagan campaña en favor de esta especie amenazada. Devolvamos al taco su habitat natural, y saquémoslo del lenguaje diario y cutre

—¿Pero…, lo dice en serio?

—Completamente. Yo siempre hablo en serio. ¿Es que no os aburre oír invariablemente las mismas quince palabras. ¿No os preocupa, que el número de vocablos en uso disminuya de día en día? Hay ordinarieces-comodín que igual se usan para alabar que para insultar. Da lo mismo: ya no significan nada.

Caminamos hacia el ladrido como suprema y única forma de expresión.




viernes, 4 de enero de 2008

Libros

Se acerca el final de mi estancia en Asturias, y trato de hacer balance de estos días: he visto aves acuáticas, he descansado hasta el agotamiento y he leído cinco libros:

Una novela policiaca perfectamente prescindible,

Juego de azar de Sławomir Mrożek, un libro delicioso de microcuentos divertidos e inteligentes,

El Origen del hombre, de Mariano Artigas y Daniel Turbón ,

y otros dos, a los que quiero referirme con más detalle:



En las afueras de Jericó, de Julián Herranz. Ya había leído en Madrid estas memorias romanas del Cardenal Herranz, pero lo hice demasiado deprisa, picoteando por el interior, en busca de fechas o acontecimientos que me interesaban por alguna razón especial. Ahora he comenzado desde el principio. He disfrutado y me he conmovido al revisar mis propios recuerdos de una época de la historia de la Iglesia y del Opus Dei que yo también viví, enterándome sólo a medias. Don Julián escribe un castellano espléndido y eficaz, limpio de italianismos, a pesar de que lleva medio siglo en Roma. Vale la pena leerlo y guardarlo.


Coraje frente al cáncer, de Pablo Álvarez. Es el último libro que ha caído en mis manos. Su autor, un joven periodista de “la Nueva España” de Oviedo, recoge un puñado de historias profundas y plurales, marcadas por el coraje de unos hombres y mujeres que se han enfrentado al cáncer en carne propia o en sus seres queridos. No es un libro triste ni morboso. Al contrario, nos muestra cómo la enfermedad puede ser un camino para cambiar, para descubrir el sentido de la vida y de la muerte.



Pablo Álvarez

La noria II




Me dice Carlos que no se cree que haya una noria con burro en el belén de Solavieya, que le parece que me invento muchas cosas "para escribir historias bonitas".

Es encantador comprobar cómo un chaval de 17 años te llama mentiroso y se queda tan ancho.

Aquí tienes un par de fotos. No son muy buenas, pero ya es sorprendente que un teléfono sirva para estas cosas. Cualquier día llamaremos por teléfono con la máquina de afeitar. La noria está a la izquierda del portal que hay sobre este texto.

No te preocupes, Carlos; no me enfado contigo. Ya sé que tú hablas así. Te doy las gracias por suponer que escribo "bonito" y también porque me das la oportunidad de cumplir mi propósito de poner en el blog al menos diez líneas cada día.



jueves, 3 de enero de 2008

La noria



Cuando
llegué a Solavieya, hace veinte días, ya estaba puesto el belén. Y en el belén había un borrico atado a una noria que giraba de verdad y sacaba agua auténtica de un arroyo.

Algunas tardes he hecho mi oración junto a ese nacimiento, y el sonido del agua me ha ayudado a entrar en la escena del Portal. Otras veces he recordado aquello que escribió San Josemaría:
¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! —Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. —Un día y otro iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín
Ahora la Navidad empieza a declinar, y aunque el belén sigue intacto, a la espera de los Reyes Magos, la noria ya no tiene agua. Se conoce que se ha evaporado por culpa del cambio climático.

¡Pobre borrico! Él sigue en su lugar de trabajo en un esfuerzo constante e inútil.

¿Inútil? Dentro de unos días volveré a Madrid y seré, de nuevo, como ese burro. A veces los curas tenemos la impresión de que intentamos sacar agua de un desierto. Y viene la tentación de tumbarse bajo una mata a la espera de tiempos mejores.

Pero el borrico debe seguir girando alrededor de la noria. ¡Quién sabe! A lo mejor el agua no se ve ni se oye pero está ahí. O quizá salgan sólo unas gotas, y sea eso lo que el Niño necesita para calmar su sed.


miércoles, 2 de enero de 2008

Una tórtola en el balcón

Pobrecilla, la llaman "Streptopelia decaocto"

Llego
a mi habitación. La ventana está abierta de par en par y entra una brisa fresca muy agradable. Me siento frente al ordenador y entonces la veo: una preciosa tórtola turca se ha posado en el balcón.

Me quedo inmóvil, sin atreverme a respirar. Al fin levanta el vuelo y yo me dispongo a redactar la noticia.

—¿Dónde está la noticia?, me pregunta Kloster.

—En que tengo balcón. ¿Te parece poco?


La llamaremos Rosa


Perdí de vista a Rosa hace diez o doce años. Hoy reaparece en forma de e-mail:

Querido don Enrique: seguro que no se acuerda de mí. (Ya empezamos; naturalmente que me acuerdo) Bueno, de mi historia supongo que sí se acuerda, porque no creo que haya tenido muchos bichos como yo (tienes razón, como tú, casi ninguno). Ahora vivo en Bruselas (pongamos Bruselas para despistar), estoy casada con un belga más católico que yo y tengo dos niños. El último nació hace quince días. Se llama Daniel y es un llorón súper guapo. A lo mejor lo bautizamos. De usted depende. Convénzame y véngase a Bélgica a echarle el agua.

A continuación, Rosa se explaya a gusto en el relato de estos últimos años, y me dice que, como está en plena depresión post parto, se ha metido en Internet y ha descubierto mi blog por casualidad. (Lo de la casualidad no me lo creo).

No sabe la ilusión que me ha hecho. Sobre todo por esas historias que cuenta, que suenan como si fuesen de verdad, jajajaja… ¿Le gustaría contar la mía? A mí me encantaría un horror leer mi propia vida contada por usted, se lo aseguro. O sea que le doy permiso para escribir lo que quiera. Me cambia el nombre, y ya está. Así se la puedo enseñar a mi marido, que dice que soy una exagerada y que no puedo haber sido tan mala como le cuento…

El mensaje continúa en el mismo tono, y concluye diciendo:

Bueno, le he engañado. A Daniel lo bautizaremos la semana que viene en la misma iglesia donde bautizamos al mayor el año pasado. ¿Se da cuenta? ¡Dos niños en dos años! Es que estoy hecha una madraza. ¿Cómo lo ve?

Lo veo bien. Es más, era previsible. No sé si escribiré tu historia algún día, pero hoy quiero reproducir aquí lo que me dijiste cuando sólo tenías dieciséis años, fumabas porros y te gustaba coger el punto tomando vodka con kiwi los fines de semana.

“Mi madre me alucina, se lo juro. Yo, si pudiera, sería como ella. Pero es muy fuerte tener ocho hijos, trabajar en casa todo el día, aguantar a mi padre, que es un plasta, y encima estar siempre guapa y sonriente”.

Más o menos ésas fueron tus palabras. Como ves, has empezado a cumplir tus sueños.


martes, 1 de enero de 2008

El barrio crece




A lo largo de este año que acaba de terminar, los blogs de mi barrio han ido ajustándose poco a poco. Alguno ha desaparecido de improviso, como el de Ricardo, que tuvo cara de payaso triste, y se marchó un buen día sin decir ni pío (¡Ricardo!, ¿dónde estás?).

Patzarella no se fue, pero cambió su imagen. Ahora su página se me antoja más alegre y más libre.

Nacieron blogs geniales, como el de Benita (que ya podría ir quitando el chupete a sus jefes) y el de don Mario, que llegó desde Italia.

Para empezar el 2008 se incorporan estos dos: el de mi amigo y colega Rafa, que es un cura pensador y pajarero, y el de Abu Saif al-Andalusi , que reside en Inglaterra por el momento, y tiene un blog peleón pero cordial.

Yo me temo que no podré mantener el ritmo del año pasado: 377 entradas en 10 meses de vida me parece demasiado.

Y si tuviera que dar un premio al talento, el sentido común y a la generosidad, se lo mandaría a Juanan y a su antro. Nadie diría que acabó el bachillerato hace menos de un año. El asegura que aún "está en construcción", pero no cabe duda de que ha puesto unos cimientos muy sólidos.

Ojalá no se crea todos los piropos que le echamos sus seguidores.

El belén que puso Dios, 9

Termino esta selección de capítulos de "El belén que puso Dios" con la historia de "Moreno", el borrico. ¡Si supierais cuanto partido le saqué al personaje! Las niñas nunca se cansaban de oír nuevas aventuras de Moreno.


El Trono del Niño


Salvarás a los hombres y a los borricos
(Salmo 35, 7 )

Se llamaba Moreno y nació en Belén justo dos años antes que Jesús y precisamente en la posada de Joaquín, donde no encontraron alojamiento María y José.

Es cierto que ni el lugar ni las circunstancias de su venida a este mundo fueron especialmente confortables, pero a él y a su madre les importó muy poco, ya que Moreno era un borrico, y su madre, una pollina de nombre Canela, propiedad de un mercader venido del Oriente llamado Hammad.

El caso es que Hammad iba camino de Siria y no podía llevarse de viaje un burro recién nacido. Así que, tras detenerse en Belén los días precisos para que Canela se recuperara del parto, decidió vender el asno a quien lo quisiera. Y Joaquín, que estaba al quite, lo compró a precio de saldo.

—Que conste que te hago un favor —le dijo el mesonero—. ¿Quién va a querer un animal de leche? Yo tengo ganado en abundancia y puedo intentar criarlo; pero, si se me muere, que es lo más probable, lo pierdo todo...

Pero Moreno no parecía dispuesto a morirse. Al contrario: crecía fuerte y saludable en el patio de la posada, donde pasó los primeros meses de su vida.

Una día, muy de mañana, Salomé, que era la encargada de cuidar al animal y le había tomado cariño, despertó con sus gritos a todos los huéspedes:

—¡A Moreno le ha salido una estrella en la frente!

La cosa, a primera vista, no parecía alarmante. Todo el mundo sabe que los burros suelen tener manchas en cualquier parte del cuerpo, y alguna puede incluso parecer una estrella. Lo que ocurre es que esas marcas, o son de nacimiento, o al menos tardan meses en formarse. Por eso se asustó tanto la empleada cuando comprobó que aquella había salido en unas pocas horas.

—¿Estás segura de que es nuestro burro? —le respondió Joaquín desde su habitación—. Fíjate bien, no sea que algún aprovechado nos haya dado el cambiazo.

Pero Salomé no se equivocaba. Moreno se había convertido en un señor borrico con personalidad bien definida: era fuerte, lustroso e incluso apuesto, dentro de lo que cabe. Nadie que lo conociera podía confundirlo con otro. Así que, como aseguró la lavandera, sólo cabía una explicación:

—De verdad se lo digo, señor Joaquín. Este burro va a ser algo grande, porque Yahvé le ha besado en la frente y le ha marcado con un lucero blanco.

Pocos días después, sin que nadie supiera la razón, Moreno se escapó de la posada y tomó el camino del Norte.

A Salomé le entró una llorera más que regular, que era su forma tradicional de defenderse de las iras del amo. Pero en esta ocasión no hacía falta: más que enojado, Joaquín se encontraba perplejo.

—Te aseguro, Susana, que no lo entiendo —explicaba a su mujer—. Moreno es el borrico más mimado; se encontraba a gusto con nosotros, y para Salomé era como de la familia. ¿Por qué se habrá ido?

—Nunca te preguntes por qué hacen tal o cual cosa los animales —le respondió, sentenciosa, Susana—. Como no tienen inteligencia, Yahvé piensa por ellos, les fija su destino y les va marcando su ruta. Olvídate de él. Si Dios lo tiene dispuesto, volverá a nosotros algún día. Si no, siempre estará en sus manos.

Joaquín miró a su mujer como si no acabara de conocerla:

—No sé a dónde vamos a parar —masculló por lo bajo—. Ahora hasta las mujeres hablan como si fueran profetas. A este paso, terminarán por aprender a leer y a escribir.

* * *

—Oye, Gabriel, ¿estás seguro de que este cuento... es un cuento?

El Arcángel miró a Zabulón:

—No, Zabulón. No lo es. Pero como no se me ocurre ninguno, no tengo más remedio que contarte historias que han ocurrido de verdad. ¿Quieres que lo dejemos por hoy?

—No..., por favor. Sigue... ¿Qué pasó con el borrico?

—Si te parece, él mismo te lo puede decir.

—Ya te estás riendo de mí otra vez. Los borricos no hablan. ¿Crees que no lo sé?

—Tampoco hablan las estrellas —respondió San Gabriel—, y sin embargo yo me paso las horas charlando con una... Incluso hemos llegado a ser buenos amigos. ¿Y cuándo has visto que los arcángeles se dediquen a contar cuentos a los pastores caprichosos? Lo que ocurre es que vivimos tiempos muy especiales, Zabulón: cuando el Cielo está de fiesta, puede suceder cualquier cosa en la tierra. Es posible también que tú estés soñando. Y en sueños hasta los borricos hablan.

—¿Estoy dormido yo?

—No lo sé... Por si acaso es mejor que te calles. Así no corres el riesgo de despertarte. Y escucha lo que te cuente Moreno.

* * *

Todas las noches me gustaba ir a beber agua a la cisterna que hay en el centro del patio. Primero me hacía el dormido para que Salomé se retirase. Luego esperaba un poco más, y cuando estaba seguro de que todos descansaban, me ponía en pie y, paso a paso, como de puntillas, me dirigía hacia el estanque.

Yo procuraba beber haciendo el menor ruido posible. Me encantaba ver el agua en calma como si fuera un espejo negro. Era mi única diversión asomarme a aquel pozo lleno de estrellas.

Un día, de pequeño, vi la luna reflejada en el fondo, y traté de comérmela de un bocado. ¡Cómo se reía Salomé cuando vio que metía mi cabezota en el agua! Naturalmente me dio un ataque de tos y por poco me ahogo.

Pero Salomé, que es muy buena, me explicó que la luna, en realidad, está en el firmamento, y que esas luces diminutas que parecen llenar el agua de burbujas de oro, son astros enormes que Yahvé enciende durante la noche para que los hombres no se olviden de mirar hacia el cielo.

Sin embargo un día apareció la estrella nueva. Era tan diferente de las otras que estaba seguro de no haberla visto jamás. Y me olvidé de que no estaba en el agua, sino en el cielo, y volví a meter mi cabezota para buscarla, y cuando la saqué chorreando, comprendí que algo grande me había ocurrido: la estrella me había marcado la frente y yo tenía otro dueño.

Me marché en cuanto vi la primera oportunidad. No voy a decir que me daba pena —los borricos somos por lo general poco afectuosos—, pero sí que me costó dejar a Salomé.

Enseguida me encontré con Rafael. Estaba sentado junto al camino, y cuando llegué a su altura, me tomó del ronzal y me dijo:

—Hola, Moreno.

Te estaba esperando. ¿Me llevas?

Se me montó encima. Era la primera vez que llevaba a alguien sobre mis lomos, y me gustó. Enseguida se puso a hablar:

—Ya sé que te estás preguntando quién soy yo, por qué conozco tu nombre y a dónde vamos. Tienes derecho a saberlo.

Yo, que en efecto me había hecho esas tres preguntas, estiré las orejas para escuchar con más atención.

—Soy el Arcángel San Rafael, patrono de los viajeros y de los borricos jóvenes. Te he parado en el camino porque tienes por delante un largo trayecto y Dios quiere que lo recorras sin incidentes. Y te conozco, porque yo mismo te diseñé hace miles de siglos en el Cielo cuando Yahvé nos explicó que necesitaba un trono para su hijo y un vehículo utilitario para su familia de la tierra. Naturalmente Él podría haber resuelto el problema por sí solo, ya que es infinitamente sabio y único Creador de todo lo que existe; pero, como le gusta darnos trabajo, convocó entre los ángeles un concurso de diseño... Estuvo reñida la prueba: hubo proyectos fantásticos que fueron desechados quizá por excesivamente aparatosos. A la final sólo llegaron dos: un ave prodigiosa, ideada por Galbadiel, de largos zancos y ojos saltones, capaz de correr a gran velocidad incluso sobre las arenas del desierto, y tú, mi borrico. Con tu retrato gané el primer premio del concurso. Y Dios creó toda tu larga estirpe con el único fin de que nacieras tú, ya que has sido elegido para ser trono del Altísimo. Al ave finalista la llamó avestruz y la destinó a las estepas africanas.

Quedé tan sorprendido con el discurso de Rafael, que me detuve un momento, volví la cabeza hacia el Ángel y le dije:

—¿Estás seguro de que no te equivocas? Yo soy sólo un burro, y en la posada donde vivo he visto montones de animales mucho más fuertes y grandes, pero sobre todo más hermosos que yo. ¡Si vieras los caballos que vienen de Arabia...! Ellos sí que cumplirían esa misión con dignidad.

—No te engañes, Moreno —me respondió el Arcángel—. Para llevar a Dios y a su Madre nadie está suficientemente preparado. Tú tampoco. Pero tienes dos ventajas sobre los demás: la primera, que eres el elegido por Yahvé, y no vale la pena preguntarse por qué; la segunda, que bastará con que te mires al espejo para que comprendas que Dios no se ha fijado en tu belleza ni en tus dotes físicas. Esos caballos de los que me hablas son verdaderamente magníficos; tanto que correrían el peligro de creerse dignos de llevar al Mesías. Tú no. Eres un borrico gracioso, pero nada más...

A todo esto, charlando, charlando, se nos pasaban las horas: habíamos llegado a la provincia de Samaria, y seguíamos camino de Galilea. Lo extraño es que Rafael no necesitaba descansar, y tampoco yo sentía la menor fatiga. Íbamos deprisa, sin detenernos para comer o para dormir. Yo meditaba las palabras del Ángel, y de vez en cuando le respondía...

—De acuerdo, Rafael. Tienes razón. Nunca se me ocurrirá pensar que Dios se ha fijado en mí por mis méritos. Pero podría haber buscado a un burro con más experiencia. Yo todavía no he empezado a trabajar. ¿Sabes que eres tú el primero que se me ha montado encima?

—Sí que lo sabía. Y, como yo soy un ángel, puede decirse que sigues aún sin estrenar. ¿Por qué crees que no sientes ningún cansancio? Pero no le des vueltas, borrico: Dios va a ser tu único pasajero, y lo llevarás siempre por los caminos de Israel. ¡Qué gran aventura te espera, Moreno!

—Ya. Desde luego que es estupendo... Pero entonces ¿no voy a tener un establo propio, ni una tierra donde descansar?

—Yahvé te dará el ciento por uno en establos, en tierras, en caminos y en estrellas a las que seguir... Es verdad que también te caerá alguna pedrada; pero no te preocupes: no te apuntan a ti, sino al que llevas encima. Será un gran honor para tu piel de burro sufrir los golpes destinados a Jesús, y poder mostrar las cicatrices de esas heridas. ¿No te parece?

Dos días más tarde llegamos a Nazaret. Yo ni siquiera me di cuenta de que era el final del trayecto: tan embebido iba en la conversación con el Ángel. Ahora me parece increíble haber tardado tanto en fijarme en aquella niña que estaba a mi lado y me acariciaba la frente:

—...Es precioso —decía—. ¿No te parece, José? ¿De quién será?

Desde entonces he recorrido muchos caminos. La llena de Gracia me llevó de nuevo a Judea, a la casa de su prima, en Ayn Karim; luego regresé a Nazaret; pero enseguida tuvimos que salir otra vez de viaje. Cuando comprendí que nuestro destino era Belén, me puse un poco nervioso, y casi me muero del susto cuando mis amos llamaron a la puerta de la posada. Quizá no me reconoció Joaquín. Ya se sabe que los hombres tienen peor memoria que los borricos.

Ahora, ya me ves, Zabulón: aquí estoy, más cerca del Mesías que ningún otro animal. Algunos

dicen que el Señor me puso en el Portal para calentar al Niño con mi aliento. No es así: a Jesús le basta con el calor del regazo de María. Yo soy sólo el trono del Rey y el primer juguete de un recién nacido, que ya ha aprendido a tirarme de las orejas.

Me ha dicho el Ángel que debo estar preparado, porque nos espera un largo viaje. Iremos a Egipto. Siempre he querido conocer las pirámides.

* * *

Zabulón había escuchado toda la historia sin pestañear. El bueno de Moreno apoyó su pesada cabezota en el borde del pesebre y miraba al Niño casi con ternura.

—¡Que suerte tienes, borrico! —le dijo el pastor—.

—Es verdad; pero tengo un complejo, Zabulón. Como ves, no soy gran cosa, y es posible que lo que pido a Yahvé sea excesivo para un burro... Verás: cuando nació Jesús, hubo por aquí una gran concentración de ángeles. Llegaban de todos los puntos del firmamento. Había ángeles azules como el cielo; otros eran blancos como la luna o resplandecientes como las estrellas. Y, aunque eran millones, todos cabían en la gruta y pudieron ver al recién nacido. De pronto un serafín tomó una batuta plateada, acalló los murmullos y comenzó a dirigir el coro. Fue maravilloso. Hasta las aves guardaron silencio para escuchar el villancico. Yo entonces pensé que también debía intervenir: al fin y al cabo —me dije— juego un papel importante en esta historia. Así que abrí la boca, e intenté la segunda voz... ¡Qué horror! Algunos ángeles escaparon volando como aves asustadas. Rafael me miró con una cara que ni te cuento; Jesús se despertó con una llorera espantosa, y yo me puse todo lo colorado que es posible para un borrico. Desde entonces ya casi ni me atrevo a respirar... Escucha, Zabulón, tú que eres amigo de Jesús y de María, ¿no les pedirías una gracia para mí?

Zabulón asintió con una sonrisa.

—Diles que quiero aprender a cantar..., no como un ángel, por supuesto. Bastaría con que me diesen un poco de oído (orejas no me faltan) y una voz algo más afinada para que no se asuste el Niño.