
Además quiero decir una vulgaridad que, quizá, no lo sea del todo. Y es que aquí, en la Sierra de Madrid, a sólo media hora de mi casa, el tiempo cambia de ritmo; los minutos tienen doscientos segundos más o menos, y cada segundo se paladea y sabe a eternidad.
Acabo de hablar de eso: de aprovechar el tiempo, que no significa exactamente trabajar. Los clásicos solían distinguir entre el tiempo de "ocio" y el de "nec-ocio" (o sea, el de los negocios). Y entendían que el ocio es, por supuesto, el tiempo más rico y enriquecedor.
El descanso no es, no debe ser, una huida, una "diversión", sino un periodo de crecimiento, de maduración, de encuentro con uno mismo, con la naturaleza y con Dios.
Escribió San Josemaría que "las almas, como el vino, maduran con el tiempo". Y yo añadiría que el vino no se fabrica: se cría en silencio.
Compruebo que mi móvil no tiene cobertura, que no hay televisión, pero sí libros: libros viejos que ya he leído y, por tanto, no me producirán sobresaltos si los ojeo.
Disfruto de un pequeño jardín con un árbol mínimo y una pareja de mirlos la mar de pacíficos y confiados. El año pasado logré, después de varios intentos, que uno comiera de mi mano. Espero que me reconozcan.
Sólo echo de menos un pequeño oratorio con Sagrario, para tener un Interlocutor cercano con quien compartir estos días. Haré la oración en el campo en compañía de mis pájaros.
Son las tres de la tarde. La hora, en punto, que marca el reloj de la foto.








