miércoles, 6 de julio de 2011

El cándido candidato

Católico a la carta

―Yo soy católico, pero…
Me lo dijiste nada más llegar y ahora pienso que debo darte las gracias porque, sin pretenderlo, me has proporcionado un buen argumento para el próximo artículo que escriba en la prensa de papel. Quizá lo titule “católicos con adversativa” ó “católicos-pero”.
El adjetivo “católico” y su correspondiente conjunción adversativa son como los platillos contrapuestos de una balanza, que, con demasiada frecuencia vienen juntos. En algunos casos, la carga del pero es mínima: “Soy católico, pero no practicante”, “católico, pero un poco abandonado”… En otros, por desgracia, el pero pesa demasiado: Soy católico “pero no creo en el Papa”, católico, “pero sin dogmas”, “pero a mi manera”…
Eso me dijiste tú, y quizá fui algo brusco cuando te aconsejé.
―Te sugiero que seas un poco menos católico. Sé sincero del todo. Reconoce que has abandonado la fe y tal vez sí seas capaz de tomar carrerilla y volver desde lejos, sin tratar de inventar un catolicismo tu medida.

martes, 5 de julio de 2011

Liberad al Pato Willix

Otro anuncio. Éste es hispano y tiene gracia.

lunes, 4 de julio de 2011

Los lunes, publicidad

La concepción materialista de la vida y de la muerte es radicalmente inhumana. El hombre sabe que es espíritu y se rebela ante la aceptación de la nada como destino. Hay algo en lo más íntimo de nuestro ser que dice no. Todos sabemos que somos inmortales, que el amor es eterno, que la expresión "para siempre" tiene sentido.
¿No es lógico entonces que, al expulsar a Dios de la sociedad y de la cultura, volvamos al viejo mito de la reencarnación? Sí, es preferible convertirse en sapo o en hormiga antes que en polvo. El materialismo es, por definición, supersticioso.



domingo, 3 de julio de 2011

Domingo XIV del tiempo ordinario.(II)

Venid a mí también todos los que estáis cansados y agobiados

Por el egoísmo,
por la pereza,
por la lujuria,
por la envidia,
por la soberbia,
por la gula,
por la tibieza,
por la mediocridad,
por el miedo a la entrega,
por el relativismo,
por la frivolidad,
por la tristeza,
por la cobardía…

Venid a mí, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. (Mt. 11, 25-30).


Domingo XIV del tiempo ordinario.

Del Evangelio de la Misa de hoy




Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados

de tanto no tener trabajo;
los que contáis y recontáis calderilla a fin de mes;
los que tenéis hipotecados vuestros sueños;
los que no podéis indignaros, porque os faltan fuerzas;
los que veis en las vacaciones no un descanso, sino una huida;
los que acabasteis vuestros estudios y no sabéis para qué;
los pordioseros profesionales y los mendigos vergonzantes;
los del atasco de salida;
los del atasco de la cola del paro;
los de la cola de los comedores de caridad;
los achicharrados en la playa;
los despedidos;
los cargos cesantes;
los morosos;
los insolventes;
los acreedores;
los inquilinos y los caseros;
los emboscados en trabajos vergonzosos;
los jubilados sin júbilo;
los funcionarios congelados y los pensionistas quemados;
los que llegasteis en patera y no tenéis para el billete de vuelta…

Venid a mí, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. (Mt. 11, 25-30).


sábado, 2 de julio de 2011

El Catecismo de la JMJ




Ya está en las librerías el catecismo de la Jornada Mundial de la Juventud. Todos los inscritos ―en este momento ya son casi 500.000― recibirán un ejemplar gratuito.
Se llama YouCat ―abreviación de Youth Catechism― y es una explicación sencilla pero completa de la fe católica. Contiene preguntas y respuestas, comentarios, ilustraciones e imágenes, sumarios de términos clave, citas bíblicas y citas de santos y grandes maestros de la fe católica.
Me he pasado buena parte de la tarde leyéndolo y, la verdad, vale la pena tener un ejemplar en casa.
Éste es el prólogo de Benedicto XVI.

Queridos jóvenes amigos,
Hoy os recomiendo la lectura de un libro poco común. Es poco común por su contenido y también por el modo como se elaboró. Y quiero hablaros un poco de este origen, porque a la vez quedará claro así qué es lo especial de este libro.
Por así decir surgió a partir de otra obra, cuyo desarrollo se remonta a los años 80. Era un tiempo difícil tanto para la Iglesia como para la sociedad mundial, en el que se necesitaban nuevas orientaciones para encontrar el camino hacia el futuro. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y en una situación cultural nueva, muchas personas ya no sabían bien qué es lo que creen en realidad los cristianos, qué enseña la Iglesia, si puede siquiera enseñar algo y cómo se puede adaptar todo esto en una cultura transformada desde su base. ¿No está superado el Cristianismo como tal? ¿Se puede ser cristiano hoy de un modo razonable? Estas eran las preguntas que se planteaban también los buenos cristianos.
El Papa Juan Pablo II tomó entonces una decisión arriesgada. Decidió que obispos de todo el mundo tenían que escribir juntos un libro en el que dieran respuesta a estas preguntas. Me confió la tarea de coordinar el trabajo de los obispos y de ocuparme de que de las aportaciones de los obispos resultara un libro – un verdadero libro, no una agrupación de textos diversos. Este libro debía llevar el título anticuado de „Catecismo de la Iglesia Católica“, pero debía ser, sin embargo, algo nuevo y fascinante. Debía mostrar qué es lo que cree hoy la Iglesia Católica y cómo se pude creer de un modo razonable.
Yo estaba asustado ante este encargo. Tengo que confesar que dudaba que se pudiera lograr algo así. Porque ¿cómo era posible que autores dispersos por todo el mundo pudieran realizar juntos un libro legible? ¿Cómo podían personas que viven en diferentes continentes, no sólo geográficos, sino también en el nivel intelectual y espiritual, realizar juntas un texto que debía tener una unidad interna y ser comprensible también en todos los continentes? A ello se añadía que estos obispos no debían escribir sin más como autores individuales, sino en contacto con sus hermanos obispos, con las iglesias locales. Tengo que confesar que aún hoy me sigue pareciendo un milagro que finalmente se pudiera lograr este plan.
Nos encontrábamos tres o cuatro veces al año durante una semana y discutíamos apasionadamente acerca de los fragmentos que habían surgido en los intervalos. Ciertamente lo primero fue establecer la estructura del libro. Tenía que ser sencilla, para que cada uno de los grupos de autores que establecimos pudiera recibir una tarea clara y no tuvieran que meter a presión sus mensajes dentro de un sistema complicado. Es la misma estructura que podéis encontrar en este libro que tenéis ahora en las manos. Está tomada sencillamente de la experiencia catequética de muchos siglos: lo que creemos – cómo celebramos los misterios cristianos – cómo tenemos vida en Jesucristo – cómo debemos orar. No voy a contar ahora cómo nos abrimos paso a través del montón de preguntas hasta que finalmente surgió de ello un libro. Naturalmente se puede criticar esto o aquello en una obra de este tipo: todo lo que hacen los hombres es insuficiente y puede ser mejorado. Sin embargo es un gran libro: un testimonio de la unidad en la diversidad. A partir de muchas voces pudo formarse un coro común, porque teníamos la partitura común de la fe, que, desde los apóstoles, la Iglesia ha transmitido a través de los siglos.
¿Por qué cuento todo esto? Ya en el momento de la composición del libro pudimos constatar que no sólo son diferentes los continentes y las culturas de sus pueblos, sino que dentro de cada sociedad existen a su vez diferentes „continentes“: el trabajador piensa diferente al campesino, un físico diferente a un filólogo, un empresario diferente a un periodista, una persona joven diferente a una mayor. Por eso tuvimos que colocarnos, en cuanto al lenguaje y al pensamiento, un poco por encima de estas diferencias, por así decir, buscar el espacio común entre los diferentes modos de pensar. Y con ello fuimos cada vez más conscientes de que el texto necesita „traducciones“ para los diferentes espacios vitales, para tocar a las personas en sus propios pensamientos y cuestiones.
En las Jornadas Mundiales de la Juventud celebradas desde entonces – Roma, Toronto, Colonia, Sydney – se han encontrado los jóvenes de todo el mundo que quieren creer, que buscan a Dios, que aman a Cristo y que quieren una comunidad para el camino. En este contexto surgió la idea: ¿No deberíamos intentar traducir el Catecismo de la Iglesia Católica al lenguaje de la juventud? ¿Llevar sus grandes mensajes al mundo de los jóvenes de hoy? Por supuesto que entre los jóvenes de hoy también hay, a su vez, muchas diferencias. De este modo, bajo la acreditada dirección del obispo de Viena, Christoph Schönborn, se ha elaborado un YOUCAT para los jóvenes. Espero que muchos jóvenes se dejen fascinar por este libro.
Algunas personas me dicen que a los jóvenes de hoy no les interesa esto. Yo me opongo y estoy seguro de tener razón. Los jóvenes de hoy no son tan superficiales como se dice de ellos. Quieren saber qué es lo verdaderamente importante en la vida. Una novela policíaca es fascinante porque nos mete en el destino de otras personas, que podría ser también el nuestro. Este libro es fascinante porque habla de nuestro propio destino y por ello nos afecta profundamente a cada uno.
Por eso os invito: ¡estudiad el Catecismo! Es mi deseo más ardiente. Este catecismo no os regala los oídos. No os lo pone fácil. Pues os exige una vida nueva. Os presenta el mensaje del Evangelio como la «perla de gran valor» (Mt 13,46), por la que hay que dejarlo todo. Por eso os pido: ¡estudiad el Catecismo con pasión y constancia! ¡Dedicadle tiempo! Estudiadlo en el silencio de vuestro cuarto, leedlo en pareja, si tenéis novio, formad grupos de trabajo y redes, intercambiad opiniones en Internet. ¡De cualquier forma, mantened conversaciones acerca de la fe!
Tenéis que saber qué es lo que creéis. Tenéis que conocer vuestra fe de forma tan precisa como un especialista en informática conoce el sistema operativo de su ordenador, como un buen músico conoce su pieza musical. Sí, tenéis que estar más profundamente enraizados en la fe que la generación de vuestros padres, para poder enfrentaros a los retos y tentaciones de este tiempo con fuerza y decisión. Necesitáis la ayuda divina para que vuestra fe no se seque como una gota de rocío bajo el sol, si no queréis sucumbir a las seducciones del consumismo, si vuestro amor no quiere ahogarse en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles ni dejar tiradas a las víctimas.
Y cuando os dediquéis con empeño al estudio del Catecismo, quiero daros aún un último consejo: Sabéis de qué modo la comunión de los creyentes ha sido herida profundamente en los últimos tiempos por ataques del enemigo, por la entrada del pecado incluso en lo más interno, en el mismo corazón de la Iglesia. ¡No lo toméis como pretexto para huir del rostro de Dios! ¡Vosotros mismos sois el Cuerpo de Cristo, la Iglesia! Introducid el fuego nuevo y lleno de energía de vuestro amor en la Iglesia, por más que algunas personas hayan desfigurado su rostro. «En la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor» (Rom 12,11).
Cuando Israel estaba en el momento más bajo de su historia Dios no llamó en su auxilio a los grandes y apreciados, sino a un jovencito llamado Jeremías. Jeremías se vio superado por la tarea: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño.» (Jer 1,6). Pero Dios no cambió de idea: «No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene.» (Jer 1,7)
Os bendigo y rezo cada día por todos vosotros.
Benedictus PP XVI

viernes, 1 de julio de 2011

Restaurar al restaurador

No me entusiasman estos vídeos médicos, pero debo reconocer que éste que me envía Cristina es espléndido. Me gustaría conocer la opinión del Dr. Monasterio, insigne traumatólogo.
Mientras lo veía, pensaba en tantas personas que llegan al sacerdote destrozadas por dentro y necesitan ser reconstruidas poco a poco con paciencia y con otro tipo de tornillos. En esto consiste la dirección espiritual.

La vuelta


El tren ya no hace chiqui-chaca chiqui-chaca como los de las películas ni silba (puuu-puuu) en las curvas. La verdad es que ni siquiera encuentra curvas cerradas como las de mi infancia.
El tren que me devuelve a Madrid desde Pamplona no es un AVE como el que va a Sevilla o a Valencia, sino un gorrión de vuelo corto y modestas pretensiones. Chulo sí que es, la verdad. Luce unos letreros electrónicos con informaciones perfectamente inútiles y tiene un aire acondicionado que congelaría a un esquimal.
La puerta del WC, o sea, del retrete ―que es palabra honesta, castellana y bien expresiva― se abre apretando un botón azul que está escondido para poner nervioso al usuario. El retrete, o sea, el WC, es pequeño y funcional. Para utilizarlo sería preciso recibir un cursillo previo como el que imparten las azafatas de vuelo en los aviones a base de gestos gimnásticos e instrucciones por la megafonía. Deberían explicarnos cómo podemos proceder en un cubículo tan estrecho sin correr el riesgo de sufrir contracturas cervicales. 
Por lo demás, el tren es cómodo y silencioso. Si no fuese por el continuo alboroto de los teléfonos móviles incluso me animaría a echar un sueñecito; pero a mi derecha, al otro lado del pasillo, un caballero absolutamente calvo se complace en retransmitir en directo a través de su Iphone cada una de las incidencias del viaje.
―Sí, cariño; estamos llegando a Calatayud. La temperatura exterior es de 25 grados y medio. Yo bien. La quimio, como siempre, un poco molesta, ya sabes; pero menos que otras veces. Estoy bien, de verdad. No. No tengo nauseas. La azafata, encantadora, Y a mi lado hay un cura (perdone, padre). O sea que voy bien acompañado.
Un cuarto de hora después mi vecino desconecta el móvil y se interesa por lo que voy escribiendo en el IPad. Como a lo mejor no le hace gracia que yo también narre las incidencias del viaje, le digo que nada, que cosas mías, y se dispone a pegar la hebra.
―Tienen ustedes una clínica preciosa. Y lo mejor, las enfermeras.
Yo le aseguro que la clínica no es mía, pero me uno a su elogio a las enfermeras. De nuevo suena el timbre de su IPhone.
―Que sí, cariño. Ya estamos cerca de Guadalajara. La temperatura exterior es de 31 grados y el sacerdote es muy moderno. Tiene una tableta para tomar notas, como la de Lourdes.
Llegan las azafatas para rociar a los viajeros con zumo de naranja, café descafeinado o cualquier otro líquido incierto. También reparten auriculares, chocolatinas y servilletas húmedas para las manos. Para rezar el rosario, lo mejor es taparse los oídos con los auriculares.
El tren acelera la marcha camino de Madrid. Mi vecino sigue retransmitiendo el viaje. Ahora el interlocutor se llama Manolo.
―Nos encontramos a pocos kilómetros. Espera, que pongo el GPS… La temperatura exterior es de treinta y cuatro grados. ¿Yo? Muy bien. Muy animado, sí… A las dos y media. No te molestes. Lourdes me espera en la estación.
 Misterios gozosos; quinto..., el Niño perdido y hallado en el Templo.