Chechu García quiere compartir con nosotros su último vídeo, tan sencillo como expresivo.
Alguien dijo que la Esperanza es la sonrisa de la Fe. En este año de la fe, la sonrisa del Papa es un canto de Esperanza.
No me llaméis "blog". Soy un globo que vuela a su aire, se renueva cada día y admite toda clase de pasajeros con tal que sean respetuosos y educados, y cuiden la ortografía. Me pilota desde hace algunos años un cura que trata de escribir con sentido sobrenatural, con sentido común y a veces con sentido del humor.
Chechu García quiere compartir con nosotros su último vídeo, tan sencillo como expresivo.
Alguien dijo que la Esperanza es la sonrisa de la Fe. En este año de la fe, la sonrisa del Papa es un canto de Esperanza.
Esto sí que es buena publicidad. Hay un banco "malo" y un cajero que reparte alegría gratis.
Ayer, fiesta del Bautismo del Señor, terminó el tiempo litúrgico de Navidad, y en mi casa fueron desapareciendo durante todo el día los adornos propios de las fiestas. Por la noche, cinco minutos después de sacar esta foto, un equipo de expertos se dispuso a desmontar el belén, que ha presidido la sala de estar desde hace casi un mes. Alguien, poco antes, había dado la vuelta a los camellos de los Magos para indicar que ya han emprendido el viaje de regreso a casa "por otro camino", como les indica el ángel que pende del Cielo.
Desmontar el belén es una tarea delicada y un tanto melancólica. Yo habría esperado hasta el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, como hacen en Italia: pero comprendo que, en el fondo, da lo mismo una fecha que otra.
El caso es que ha empezado ya el tiempo ordinario. A partir de ahora se sucederán los Misterios de la vida del Señor, y, aunque no haya figuras de barro que los representen, podemos crear con la fantasía un taller de José, donde el Niño comienza a trabajar como aprendiz; un Templo de Jerusalén, donde el Mestro va a aprender de los doctores las profecías que anuncian su propia venida al mundo; un río Jordán, en el que los peces siguen bebiendo y bebiendo para ver cómo bautizan a Jesús. Incluso un Calvario, como el que se anuncia ya en los villancicos:
Mi Padre es del Cielo, mi Madre también, yo bajé a la tierra para padecer.
Feliz tiempo ordinario, amigos. Debe serlo, porque la alegría y la paz no dependen del calendario. Son dones de Dios, fruto de su presencia entre nosotros.
Jesús no se va, aunque desmontemos el belén.
Preguntaron un día a aquel anciano sacerdote:
―¿Cómo puede usted estar tan contento?
―Es el confesonario ―contestó―. ¿Ha visto usted lo felices que salen los penitentes después de pedir perdón de sus pecados? Pues a mí me ocurre lo mismo, pero al revés. En el confesonario uno entra en contacto con todas las miserias humanas. Las gentes vienen a descargar en el confesor cargamentos enormes de basura. Es cierto, yo soy como uno esos camiones que la transportan en silencio, procurando no molestar a los que duermen.
―Pero eso debe de ser muy triste, ¿no?
―¡Al contrario! Es un privilegio enorme ser testigo de lo que Dios es capaz de conseguir con las almas de sus hijos más alejados. Para cada gramo de miseria hay dispuesta una tonelada de misericordia. Y yo también la transporto, y la doy gratis. Por eso estoy contento. Supongo que algo parecido les ocurre a los bienaventurados, a los que están en el Cielo. Ellos nos conocen bien, siguen nuestros pasos y son testigos de los pecados que cometemos. Pero no se entristecen aunque nos quieran con locura: ellos lo ven todo desde Dios, desde un Amor que se derrama en silencio, como un tsunami imparable. Lo dice San Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. ¿Me entiendes?
―No del todo. Yo creo que…
―Yo creo, yo creo… Mira. Lee esta historia que protagoniza la Madre Angélica, una monja americana gordita, santa y simpática:
Hace unos años estaba en California dando unas conferencias, cuando decidí dar un paseo junto al mar. Me encanta el océano. Me asombra la obra que Dios realizó al crearlo, y cuando contemplo su poder en esa expansión aparentemente inacabable de agua y en el vaivén de las olas, siempre me entran ganas de jugar.
En esa ocasión vestía como de costumbre mi hábito franciscano de color castaño, y al pasar junto a unos bañistas, vi que me miraban perplejos. Conforme avanzaba por la playa, las chicas que llevaban bikini empezaron a cubrirse una tras otra con sus toallas hasta la barbilla, en una curiosa ola de recato. Cuando llegué a un punto que me pareció conveniente, me detuve como de costumbre a 8 ó 10 metros de la orilla y llame a las olas para que se me acercaran. A mi entender pertenecían a mi Padre celestial, por lo que podía llamarlas si lo deseaba. Los bañistas me miraban como si estuviera loca, pero no me importaba.
—¡Vamos, podéis hacerlo, clamaba.
Me sorprendió comprobar que una ola me había oído. Y de pronto estuve a punto de ser zambullida por una de las olas más grandes que he visto en mi vida.
Quedé atónita sin poder moverme.
—¡Corra, corra —gritaba todo el mundo en la playa.
Pero con mi pierna ortopédica anclada firmemente en la arena, no podía dar un paso.
De pronto la ola se estrelló a mis pies empapando mis zapatos e incluso el dobladillo de mi hábito. Al levantar la mirada comprobé que una gota diminuta se había posado en mi mano. Era realmente hermosa; brillaba como un diamante a la luz del sol.
La belleza de aquella minúscula gota me afectó tan profundamente que me sentí indigna de ella y, ante mi propia sorpresa, la devolví al océano.Entonces mi extraña paz se vio interrumpida por la voz del Señor, que me decía:
—Angélica
—Sí, Señor —respondí—.
—¿Has visto esa gota?
—Sí, Señor.
—Esa gota es como tus pecados, tus debilidades, tus flaquezas. Y el océano es como mi misericordia. Si buscaras esa gota, ¿Podrías hallarla?
—No, Señor.
—Por mucho que la busques, ¿serás capaz de hallarla?
—No, Señor.
—Entonces, ¿por qué te empeñas en buscarla?—añadió en un susurro.
―¿Y ayer por qué no escribiste ni una sola línea?
―Los más asiduos del globo saben muy bien que ayer se celebraba el 54º aniversario del glorioso encuentro Osasuna-Athletic de Bilbao, que terminó con un rotundo 1-8 a favor de los Leones de Mamés.
“El pensamiento Navarro” achacó la derrota de Osasuna a la lesión de Marañón; pero lo cierto es que cuando cayó lesionado, ya perdían por 1-4.
Fue un domingo frío de sol. Nunca olvidaré aquel día. Y no sólo por el partido ni por la merienda en el Mauleón.
No está mal recordarlo ahora, cuando el Athletic está a punto de inaugurar un nuevo estadio, el más bonito de segunda división..., si Clemente no lo remedia.
Después de veinte días en la Costa de la Sidra, dos en la Urbe y tres en Pampaluna, he regresado a Vallecas lleno de grandes deseos y pequeños propósitos.
En Pampaluna me encontré con don Fernando Acaso, mi tío adoptivo, que andaba por la clínica universitaria animando a los enfermos. Además descubrí un par de tesoros:
- El pincho de tortilla del bar "La Navarra", de la calle Amaia. Una conocida filósofa, experta en la materia, me introdujo en el local a las 7 de la tarde del día 8. Todas las mesas rebosaban de tortillas en su punto.
- El día 9 retrocedí a la infancia para comprobar cómo puede consolar un corazón atribulado una modesta taza de colacao caliente en la calle Carlos III.
También visité el Corte Inglés en rebajas. Me las prometía muy felices disfrutando con el tradicional espectáculo de la lucha libre entra las compradoras por hacerse con los trapitos a la venta; pero nada de nada. La crisis ha llegado también al más grande de los grandes almacenes.
Además escribí tres correos electrónicos: a Juan Pablo I, a Harry Potter y a Neil Armstrong. Irán saliendo poco a poco en la nueva sección fija de "Mundo Cristiano".
--No te ha quedado muy espiritual esta entrada, colega.
--Eso lo dices porque no has probado el pincho de tortilla de La Navarra.
Durante los próximos días tendré poco que contar, a no ser para satisfacer la curiosidad de algunas de mis comentaristas habituales. Ayer abandoné la Urbe. Estoy en Pampaluna y permaneceré aquí hasta el viernes.
Leo que el alcalde de la Urbe ha sido premiado con el título de "mejor alcalde del mundo". En mi opinión, ese galardón corresponde a la ciudad más que a su regidor, y debería figurar en el escudo de la Villa para siempre.
Lo mismo cabe decir de Messi. En la lucha por conquistar el balón de oro, el astro argentino debería figurar fuera de concurso.
Veinte días en Asturias son un premio excesivo para un tipo como Kloster. Mi amigo estaba impaciente por volver al tajo. Yo, por el contrario, trataba de convencerlo de que nos merecíamos ese inopinado descanso.
Al fin, entre las brumas de la madrugada, salimos rumbo al Oeste, camino de la Urbe. La autovía del Cantábrico se sumergía y emergía de la niebla y yo alternaba las gafas de sol con las de sombra.
Al llegar a Villaviciosa, el Citroën me pidió educadamente que le llevara a la Ría como otros años. Traté de razonar con él, pero fue inútil. Nos detuvimos en un viejo puesto de observación de aves. Allí estaban, como casi siempre, los grandes cisnes cantores y el águila pescadora.
Kloster me obligó a seguir el viaje hasta Portugalete, y se empeñó en que atravesáramos la Ría de la Urbe en la barquilla del Puente Colgante en lugar de seguir hasta Rontegui. El capricho nos hizo perder veinte minutos.
Esta tarde, ya sin niebla, salgo hacia Pamplona. El síndrome postvacacional me tiene frito. Si no fuera por Kloster, regresaría a Gijón a tomarme una sidra con el gordito.