domingo, 13 de enero de 2013

Una gota en el océano

Preguntaron un día a aquel anciano sacerdote:
―¿Cómo puede usted estar tan contento?
―Es el confesonario ―contestó―. ¿Ha visto usted lo felices que salen los penitentes después de pedir perdón de sus pecados? Pues a mí me ocurre lo mismo, pero al revés. En el confesonario uno entra en contacto con todas las miserias humanas. Las gentes vienen a descargar en el confesor cargamentos enormes de basura. Es cierto, yo soy como uno esos camiones que la transportan en silencio, procurando no molestar a los que duermen.
―Pero eso debe de ser muy triste, ¿no?
―¡Al contrario! Es un privilegio enorme ser testigo de lo que Dios es capaz de conseguir con las almas de sus hijos más alejados. Para cada gramo de miseria hay dispuesta una tonelada de misericordia. Y yo también la transporto, y la doy gratis. Por eso estoy contento. Supongo que algo parecido les ocurre a los bienaventurados, a los que están en el Cielo. Ellos nos conocen bien, siguen nuestros pasos y son testigos de los pecados que cometemos. Pero no se entristecen aunque nos quieran con locura: ellos lo ven todo desde Dios, desde un Amor que se derrama en silencio, como un tsunami imparable. Lo dice San Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. ¿Me entiendes?
―No del todo. Yo creo que…
―Yo creo, yo creo… Mira. Lee esta historia que protagoniza la Madre Angélica, una monja americana gordita, santa y simpática:  
Hace unos años estaba en California dando unas conferencias, cuando decidí dar un paseo junto al mar. Me encanta el océano. Me asombra la obra que Dios realizó al crearlo, y cuando contemplo su poder en esa expansión aparentemente inacabable de agua y en el vaivén de las olas, siempre me entran ganas de jugar.
En esa ocasión vestía como de costumbre mi hábito franciscano de color castaño, y al pasar junto a unos bañistas, vi que me miraban perplejos. Conforme avanzaba por la playa, las chicas que llevaban bikini empezaron a cubrirse una tras otra con sus toallas hasta la barbilla, en una curiosa ola de recato. Cuando llegué a un punto que me pareció conveniente, me detuve como de costumbre a 8 ó 10 metros de la orilla y llame a las olas para que se me acercaran. A mi entender pertenecían a mi Padre celestial, por lo que podía llamarlas si lo deseaba. Los bañistas me miraban como si estuviera loca, pero no me importaba.
—¡Vamos, podéis hacerlo, clamaba.
Me sorprendió comprobar que una ola me había oído. Y de pronto estuve a punto de ser zambullida por una de las olas más grandes que he visto en mi vida.
Quedé atónita sin poder moverme.
—¡Corra, corra —gritaba todo el mundo en la playa.
Pero con mi pierna ortopédica anclada firmemente en la arena, no podía dar un paso.
De pronto la ola se estrelló a mis pies empapando mis zapatos e incluso el dobladillo de mi hábito. Al levantar la mirada comprobé que una gota diminuta se había posado en mi mano. Era realmente hermosa; brillaba como un diamante a la luz del sol.
La belleza de aquella minúscula gota me afectó tan profundamente que me sentí indigna de ella y, ante mi propia sorpresa, la devolví al océano.Entonces mi extraña paz se vio interrumpida por la voz del Señor, que me decía:
—Angélica
—Sí, Señor —respondí—.
—¿Has visto esa gota?
—Sí, Señor.
—Esa gota es como tus pecados, tus debilidades, tus flaquezas. Y el océano es como mi misericordia. Si buscaras esa gota, ¿Podrías hallarla?
—No, Señor.
—Por mucho que la busques, ¿serás capaz de hallarla?
—No, Señor.
—Entonces, ¿por qué te empeñas en buscarla?—añadió en un susurro. 

18 comentarios:

Vila dijo...

Cada vez que escucho esta história (porque leerla en el globo es como escucharla de su boca) me asombro y me conmuevo.
El Amor de Dios hacia cada uno de nosotros es inmenso y mi intelecto diminuto.

Gracias mil

Anónimo dijo...

Es la "cualidad" más hermosa de Dios, la misericordia, infinita, como el abrazo de una madre.(Siempre he pensado que Dios es padre, pero sobre todo madre, no sé si digo algún disparate). Gracias por este post tan hermoso. Mercedes.

Bea Troz dijo...

Vivo en Estados Unidos y se quien es Mother Angélica. Pero es a usted a quien leo y sigo su blog, casi todos los días ; no sabe lo que me ayuda. Bea

Igo dijo...

gran texto. necesitaba algo así.
no le pasa además que se encuentra con que laicos queremos ser directores espirituales dando correcciones fraternas por aquí y por allí, sin mirar hacia nuestro interior?

Rocky Balboa dijo...

Qué fuerte!

Marta de la Fuente Molinero dijo...

Gracias D Enrique, su post me ha cambiado el día!
Un saludo
MFM

Luna dijo...

¡Buenos días! Con esta historia a una le cambia el ánimo a mejor. Gracias por compartirla para que se nos pegue algo de esta gran monja :)

Trazos dijo...

Gracias D Enrique por contárnoslo; gracias Sor Angélica por compartirlo; gracias Señor, muchísimas gracias.

Trazos dijo...

Gracias D Enrique por transmitírnoslo; graicas Sor Angélica por compartirlo; gracias Señor, muchísimas gracias por no querernos dejar en la penumbra.

Enrique Monasterio dijo...

Marta, no sabes lo que me alegra que subas a este globo.

pacita dijo...

UY D.Enrique ;que bien me ha venido esta historia hoy .....pasan tantas cosas en las grandes familias buenas,malas regulares,que uno se empeña en pensar y darle vueltas al coco en que falló ,que se me escapó,por que no hice esa llamada.......que leer esto me ha dado mucha paz.

pacita dijo...

ya estamos D.Enrique con las predilecciones?mire que me he propuesto mejorar pero nada ya decia el otro día"que mala es la envidia"!!!!!!

Papathoma dijo...

(Sin palabras)

Alfonso Esteban López Hernandez. dijo...

Bellisimo.

Cayo coco dijo...

Las monjas en general son ángeles y yó le pido a Dios que no falten nunca.Todas las que he conocido son personas ejemplares.la historia que cuenta muy bonita como lo son ellas.

Lucía dijo...

Precioso!! Nunca lo había escuchado. Mil gracias!!

Anónimo dijo...

Qué bonito!,

Clara dijo...

Viva la Misericordia divina, refugio seguro de los pecadores.
Preciosa historia.