lunes, 8 de octubre de 2007

Cómo aprender a esforzarse, sin esfuerzo




El anuncio que da lugar a esta broma es antiguo y el artículo también. Pero me temo que todo sigue siendo muy actual


Una niña encantadora, de cuatro o cinco años, se asoma a la pantalla de televisión envuelta en su toalla azul. La mamá, una rubia que, a juzgar por el maquillaje está a punto de salir hacia la Ópera, sonríe beatíficamente mientras se supone que plancha. De pronto, la niña mira a la cámara como pidiendo auxilio, y exclama:
-¡Mamá, rasca…!
El momento es duro. ¿Tolerará la rubia que su bien alimentada hijita siga padeciendo por culpa de una toalla lavada sin el suavizante adecuado? Desde luego que no. Una madre es una madre. Por eso, aconsejada por su vecina, que también es rubia y de características semejantes, compra en el hiper el nuevo pitusín, que, como todos saben, deja la ropa suave y acariciadora como el terciopelo.
Poco después, el mismo canal nos informa que, con la nueva faja matalagrass (magnética, electrónica, y probablemente digital) es posible eliminar la grasa de nuestro organismo sin esfuerzo, mientras dormimos. Y para demostrarlo aparece en pantalla una esbelta ciudadana en traje de baño, embutida en el ceñidor del anuncio.
Salgo de casa en el coche, y en mala hora pongo la radio. Una entusiasta locutora me asegura que puedo, por fin, aprender chino, sin esfuerzo por supuesto, y sin necesidad, por tanto, de quitarme la faja del anuncio anterior. A continuación, la misma habladora, con idéntica euforia, me informa de que han salido al mercado unos vídeos que me enseñarán, sin esfuerzo, a bailar sevillanas, para triunfar en la feria de abril. Claro que para ver tales vídeos, lo mejor es un sukoky, con mando a distancia para que mis vértebras lumbares no se vean sometidas a fatigas innecesarias. Y, por si lo anterior me pareciera poco, se me ofrece la posibilidad de comprarlo todo por teléfono, sin moverme de mi casa .
De acuerdo, será el progreso; pero ¿no os aturde tanto sin esfuerzo, sin dolor, sin pasar hambre, sin moverse de casa, sin molestias..? Yo presiento que un día nos dirán: "señores espectadores, hemos logrado por fin evitarle hasta el más pequeño de los esfuerzos. Desde hoy, puede usted aprender alemán en un mes, sin salir de su ataúd."
No tengo nada contra los mil procedimientos que existen para simplificarnos la vida. Yo también prefiero que las toallas no rasquen; y, ahora mismo, mientras escribo, imagino lo que habría sido capaz de conseguir Cervantes o Lope de Vega, si en lugar de una pluma de gallinácea y una tinta con grumos, hubiesen tenido a su disposición un ordenador. Pero una cosa es que nos faciliten el trabajo, y otra muy distinta que nos condenen a la atrofia de la mente y del cuerpo.
La experiencia nos dice que lo que se aprende sin esfuerzo, en realidad no se aprende. De ahí que esas técnicas de enseñanza que fomentan la pasividad del alumno hayan fracasado estruendosamente. El esfuerzo forja la musculatura del cuerpo y la del alma: enseña a pensar, lubrica los complicados engranajes del cerebro para que se no se atasquen; entrena la memoria, que es una facultad muy importante, que sólo los tontos desprecian; crea hábitos, que facilitan la adquisición de nuevos conocimientos y ayuda a conservar los que ya se tienen. El mundo está lleno de niños prodigio que con los años se convirtieron en memos, porque nadie les enseñó a esforzarse. Y ésa, a la larga, es la única asignatura que cuenta.Pero yo no quería hablar de estudio. Todo esto me lo ha sugerido una carta que acabo de recibir desde Málaga. Escribe una alumna de bachillerato a quien llamaremos Marita: Estoy alucinada con lo de las monjas de Calcuta, y me parece que son superincreíbles. No sé qué hacer... ¿Cree usted que cuesta mucho trabajo ser monja? Claro que si te gusta, a lo mejor compensa y ya no te cuesta tanto. ¿O no?Pues no. A las monjas de Calcuta seguramente les cuesta mucho ser monjas. Y no les gusta su tarea en el sentido en que tú lo dices. Ellas, sencillamente, quieren ser santas; aman a Dios y, por tanto, aman también a esas personas hasta el punto de entregarles su vida. ¿Con esfuerzo? Claro. Y con dolor, con lágrimas..., y con mucha alegría y mucha Gracia de Dios.Los proyectos sencillos casi nunca valen la pena. No permitas que te digan: ¡ánimo, que es muy fácil! Para las cosas fáciles no es necesario que nos animen. ¡Ánimo, que es difícil! No existe un manual que enseñe a ser santos sin lucha. Quizá valga la pena escribir uno que nos enseñe a esforzarnos…, sin esfuerzo, por supuesto.


domingo, 7 de octubre de 2007

Sábado, entre dos aguas


El sábado ha resultado muy variado: un entierro, un bautizo y una entrevista para preparar la boda de una pareja que se casará la próxima semana. He salido de casa con tres rituales, —el del bautismo de niños, el de exequias y el del matrimonio—y con el poemario de Mario Quintana que me envió Enrique.


A mitad de la tarde, en la iglesia del bautismo, tuve que esperar un rato. Fui a la capilla del Santísimo e hice unos minutos de oración con este poema:


Nació mi muerte cuando yo nací.

Despertó, balbució, creció conmigo…

Y jugamos de noche al corro amigo

en la pequeña calle en que viví.


Perdió aquel gesto suyo —fui testigo—

de sonreír, que yo también perdí.

Pero ella todavía sigue aquí

seriamente escuchando lo que digo.


“¡Tú sí que eres mi dulce prometida!:

no sé cuándo tendremos nuestras bodas,

si hoy mismo o… no, después de mucha vida”.


Mientras, se van las horas, locas, tristes…

¡Pero es tan bueno, entre las horas todas,

acordarme de ti, saber que existes!


El bautizo fue como siempre: alboroto de niños que querían seguir la ceremonia metiéndose de cabeza en la pila y toqueteándolo todo y jolgorio incontrolado durante y después de la ceremonia.


El recién bautizado se llama Jaime. Es mi tercer Jaime del año y el más dormilón de los tres. No se despertó ni siquiera con el remojón.


Tuve que esforzarme para no citar en la homilía el poema de Quintana.




sábado, 6 de octubre de 2007

«Dejar obrar a Dios»

No quisiera llenar de aniversarios una página que nació con otro propósito. Tampoco me gusta ir por la vida mirando al retrovisor; pero ¿cómo puedo pasar por alto uno de los recuerdos más gozosos que he vivido jamás?

Hay pocos días que pueden calificarse como “inolvidables”. Éste es uno. Aquella mañana del 6 de octubre de 2002 quedará grabado para siempre en la memoria de los cientos de miles de personas que asistimos en San Pedro a la canonización de San Josemaría.

Ese mismo día el Cardenal Ratzinger publicó un artículo en l’Osservatore Romano, que fue reproducido más tarde en el ABC de Madrid. Éste es:


Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: «Mi Padre obra siempre». Son palabras expresadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres --también cristianos-- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha «retirado» y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, en las palabras de Jesucristo encontramos la respuesta contraria. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba «fundador» de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra -en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente, y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no «se ha parado» en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: «Yo no he inventado nada, es Otro quien lo ha hecho todo. Yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento». Esta palabra, y toda la realidad que llamamos Opus Dei, está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aún procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquel que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él «cara a cara, como un amigo habla con un amigo». Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de «hablar como un amigo habla con un amigo», que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: «Esto no es para mí». «Yo no me siento capaz de realizar virtudes heroicas». «Es un ideal demasiado alto para mí». En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, pecadores normales. Tendríamos una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ya fue corregida --y esto me parece un punto central-- por el propio Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para llevarlos a cabo las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo «heroico» ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas. Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace el coraje de responder a los retos del mundo de hoy.




viernes, 5 de octubre de 2007

Pink Floyd y la Epc

Los tenaces creadores de "Hazte Oir" ha conseguido que Pink Floyd adapte su famosa canción de "Another brick in the wall" para apoyar la campaña contra la asignatura "Educación para la Ciudadanía". El mítico grupo de rock británico apuesta por la libertad de educación en España.

(Perdón por el tópico: tenía muchas ganas de escribir yo también la palabra "mítico" delante de un grupo de rock.)


El vídeo me ha venido directamente de "hazteoir". Me dice juanan que la letra no ha cambiado, que el grupo se ha limitado a prestar la canción para añadir unas imágenes y unos subtítulos. No sé. En todo caso, no suena mal.


Hielo frío



En mi recorrido por el barrio de Salamanca, me encuentro con mi amigo ecuatoriano, que vende periódicos y se ofrece para cualquier trabajo eventual. He hablado con él un montón de veces, pero no recuerdo si me ha dicho su nombre.

—Oye, ¿tú sabes cómo me llamo yo?

—No me hace falta, padre. Usted es padre, y basta.

—Ya. El caso es que tampoco sé cómo te llamas tú...

—Mi nombre es muy feo, padre, no vale la pena.

—Seguro que no es tan feo...

—Sí, padre. Me llamo Stalin...

—¿Stalin?

—Sí, pero todos me llaman Manuel.

Justo al lado de mi amigo veo un cartel tan desconcertante como el nombre de mi amigo. Le saco una foto con el teléfono: "bolsas de hielo frío".

Otro día escribiré más. Se está preparando otra tormenta.


jueves, 4 de octubre de 2007

Mi primera boda

La novia, el día de su primera Comunión


Aún no había cumplido dos años de cura. Por entonces vivía en Valencia y ya había dicho "no" a algunas parejas que me pidieron que celebrara su matrimonio. No recuerdo que excusa les di, pero lo único cierto es que estaba aterrado: las ceremonias solemnes y concurridas me producían temblores.

El problema llegó cuando mi hermana, Mari Pili, anunció que se casaba. Su novio de toda la vida era un chaval espigado y charlatán llamado Constan.

Naturalmente todos dieron por supuesto que yo sería el oficiante, y no se me ocurrió ninguna excusa razonable para huir de la quema; ni siquiera el hecho de que mi tío Antonio, jesuita, anunciara que vendría desde Estados Unidos para asistir al evento. Por un instante pensé que me libraría del compromiso, pero no coló.

Habitualmente, cuando celebro una boda, me reúno antes con los novios, charlamos de los detalles concretos de la ceremonia y de otros detalles no menos concretos de su futura vida matrimonial. Me temo que con Mari Pili no lo hice.

Mi hermana estaba guapísima y mucho más serena que Constan o que yo mismo. Me preparé la homilía como si fuera la última de mi vida, y se me ocurrió hablar de Blake, un personaje de “el libro negro” de Papini que va por el mundo en busca del Paraíso terrenal y que, agotado después de su larga e infructuosa travesía, recibe en sueños una confidencia del mismo Dios:

—“En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos, los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes, horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada, ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno”.

Cuenta Papini que Dios extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente; luego sopló en sus oídos y el peregrino se despertó sobresaltado. comprobó entonces que el Señor no le había engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora como una multicolor fiesta de hierbas y flores. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.

Y yo, concluye Blake, “después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.”

He contado otras veces esa misma historia, y siempre me ha servido para explicar a los novios que la felicidad que buscan no depende tanto de las circunstancias externas como de su mirada limpia, del amor que vayan poniendo en todo: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las penas y en las alegrías…

25 años después celebramos las bodas de plata de Mari Pili y Constan. Se incorporaron a la Misa Susana, Amaia y Jon, los tres hijos del matrimonio. Faltaba el padrino, mi padre, que entre tanto se nos había ido al Cielo. Por lo demás, los “novios” no habían cambiado mucho. El cura, sí. Algo de oficio había adquirido con los años. La homilía fue mucho más familiar y menos temblorosa. Les pregunté:

—¿Os acordáis de lo que os dije el día de vuestra boda?

—Por supuesto —contestó Mari Pili— mientras Constan asentía.

No tuve más remedio que cambiar de tema.

miércoles, 3 de octubre de 2007

2 de octubre



El Opus Dei ha cumplido ayer 79 años. Para mí, como para otros muchos miles de personas de todo el mundo, ha sido un día de acción de gracias.

Mi reflexión de esta noche es bien sencilla: llevo 49 años en la Obra. Eso significa que el Opus Dei y yo hemos compartido la mayor parte de nuestras vidas.

No escribo más, porque el blog es un diario y en los diarios uno corre el riesgo de soltar las amarras del corazón y dejar a la intemperie sentimientos que deben reservarse para Dios y para los más íntimos.

Me pregunto si en este último año he aprendido algo nuevo. La respuesta es . Gracias al Opus Dei sigo aprendiendo…, geografía. Y es que la Obra llega cada vez más lejos; deja su semilla en países por los que nunca me había interesado hasta ahora. Y yo, que ya he perdido la esperanza de aprender finés, lituano, ruso o vietnamita, me resigno a quedarme en Madrid mirando un atlas o llenando de jaculatorias un mapamundi, que cada vez se me hace más pequeño.

martes, 2 de octubre de 2007

Moraleja de la parábola de ayer

Vale la pena hacer click en el dibujo para ver bien el chiste de Quino




Ayer tuve que describir a toda velocidad una experiencia que habría merecido una redacción más pausada. Pero yo andaba liado con las bachilleres y ni siquiera pude poner la moraleja de mi verídica parábola urbana.

Cuando subí al coche, superado ya el ficticio ataque de pánico, pensé que sí, que era una buena metáfora de la presencia de Dios. Él sí que sabe dónde estás en cada momento; en qué atasco, en qué semáforo. Y su presencia no es agobiante, ni inquisidora. Es la mirada de una madre que contempla a su hijo que juega en el parque. A veces parece entretenida con otras cosas, pero su corazón siempre está atento.

Al sur de Roma hay una pequeña ermita con una imagen de la Virgen y una inscripción: Cor meum vigilat. Mi corazón vigila.


lunes, 1 de octubre de 2007

Usted está aquí




En la calle Velázquez de Madrid hay un plano enorme de la ciudad con sus calles, líneas de metro, autobuses y toda la información urbana que cualquier turista pueda solicitar. Ayer me paré a contemplarlo. No buscaba nada especial, pero me entretuve comprobando los trayectos que hago cada día de Norte a Sur y de Este a Oeste.

En ésas estaba cuando me fijé en un círculo rojo que había justo en el centro del mapa con un letrero: “usted está aquí”.

Me sentí invadido por el pánico. Me vi pequeñito, como una hormiga en medio de un laberinto enorme de calles, avenidas, plazas, glorietas y callejuelas. Y sin embargo alguien me había localizado. ¿Cómo sabían dónde estaba yo? ¿Quién me vigilaba?

Me moví lentamente hacia la derecha hasta situarme detrás de un cartel publicitario. A los pocos segundos asomé la cabeza. El letrero seguía en el mismo sitio: “usted está aquí”.

“Conservemos la calma”, me dije. Tratemos de disimular. Tal vez, aunque sepan que estoy aquí, no tengan claro quién soy. Pensé contestar por escrito poniendo debajo, por ejemplo, “y usted ¿dónde está?” O, mejor, “¿está usted seguro?” O también, “eso se lo dirá usted a todos”.

Saqué el rotulador del bolsillo, pero, lo confieso, no me atreví. Había demasiados testigos cerca: un controlador de la “ora”, un repartidor de pizzas, el portero de la casa de enfrente y un par de turistas despistados que buscaban la calle de Alcalá.

Entre en el coche. Me pregunté si habría desaparecido ya el círculo rojo. Imagino que sí. Y decidí ponerlo en el blog.

Sólo espero que alguno de mis comentaristas sepa poner una moraleja a esta parábola urbana.