jueves, 4 de octubre de 2007

Mi primera boda

La novia, el día de su primera Comunión


Aún no había cumplido dos años de cura. Por entonces vivía en Valencia y ya había dicho "no" a algunas parejas que me pidieron que celebrara su matrimonio. No recuerdo que excusa les di, pero lo único cierto es que estaba aterrado: las ceremonias solemnes y concurridas me producían temblores.

El problema llegó cuando mi hermana, Mari Pili, anunció que se casaba. Su novio de toda la vida era un chaval espigado y charlatán llamado Constan.

Naturalmente todos dieron por supuesto que yo sería el oficiante, y no se me ocurrió ninguna excusa razonable para huir de la quema; ni siquiera el hecho de que mi tío Antonio, jesuita, anunciara que vendría desde Estados Unidos para asistir al evento. Por un instante pensé que me libraría del compromiso, pero no coló.

Habitualmente, cuando celebro una boda, me reúno antes con los novios, charlamos de los detalles concretos de la ceremonia y de otros detalles no menos concretos de su futura vida matrimonial. Me temo que con Mari Pili no lo hice.

Mi hermana estaba guapísima y mucho más serena que Constan o que yo mismo. Me preparé la homilía como si fuera la última de mi vida, y se me ocurrió hablar de Blake, un personaje de “el libro negro” de Papini que va por el mundo en busca del Paraíso terrenal y que, agotado después de su larga e infructuosa travesía, recibe en sueños una confidencia del mismo Dios:

—“En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos, los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes, horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada, ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno”.

Cuenta Papini que Dios extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente; luego sopló en sus oídos y el peregrino se despertó sobresaltado. comprobó entonces que el Señor no le había engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora como una multicolor fiesta de hierbas y flores. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.

Y yo, concluye Blake, “después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.”

He contado otras veces esa misma historia, y siempre me ha servido para explicar a los novios que la felicidad que buscan no depende tanto de las circunstancias externas como de su mirada limpia, del amor que vayan poniendo en todo: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las penas y en las alegrías…

25 años después celebramos las bodas de plata de Mari Pili y Constan. Se incorporaron a la Misa Susana, Amaia y Jon, los tres hijos del matrimonio. Faltaba el padrino, mi padre, que entre tanto se nos había ido al Cielo. Por lo demás, los “novios” no habían cambiado mucho. El cura, sí. Algo de oficio había adquirido con los años. La homilía fue mucho más familiar y menos temblorosa. Les pregunté:

—¿Os acordáis de lo que os dije el día de vuestra boda?

—Por supuesto —contestó Mari Pili— mientras Constan asentía.

No tuve más remedio que cambiar de tema.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo también tuve la inmensa suerte de contar con el mismo cura de excpeción en mi boda! Y en mi Primera Comunión, y en mi Primera Confesión, y en mi Confirmación....... ¿nos veremos en mis Bodas de Plata, o mejor, en mi ExtremaUnción?? jejeje :o)
De momento me conformo con verle en MI BLOG.
PS: Yo también recuerdo la homilía de mi boda. Fue tan bonita...

Anónimo dijo...

Don Enrique, me ha ayudado usted mucho al recordarme ese pasaje de Papini. De hecho, yo estaba convencido de que se hallaba en la "Exposición personal", y lo buscaba sin encontrarlo. Mi próxima lectura, o relectura, serán los libros de Papini. Por otra parte, aunque muy lejos de la importantísima función que usted desempeña, recuerdo que, también en la boda de mi hermana, tuve que leer, con mucho gusto aquello de "El amor es paciente y servicial..." Estaba algo nervioso, pero fingía suficiencia (demasiado orgullo, sí), me lo leí tres veces y me alegró comprobar que con esas tres veces me lo había aprendido de memoria. Mi hermana me tomaba el pelo con que si no lo decía bien la boda no valdría y ella no se podría casar jeje. Se casó muy feliz el 11 de Marzo del año pasado con un novio con el que llevaba casi 10 años, y muy felices siguen. A ver cuando me toca a mí novia y lo otro. Sin prisas. No me interesan "rollos".

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho la homilía inspirada en el relato de Papini. Además, muy propio del día de hoy, en que celebramos a un santazo: San Francisco de Asís, que en todas las "criaturicas" veía la mano amorosa de su Padre-Dios...

También Santa Teresita de Lisieux -Doctora de la Iglesia-, cuyo santo celebramos el pasado día 1, tiene muchos pasajes que nos ilustran en el mismo sentido.

Como decía otro santo muy querido, necesitamos "colirio en los ojos"...

Como siempre, gracias por el soplo de aire fresco de este blog.