domingo, 8 de mayo de 2011

De vuelta



Hoy, al leer en la Santa Misa el pasaje de los dos discípulos que huyen a Emaús el mismo día de la resurrección, he pensado que se trata de un episodio muy actual. Hay muchos miles de cristianos que pueden verse retratados en esta historia. Hombres y mujeres que están “de vuelta”. Quizá fueron ardorosos seguidores de Jesucristo, como Cleofás y su compañero, pero han perdido la esperanza y tal vez la fe. Constatan que Jesús ha muerto, que lo han matado entre todos, y ya no saben dónde ni cómo encontrarlo. Lo han expulsado de los centros de enseñanza, de los hospitales, de los parlamentos, de los cenáculos de la cultura… Ha quedado confinado en los museos. Su nombre es sólo un recurso literario o un tabú que no debe pronunciarse en público.
―”Nosotros esperábamos que él sería en futuro restaurador de Israel…”
¡Pobre Cleofás! Había puesto su esperanza en un triunfo político del Mesías.
―”Pero ya ves; han pasado dos días de esto…”
Los discípulos de Emaús no fueron capaces de vivir a oscuras dos días. Nosotros, seamos sinceros, tampoco.
Sin embargo, en medio de esa oscuridad, “Jesús en persona se acercó y se puso a dialogar con ellos”.
¡Lo he visto tantas veces! Todo aquello que hace sufrir, incluso esa tristeza honda que es consecuencia del pecado, puede ser ocasión de encuentro con Jesucristo. El Señor quiere compartir el dolor de los que huyen; se pone a su lado y les habla en el fondo de su conciencia.
 Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”.
Nos toca a todos desvelar ese rostro a los que todavía no lo han descubierto. Volverán a estar “de ida” con tal de que pierdan el miedo a abrir las puertas a Cristo, que pasa.

sábado, 7 de mayo de 2011

Instrucciones

Al fin unas instrucciones claras para el lavado. Me las envía Fernando desde Pamplona


Sudores y lágrimas


Es la hora de las despedidas. Los chavales de 2º de bachillerato empiezan sus exámenes finales. Luego se abrirá un paréntesis, una especie de vacío, hasta la selectividad. Habrá clases, pero todo será diferente. Muchos se quedarán a estudiar en casa y el curso irá muriendo poco a poco entre sudores fríos, lágrimas ambiguas y temblores de pánico.
Hoy he tenido cola en la capellanía. Algunos vienen a charlar por última vez, a confesarse o a quedarse un rato porque sí, porque la clase es un rollo, porque es primavera y porque el cura es siempre cómplice de los chicos. Otros tienen pretensiones más concretas.
―¿Nos acompaña a la calle a echar un pitillo?
Al parecer, la única forma de salir del recinto es ir arropado por un profe o por un cura. Salimos. María enciende un cigarro y paladea el humo recreándose en la suerte. Su amigo Jorge la contempla embelesado, y yo, que tampoco fumo, aprovecho para hablarles del curso próximo. Les digo que procuren tener como amigo a un sacerdote, y que hablen con él periódicamente. María me interrumpe indignada.
―Nada de eso. Vendremos aquí. Te juro que volveremos.
Terminada la ceremonia del tabaco, regreso a la capellanía, donde me espera Patricia. También ella jura y perjura que el año que viene vendrá al colegio todos los meses, “porque esto es genial”.
Camino de casa, trato de recordar a los que el curso pasado hicieron las mismas solemnes promesas y naturalmente no han vuelto jamás. Así debe ser: estos pájaros deben volar muy lejos y, si acaso regresar, al cabo de los años para añorar viejos tiempos.
Por la tarde me encuentro con Rafa, que también es antiguo alumno, pero de mi propio colegio. Tiene un año más que yo y luce un denso bigote imperial y una venerable barba blanca. No lo había visto desde que terminamos en Gaztelueta hace más de cincuenta años, pero me ha dado tres abrazos capaces de conmover a un poste de teléfonos.
Así es la vida, supongo.

viernes, 6 de mayo de 2011

Flamencos y barro


¡Qué bonita está La Mancha esta primavera! Los campos de amapolas, los trigales verdes, las lagunas…
He visitado tres lagunas y he chapoteado por los humedales hasta llenarme de barro. La Mancha está saturada de agua. Nunca la había visto así.
Subido en una roca, con los prismáticos al cuello he dado buena cuenta de los dos sándwiches que me han preparado en casa. Yo había pedido uno sólo, pero las mujeres son como son.
He visto centenares de flamencos, varias parejas de malvasías, incontables charranes, porrones, patos colorados. Y las consabidas limícolas que nunca he sabido distinguir.
El coche nuevo ha regresado a Madrid cubierto de lodo. No me he atrevido a meterlo en el garaje sin pasar antes por un buen lavadero.
―¿Dónde ha estado este coche? ―me pregunta el rumano de turno nada más verlo―. Yo no le puedo quitar todo ese barro.
―¿Cuánto?
―Seis euros más ―responde tímidamente―.
―Que sean cuatro.
―Vale.
Le he dado uno de propina.

jueves, 5 de mayo de 2011

La última hoja


Me recibe en el salón de su casa, que es grande y triste. Está sentada en un sillón enorme de color verde oscuro y sostiene un libro con la mano derecha. Es una conocida novela que habla del tiempo y las costuras. La lámpara de pie, a su izquierda, le permite leer sin dificultad, pero el resto de la habitación está en penumbra. Hace mucho calor. Huele a cerrado y a humedad. Hay un aparato en funcionamiento que difunde vapor de agua generosamente por toda la habitación. Tomo asiento en una silla desparejada que no parece muy estable. Se me empañan las gafas y me las quito haciendo ver que no me hacen falta.
La anciana se llama Tere y tiene ochenta y nueve años. Dice que espera llegar a los cien, pero que en el fondo le da lo mismo. Vive con una sobrina, pero hoy han estado aquí su hija y tres o cuatro nietos.
Es una mujer afable e inteligente. Quiere que hablemos de literatura; sobre todo de teatro y poesía. Como tengo la impresión de que me está poniendo a prueba, al final le pregunto:
―¿He aprobado el examen?
Se ríe a carcajadas, como una niña, hasta que le da un ataque de tos. Entonces, sin solución de continuidad, dice:
―Yo antes pensaba mucho en la muerte. Ya no: ahora la muerte y yo nos tuteamos y no nos tenemos miedo; pero quiero que me hable de lo que viene después.
Nos quedamos en silencio unos segundos. De pronto se emociona y extiende las manos.
―Éramos una familia muy numerosa. Ya ve lo grande que se me ha quedado la casa. Yo soy la última hoja que aún aguanta en el árbol.



miércoles, 4 de mayo de 2011

Rezar por libre


Termino el día ligeramente abrumado por la masiva y veloz respuesta a mi petición de auxilio de esta mañana. Al final es evidente que mi amigo Enrique ha dado en el clavo proponiendo “Rezar por libre”. Éste será el título del nuevo libro si no surge una idea mejor. Creo que pondré un subtítulo, pero no corre prisa redactarlo: aparecerá solo cualquier día sin buscarlo, quizá a partir de alguna de las muchas ideas que me habéis propuesto.
Esta tarde en el confesonario he escrito medio prólogo. Los prólogos me salen de corrido. Será porque no los lee nadie. Ya me lo decía Rafa: “a ti se te dan bien los prólogos y los funerales”. Cosas de curas; no le hagáis caso.
Mañana iré a ver pájaros y me desconectaré de la red hasta que anochezca. No os libraréis de que cuente algo de la excursión. La primavera viene seductora y me ha citado en la Sierra. Ya estoy impaciente.

Necesito un título




Con la inestimable ayuda de Vila y Marita, he recopilado los textos que escribí en el globo con comentarios sobre la Pasión del Señor, el “Adoro te Devote”, la Novena de la Inmaculada, el Adviento, etc. Una vez ordenados y puestos en fila india, llego a las siguientes conclusiones:
1. Que debo trabajar un poco más para llenar huecos, redondear algunas entradas, redactar introducciones, etc.
2. Que, tal como me sugieren mis sabios editores, aquí hay un librito la mar de apañao y puede editarse en papel.
3. Que necesito un título.
El título es importante. No me gustaría un título sonoro que sólo se entienda al terminar la lectura ni uno genérico que pueda servir para cualquier libro de espiritualidad basado en el evangelio. Debería expresar bien lo que el libro tiene de original: una meditación de algunas escenas evangélicas en la que juega un papel fundamental la fantasía y el testimonio imaginario de los propios personajes que aparecen en la Sagrada Escritura.
Me dice Cordelia que “nuevepornueve” es la persona adecuada para darme ese título ya que es una profesional de la publicidad y está casi tan loca como yo mismo; pero si alguno de mis lectores da en el clavo, prometo citarlo en el prólogo e invitarle a una caña.

martes, 3 de mayo de 2011

Voces en la Plaza de San Pedro

Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Facultad de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, publicó ayer en el diario "El Mundo" el siguiente artículo  



En un siglo, la Historia queda marcada por “acontecimientos”; en una década, son las personas y sus acciones –también las pequeñas - quienes la determinan. Si esto es así, permítanme sintetizar la historia de la  vida de Juan Pablo II –tal y como yo la veo- en una pequeña anécdota. En  una de sus visitas en  Polonia se dio cuenta de que había un pedazo de pan en el suelo; se arrodilló, lo besó y lo puso sobre el césped para que lo comieran los pájaros.  Solo una persona con los pies muy en la tierra y con la cabeza en el cielo puede captar el pequeño milagro de la vida  en medio del gran alboroto de las cosas. Hoy se diría que es el gesto de un ecologista; un teólogo precisaría que es el gesto de quien ama a Dios a través de la creación.  La clave de lo que la Iglesia llama “santidad” radica, precisamente,  en vivir de modo extraordinario las cosas ordinarias.
La misma plaza de San Pedro que  fue testigo, el 13 de  mayo de 1981, del atentado contra la vida del papa polaco por la acción de un asesino profesional,  ha sido ayer , treinta años después, el marco imponente de su beatificación. ¿Qué ha pasado entre esas dos fechas?
Muchas cosas han sucedido en los 26 años de pontificado del papa número 264 de la historia de la Iglesia.  De todos sus antecesores, ha sido el que más ha viajado (un centenar de veces a 145 países y 150 desplazamientos dentro de Italia), el que más documentos ha publicado y el que más discursos ha pronunciado (se calcula que unos  180 millones de palabras),  el primero  que ha publicado libros de memorias o de pensamiento, encaramándolos cada uno de ellos a la lista de libros más vendidos…. Sin embargo, a los efectos de lo que ayer ocurrió  en Roma,  no ha sido eso lo más importante. Muy poco después de su elección, dirigiéndose a un santuario de la Virgen con algunos de sus colaboradores,  les preguntó: "¿Qué es lo  más importante para el Papa en su vida, en su trabajo?". Le sugirieron: "¿Tal vez la unidad de los cristianos, la paz en Oriente Medio, la destrucción del  telón de acero..? " Replicó sonriendo: "Para el Papa, lo más importante es la oración".
Desde luego Juan Pablo II merece el calificativo  de “grande” por el conjunto de su pontificado. Pero su verdadera grandeza está en su santidad, no en su actividad. Acabo de leer una entrevista con Arturo Mari, el fotógrafo oficial del Papa. De entre los cientos de miles de fotografías tomadas  en viajes, con todo tipo de personalidades y con  multitudes gigantescas,  le preguntan por su favorita. Mari contesta: “la que le hice unos días antes de morir,  en su capilla privada,  el viernes santo de 2005. Estaba muy enfermo, pero quiso estar presente de algún modo en el tradicional Vía Crucis del Coliseo”. En la foto se le ve abrazado con fuerza a un gran crucifijo apoyado sobre su rostro. Toda una síntesis de su pontificado, centrado en la oración y el  sufrimiento. A su través, logró vivir en grado heroico las virtudes cristianas.
Entiéndaseme bien. No quiero decir con esto que Karol Wojtyla no tuviera defectos. Tampoco que su largo pontificado estuviera exento de errores. Los que conocen los procesos canónicos de canonización saben bien que su minuciosidad equivale a la acción de una potente lupa sobre una piel aparentemente tersa. Enseguida aparecen las pequeñas arrugas y la acción erosionadora del tiempo. Y los versados en Historia de la Iglesia, son conscientes de que se necesitan años para evaluar definitivamente los pontificados de los grandes papas. Lo que quiero decir es que, lo que se ha concluido en el proceso, ha sido que combatió tenazmente contra sus defectos, aumentó con lucha sus virtudes, y procuró enderezar hacia Dios las acciones de un  pontificado pleno de realizaciones.
Mi impresión es que pronto  comprendió con especial claridad que la Iglesia está más en sus bases que en su cúpula, y que las naciones no son tanto los políticos como sus gentes. Sus continuos viajes  por  todo el mundo tenían como  objetivo señalar que la clave está en  el hombre y la mujer corrientes. Al proclamar insistentemente que  “ los derechos del hombre son también derechos de Dios",  hacía algo más  que una bella frase. La acompañaba con una concreta denuncia de  los escándalos del siglo XX: los genocidios y los crímenes contra la humanidad;  el apartheid, la tortura y el hambre; las agresiones contra las libertades cívicas, los derechos políticos o los derechos económico-sociales; las guerras y los ataques contra el derecho a la vida;  la autodeterminación de los pueblos o la discriminación contra las minorías.  Tal vez por eso,  animaba continuamente a luchar por "una sociedad en la que  nadie sea tan pobre que no tenga nada para dar a los demás, y nadie tan rico que no pueda recibir nada de los demás".
De Juan Pablo II se han hecho bastantes estudios acerca de su dominio de los medios. Es cierto que,  en el mundo de la imagen, fue un protagonista indiscutible, probablemente porque se encontraba a gusto cuando comunicaba. No por el narcisismo de quien sabe que “da bien” en la televisión, sino  porque disfrutaba transmitiendo la verdad. Quizás el análisis  más certero lo hizo  un periodista del New York Times en septiembre de 1987. En ese año, el papa viajó a Estados Unidos y el analista  se interrogó acerca del éxito de Juan Pablo II en los medio. El propio periodista se respondía: “El Papa domina la televisión simplemente ignorándola”.  Esta respuesta  pondría los pelos de punta a los expertos en  imagen. Pero era un buen diagnóstico. Ignoraba las cámaras, porque miraba por encima de los focos. No dependía de ellos, sino de las necesidades de sus interlocutores. El español Joaquin Navarro- Valls, su antiguo portavoz, comentaba: “mostró   a toda  una generación que el tema de Dios era inevitable. Estaba convencido de que no se puede entender al ser humano si se prescinde de Dios.  Instintivamente comprendía  que sin Dios,  el hombre solamente es  un triste animal ingenioso”.
Gorbachov lo llamó “la primera autoridad moral de la Tierra”. Esta autoridad moral la proyectó en muchas direcciones. Tal vez la más contundente fue su papel en la caída de los regímenes comunistas del Este europeo. Desde luego, la presión de Reagan con su “guerra de las galaxias” y las débiles bases económicas y políticas en que descansaba el entramado  soviético fueron decisivas para el hundimiento final. Sin embargo, cuando Juan Pablo II comenzó  a hablar del  socialismo real como “un paréntesis en la historia de Europa”,  los pueblos eslavos abandonaron su penumbra histórica para golpear la conciencia de Occidente.  Este fue el comienzo del fin. Cuando vencieron  el miedo, comenzó la oposición sistemática y los muros se agrietaron hasta caer.  De Budapest a Berlín, de Praga a Sofía y Bucarest,  la ola iniciada en Varsovia por Juan Pablo II arrojó el totalitarismo de millones de corazones.
Tal vez lo más sorprendente de Juan Pablo II haya  sido su excepcional capacidad para movilizar a los más jóvenes.  Las mayores concentraciones que se han producido en Oriente y Occidente, lo han tenido por protagonista: tres millones en Roma (agosto 2000), más de cuatro millones en Manila (enero 1995). ¿Razón? Su mezcla de carisma y exigencia moral.  Nunca les ocultó las exigencias de la vida cristiana. Débil y frágil, viendo ya cercana  la hora de su muerte, al tener noticia de que una multitud de jóvenes  se habían congregado en la Plaza San Pedro para acompañar al “Papa  amigo”, Juan Pablo II  susurró  sus últimas palabras: «Os he buscado. Ahora vosotros habéis venido a verme. Os  doy las gracias». Ayer volvieron de nuevo. La plaza vaticana era  una fiesta de jóvenes.
Los expertos en procesos de canonización suelen condensar  en  tres voces latinas las claves  de la santidad de una persona. Son: vox populi, fama de santidad entre gentes muy distintas; vox Ecclesiae, reconocimiento por la Iglesia de sus virtudes; vox Dei, un hecho extraordinario , sin explicación científica , realizado a través de su intercesión, es decir, un milagro. Estas tres “voces” han resonado  ayer con especial vigor en la milenaria plaza de San Pedro. El “santo subito” (¡Santo, ya !), acuñado espontáneamente la tarde del 8 de abril de 2005,  ha tenido tonalidades inéditas esta mañana romana.

Así canta Alex


Ahora se llama Alix, pero sigue siendo uno de mis sobrinos-nietos más geniales. Vive en Santa Fe (Nuevo México) y parece que ha elegido la música como profesión. Veremos. De momento tiene 15 años, escribe muy bien y compone canciones como éstas.



Alex es norteamericano, pero, como veis, en su estudio de grabación hay una matrícula de un coche de Bilbao. Ignoro cómo habrá llegado hasta allí.