viernes, 2 de junio de 2017

Hoy me despido de la Gran Canaria


…y el domingo vuelo a Tenerife.


Llevo ya veinte días en esta isla, y hasta hoy no me había asomado al Océano.
El día amanece nublado, pero aquí nunca hace frío. Tampoco calor. Como mucho, 25 o 26 grados. Algunas veces el termómetro baja hasta los 20 y entonces los lugareños se quejan; pero no renuncian facilmente a la manga corta y al pantalón a media asta.
En la playa de las canteras soplan los vientos alisios con cierta energía, pero el paseo aparece saturado de paisanos y turistas peripatéticos. Yo me mimetizo con el personal gracias a una camisa volandera de tonos rojos y mi inseparable mochila donde a veces llevo el periódico, la tableta, el teléfono, la cartera y un libro que nunca abriré.
—Mister, do you like un mojitooo?
No comprendo por qué me interpela en inglés el camarero. Es un chaval de apenas veinte años. Le contesto que no en italiano y santas pascuas.
Al fin me siento en la terraza y me dispongo a repasar "La Provincia", un periódico local, que trae noticias verdaderamente interesantes y la mar de variadas; no como la prensa madrileña, que solo sabe hablar de corrupción, de Trump, del cambio climático y de Panamá.
Vuelve el camarero del mojitooo y me pregunta, ahora en perfecto italiano, si quiero tomar algo. Me ofrece un zumo "tutto naturale" de frutas canarias. Me dejo seducir por el color, y como no hay más clientela nos dedicamos a charlar en castellano.
Me cuenta que tiene novia, pero no para casarse, que vota a "Podemos" pero no sabe por qué, que es del Barça, pero quiere que gane el Madrid la Copa de Europa, que Nadal es el mejor…
Yo trato de ejercer de abuelo y le cuento alguna vieja historia de fútbol, de tenis… También hago propaganda del matrimonio y de la familia. Él, como sabe que el cliente siempre tiene razón, me escucha atentamente hasta que aparece por estribor un turista rubio como la cerveza. Me pide perdón y se lanza al abordaje:
—Mister, un mojitooo?

miércoles, 31 de mayo de 2017

31 de mayo. María va de visita


María y su Ángel van camino de Ain Karin para visitar a la prima de nuestra Señora. En el centro de la caravana, la Virgen, montada en el borrico, cruza los brazos sobre su vientre y ensaya canciones de cuna para el Hijo que lleva en su seno. 
—Gabriel,
—Dime, Señora.
—Cuando lleguemos a casa de Isabel, ¿cómo le explico lo que me ha ocurrido? Ella no sabe nada, y como no me ha visto desde que yo era muy pequeña…, a lo mejor piensa que son solo fantasías de una chiquilla.
—¿Quieres que me adelante?
Un segundo después, el Ángel Gabriel llega a casa de Zacarías. Isabel escucha con atención el mensaje del Arcángel y pregunta:
—¿María sabe  que estoy esperando un niño?
—Yo mismo se lo dije hace unos días. Por eso viene hacia aquí.
—¡Ay, Dios mío, ¿Cómo podré alojarla en esta casa? ¡Quién tuviera un palacio para la Madre de mi Señor!
Entre tanto, a Zacarías se le escapa una lágrima pequeñita, abraza a su mujer y escribe en su pizarra:
—Ahora podrás desahogarte a gusto con ella. Yo disfrutaré con vuestra conversación como con una melodía celestial. No tengas miedo, Yahvé me ha dejado mudo para que no se me ocurra interrumpiros.
 

lunes, 29 de mayo de 2017

En Las Palmas


Los mendigos de Las Palmas se parecen a los de cualquier otro lugar de España. Si acaso, piden más suavemente e incluso invocan a Dios, a la Virgen o a los santos y te piden que los bendigas.
Junto al hiper que hay a pocos metros de la playa de Las Canteras se sitúa un mendigo que casi no pide nada. Tiene la mano extendida y musita algo difícil de interpretar. Cuando paso a su lado, al reconocer al cura, eleva un poco la voz:
—Es para comer.
El mendigo tiene los ojos llorosos y cargados de sueño. Su piel enrojecida, las venillas que le cabalgan por el cutis y un cierto tufillo a alcohol, me sacan de dudas. Mientras busco un euro en el fondo del bolsillo, le pregunto:
—¿Para comer, o para beber?
Sonríe

—Las dos cosas son importantes, padre.
Pongo una moneda en su mano y, cuando ya no puedo dar marcha atrás, compruebo que es de dos euros.
El mendigo se emociona como si le hubiese resuelto la vida. Me da un abrazo y me desea toda clase de bienes para el futuro por intercesión de la Virgen de los Dolores. No hay forma de callarlo: habla y habla. Se le ha disparado repentinamente el frenillo de la lengua. Al fin, pontifica:
—Yo voy camino de la vejez. Ya tengo 56 años. Usted, en cambio, volverá a ser niño.
—¿Cómo dice?
—Es el destino de los ancianos. Porque ¿cuántos años tiene, ochenta y cuatro, ochenta y cinco?
—Devuélveme los dos euros ahora mismo. 
—Lo que se da no se quita. ¿Sólo ochenta?
Los mendigos de Las Palmas hablan con música caribeña, pero la letra puede ser terrible. Ya en el coche, me miro en el retrovisor con cierta aprensión.
—¡Ochenta y cinco! Estará bebido...




sábado, 27 de mayo de 2017

Un cuento para Javi


Este es el cuento que escribimos a medias Gaby y yo para felicitar a mi sobrinieto en el día de su Primera Comunión. 


Querido Javi.
Soy Gaby (o sea, Gabriel) y trabajo en el Cielo como Arcángel Custodio de la Virgen María.
Me ha contado tu tío que el día 20 de mayo vas a hacer la primera Comunión y, como él ahora está muy lejos, me pide que escriba un cuento para mandártelo como regalo.
Yo le he dicho que los Ángeles no sabemos inventar historias falsas. Sólo decimos la verdad; pero tu tío ha insistido:
—Por eso quiero que lo escribas tú. Javitxu se merece un cuento que no sea cuento. Seguro que en el Cielo hay mogollón de anécdotas que nadie hasta ahora ha puesto por escrito. ¿Por qué no nos explicas, por ejemplo, cómo fue la Primera Comunión de la Santísima Virgen?
Tenía razón. Así que le he arrancado a Rafael una de sus plumas de colores, la he mojado en tinta celeste color verde esmeralda y me he puesto a la tarea. 
Aquí tienes el resultado:

La primera Comunión de María.


Era el día de Pentecostés. Acababa de venir a la tierra el Espíritu Santo, que se posó sobre las cabezas de los apóstoles dividido en pequeñas llamaradas. Un huracán luminoso alborotó el salón y oímos una música suave que venía del Cielo. San Pedro entonces se puso en pie, salió al balcón y pronunció un discurso ante la multitud. Hay que ver lo bien que le salió. Todos entendieron sus palabras gracias a que un centenar de ángeles políglotas hicieron la traducción simultánea a cincuenta o sesenta lenguas: le escucharon en griego, latín, francés, euskera, kikuyu, tagalo, mandarín, etc., cada uno solo en su idioma. Fue una pasada. Nunca se había hecho antes, pero era necesario que la gente supiese que había comenzado una nueva era. Nacía la Iglesia Católica y las puertas del Cielo se abrían de par en par para todos.
Enseguida empezaron los bautizos. Los apóstoles fueron de cabeza. Imagínate, 3.000 personas en una sola mañana. Y, como a partir de ese día ya era posible celebrar la Santa Misa, los recién bautizados y todos los que habían recibido al Espíritu Santo se pusieron en cola para comulgar por primera vez. Fue la Primera Comunión más numerosa de la historia.
—¿Y la Virgen?
Mi señora se había escondido en un rincón porque quería pasar inadvertida. Yo supuse que no comulgaría. Al fin y al cabo ya había recibido a Jesús muchos años atrás, cuando era una chiquilla y yo un arcángel novato. En aquella ocasión Dios mismo me envió a Nazaret para anunciarle que el Señor estaba impaciente por venir a la tierra y que, si daba su permiso, ella iba a ser la Madre del Mesías. Mi Señora dijo que sí y, a partir de ese instante, llevó a Jesús en su seno durante 9 meses. Eso era mucho más que una Comunión.
No caí en la cuenta de que la "Llena de Gracia" tenía más ganas que nadie de recibir a su Hijo por segunda vez ¡Quería hacer su Segunda-Primera Comunión! Y tenía todo el derecho del mundo.
Como comprenderás, querido Javi, la Virgen y yo teníamos ya largas conversaciones a solas. Nadie se daba cuenta porque no necesitábamos palabras para charlar y, por supuesto, sólo María podía verme. Para los demás, los ángeles somos invisibles. El caso es que el mismo día de Pentecostés me llamó la Señora y, con su delicadeza y cariño habituales, me dijo:
—Mira, Gaby, mañana por la mañana voy a hacer la Primera Comunión. Juan, que es el apóstol más joven y Jesús me lo encomendó antes de morir, celebrará la Eucaristía en casa por primera vez, y estaré yo sola con él. Pero hay un problema: cuando pasen los siglos, los niños y las niñas harán su primera comunión vestidos de fiesta. Yo tendría que darles ejemplo, y resulta que no tengo nada que ponerme. ¿Cómo puedo hacer la Primera Comunión con este vestido?
Me aparté un par de metros para mirarla con más atención, y quedé deslumbrado como me ocurre siempre. Si los hombres hubiesen visto a la Santísima Virgen como la veo yo a todas horas caerían rendidos a sus pies. Desde pequeñita hasta el final de su vida fue siempre la mujer más guapa que ha habido jamás. ¡Qué importa el vestido! Cualquier prenda parecerá una joya si lo lleva la Reina de los Ángeles y de los hombres.  Sus ojos verdes, enormes y transparentes, parecían iluminar la estancia entera.
María tenía casi sesenta años, y, claro, se le marcaban algunas arruguitas junto a sus ojos y la boca. Y su cabello era blanco, como el de casi todas las abuelas.
—No importa —le dije—; esto te lo arreglo yo en un plisplás. Encargaremos a los ángeles-modistos un vestido azul como el mar con ribetes de plata. Luego te pondremos una diadema de brillantes y esmeraldas y unos zapatos de cristal…
—No, Gaby —me interrumpió María—. No quiero eso. Yo soy la Esclava del Señor, y sólo me gustaría recuperar, arreglada y limpia, la ropa que llevé en Nazaret cuando me preguntaste si quería ser la madre de Jesús y yo te dije que sí…
—Pero, Señora, han pasado muchos años y tu vestías como una chica pobre de un pueblo muy pobre. Recuerdo que llevabas un delantal blanco sobre una falta gris y una blusa muy sencilla…
—Eso es lo que necesito. Nada más. Jesús no tuvo ningún inconveniente en vivir junto a mi corazón, a pesar de ese vestido. Con él fui a ver a mi prima, Isabel, y luego, camino de Belén. Lo tuve que lavar muchas veces y dejarlo al sol para que se secase… Ahora me gustaría poder hacer lo mismo. Seguro que el Señor estará contento.
Me retiré de la presencia de la Virgen. En mi casa del Cielo, guardado en un armario de marfil, estaba el vestido que yo mismo conservaba como recuerdo. También el pañuelo floreado de varios colores que María llevó en la cabeza. Lo extendí todo sobre una nube de algodón y llamé a los ángeles modistos para poner en práctica una pequeña travesura que se me había ocurrido.
*     *     *
Al día siguiente, en la misma habitación donde Jesús y los apóstoles tuvieron la última cena, San Juan celebró la Misa para su Madre, María. Ella, igual que en el Jueves Santo, amasó el Pan y preparó el Vino que se iban a convertir en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
—¿Sabes que estás muy guapa con ese vestido? —le dijo Juan, que se consideraba hijo de mi Señora, y la llamaba siempre "mamá"—. Te veo mucho más joven, como una chiquilla, con ese pañuelo en la cabeza.  
María se rió:
—Eso es porque me he tapado las canas.
Comenzó la Misa. Asistieron también dos amigas de la Señora: Salomé, que era la madre de Juan y Santiago, y María Magdalena. Sólo la Virgen se dio cuenta de que, además, en aquella pequeña estancia, había un coro de millones y millones de ángeles que cantábamos una melodía recién inventada, que sólo se oía en todos los rincones del Cielo.
Justo antes de la Comunión, San Juan dijo unas palabras a la Virgen. Le habló de aquel momento en que Jesús, desde lo alto de la cruz, le encomendó a él que cuidara de su Madre, y a María, que recibiera a Juan como hijo.
—¿Recuerdas, mamá? Pues ahora yo te digo lo mismo que nos dijo el Maestro: aquí tienes a tu Hijo. Te lo entrego por primera vez en forma de Pan. Y lo haré cada mañana hasta que los dos vayamos al Cielo.
María tomó el Cuerpo de Jesús y comulgó en silencio. En ese momento, San Juan y las dos mujeres que acompañaban a la Señora vieron bajar del Cielo una nubecilla luminosa que cubrió por un instante a la Santísima Virgen. Al disiparse la niebla, todo había cambiado: el rostro de María volvía a ser el mismo que yo vi en Nazaret, el de una chiquilla preciosa de 14 años. Su cabello negro había recuperado el brillo y el color de entonces, y ya no estaba sentada en un humilde taburete, sino en un trono de oro y terciopelo.
Lo del vestido fue cosa nuestra. Los ángeles diseñamos un modelo especial para ese momento: el pañuelo de la cabeza se había convertido en una corona de flores naturales que se entrelazaban con su cabello y llenó la sala de una leve fragancia que no parecía de este mundo. Y el modesto hábito de campesina que había elegido la Virgen se transformó de pronto en una espléndida túnica blanca con bordados de oro y plata en las mangas y sobre la cintura. Seis ángeles se hicieron visibles para llevar la cola del manto azul que completaba el atuendo de María. Y volvió a sonar la música que, ahora sí, todos pudieron oír con absoluta claridad.
*     *    *
¿Y ya está?
Por supuesto que no. Te contaré un secreto: para celebrar ese día, los ángeles creamos una receta nueva: la del chocolate con churros, que, desde entonces, ha tenido bastante éxito en casi todas las primeras comuniones.

jueves, 25 de mayo de 2017

A Antonio Fontán[*]


Cosas grandes y pequeñas

Querido don Antonio:
Permíteme que hoy vuelva a ponerte el "don" en su sitio. Te fuiste al Cielo hace ya 7 años y va siendo hora de devolvértelo. Me pregunto cuándo te lo quité. Supongo que hace mucho tiempo. Tal vez al acabar la carrera, ya que desde entonces fuimos amigos, y mucho más, hasta el mismo día de tu muerte.
Siempre me pareció lo más natural del mundo que todos te llamaran "don Antonio"; desde el conserje de la Facultad hasta tus colegas más ilustres, ya fueran profesores en la Universidad, ministros del gobierno, parlamentarios o periodistas. Tú aceptabas ese tratamiento con sencillez, pero yo me situé enseguida en otro plano. Un día, ¿recuerdas?, me explicaste aquel viejo aforismo latino: amicitia pares aut accipit aut facit, la amistad nace entre iguales e iguala a los que no lo son. Eso significa que, cuando uno tiene un amigo de mayor estatura puede ponerse de puntillas y presumir sin miedo, como si las cualidades del más grande pasasen al pequeño. Éste era el caso.
Y es que, por más que me esfuerzo no logro encontrar un territorio en el que no me superases abrumadoramente. Fuiste catedrático de latín, y además de esa lengua dominabas el griego clásico y eras experto en todas las ramas de la filología. No estudiaste leyes, pero más de una vez me sorprendiste con tus conocimientos de Derecho Civil y Administrativo. Ni que decir tiene que en filosofía e historia universal me dabas mil vueltas, y, para colmo, sabías más teología dogmática que yo, a pesar de mi flamante doctorado en esa disciplina.
Debo pedirte perdón. No sé cómo me he atrevido a compararme contigo. Tú fuiste un Maestro con mayúscula y yo un aprendiz de casi nada que tuvo la inmensa suerte de asistir a tus lecciones hasta el último día. De esto precisamente quería hablar hoy.
"Cosas grandes y pequeñas", he titulado esta carta. Pienso en tus últimos años de vida, cuando, retirado casi de la vida pública, te llenaban de homenajes, premios y honores.  Una mañana me contaste que acababan de llamarte de la Casa del Rey para comunicarte que don Juan Carlos te había nombrado marqués.
—Ya iba siendo hora, ¿no? —respondí—.
—No digas eso…
Entraste en el oratorio y te quedaste allí un buen rato. Luego diste la noticia a los demás.
Todas las mañanas eras el primero en visitar ese mismo oratorio con un par de libros bajo el brazo. Allí recitabas dos o tres oraciones en voz muy baja: la primera a San Josemaría Escrivá. Habías perdido oído y no eras consciente de que yo era testigo de tu piedad.
Una tarde, en el hospital, cuando ya sabías que a tu corazón le quedaban pocos latidos, me dijiste en una charla informal:
—Gracias a Dios, a lo largo de mi vida he hecho algunas cosas útiles; pero cuando el Señor me juzgue, no me pedirá el curriculum.
—Sin embargo —te contesté— el curriculum, te ha llevado a ser lo que eres hoy.
—¿Y qué soy…?
Antonio era un gigante con piedad y corazón de niño, que se expresaba en mis pequeñas sutilezas de amor. Veinticuatro horas antes de fallecer, con voz entrecortada pero clara, dijiste en presencia de tu sobrino y de dos personas más:
—"Dejo esta vida sin tristeza ni pesares, y con la alegría de haber hecho algunas cosas… Ofrezco esta agonía por el Opus Dei, al que he dedicado mi vida; por mis hermanos y especialmente por el Padre… Por la Iglesia y el Papa… ¡Y por España!"
Muchas gracias, don Antonio, por lo grande y por lo pequeño.






*Antonio Fontán Pérez (Sevilla, 15 de octubre de 1923 - Madrid, 14 de enero de 2010),  Marqués de Guadalcanal. Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, periodista y político español. Fue el primer presidente del Senado de la España democrática. Impulsor de la libertad de expresión durante la dictadura del General Franco, y director del diario Madrid, hasta que éste fue clausurado por el gobierno franquista.
Fue el primer director del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (1958-1962), la actual Facultad de Comunicación. También fue decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Fue uno de los autores de la Constitución Española de 1978. Senador y Presidente del Senado (1977-1979) y Diputado (1979-1982).

miércoles, 24 de mayo de 2017

Papás de peluche

Harto ya de no escribir (llevo un año en el dique seco), me decido a recomenzar poco a poco. Tengo que engrasar las articulaciones de mi pobre sesera menguada y hacer gimnasia mental para recuperar el tono muscular. Sólo así podré poner en órbita este globo.
Haré entradas breves, como esta de hoy.
¿No os desconcierta ver en la televisión —y en la vida real— a esos papás cómplices de las atrocidades que cometen sus hijos? Hablo de los que agreden a los profesores por haber puesto mala nota al niño; de los que se pelean en la grada de un campo de fútbol mientras sus hijos juegan un partido infantil; de los que justifican la violencia de sus retoños, y les enseñan a mentir para defenderse de la ley.
¡Es urgente escolarizar de nuevo a los padres! Pobres padres. Ellos no tienen la culpa. Llevamos más de medio siglo formado papás de peluche.
Alguien escribió: La educación de los hijos comienza 20 años antes del nacimiento de sus padres.

lunes, 8 de mayo de 2017

A Sir Thomas Moro


La conciencia

Querido Sir Thomas,
Cuando empecé a escribir estas misivas electrónicas ya tenía previsto que tú serías uno de mis destinatarios, pero, aunque más de una vez traté de redactarte un mensaje, nunca conseguí concluirlo. Tampoco hoy lo tengo claro, porque ¿cómo podría resumir tu vida, tu muerte y tu gigantesca personalidad en sólo 700 palabras, que es lo que da de sí esta página?
Fuiste humanista, escritor, filósofo, teólogo, poeta, traductor, político, canciller del Reino de Inglaterra, jurista, juez, abogado, esposo fiel, padre de familia, abuelo entrañable, cristiano laborioso y contemplativo, hombre de mundo y hombre de Dios, soñador de utopías, mártir de la Iglesia, bromista hasta con tu verdugo, amigo leal de tus amigos —también de Enrique VIII, que te mandó decapitar—, pero más amigo de la verdad, de la justicia y de tu conciencia.
—Muero como buen siervo del rey —dijiste antes de ser ejecutado—  pero ante todo de Dios.
No me entretendré ahora en narrar tu martirio. Hay biografías *, que lo describen magistralmente; prefiero comentar lo que San Juan Pablo II escribió sobre ti:
"Fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma"**.
La conciencia. He aquí una palabra prestigiosa, pero tan desgastada por el uso que ya pocos conocen su significado. Para algunos es un vago sentimiento íntimo muy útil como coartada para saltarse la ley a la torera. Otros la confunden con sus prejuicios, obsesiones o complejos de la infancia; y casi todos la ven como última instancia moral ante la cual no cabe apelación ni diálogo posible.
Algo de eso hay, pero conviene matizar. La ética define la conciencia como un primer juicio intuitivo que califica nuestros actos como buenos o malos. Podríamos compararla con la luz roja que se enciende en el salpicadero del automóvil para advertirnos de que algo falla en el motor o, por el contrario, para confirmar que todo va bien. Es una lucecita muy útil aunque algún vez pueda engañarnos, bien porque no se enciende cuando debería o porque da un mensaje erróneo. De ahí que sea necesario comprobar su correcto funcionamiento. Lo mismo ocurre con la conciencia.
Un político español algo más ilustrado que la media declaró hace poco que "la conciencia debe crecer en soledad, lejos de dogmas, libre de cualquier influencia religiosa". Sin embargo la conciencia no es infalible y es preciso formarla, nutrirla de ciencia para que juzgue rectamente y podamos fiarnos de ella.
Tú, querido sir Thomas, fuiste un hombre de conciencia y de fe. Hablabas con Dios a solas todos los días, y en esos ratos de oración aprendiste a escucharle y a responderle siempre que sí. Él te enseñó que "es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" como declaró San Pedro ante sus jueces; y supiste ser libre callando ante la injusticia o defendiéndote con elocuencia y rigor, como el gran jurista que eras. Te negaste a firmar el acta que proclamaba al rey cabeza de la Iglesia de Inglaterra y te condenaron a muerte por decapitación. Prisionero en la Torre de Londres, aguardaste el hacha  del verdugo mientras escribías de tu puño y letra tu último libro, "la agonía de Cristo".
Cuatrocientos años después un Papa santo, Juan Pablo II, te dio un difícil encargo: ser patrono de los políticos. ¿Cómo lo llevas? Cualquiera diría que "conciencia" y "política" son  conceptos incompatibles. Pero la política es una tarea noble que debe ser ejercida por hombres y mujeres íntegros.
Consíguenos políticos así, querido Sir Thomas; servidores públicos que no pierdan la cabeza por un puñado de euros ni por el oropel de un cargo. Puestos a perderla, mejor de un tajo, como tú, para recuperarla en el Cielo.




Vid., por ejemplo, Andrés Vázquez de Prada, "Sir Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra". Edic. Rialp, Madrid
** Motu proprio para la proclamación de Santo Tomás Moro como Patrono de los gobernantes y de los políticos.

domingo, 26 de marzo de 2017

Elogio de la galantería

A Julieta (con permiso de Romeo)




Gentil Julieta, musa de los trovadores que aún lloran el trágico final de tu insensata aventura con Romeo; hace un mes le escribí a él un mensaje en esta misma página para lamentarme de lo injustas que son las querellas entre familias y estirpes y para explicarle que, en nuestro tiempo, privan más las luchas entre generaciones.
No quiero volver sobre ese asunto, que a ti en el fondo te preocupa poco. Hablemos en cambio de la galantería, que es arte y virtud poco apreciada en mi generación.
Como bien sabes, querida Julieta, Romeo se enamoró de ti a la velocidad del rayo. Le bastó verte un segundo en el baile de máscaras de los Capuleto para que tu rostro y tu mirada desplazara de su veleidoso corazón la imagen de una tal Rosalinda, que hasta ese instante había sido su amor indestructible. Tú, como sólo tenías 13 años, necesitaste algo más de tiempo. Primero oíste una voz desconocida detrás del embozo del Montesco. Luego él tomó tu mano y apenas la rozó con un beso. Después —tú misma lo contaste— sus labios dejaron en los tuyos "la huella de su pecado".
¿Eso fue todo? Ciertamente que no. Faltaban las palabras; era preciso que unas pocas palabras galantes encendieran definitivamente la llama del amor. Y aquella noche, a la orilla de tu balcón, hubo un duelo de requiebros y poemas. Shakespeare os estaba espiando y nos lo contó todo.
Como digo, nuestra época está olvidando la galantería. Enamorar a una mujer con palabras seductoras parece delictivo y fuera de lugar. Es más, cualquier signo de caballerosidad con alguien del sexo opuesto puede ser tildado de machismo, un pecado grave difícil de definir, que un día de estos entrará en el código penal.
Yo empiezo a ser viejo, querida Julieta, y confieso que me gustaría haber sido un galán-galante en mi juventud. Ahora, como comprenderás, no sería correcto volver a unas andadas que nunca anduve antes. Sin embargo aún cedo el asiento en el autobús a las mujeres, aunque parezcan más jóvenes que yo. Alguna lo rechaza, pero ninguna, de momento, ha protestado.
Sólo me queda una persona con la que ejercitarme en el arte de la galantería: la Virgen María. Por supuesto que me basta y me sobra. Cuando rezo a María Santísima no puedo olvidar que es mucho más hermosa que tú, gentil Julieta, y que además es mi madre. A ella le gusta ser conquistada por las palabras galantes de sus hijos. Lo hizo el mismo Dios cuando puso en boca del arcángel San Gabriel un piropo para ruborizar a su Madre: "llena-de-gracia".
Hay otra oración que rebosa de galantería y caballerosidad. Es un poema bellísimo muy sencillo, y tan antiguo que ya existía antes de la primera cruzada. Me refiero a la Salve. La rezo varias veces a la semana y la traduzco a mi manera para que la Señora comprenda que yo soy el poeta que la escribe y reescribe cada día.
"¡Salve!, Reina, Madre de la Misericordia, dulzura de la Vida, Esperanza nuestra, ¡Salve!"
El saludo es una sucesión de piropos. Así atraigo la mirada de mi Dama. Los latinos dirían que es la captatio benevolentiae con la que debe comenzar todo buen discurso desde los tiempos de Cicerón.
Luego el poema habla de los "hijos de Eva" que fuimos desterrados del Paraíso terrenal y aspiramos a recuperarlo si la Señora vuelve a nosotros "esos sus ojos misericordiosos". Y recurrimos a Ella como Abogada, que es un magnífico título, porque el buen abogado sólo dice cosas buenas de sus clientes.
Pero lo que más me conmueve es una palabra que no la he visto jamás en otra oración. Es una súplica insólita, familiar y confiada, compatible con la cortesía, que parece salida de la boca de un andaluz o de un niño.
— ¡Ea, pues, Señora!
¡Ea! ¡Qué gran jaculatoria! La puedo repetir cien veces sin más explicaciones, porque María y yo sabemos lo que hay detrás: hay confidencias de amor que a nadie importan. En esas dos letras se condensan ruegos y peticiones, poemas y piropos que dije un día bajo el balcón de mi Dama, esperando, como Romeo, un "sí" y una sonrisa. Al final siempre los logro:
— ¡Ea!

IV.2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Estirpes y generaciones

A Romeo (con permiso de Julieta)

Querido Romeo: he vuelto a leer vuestra historia tal como la imaginó Shakespeare y otra vez me he enfadado con su autor por no haberse atrevido a redactar un final feliz. ¡Qué ganas de convertirlo todo en tragedia! La leyenda de vuestros amores merecía un happy end a la americana con beso y fiestón familiar incluidos.  Claro que "Romeo y Julieta" en versión de comedia romántica no habría tenido el mismo éxito. Me temo que, para pasar a la historia de la literatura, es mejor el drama que el sainete.  
Tuviste mala suerte, Romeo. Te enamoraste en el peor momento de la chica menos adecuada. Eras un Montesco, y jamás se había oído decir que uno de tu familia se fijase en una Capuleto. En tu tiempo pertenecer a una estirpe significaba aceptar una herencia irrenunciable de odios y amores ancestrales, sólidos como rocas, que se recibían con orgullo como un título nobiliario, y se mantenían con uñas y dientes como si estuviera en juego el honor de todo el linaje.
Julieta y tú habríais renunciado con gusto a vuestro nombre con tal estar juntos hasta la muerte, porque, como te dijo ella desde su balcón “¿qué es «Montesco»? No es mano, ni pie, ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo. Lo que llamamos rosa ¿acaso sería menos fragante si llevara otro nombre…?"
Tenía razón tu  novia, pero las cosas son como son. Y desde que Caín mató a Abel, los humanos tendemos a pelearnos unos contra otros individual y colectivamente: romanos contra cartagineses, judíos contra árabes, moros contra cristianos, béticos contra sevillistas…, y, naturalemente, los Corleone contra los Bonanno, Los Montesco contra los Capuleto… Ya lo decía Hobbes :  homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre.  
Claro que las cosas han cambiado mucho en los últimos siglos. Ahora las batallas entre estirpes se han convertido en algo marginal, propio de la vieja mafia siciliana o de algunos pueblos anclados en la Edad Media. Las estirpes languidecen. Ya casi nadie presume de la nobleza de su familia. Hasta los aristócratas ocultan con pudor sus títulos nobiliarios.
¿Significa eso que hemos mejorado? No estoy muy seguro. El odio siempre acaba por abrirse paso y en estos últimos cien años se ha vestido de todos los colores: blancos contra negros, rojos contra azules, arios contra judíos, rubios contra pardos…
Pero yo no querría hablarte de eso, sino de una rivalidad nueva —no la llamaré odio— que desde hace un siglo aproximadamente se ha instalado en nuestra sociedad y que, en mi opinión, no es natural ni, por supuesto, inocente. Me refiero a la lucha entre generaciones.
Coinciden los expertos en que la división vertical de la sociedad —por familias o linajes— ha sido sustituida por una segmentación horizontal. Ahora ya no importa si eres Montesco o Capuleto; marqués o descendiente del Zar; lo que cuenta es el año en que naciste. Ese año definirá tu identidad tribal, la música que oigas, la jerga que hables, la ropa que vistas y, si me apuras, hasta el partido en que milites.
Siempre ha habido generaciones distintas, claro, pero nunca tantas ni tan efímeras. El tiempo se acelera, las décadas pasan volando por nuestra vida y nos hacen envejecer diez minutos después de haber alcanzado la adolescencia.
Los políticos totalitarios y los grandes poderes económicos fomentan descaradamente la guerra entre generaciones. A una masa de jovencitos emancipados, sin la protección de su familia y conectados en vena a Internet, se les puede vender cualquier idea y cualquier moda indumentaria.
Con notable descaro lo confesaba hace poco una profesional de la "nueva política". Explicaba este personaje que "la familia convencional" es insana porque se opone a la autonomía de los hijos. Quería decir, supongo, que los niños liberados son clientela fácil para su ideología.
En resumen, que prefiero las estirpes a las generaciones. Mejor tener raíces que volar sin alas. Mejor recibir la savia de los antiguos que los virus, sin filtro, de Google.
Eso sí, que la savia esté limpia de odios. Montescos y Capuletos deben coexistir en paz y armonía.