jueves, 27 de febrero de 2014

Un e-mail a Azorín


La lengua, espejo del alma 


¿Qué es de tu vida, mi querido Azorín? Hace mucho que no sé de ti. Apenas veo reediciones de tus libros, y ni siquiera te encuentro en los estantes más recónditos de las viejas librerías que tú frecuentabas en Madrid. Hace algún tiempo pregunté en el más grande de los grandes almacenes, y la amable vendedora puso cara de extrañeza antes de acudir al ordenador para comprobar si “quedaba algo”:
―¿Azorín? ¿Con hache o como suena?
Como no había mucha clientela, pude explicarle con calma que “Azorín” es un seudónimo, o sea un nick, de un tal José Martínez Ruiz, uno de los escritores más grandes del siglo XX.
―Pues no caigo ―se disculpó la chica―.
Tu nombre apareció, por fin, en un rincón olvidado del disco duro, pero no quedaba ni un solo ejemplar tuyo; solo ensayos, escritos por otros, que ponderaban tu talento.
Al salir de la tienda me vino a la cabeza un título: “Castilla”. ¿Se llamaba así aquel librito que leí a los 14 o 15 años por consejo de mi profe de lengua? Ya entonces me deslumbró tu lenguaje terso, simple y tan expresivo que era capaz de trasladar mi alborotada cabezota de adolescente a los sobrios paisajes que describías.
Años después conocí Castilla la Vieja y comprobé que no me habías engañado. Es más, sospeché que aquellos horizontes melancólicos, áridos y pobres, que tenía ante mis ojos eran solo copias. El original lo guardabas tú.
Por entonces te nombré mi preceptor para asuntos literarios. Y me diste un consejo que no he olvidado y que yo mismo repito ahora a los más jóvenes:
―Escribir es muy sencillo: basta con poner una cosa detrás de otra sin mirar a los lados.
Me enseñaste a quitar adjetivos, a desnudar mi prosa de barroquismos y pedanterías, a fijarme en lo pequeño ―“en los pormenores”, decías―, a acariciar con palabras cada objeto, cada horizonte, como el ojo de una cámara de cine que va recorriendo el paisaje lenta y delicadamente, sin alterarlo.
Querido Azorín, tú me hiciste amar el castellano. ¿Comprendes por qué te escribo hoy?
Estoy frente a la pantalla de un ordenador. El rectángulo luminoso que tengo delante sustituye al folio en blanco que tú utilizabas, pero además es una ventana abierta a un universo mágico lleno de imágenes y de palabras que vagan sin rumbo fijo por un espacio virtual. En este marco singular aparecen cada día cientos de millones de mensajes que vuelan perdidos por la red. Ahora mismo hay personas de todo el Planeta escribiendo frenéticamente en qué se yo cuántos idiomas. Es la era de la comunicación, querido maestro. Al menos eso es lo que dicen, aunque sospecho que nos escuchamos poco los unos a los otros.
Quizá pienses que esta apoteosis de la comunicación sólo puede traernos ventajas, pero me temo que la cosa no es tan sencilla. Resulta que el lenguaje se ha igualado por abajo. No son los iletrados los que buscan emular a los más cultos, sino al revés. Como hay que hacerse entender por todos, la lengua se ha vestido de proletaria y ya no hay forma de distinguir por el habla a un académico de analfabeto funcional.
“El castellano se ha democratizado”, pontificaba un político; pero lo cierto es que se ha empobrecido. Cada día utilizamos menos vocablos y más sucios.
Así es, maestro. Las palabras están contaminadas. Un lenguaje hediondo y obsceno, que habitaba en el fondo de las alcantarillas ha salido al exterior y ha ocupado las familias, las escuelas, los hospitales, las tribunas de los oradores, los Parlamentos y, por supuesto, la red. Hombres y mujeres comparten la misma basura, las mismas alusiones glandulares, el mismo gusto por los aromas más pestilentes.
No hablo de los “tacos”, esas imaginativas interjecciones que enriquecen el castellano cuando se utilizan a tiempo, sino de una epidemia mucho más grave. Mi amigo y poeta Enrique García-Máiquez se refería a ella con palabras del Conde de Maistre: 

“Toda degradación individual o nacional viene inmediatamente anunciada por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje”.
O, por decirlo más brevemente, “la lengua ―y no la cara― es el espejo del alma”.

11 comentarios:

Papathoma dijo...

Me ha trasladado de repente a mi época universitaria. Es cierto que empezamos a leerlo mucho antes, pero me recuerda sobre todo mis lecturas de entonces, las tertulias literarias -académicas o bohemias- y...no sabía que no se encuentra fácilmente en librerías: como en la biblioteca sí los tenemos, no caí en la cuenta.
Claro que ahora no son esas las lecturas del Instituto. Yo -por si acaso- he creado una sección de Clásicos castellanos, que tiene bastante éxito entre los de una cierta edad y menos entre la gente menuda. Pero al menos sí conocen a algunos de nuestros grandes poetas, gracias a las bellísimas ediciones que se hacen para niños.
Y se nota mucho en el modo de hablar y expresarse, cuándo los niños y adoles son buenos lectores (lástima que se les pegue nuestro empobrecido vocabulario de adultos).

Pedazo de anónimo dijo...

Me rechifla!!

yankee dijo...

Uf... Y que lo diga, don Enrique.

Fuí estudiante de E.G.B. y pensaba que a los 11 o 12 años ya tenía controlado el tema del idioma (reglas de ortografía, gramática, vocabulario, sinónimos/antónimos... etc). Al menos mis profes de lengua daban bastante caña, cosa que les agradeceré eternamente.

Pues bien, ahora resulta que después de tantos años pensando que sabía leer y escribir, me veo en la obligación de aprender una especie de dialecto, donde los acentos y la puntuación no existen, y se pueden cometer faltas de ortografía y no pasa nada.

Algunos ejemplos...
- Ola k ase
- illo voy palla

Pobre Azorín!

Caminando dijo...

Gracias por esta entrada.... Me emocionó... Ojalá llegue a saber acariciar las palabras de tal manera que sirvan para tocar y despertar corazones y hacerlos mirar hacía arriba... Gracias de verdad, yo también tuve la suerte de coincidir con un maestro cerca de una ermita a los pies de la muerta, que bastante huella dejó... (como verá, no es peloteo ;-))

Antuán dijo...

Se ha puesto las botas a cuenta de Azorín. Hoy tenia un rato y lo he leído entero y retroceré pues parece interesarme. Yo también recuerdo ese libro que pude ojear hace años: Castilla. Razón lleva el abuso de la palabra que parece haber perdido su valor. Ya no es lo era. Nunca es tarde. Adiosle

Enrique García-Máiquez dijo...

Dobles gracias, de mi parte del señor conde y de la mía. Y también del idioma, tan menesteroso. Gran artículo.

Todoslosnombres dijo...

Padre, ¡me ha maravillado!

Azorín se habrá echado unas risitas pensando que usted exagera, que no es posible caer en semejante dejadez lingüística.

"La Ruta del Quijote" fue mi primer Azorín. Entonces -y ahora-saltaba de alegría con cada nuevo autor, con cada forma de contar, con cada universo nuevo e inesperado que me descubría nuestra lengua. Y me sentía muy agradecida con los profes que me los enseñaban.

Hoy muchos jóvenes (y adultos)no ven en la lectura una actividad atractiva. Del amor por nuestra lengua, mejor lo dejamos. Y si les hablas, por ejemplo, de Azorín, preguntan ¿quién es ese?, y ni lo saben ni les importa...

Las palabras del conde Maistre se cumplen. O soy pesimista.

Un bonito fin de semana para todos.

Gracias por sus letritas.

(De hoy no pasa: frente al espejo, mi gato verá su lengua y su alma)

Juanma Suárez dijo...

Don Enrique, ahora que estoy de baja en el trabajo (un pequeño tropezón en un escalón inoportuno y una caída tonta) me acaba usted de añadir un autor más a la lista para "ponerme al día" con mis lecturas. Reconozco que no he leído mucho de Azorín, pero me apunto "Castilla" y algún que otro libro que tengo por casa.

Gracias por redescubrirnos la buena literaturay, por mi parte, por ese cariño al idioma que demuestra con cada una de estas entradas. Me alegra saber que no estoy solo en "esto".

Fernando Q. dijo...

en mi viaje de boda nos fuimos a Santander en tren y bajamos en coche. Al pasar por Castilla, entendí a Azorín.

Y a mi padre, a quien se le encedía la cara dando clases magistrales sobre él.

Sebastian F. dijo...

¡Muy buen artículo, que le agradezco! Pero tendrá que reconocer que el Azorín de las "Confesiones de un pequeño filósofo" es, a veces, casi tan insoportable como el Juan Ramón Jiménez de "Platero y yo". Bueno, espero que haga otro artículo como este de Garcilaso.

elje feque lle vachu pete dijo...

Flipante!!! Me ha encantado "paisajes de españa"!