lunes, 7 de marzo de 2016

La mochila


Tengo una mochila con 15 bolsillos.
Siempre he sido muy partidario de la mochila. Bastante  antes de que se pusieran de moda yo ya iba dando la nota por la calle a pesar de las paternales admoniciones de mis colegas:
—¿Estás seguro de que un cura honrado como tú puede ir con semejante adminículo?
Yo les respondía que la mochila es una prenda ortopédica, que ayuda a mantenerse erguido, permite caminar moviendo los brazos como mandan los expertos y reparte el peso tan sabiamente que uno llega a olvidarse de que lleva encima cuatro o cinco kilos más.
—Además —añadía—, muy pronto se pondrá de moda. Todos la llevaréis.
En una buena mochila cabe lo necesario para tres días de viaje, desde el ordenador hasta el cepillo de dientes, pasando por los libros de cabecera, la ropa imprescindible y los prismáticos pajareros.
Sólo le veo un inconveniente, sobre todo para personas tan despistadas como yo mismo: la puedes llevar abierta y ni te enteras. Con alguna frecuencia alguien me lo hace notar por la calle. Hasta ahora, gracias a Dios. ningún caco urbano ha caído en la tentación de meter la mano hasta el fondo y llevarse las gafas de sol o el poemario de Rocío Arana.
El problema se agrava con la mochila que uso ahora: es grande, capaz, cómoda y doctamente diseñada; pero tiene 15 bolsillos. Demasiados. Todos los días pierdo algo en las profundidades de mi zurrón, y casi siempre, cuando hurgo a conciencia en cada uno de los 15 bolsillos, encuentro mucho más de lo que busco: aquellas llaves que perdí el mes pasado, el ratón del ordenador, un peine…
Hoy mismo, buscando unas medicinas que compré ayer, he encontrado tres bolígrafos, un rotulador azul, un búho al que di por perdido hace meses y un carné de la Sociedad Española de Ornitología. ¿Veis por qué me siento feliz?
Mi vida, amigo Kloster, se parece a una mochila con quince bolsillos y treinta agujeros. La llevo al hombro y pesa, pero casi no se nota. Es una existencia llena de pequeñas sorpresas, de hallazgos inesperados, que convierten la vida ordinaria en una pequeña aventura extraordinaria.
(Por cierto, las medicinas no estaban en la mochila. Creo que me las he dejado en la farmacia).

10 comentarios:

Antuán dijo...

Estoy con usted don Enrique. Yo también soy de la generación de la mochila, bueno más tardía. Pero por mucho que mi hermana se empeñe en que la deje. siempre quee nos juntamos para ir al pueblo acabo acarreando lo poco que necesito para llenarla. Porque alli ya tengo algunas cosas para pasar dos dias. Puedo meter algo para mis hermanos y el bocadillo hasta coger el tren y un libro y un bizcocho para Carmelo y una cocacola para mi sin que se entere porque dice que eso lo hacen los americanos para los demás. Y eso. Buenas noches. Hoy empieza el Papa su retiro. Adiosle- pido

Jordania Munelo dijo...

oh si! Las mochilas son lo máximo. Me encantó la comparación de que la vida se parece a mochila. Voy a profundizar en ello para ver como se puede aplicar a la gente que tengo cerca en mi país Venezuela, para hacer de esta (digamosle) aventura, una mochila sin fondo de la que podamos sacar muchas cosas que creemos perdidas... No se porque pero creo que puede funcionar. Gracias D. Enrique.

Fernando M Díez Gallego dijo...

Me hace sonreír su sentido del humor. Sobre cosas ordinarias hace usted una nueva entrada en el globo.
Desde Granada, con cantidad de nieve en la sierra, y casi 100 kilómetros esquiables.

Tumismo dijo...

Hay que reconocer que tiene un puntazo,yo no me lo imaginaba mochilero jjjjjj

yomisma dijo...

Una pregunta: creo recordar de alguna clase que tuve hace muchos años, que los ángeles tienen de alguna manera "envidia" de los hombres pues estos reciben al Deñor en la Eucaristía. ¿Me lo podría confirmar? Y si es así, ¿Dónde puedo encontrarlo?

Anónimo dijo...

A mí me da igual, pero creo que una mochila con 15 bolsas raya en falta de sobriedad al menos del fabricante que parece ser chino

Cordelia dijo...

A mi eso también me suena, Yomisma. Igual lo he oído en l mismo sitio...

Enrique Monasterio dijo...

Yomisma: algún escritor piadoso hizo una reflexión semejante... "Si los ángeles pudiesen sentir envidia, nos envidiarían, etc." En mi opinión se trata de una "piadosa exageración". La visión beatífica, de la que gozan los ángeles y también nosotros cuando llguemos al Cielo, con la gracia de Dios, supone una unión con el Señor infinitamente más plena que la de la Eucaristía.
La Comunión es "prenda de vida eterna", algo así como el billete que nos llevará al Cielo, la garantía de que llegaremos; pero la prenda es solo un anticipo.

yomisma dijo...

Gracias por la explicación. Y si, creo que fue san Maximiliano Kolbe quien hizo la reflexión.

Papathoma dijo...

Los ángeles que sí tuvieron una envidia terrible del hombre...fueron los demonios, a quienes tuvo que humillar muchísimo ese «someterse» a criaturas inferiores. Y aún les sigue corroyendo la envidia, por esa ternura infinita que muestra Dios hacia cada uno de nosotros.