lunes, 7 de abril de 2008

Anónimos


Queridos comentaristas anónimos: ¿no va siendo hora de que os identifiquéis, aunque sea privadamente, por correo electrónico?

Tengo la incómoda sensación de ser una especie de maniquí colocado en un escaparate y deslumbrado por unos focos que me ciegan y me impiden reconocer a los que se detienen para mirarme.

No es que me moleste vuestra presencia en el blog y mucho menos los comentarios; pero sé que la mayoría me conocéis, quizá desde hace años. Por lo poco que decís de vosotros mismos voy tratando de localizaros en algún rincón de mi memoria, y ya creo saber quién se oculta detrás de algunos seudónimos; pero no estaría mal que dieseis la cara. Luego podrías seguir enmascarados con el pasamontañas virtual del anonimato.

No os quejaréis: yo cuento todo lo mío, y el propio Kloster no tiene inconveniente en exhibir sus astenias primaverales. Es verdad que no he puesto ni pondré una foto como solicitan determinados visitantes impertinentes, pero al menos tenéis un búho que es mi vivo retrato.




El corso



Nos encontramos a pocos metros del portal de mi casa. Yo iba con cierta prisa hacia el aparcamiento, pero él me detuvo por las bravas poniéndome su manaza abierta en el centro mismo del pecho.

—Para, para, para… ¿Dónde vas?

Era más alto y más ancho que yo. O sea, un armario ropero de 2 metros. También era más joven, aunque, a primera vista, podría parecer mi abuelo. Apestaba a alcohol y no se preocupaba por disimularlo. Vestía una cazadora de piel triturada por el uso y una extraña gorra que tal vez formó parte de algún uniforme.

—¿Qué quieres?

—Tú rico y yo pobre. Yo no tengo tripa, mira.

—Ya. ¿Y de dónde eres?

—Soy ciudadano francés, de Córcega.

—¿Eres corso?

—Soy corso, y no pido limosna.

Sacó del bolsillo una cartera y trató de enseñarme su documentación con tan mala fortuna que se le cayeron al suelo la mitad de los papeles. Blasfemó en perfecto castellano.

—Perdona. No sé qué digo. Ayúdame a recoger papeles. Tengo mal la espalda.

Más que la espalda, tenía mal el sentido del equilibrio por culpa del alcohol. De rodillas en el suelo, fue recuperando sus papeles con cierta dificultad.

—Yo no quiero limosna.

—De acuerdo, entonces ¿qué quieres?

—Yo he estado en Argelia y Marruecos. Y quiero comer. Diez euro… Yo te devuelvo luego.

Le di un euro. Lo miró con desprecio y casi me escupió a la cara:

—¡Esto no es limosna! Yo no quiero limosna. ¡Yo te devuelvo!

Pero se quedó con el euro; dio un traspié, se agarró a una papelera y siguió su camino.


domingo, 6 de abril de 2008

Emaús (V)



Carmen me envía un poema de Ernestina de Champourcin, que puede servir de colofón a la serie sobre Emaús que publiqué hace unos días. Precisamente hoy, la liturgia de la Misa recoge ese pasaje del Evangelio de San Lucas.

Acabo de leerlo de nuevo y me confirmo en la idea de que el compañero de Cleofás fue el propio San Lucas. La calidez del relato, la descripción del estado de ánimo de los protagonistas y el hecho de que sólo dé un nombre, el de Cleofás, me lleva a pensar que el narrador de la historia estaba allí.

Este es el poema de Ernestina:


EMAÚS

Porque es tarde, Dios mío,
porque anochece ya
y se nubla el camino;
porque temo perder
las huellas que he seguido,
no me dejes tan sola
y quédate conmigo.


Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curiosa
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.


Porque ardo en sed de Ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa;
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!...
¡Quédate al fin conmigo!


sábado, 5 de abril de 2008

Un beso en la frente


Mañana por la tarde 30 chicos y chicas de segundo de bachillerato recibirán el Sacramento de la Confirmación. Mi colega José María, que dirige toda la ceremonia, nos ha llevado a ensayar a la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, donde tendrá lugar el evento. Yo me he limitado a mirar y a dejarme llevar por los recuerdos.

En esta misma iglesia, hace veintitantos años organicé yo la misma ceremonia por primera vez. Tres párrocos han pasado desde entonces. Presidía el Arzobispo castrense, Monseñor Estepa, vecino de mi colegio y gran amigo, que acababa de salir de un infarto de miocardio y bromeaba con su salud.

—Enrique, ¿tú crees que sobreviviremos a la ceremonia?

—Espero que sí, José Manuel. En todo caso, si te da el telele, estoy dispuesto a continuar con el rito. En presencia del obispo sería válido.

—Sí, pero en presencia de un cadáver no vale.

Sentado en el mismo lugar de entonces, me parece estar viendo a cada una de mis alumnas cuando se acercaban a ser signadas en la frente. A la derecha del obispo, yo le iba soplando los nombres:

—Esta es Patricia…

—Patricia, recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.

—Amén…

El “amén” salía casi siempre flojito y un tanto desmayado. A continuación bajaban los escalones sonrientes y un poco más deprisa de lo previsto.

Gracias a Dios, don José Manuel Estepa no sólo sobrevivió a la ceremonia, sino que aún sigue en la brecha como Arzobispo Emérito.

Hoy, en el ensayo, he hecho yo las veces de obispo.

—Subid por orden hasta donde está don Enrique, dice José María.

—Ana, recibe por esta señal, el don del Espíritu Santo… (Silencio). ¿Qué se dice?

—¡Ah!, vale. Amén…

Salgo de la iglesia un poco antes que los demás, y sigo recordando a aquella primera promoción de alumnas.

La acción de la Gracia en el alma es un misterio, pero no por serlo es menos evidente. Alguna de aquellas alumnas leerán hoy esta entrada del blog. Son buenas cristianas.

Recuerdo que, en la catequesis previa, les insistieron mucho en el compromiso que asumían delante de Dios. La Confirmación, les dijeron, es un paso al frente, un signo de mayoría de edad en la Iglesia, una responsabilidad muy grande…

Yo, en la última clase, les dije que no se preocuparan demasiado:

—Vais a recibir mucho más de lo que entregáis. Dios no se deja ganar en generosidad. El Sacramento os dará fuerza, os ayudará a vencer. Es un regalo de Dios. Cuando el obispo os haga la señal de la cruz con el santo Crisma, Jesucristo mismo os besará en la frente y dejará grabado ese beso. Si sabéis corresponder, vuestra frente brillará siempre como un lucero.

No eran palabras mías. Las oí yo mismo a San Josemaría muchos años antes.

Astenia primaveral



Me encuentro a Kloster derrumbado en el fondo de un sillón azul.

—¿Estás bien? —le pregunto—.

—Esa es la tontería que dice siempre la chica en las películas americanas cuando su novio ha caído de un helicóptero en medio de la autopista y le atropella un coche: “¿estás bien, cariño?”, interpela la muy cretina. Hay que ser boba para preguntar eso a un tipo lleno de fracturas.

—Ya veo que estás bien…

—No, no lo estoy. Tengo astenia primaveral.

—¡Anda ya!

—Estoy malito. La vida no tiene sentido.

Kloster, en efecto, tiene muy mal aspecto. No es que me alarmen las bobadas que dice. Ya estoy acostumbrado; pero está vez anda alicaído, con ojeras cuaresmales y voz de ultratumba. Además —y este es el peor signo— apenas ha dicho impertinencias en toda la mañana.

Le pregunto por los síntomas, y se explaya a gusto:

—Cansancio a todas horas, ganas de dormir durante el día, falta de sueño por la noche, dolor inconcreto en cualquier punto del organismo, desinterés general, atrofia de la imaginación y de la fantasía, tentaciones terroristas, alergia a la estupidez propia y ajena, pereza, soberbia, envidia, avaricia, ira…

—No sigas, que eso es la lista de los pecados capitales.

—La astenia, amigo mío, reaviva los pecados capitales, los provinciales y los locales. Lo mejor será que me exilie a un lugar donde no exista la primavera.

—Eso es imposible, querido Kloster; desde que escribimos en el blog te necesito a mi lado. Si te vas, tendría que cerrar el quiosco.

—No me necesitas. Soy un ente virtual, una quimera, un colega imaginario. Convéncete. Puedes prescindir de mí y no te ocurrirá nada: estás ligado a una ficción literaria…

—Si eres una ficción, ¿cómo puedes caer enfermo?

—Precisamente por eso. Soy tu “retrato de Dorian Gray”. Espero que conozcas la historia. Yo soy la pintura que se deteriora día a día, sufriendo los males que tú deberías tener. Ahora estoy hundido, y tú andas tan ricamente predicando, charlando con tus chicos de bachillerato y aparentando una salud y una edad que no tienes. Eres un payaso, amigo mío; pero esto se ha acabado: te dejo.

Kloster se desvanece. Son las diez de la noche y yo tendría que escribir algo, pero me ha entrado una vaga melancolía, una tristeza inconcreta, y ya no tengo ni una sola idea en la cabeza.


viernes, 4 de abril de 2008

Miedo al color




Venía hacia mí camino del Estadio Bernabeu. Era negro y lustroso (espero poder decirlo sin que me denuncien). Además era apuesto, joven, con una piel envidiable y un gorro de colores: amarillo, rojo, azul.... Su vestido, ligero como el aire, era de seda u otra tela semejante, y hacía juego con el sombrero en una increíble sinfonía cromática.

Se detuvo a mi lado, sacó una pequeña cámara y comenzó a hacer fotos al estadio. Yo también me quedé parado unos segundos, y al fin ocurrió lo que preveía:

—Father ¿puede sacarme foto..., sí?

Me llamó "padre", y su castellano no era malo. Su cámara tampoco: era digital y de buena marca. En la pequeña pantalla apareció la figura del turista africano, y entonces sentí una envidia terrible: nada de "sana" envidia; cochina y miserable envidia, porque yo también querría vestirme así, de todos los colores, sin que el color tenga más significado que el puramente estético.

¿Por qué en esta cultura nuestra, y sobre todo en España, nos asusta tanto el color?: el rosa es de niña; el azul, al baúl; el verde de guardia civil: el amarillo, qué horror trae mala suerte; los calcetines blancos son horteras; el marrón es de pueblo...

Ya escribí un día sobre el doble sentido que tiene en España la palabra "serio". Lo serio es importante y lo importante debe ser serio. Si quieres ir solemne, tienes que vestirte de pingüino. Y si te atreves con los colores, supondrán que sufres qué sé yo qué extrañas perversiones.

No te arriesgues, muchacho. El color sigue siendo tabú. En África, en cambio, es inocente. Está al alcance de cualquiera. Lo único que importa es la belleza, la dignidad de la belleza.

Yo ahora voy vestido de negro. No me molesta, al contrario: es el uniforme de un oficio que no tiene horario. Pero me gustaría que ese uniforme se pareciera al del africano que fotografié junto al Santiago Bernabeu.

Pero os contaré un secreto: "yo me visto como ni los mismos reyes para celebrar la Misa". Lo escribió José Miguel Ibáñez, y tenía razón. Ayer mismo estrené una casulla blanca de seda, con una rosa dorada. No es un exceso: cuando el sacerdote se reviste para la Eucaristía, ya no es nadie: pierde su nombre y su apellido. A partir de ese instante, Cristo mismo lo expropia y toma el mando de su vida.

Es grande ser cura. Creo que ya os lo había dicho.


jueves, 3 de abril de 2008

Sobre el tuteo y el “usteteo”

Con ocasión del artículo de Pérez Reverte que publiqué aquí hace unos días, recordé este viejo refrito. Ahora, al releerlo, pienso que no es un tema menor, ni mucho menos, y que no se agota en dos folios. ¿Qué opináis, por ejemplo, del tuteo de la enfermera al paciente en un hospital? ¿Y el del cuidador al anciano que va en silla de ruedas? ¿Y el del jefe al empleado, el del rico al pobre...?

A pocos metros de mi casa vive Francisco Gento, una de las figuras más grandes que ha dado el fútbol español y mundial. Gento, que ya ha cumplido los 80 años, pasea con su perro por esta calle y suele ver los partidos de fútbol en un bar concreto. Por supuesto sigue siendo muy popular y casi todo el mundo le tutea; lo llaman "Paco", le dan palmaditas en la espalda y él se presta muy gustoso a opinar sobre cualquier asunto futbolístico que se le plantee.

Sin embargo mi amigo Miguel Ángel, madridista de pro y hombre respetuoso, nunca le llama Paco, sino "don Francisco" y de usted.

¿Quién tiene razón?


—Oye, ¿a ti hay que hablarte de tú o de oiga?

—De oiga.

—Vale. Oiga, ¿te importa que use el teléfono de tu despacho?

El problema de Carmen no era de educación, sino de sintaxis. Se había incorporado al cole con quince años y le sorprendió comprobar que, para hablar con las profes y con el sacerdote, todo el mundo conjugaba los verbos en tercera persona añadiendo un “oiga” de vez en cuando.

—¡Es que no me sale…!

Carmen era incapaz de faltar al respeto a una persona mayor; pero con el usted y el tú tenía serios problemas.

—Tienes que aprender —le insistía su preceptora—; si no, acabarás tuteando al Arzobispo de las Chimbambas.

—¿Y por qué no voy a tutearle?

—Porque está mal.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo, y punto.

Como la respuesta no satisfizo a la buena de Carmen, decidió acudir a mí. Le propuse discutirlo en clase, ya que, por aquella época, mi asignatura de Moral tenía un espectro de temas muy amplio.

No soy capaz de recordar todo lo que dijimos entonces, pero sí apunté las conclusiones que expuse al final. Éstas fueron:

Hablar con otra persona y escucharla es una forma de amar. Me refiero al diálogo, a la conversación, al intercambio de palabras, de conceptos y sentimientos. Las broncas y los ladridos son simples agresiones que no entran en este capítulo.

Digo que dialogar es amar, porque el amor es un acto de entrega. El que ama se da a sí mismo. Y cuando el amor es correspondido, acoge en su propio ser a la persona amada.

Se trata, pues, de un intercambio de intimidades que tiene tantos modos y matices como tipos de amor existen: más adelante, por ejemplo, me referiré al amor de amistad, que es distinto de otros amores, como el filial, el conyugal, etc. Y es que esa intimidad que entregamos o recibimos tiene distintos grados.

Podemos imaginar, para entendernos, que el corazón de cada uno se parece a su propia casa. Hay una puerta, que mantenemos cerrada con llave, para que sólo se cuelen los huéspedes a los que invitamos libre y espontáneamente. Hay un vestíbulo, al que se asoman muchas personas con las que nos tropezamos cada día. Hablamos con ellas, les sonreímos, tratamos de ser amables; pero nada más. “Mantenemos las distancias”, suele decirse. No les negamos la palabra, que sería la forma más dura de desamor, pero tampoco penetran en nuestra intimidad.

En la sala de visitas se quedan por un tiempo algunos de esos huéspedes. Nos entregamos a ellos un poco más, y ellos a nosotros quizá también. Pero el pudor aún mantiene cerradas por un tiempo muchas habitaciones.

Un día alguno de esos invitados da un paso, y penetra en el salón o en el comedor; curiosea los libros de las estanterías, se asoma a nuestras fotos de familia, y se queda a almorzar, utiliza el cuarto de baño…Empieza a ser como de la familia. Con el paso del tiempo, invade la cocina y se lleva las patatas fritas.

Esto es sólo —repito— una especie de parábola. Quiero decir que el corazón se va abriendo poco a poco. Y no todos los visitantes tienen permiso para curiosear en el fondo. Naturalmente, tampoco nosotros podemos invadir las intimidades ajenas si antes no nos franquean de buen grado la entrada.

Pues bien, esto tiene un reflejo en el lenguaje, en la palabra que nos damos como primer acto de amor. Me gusta tratar de usted a quienes aún están en el vestíbulo o en la sala de visitas del corazón precisamente porque me encanta el tú, y querría reservarlo para los que comparten conmigo algo especial. El usted es mi forma de decir a las personas que llegan a mi puerta, que las respeto, que no pretendo asaltar su intimidad si ellos no quieren. Elijo el usted para que el día en que nos tuteemos ese tuteo signifique algo; para que la palabra tú sea una pequeña declaración de amor, de predilección, de confianza.

Por eso cuando el tú se hace universal e indiscriminado, pierde su belleza y su sentido.

—Pero los ingleses no distinguen entre tú y usted —me interrumpió Carmen—.

—Es cierto; pero, como necesitan una forma de expresión semejante, en las viejas películas de amor, llega un momento en que los protagonistas dejan de llamarse Mr. Brown o Miss Douglas para ser Paty y David. Es su forma de tutearse.

—¿Y si alguien te tutea sin pedirte permiso y sin conocerte de nada?

—Eso ocurre alguna vez, sí. Es como si alguien llamara a la puerta de tu casa y entrara directamente a hasta el dormitorio. Es una invasión de tu intimidad y, por tanto, una pequeña grosería socialmente admitida.

—Lo que no entiendo —intervino Lucía— es por qué podemos hablar a Dios de tú, y al sacerdote, que se supone que lo representa, le tratamos de usted.

Me vino entonces a la memoria la letra y la música de una vieja canción mexicana llena de recuerdos. Habla de la laguna de Chapala y de sus pescadores; y llama a aquel lugar “rinconcito de amor, donde las almas pueden hablarse de tú con Dios”.

Es lógico que tuteemos a Dios, porque Él sí que entra hasta la cocina de nuestro corazón. Más aún, nos da permiso para que cada uno de nosotros hagamos lo mismo… Tutear a Dios es descubrir que somos sus hijos.

El cura también podrá tutearnos, cuando acudimos a él por ser sacerdote y esperamos que nos hable en nombre de Dios. Pero su corazón sigue siendo el de un hombre que necesita poner cerrojos en algunas puertas. De ahí que se defienda con el “usted” ¿Lo entendéis?

Sí que lo entendían. Y, como casi siempre, no logramos agotar el tema. Y es que el tuteo generalizado tiene bastante que ver con el impudor, con el vestirse y el desnudarse, con la trivialización de la afectividad…

Pero me quedé sin tiempo igual que ahora me quedo sin espacio.


miércoles, 2 de abril de 2008

Llegan los abejarucos



Hoy
han venido los abejarucos y su llamada nos ha traído a la realidad de que la primavera va penetrando tremenda e imperiosa a pesar de los fríos retardados y de las últimas violetas, que se van como vinieron, inadvertidamente.

Ya están aquí los abejarucos. Andaba por la huerta y de pronto, una llamada leve que me hizo volver la cabeza al cielo. Insistió el silbido y me hallé sin saber si era esta, si aquella primavera, si este, si aquel año. Un leve silbido había descompuesto el orden de día tras día, de horas y de fechas.

Y arriba, velocísimo, parado, fino, entre verde y amarillo, las alas y el pico agudos, con la primera abeja, el primer abejaruco. Cuando pasé por el colmenar había un rumor de pánico y una prisa por recogerse, inusitados en estas tardes en que hay ciruelos y membrillos en flor.

José Antonio Muñoz Rojas
"Las cosas del campo"


martes, 1 de abril de 2008

Nueva encuesta



Me cuentan que en el Centro de Investigaciones Sociológicas están algo celosos por las encuestas que se realizan en este blog. Lo comprendo: aquí interrogamos a la opinión pública sobre cuestiones realmente serias y candentes, no sobre tonterías.

Hoy os propongo otra encuesta de hondo calado social. Miradla en la columna de la izquierda.

Como es sabido, España ha aportado al mundo inventos que han revolucionado la historia de la humanidad. Algunos han adquirido fama universal, como la siesta, que fue reproducida por Van Gogh, con este título, en uno de sus cuadros más conocidos. Ahora la siesta ha sido adoptada incluso por los japoneses.

La tortilla de patata es mucho más que un plato: es una obra de arte de difícil ejecución y un símbolo de la unión de dos culturas: de América nos llegaron las patatas y en España pusimos lo demás. Esa tortilla, también llamada española, ha sido cantada por trovadores y poetas, pero aún está esperando un soneto digno de ella.

El futbolín también es un invento hispano, aunque alemanes y suizos hayan tratado de apropiárselo. Nació durante la guerra civil y fue patentado en 1937. Noble deporte el del futbolín, violento como ninguno, que resiste heroicamente la invasión de los videojuegos electrónicos.

¿Y la hispánica fregona? En una encuesta reciente fue calificada como el invento del siglo XX. Ahora se enfrenta a un nuevo reto. Ya no hablamos sólo de un siglo, sino de toda la historia de España.

Las tapas, por si alguien no lo sabe, fueron ideadas por Alfonso X. El Rey Sabio dispuso, en efecto, que en los mesones de Castilla no se despachara vino si no era acompañado de algo de comida, regia providencia que podemos considerar oportuna para evitar que los vapores alcohólicos ocasionaran desmanes orgánicos en aquellos que bebían, ya que, en la mayoría de las ocasiones, no tenían suficiente pecunio para pagarse una comida con fundamento.

Los mesoneros, a partir de entonces, encima de cada vaso de vino solían poner una loncha de jamón a modo de tapadera o tapa. No me negaréis que fue un prodigioso invento.

Seguramente muchos de vosotros propondrías otros. Los admito sólo como comentario, pero la encuesta es la que es.

A votar, por tanto.