lunes, 6 de abril de 2009

Hasta el lunes..., supongo

Me gusta este banco, tan solo, tan silencioso, tan olvidado.
Como el año pasado y como el anterior, me voy a Riaza a pasar la Semana Santa. Haré allí mi curso de retiro, Procuraré vivir con especial intensidad la solemne liturgia de estos días y trataré de estar en silencio y de olvidar el blog hasta el domingo. Quizá antes de salir programe algo para que se publique automáticamente mañana o pasado. Y tal vez el jueves me anime a cumplir con mi cita del "Adoro te devote". Ya veremos.

Es cierto que no siempre cumplo mis propósitos, pero esta vez...

Si aparece algún post de otro tipo durante estos días será cosa de Kloster.

Los lunes, publicidad




Gran anuncio. Francamente, no se me ocurre ningún comentario que lo mejore.




Y éste tampoco está mal. Se me ocurren algunas consideraciones sobre la importancia de las cosas pequeñas


domingo, 5 de abril de 2009

Domingo de Ramos




El Borrico
Hace muchos años hice un cuento sobre el famoso borrico que fue trono de Jesús en Jerusalén el domingo de ramos. La historia no era muy original —era sólo un plagio ampliado de algunas cosas que oí a San Josemaría—, pero tenía su gracia. No sé qué fue de él. A mi sobrina Susana se lo escribí torpemente en una carta con motivo de su Primera Comunión y lo más probable es que lo haya perdido. Años más tarde me encariñé con otro burro, el del Portal de Belén y también se me convirtió en protagonista de un cuento que anda por aquí.

En la Biblia hay docenas de borricos y nadie se los toma a broma. Y es que,ese animalito, tan vituperado en los últimos siglos, ha sido uno de los pilares de la construcción de Europa. ¿Exagero? A ver si un día de éstos le pido a Kloster que nos lo demuestre con la erudición que le caracteriza.

El caso es que ahora, cuando parece que ya no lo necesitamos y la especie corre serio peligro de extinción, al menos en Occidente, pienso es de justicia rendirle un homenaje. ¿Qué menos que una estatua en las principales ciudades de Europa? Ayer, en mi paseo sabatino por Madrid, vi algunos monumentos dedicados a personajes mucho más irrelevantes.

El borrico, entre otras cosas, ha dado lugar a una teología. Si os interesa, aquí tenéis sus principios fundamentales.

sábado, 4 de abril de 2009

Línea 150


Viernes 3 de abril. 8 de la tarde.

El 150 viene casi vacío. En la parada hay un hombre de mediana edad con un jersey de rombos y una larga melena gris recogida en la nuca. El autobús llega a más velocidad de lo previsto, se detiene y yo decido que no vale la pena correr: aún estoy a treinta o cuarenta metros, y uno, la verdad, no está para demasiados trotes urbanos. El pasajero sin embargo, al percatarse de mi presencia, dice algo al conductor y logra que me espere unos segundos. Acelero el paso, subo por fin al vehículo y me encuentro con la sorpresa de que me ha pagado en viaje:

—Su amigo ha picado dos veces el bono bus.

Me siento frente a mi inesperado benefactor para darle las gracias, pero no me deja. En tres segundos suelta todo lo que lleva dentro:

—Necesito que me eche un rezo. Desde ayer estoy en el paro. Me han largado del trabajo sin avisar; tengo cuarenta y seis años y tres hijas; mi mujer vive en Vigo con su novio, y yo mañana tengo una entrevista para ver si me colocan en algún sitio.

No sé qué decirle. Le hago algunas preguntas y me cuenta el resto. Diez minutos más tarde se levanta del asiento y sonríe antes de despedirse:

—Ya sabe, padre; o reza por mí o me devuelve el euro.

Dicen que me pasan muchas cosas. Es posible.


viernes, 3 de abril de 2009

Lola




— ¡Felicidades, Lola!
— ¿De qué Lola hablas, Kloster?
— ¡Y yo que sé… Conozco tantas!
Bueno, pues felicidades a todas en un viernes de dolores que ya no se llama así, y es una pena.

jueves, 2 de abril de 2009

Adoro te devote (IX)


O memoriale mortis Domini!/ panis vivus, vitam praestans homini!

Oh, memorial de la muerte del Señor/ Pan vivo que da la vida al hombre!


¿Memorial...?
¿La Eucaristía es sólo un recuerdo?

“Hacer memoria”, recordar, es convertir en presente el pasado, rescatarlo de la amenaza del olvido y reconstruirlo piedra a piedra con la imaginación. Es buscar a tientas viejos placeres y emociones antiguas, tratar de vencer al tiempo con la fantasía. La memoria nos crea la ilusión de que los años nunca pasan del todo.

Recordar es también sufrir el dolor punzante de la nostalgia. El que añora comprende que, a pesar de los pesares, la vida no tiene marcha atrás, que la memoria no puede hacer habitable el pasado para vivir de nuevo en él.

Cristo sí que es capaz de hacerlo. Cuando Jesús recuerda, su memoria infinita nos trae a las manos realmente su Cuerpo y su Sangre derramada en la Cruz. En la Eucaristía, por gracia de ese recuerdo divino, se rompen las barreras del espacio y del tiempo, y nos vamos al Gólgota, con Santa María, con San Juan, con las santas mujeres…

Hace muy pocos años Juan Pablo II escribió:
Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos han quedado fijos en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han " concentrado " y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa "contemporaneidad”
Por eso ahora, cuando lo tengo en mis manos de sacerdote, sé que Jesús y yo hemos vencido a la historia. Aquí y ahora el Sacrificio de la Cruz se hace realidad: su Sangre es un torrente de Gracia, un caudal inagotable que alcanza hasta el último rincón del Planeta.

No tengamos miedo, el mundo estará a salvo mientras haya un solo sacerdote que celebra la Eucaristía.



...Y el paro sigue subiendo

miércoles, 1 de abril de 2009

Pedro Plans



Son las once de la noche. Abro el correo y me encuentro con la triste noticia del fallecimiento de don Pedro Plans.

Fue mi profesor de Geografía en Gaztelueta durante mis años de bachillerato. Poca cosa, ¿verdad? Sin embargo no conozco un maestro que haya dejado una huella tan honda en sus alumnos como don Pedro. Años más tarde fue catedrático de universidad, y cuando le llegó la edad de la jubilación, nos sorprendió a todos empeñándose en ejercer su otra profesión, la de enfermero, en la Clínica Universitaria de Navarra.

Don Pedro fue un hombre sabio y santo, paciente, humilde, entregado a sus alumnos, con un corazón inmenso que nunca se reservó para sí. Estoy seguro de que pronto leeremos biografías suyas.

Mañana por la mañana, aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II, me encomendaré a los dos en la Santa Misa. Hoy no puedo escribir una palabra más.

El vaquero de Mariajo



He aquí un viejo, viejísimo, refrito para empezar abril. La protagonista tiene ya tres o cuatro niños, si no me equivoco.



Cuando María José apareció una mañana a la hora del desayuno con el pantalón vaquero estratégicamente rasgado por siete u ocho zonas capitales, su padre la observó por encima del periódico y de las gafas, suspiró levemente y dijo:

—¿Te ha atacado un lobo, cariño?

Así, de esa forma tan tonta, comenzó la primera borrasca del día. De la ironía paterna se pasó a una discusión estética; de la estética, a la ética; de la ética, a la moral y a una consideración teórica sobre el sentido de los convencionalismos en una sociedad plural y democrática. Todo entre gritos, lágrimas y colacao bajo en calorías.

La controversia dio un giro providencial con la aparición de Gonzalo, que tiene doce años.

—Lo que le pasa a Mariajo es que está como una foca.

A la aludida se le escapó un revés de izquierda, y Gonzalo respondió con una patada en la espinilla. Fue un eficaz cambio de estilo. El padre castigó a los dos sin salir, y resolvió de rebote la espinosa cuestión del vaquero roto.

No me he inventado la escena. Sólo los nombres. El resto me lo contó entre sollozos la protagonista principal, y debo decir en honor a la verdad que terminamos riéndonos a carcajadas.
Por aquella época María José alimentaba un pavo borrascoso y lleno de dramatismo, que se manifestaba especialmente en un espíritu de contradicción casi obsesivo y en una rebeldía crónica contra todo lo convencional.

La palabra “convencional” le encantaba. Se la había oído a Ramoncín en la tele, y decidió adoptarla como argumento definitivo contra las imposiciones maternas:

—Eso es convencional, y no pienso hacerlo.

—Para convencional, la bofetada que te va a dar tu padre…

Aquel día del pantalón vaquero hablamos de la importancia de las convenciones, como normas prácticas, admitidas pacíficamente por todos, que, aunque no sean esenciales para la vida, se fundan en la costumbre y hacen posible la convivencia civilizada.

Mariajo puso cara de asco cuando respondió:

—Yo paso de las costumbres de los demás.

Traté de hacerle ver que, en el fondo, la mayor parte de sus manifestaciones contestatarias reflejaban una adhesión entusiasta a otras normas igualmente convencionales; que los vaqueros se venden con los rotos puestos; que cualquier peluquero está harto de teñir melenas de azul marino y de fabricar crestas; que atravesarse un aro en la nariz, además de una incomodidad evidente, ya no llama la atención ni a las bisabuelas.

—Total —concluí, con ganas de que se enfadara un poco—; que has cambiado el uniforme del colegio por otro uniforme más caro y obligatorio.

—Obligatorio, de qué. Visto como me da la gana…

—¿Sí? ¿Entonces por qué te parece mal que un chico lleve calcetines blancos en la discoteca?

—Porque es una horterada.

No recuerdo cómo terminó aquella larga conversación. Sólo sé que Maria José no se enfadó conmigo y tampoco me hizo el menor caso.

Hoy, cuatro o cinco años después, ha venido a verme. Está algo cambiada y un poco deprimida: me dice que Juan, su novio “de toda la vida”, no la ha llamado por teléfono desde que se fue a Londres.

—Llámale tú.

—¿Yo? —Mariajo me mira horrorizada—. El chico es él. A buenas horas voy a tomar yo la iniciativa.

—¿No te habrás vuelto convencional?

—Y machista —asegura con cara de guasa—.

Después, y como para saldar una vieja discusión pendiente, ha dicho:

—No…, si las normas de buena educación son estupendas. Lo que me molestaba antes era vivirlas yo con los demás; pero que tengan detalles con una es superbueno. Juan me gusta precisamente por eso: porque es como un señor de aquellos antiguos, que te manda flores y casi te besa la mano. Y eso que es muy normal, ¿me entiende? Lo malo es que, desde que se ha ido a Londres, ya no es el mismo.

—¿Y se fue hace mucho?

—Anteayer.

No me costó explicarle lo importante que pueden ser esos pequeños detalles también en el trato con Dios. Y es que, en nuestras relaciones con el Señor, hemos vivido una especie de adolescencia parecida a la de Mariajo. Parecía como si fuese urgente eliminar todo lo convencional de la liturgia y de la piedad. Por alguna extraña razón pensábamos que era más auténtico y sincero quitar genuflexiones y reverencias, ir en chándal a la Iglesia y despatarrarse en los bancos.

—A Dios qué le importa —me dijo alguien hace años—.

—Es cierto —respondí—. Lo penoso es que a ti tampoco te importe.

Antes de despedirse, María José fue a la capilla del Colegio para “recordar viejos tiempos”. Tomó agua bendita; hizo, despacio, la señal de la cruz y una genuflexión perfecta, casi solemne.

Al marcharse, se asomó a mi despacho:

—Entonces ¿llamo a Juan o espero?

Le di mi opinión. Seguro que no me hace caso.