miércoles, 12 de junio de 2019

Un libro conmovedor






No es una novedad editorial, ni siquiera ha estado en la lista de los más vendidos. Ediciones "Encuentro" no se ha especializado en best sellers, pero de vez en cuando publica una joya como ésta.  Hablo de "Un adolescente en la retaguardia", que salió a la luz hace ya trece años.
Su autor, Plácido Miguel Gil Imirizaldu (1921-2009) nació en Lumbier (Navarra) el 10 de junio de 1921. Ingresó de niño como estudiante en el Monasterio Benedictino de El Pueyo. Con 15 años le tocó vivir en 1936 uno de los episodios más trágicos del inicio de la Guerra Civil española con el martirio de toda la comunidad monástica y fue testigo privilegiado de una de las páginas más bellas del reciente martirologio cristiano.
El libro es, en efecto, un testimonio preciso y objetivo de este terrible episodio, pero lo que resulta conmovedor es la fe sencilla y recia de los adolescentes que presenciaron el martirio, su fidelidad a Jesucristo y la naturalidad con que viven su vocación en plena persecución religiosa, sin odio hacia nadie.
Plácido M. Gil no pretende hacer literatura, pero la fuerza del relato y la sinceridad de su pluma convierten este libro en una obra maestra.


Plácido M. Gil

Frente a una taza de té



El 40 de mayo ha pasado sin pena ni gloria. El calor parece cada vez más lejano. A las siete de la mañana al otro lado del cristal de mi ventana el termómetro marcaba 10 grados. A la paloma esto parece importarle poco. Continúa impertérrita con su tarea de dar abrigo a los huevos que está incubando para que los pollos nazcan sin contratiempos. En el colegio los mayores ya se han marchado —nunca se van del todo— después de superar el peaje de la selectividad. Los pequeños parecen más calmados, casi tristes, como si el final de curso les hubiese traído un leve episodio de melancolía.
Aparece en el vestíbulo la madre de una antigua alumna de Aldeafuente —pongamos que se llama Raquel—, hoy  convertida en abuela de un par de chicos de Aldovea y de alguno más.
—Cómo pasa el tiempo, ¿verdad, don Enrique?
—No para ti; estás como nunca.
—Quite, quite..., estoy gorda y vieja.
Sin duda espera que le lleve la contraria y así prolongar este preámbulo con un intercambio de piropos. Aprovecho para estornudar...
—¿La alergia?
—Puede ser...
Me habla de su yerno, que es bueniiiiiiísimo, de su hija, que debería usted verla, porque se ha puesto súper guapa a pesar de los tres niños. Para que luego digan que la maternidad estropea la figura.
Yo asiento con mi mejor sonrisa y hago un amago de repetir el estornudo. Sí, quizá sea la alergia. Por si acaso mi interlocutora se aleja y comienza a charlar con un profe.
Por la tarde, paseo de una hora. Andar por andar siempre me ha parecido un poco triste, pero a veces ocurren cosas. 
Viene caminando hacia mí un trajeado chaval de apenas treinta años. Viste un terno azul recién planchado, impropio de su edad y de la estación. De sus orejas salen sendos cables blancos que desembocan en el bolsillo izquierdo de la americana. Va hablando con alguien a través un dispositivo invisible y gesticula con vehemencia. Al llegar a mi altura, me pide con un gesto que me detenga mientras termina su conversación telefónica.
—Bueno, vale. Llámame. Ciao.
A continuación me dice sin más preámbulos:
—¿Puede usted garantizarme que después de esta vida hay otra?
Le miro a los ojos. Son azules y tan claros que parecen blancos. El pelo, entre rubio y pelirrojo, se le bate en retirada por encima de la frente.
—¿Garantizarte? Mi garantía valdría poco, la verdad. Es Jesucristo quien nos lo garantiza a ti y a mí.
—Vale, vale —responde— ¿puedo invitarle a un té?
Nunca me habían invitado a un té por sorpresa, así que acepto y nos sentamos en la terraza de una cafetería. Allí me cuenta su vida, desahoga su mal humor y su tristeza por la muerte de su amigo en un accidente de moto, y me escucha con respeto sin perder palabra. Me habla de sus padres, que viven separados, él en Canadá y ella en España, pero lejos de aquí.
—Soy homosexual —añade—.
Hace una pausa y me mira atentamente como buscando una reacción por mi parte.
—Y yo soy ornitólogo amateur —le contesto—.
—Pues a mí me encantan los pájaros.
Consigo que sonría cuando le hablo de la paloma que se me ha posado en la ventana. Luego la conversación  toma derroteros más profundos. Nos cambiamos las tarjetas y prometo acordarme de su amigo en la Misa de mañana.


domingo, 9 de junio de 2019

Pentecostés





Tengo un oficio magnífico. A lo largo de estos años de bloguero lo habré repetido unas cuantas veces, pero hay días en que uno no tiene más remedio que exultar. Hoy, por ejemplo, fiesta de Pentecostés (y 40 de mayo). Me levanto muy temprano a pesar de ser domingo y, desde primera hora, ya siento esas ganas imparables, ese deseo inexplicable que a veces me acomete de empezar cuanto antes la tarea.
Mi tarea de hoy es predicar un retiro a gente joven. Por tanto, hablar de Dios, del Espíritu Santo, de la Santísima Virgen. Y contar historias que no pueden quedar encarceladas en mi cabeza. El Señor quiere que hable aunque me canse, aunque alguna vez termine exhausto.
¿Quién querría jubilarse de este oficio? Supongo que un día me quedaré sin voz o sin palabras. O empezaré a decir tonterías aún más gordas que las que digo ahora, y me pedirán que me calle; pero hasta entonces dejadme que disfrute como hoy.
Acabo de ver una fotografía de Nadal tumbado de espaldas en el suelo de la pista de tenis. Acaba de ganar su duodécimo Roland Garros. Está eufórico y agotado. Ya ha comenzado a pensar en el próximo torneo.
Me da vergüenza compararme con ese gigante, pero ¿por qué no? A él también le llegará su hora, y quizá se dedique a enseñar a los más jóvenes los secretos de su raqueta invencible. A mí me gustaría hacer lo mismo, y explicar a los chicos, que todavía me escuchan, que es grande ser cura, que no hay oficio más humilde ni más sublime; humilde, porque Dios lo hace todo; sublime porque Él improvisa milagros cada día con estas manos sucias. ¡Y es tan sencillo!
¿Conocéis este poema de Salinas, con el que rezo algunas veces? Es largo, pero citaré de memoria unos pocos versos:
"Andando de tu mano, ¡qué fáciles las cimas! Alto se está contigo, tú me elevas, sin nada, tan sólo con vivir    y dejar que te viva. Tus pasos más sencillos en ascensión acaban. Y en altura se vive sin sentir la fatiga  de haber subido. Tú le quitas  al trabajo, al afán, su gran color de pena. Y en descensos alegres, se sube, si tú guías, la inmensa cuesta arriba del mundo."

viernes, 7 de junio de 2019

Las aves creen en Dios



Llevábamos hablando más de media hora. Gregorio, viejo amigo de mi quinta, me permitía que lo sermonease, quizá con demasiado entusiasmo. De pronto cerró los ojos, hizo un gesto como rechazando cada una de mis palabras y en voz baja, pero firme, exclamó:
—Hace años que no creo en Dios.
Me quedé mudo por unos segundos. Gregorio va a misa con su mujer todos los domingos, y reza la Salve una vez a la semana como lo hacían sus padres. Alguna vez me ha acompañado a hacer una romería a la Virgen en el mes de mayo.
—¿Estás seguro? —le respondí—.
—No. Ni siquiera de eso estoy seguro. Supongo que soy agnóstico.
—¿Y qué dice tu mujer?
—Alguna vez he tratado de explicárselo, pero se ríe. Dice que ella también es agnóstica de mí, que no sabe si existo, si soy de este planeta, si la quiero o solo la soporto… Y me coloca unos rollos tremendos. Ella es filósofa, ya sabes...
Gregorio y yo caminábamos por un pequeño jardín que hay frente a mi casa. Debería despedirme, pero antes decimos sentarnos en un banco y le señalé mi ventana. Le hablé de la paloma que sigue allí arriba incubando un par de huevos desde hace ya una semana. Ha aguantado el vendaval de ayer por la noche y la lluvia que golpeó con fuerza en el cristal. No se mueve en todo el día. Al atardecer llega el macho para alimentarla y charlan un rato con su inconfundible gorjeo. Gregorio me escuchaba en silencio.
De la paloma pasamos a las aves migratorias que han llegado esta primavera, del águila calzada, las oropéndolas, las oscuras golondrinas, los negros vencejos y los blancos alimoches, los ruiseñores… Quedamos en salir "un día de estos" para ver cazar a los abejarucos en la Sierra de Madrid.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
—Supongo que las aves no son agnósticas. Ellas creen en el destino que les marca el Señor y lo cumplen con precisión milimétrica sin hacerse demasiadas preguntas. "Los cielos cuentan la gloria de Dios", dice un salmo. Si miráramos más a lo alto, quizá nos sería más fácil descubrir al Creador.





miércoles, 5 de junio de 2019

La experiencia



Empiezo  a estar un poco harto de mi presunta experiencia. Esta semana me han hablado de ella cuatro o cinco personas siempre con la intención de pedirme algo y de vencer mi resistencia con un elogio.
—Es que usted, don Enrique, tiene mucha experiencia sobre este asunto. ¿Podría hablarnos de…?
—¡Qué suerte tenemos de contar con usted! Tiene que darnos una charla sobre este tema. Con su experiencia seguro que queda guay.
Conste que no me quejo de los elogios, ni diré esa tontería de que son inmerecidos. Tampoco me preocupa que me consideren viejo. Lo soy, gracias a Dios; siempre quise llegar a viejo y al fin lo he logrado, así que no me desaniméis diciéndome que todavía soy joven. Sin embargo os aseguro que algunas veces me gustaría tener menos experiencia, incuso no tener ninguna y volver a aquellos años felices en los que debía pensarlo todo por primera vez, "estrenándome" cada día sin vivir de las rentas.
La experiencia es una mochila súper gravosa donde guardo de todo, principalmente los errores, los fracasos, las humillaciones y las piedras en las que he tropezado cien veces. También hay algunos recuerdos gloriosos, cómo no, y vanidades ridículas que apenas sirven para abonar la propia vanidad. ¡Quién pudiera vaciar esa mochila de vez en cuando, limpiar cada uno de sus bolsillos y dejar solo las lecciones aprendidas y meditadas, ésas que se trasmiten con muy pocas palabras y dan fruto en los demás.
—Lo ve, don Henri. ¿Por qué no nos da una charla sobre la experiencia de la vida?
Cuando me dicen estas cosas echo de menos a mi amigo Kloster. Él sí que sabría responder con el gruñido justo.




martes, 4 de junio de 2019

Retratos de María (y XII)



Mila me envía cuatro imágenes de la Santísima Virgen. Con ellas termino esta sección. Continuaremos tal vez el año que viene.
1) la Virgen del silencio. Esta se la robé a usted del blog en el año 2010 para hacer el recordatorio de la Primera Comunión de mi hijo. A mi padre, que hoy tiene 91 años, le debió de gustar porque la tiene desde aquel día en la mesilla.
2) La Virgen de la iglesia de Ayete en San Sebatián. Siendo de Bilbao quizá la haya visitado alguna vez. Parece seria, pero si estás un rato hablando con Ella llega a sonreírte...
3) La capilla de la Milagrosa. Cuando yo era pequeña la recibíamos en casa, y desde hace un año la acojo dos o tres días al mes. Me hace especial ilusión porque me llamo Milagrosa, gracias a un favor que hizo la Virgen a mi madre cuando estaba embarazada de mí. Esos días aprovecho para rezar con mis hijos y marido una oración antes de acostarnos.
4) Por último, una Virgen africana que me mandó una navarra de 88 años que está de misionera en Butare, Rwanda. Me gusta todo, la cara de la Virgen, su sonrisa, su paz, San José apoyando su brazo en la Virgen, el Niño, los músicos...
Como veis, he colgado solo dos. Nuestra Señora del silencio, Patrona de los sordos y quizá también de los que hablamos demasiado, y la Virgen Africana que vino de Rwanda.


domingo, 2 de junio de 2019

Retratos de María (XI)


Reina del Opus Dei

Esta imagen de Santa María, Regina Operis Dei, se encuentra en la sede central de Prelatura. Se trata de una pintura al fresco obra de Manuel Caballero. San Josemaría se la encargó en 1956 para manifestar su agradecimiento a la Santísima Virgen. El fundador de la Obra había escrito dos años antes: el Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Por eso son tantas las costumbres marianas, que empapan la vida diaria de los hijos de Dios en esta Obra de Dios. En el cuadro, Nuestra Señora está de pie, vestida con una túnica regia de color rojo oscuro, con borde dorado y  un manto blanco, sujeto alrededor del cuello por un broche. Sobre la cabeza, un velo transparente.
En la mano derecha Santa María recoge el borde del manto bajo el cual está la Obra, representada por el bloque de piedra con el sello del Opus Dei, una cruz insertada en el mundo. A pesar de las pedradas recibidas, conserva su solidez y firmeza.
En el brazo izquierdo, la Señora sostiene al niño Jesús, que dirige su mirada al monolito de piedra y  lo bendice.
La rosa tallada bajo el sello de la Obra deja constancia de la maternal protección de la Virgen. Como fondo de la composición, un paisaje luminoso. El cielo está sereno, sin ninguna nube, debido a la presencia de María.
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Sobre la paloma y otras metáforas


María me pregunta por la paloma de mi ventana. Quiere saber si existe de verdad o es una metáfora; si continúa incubando los huevos; si "alguien" le da de comer; si me lo he inventado todo.
Respondo: no es ningún invento. Aquí sigue, a menos de un metro del ordenador en el que ahora escribo. Es cierto que el Espíritu Santo se manifestó en el Jordán en forma de paloma y faltan pocos días para Pentecostés, pero nunca se me ocurriría relacionar el ave que ha venido a visitarme con la solemnidad del próximo domingo.
Pienso que esta ave ha llegado a mi ventana por una razón mucho más simple. Desde julio de 1982  mi  afición a las aves ha ido creciendo de forma exponencial hasta convertirse en verdadera ornitomanía. Por ver despegar a un águila real una mañana de invierno con nieve fui capaz de permanecer pegado a una roca durante hora y media a las tantas de la madrugada. Por contemplar un duelo musical entre dos ruiseñores que se disputaban los favores de una hembra, me olvidé de comer. Por fotografíar a un azor que alimentaba a sus pollos en lo alto de un abeto, trepé a lo alto del árbol vecino con riesgo de mi vida… Pero todo eso ocurrió hace más de treinta años. 
Ahora ya no estoy en condiciones de vivir tan arriesgadas aventuras y los pájaros lo saben. Por eso vienen a verme. Me devuelven la visita. Ellos son conscientes de que pueden conversar conmigo a cualquier hora. Esta misma noche, por ejemplo, como duermo siempre con la ventana abierta, he oído varias veces el zureo de mi amiga. Me costaba trabajo coger el sueño por culpa del calor que ya se ha instalado en Madrid, pero el gorjeo de la columbiforme me ha servido para recordar que, en efecto, estamos en pleno decenario del Espíritu Santo que, como sabéis, llegó en Pentecostés en forma de viento impetuoso y fuego revitalizador. Y he repetido hasta dormirme aquella oración que compuso San Josemaría en 1934 y muchos sabemos de memoria:
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.


sábado, 1 de junio de 2019

Una paloma en mi ventana


La mañana comienza mal. Como todos los sábados, tengo que predicar y celebrar Misa en el Colegio Mayor Zurbarán, y salgo temprano para llegar con tiempo suficiente. Nada más aparcar el coche, caigo en la cuenta de que estoy rodeado por un grupo de personajes que, a juzgar por su aspecto, han pasado la noche en vela conservados en alcohol. Llevan encima una borrachera descomunal y se gritan los unos a los otros en un inglés resbaladizo y poco académico. Como sabéis hoy se juega en Madrid la final de la Copa de Europa y se enfrentan dos equipos  británicos. Dicen que han llegado unos ochenta mil tifosi, la mayoría sin entrada. Entre los que me rodean, la mayoría son partidarios del Liverpool; pero no todos. De ahí, la académica discusión que se produce a pocos centímetros de mí. Uno de los litigantes se sienta en el capó de mi coche, gira su rubicunda testa, me ve sentado frente al volante y dice algunas palabras, entre las que creo distinguir sólo una: sorry. Yo sonrío y aguardo a que el grupo de supporters británicos se disuelva del todo en alcohol.
Al fin se alejan y puedo salir ileso del Citroën. Me dirijo al parquímetro, sigo las instrucciones de la maquinita, meto un euro por la ranura y aparece un mensaje: "Error. Operación cancelada". Se remueven las vísceras del diabólico artefacto, pero no me devuelve la moneda. Hago un segundo intento, e introduzco 50 céntimos con la esperanza de recuperar el dinero o de conseguir el ticket reglamentario. Error. El parquímetro deglute también la segunda moneda y noto cómo se ríe de mí.
—Lo siento, le digo. No tengo tiempo de reclamar y me he quedado sin monedas. Confiemos en la suerte. Tal vez el controlador de la zona comprenda que estás estropeado y me perdone la multa.
Regreso una hora después. No ha habido fortuna: tengo ya la multa en el parabrisas y, por más que busco, no encuentro al funcionario responsable. Habrá que recurrir al Supremo, renunciando, por supuesto al eurito y medio que ha digerido la máquina averiada.
Llego a mi habitación y, al abrir la ventana, descubro a una paloma en plena incubación. Ha instalado su nido en un antiguo macetero que no se usa desde que reformaron la fachada. y ha puesto dos huevos. La saludo respetuosamente, me mira sin decir ni pío y continúa su maternal tarea a medio metro de mi nariz.
Me siento frente al ordenador con la intención de escribir un comentario espiritual. Es inútil. No se me ocurre nada; si acaso, que hoy es el tercer día del Decenario del Espíritu Santo y la paloma okupa, que sigue a lo suyo, puede servirme de recordatorio.



Palabra de honor que no he sido yo, aunque me quedé con ganas