viernes, 21 de diciembre de 2007

Sobre el capítulo 6 de “el belén…”



Permitidme un recuerdo personal sobre el capítulo que acabo de poner más abajo.

Han pasado trece o catorce años. Habíamos comenzado la catequesis para las niñas de primera Comunión en Aldeafuente y yo debía darles algunas clases. Como estábamos cerca de la Navidad, decidí improvisar un cuento:

—Cuando Dios creó el mundo —empecé— puso un nombre a cada estrella.

—¿A todas? —preguntó una de las niñas—.

—¡A todas!

—¿Y cuántas estrellas hay?

—Millones de millones de millones…

Gracias a las interrupciones de las pequeñas tuve tiempo de ir componiendo la historia, que es, más o menos la que luego traduje por escrito.

Aquella clase terminó exactamente igual que el capítulo del libro.

“—¿Y el Niño? —preguntó Oriente—. ¿Me mirará el Niño?

—No lo sé —respondió el ángel—. Los niños recién nacidos tienen los ojos cerrados. Sólo se atreven a mirar a sus madres. Pero Jesús…”

—¿Y qué pasó?, ¿le miró?, preguntaron a coro las niñas cuando di por terminada la clase.

—Mañana lo sabréis —respondí—.

No tuve más remedio que escribir el libro entero. Al fin y al cabo, contar historias no es tan difícil.

El belén que puso Dios, 6



Para qué sirve una estrella



Cuando Yahvé creó el mundo, puso un nombre a cada estrella.

Eran millones. Millones de millones de millones; pero Dios las conocía todas, y llamaba a cada una por el nombre que le puso. Los ángeles quisieron aprenderse de memoria la lista entera, y la escribieron en un pequeño cuaderno, que todavía debe de andar por ahí, olvidado en algún rincón del Cielo.

Como comprenderéis, yo no me sé más que unos centenares, y ninguno coincide con los que han inventado los astrónomos. Así que, para evitar confusiones, no los pondré aquí, aunque reconozco que ganas no me faltan, porque los nombres que Dios inventa son infinitamente más sonoros y más hermosos que los nuestros.

Sólo hablaré de una estrella, de la más pequeña de todas. Nació de una esquirla insignificante desprendida de la Gran Galaxia, y voló tan lejos por efecto de alguna extraña fuerza, que muy pronto se encontró en el límite mismo de la Creación. Sola, sin planetas que la contemplaran como a la mayoría de sus hermanas, Oriente, que ése era su nombre, sólo existía para Yahvé. Ningún astrónomo sospechó jamás que estuviera allí. Era tan pequeña, tan leve su fuerza de atracción, que apenas le llegaban diez o doce meteoritos perdidos cada año. Si un día hubiese desaparecido, el delicado equilibrio del universo no se habría alterado lo más mínimo.

Oriente no sabía si su vuelo por el espacio había terminado ya. Al faltarle todo punto de referencia, tenía la impresión de estar clavada, como una lámpara inerte, que a nadie alumbraba. Y, aunque las estrellas no acostumbran a protestar, un día empezó a preguntarse qué pintaba ella en el Cosmos.

Entonces apareció el Ángel, y Oriente oyó por primera vez que alguien la llamaba por este nombre.

—¿Es a mí?, respondió la estrella.

—¿A quién si no...? ¿Acaso no te pasas la vida quejándote de que estás sola?

—Tampoco exageres. Sólo lo he dicho una vez, y, la verdad, no sé cómo has podido oírme.

—El caso es que, si no me equivoco, has puesto en duda la infinita sabiduría de Dios.

—¿Quién, yo?

(La pequeña Oriente se puso más roja que Marte al anochecer).

—Has insinuado —continuó el Ángel— que Yahvé te ha creado sin motivo alguno, que tu existencia no tiene sentido, que eres una especie de error de la Divina Providencia...

—¡Alto, alto...! —le interrumpió la estrella—. Tampoco es para ponerse así. No me atribuyas palabras que no he dicho ni conceptos tan confusos que a duras penas puedo entender. Me tomas por un filósofo, y sólo soy una estrella aburrida, que ni siquiera sabía mi nombre... Por cierto, que tampoco sé el tuyo.

—Me llamo Gabriel, y he sido enviado por Dios a disponerlo todo para el nacimiento del Mesías...

—¿El Mesías...?

—No me interrumpas. Tú no eres capaz de entender estas cosas, y con tanto ajetreo, la verdad es que voy de ala.

—Claro..., para eso eres un ángel.

—Primero estuve con Zacarías, el padre de Juan. Supongo que no lo conoces: un anciano sacerdote, cabezota y desconfiado, que no se creyó mi mensaje, y me pidió una prueba. No le bastaba, por lo visto, con mi aparición repentina en medio del templo... Quería un signo, y se lo di: se quedará mudo por una temporada...

—¡Caray...!

—No te preocupes. Digamos que es una pequeña broma del Altísimo. Se le pasará en cuanto nazca su hijo. Luego he hecho unas pocas visitas de incógnito. Ya sabes, sin que se note que soy yo... Tenemos que preparar un censo...

—¿Un qué?

—Un censo, un recuento... Es igual. Pero tuve que ver a un tal César, en Roma, y a Quirino, el Gobernador de Siria... Estos papeleos burocráticos son capaces de agotar a un Arcángel.

—Así que tú también te quejas de vez en cuando..., interrumpió Oriente con una sonrisa.

—Ni pensarlo. Lo que pasa es que me gusta hablar. Por eso Dios me manda de mensajero a todas partes. Además tengo un secreto estupendo...

—¿Un secreto de los que no se pueden contar?

—¡Al contrario!: es tan secreto, tan secreto, que no tengo más remedio que decírselo a todo el mundo; eso sí, en voz muy baja para que no se enteren los de al lado, y así poder contarlo otra vez.

—¿Y a quién se lo cuentas?

—¿No te digo que a todo el mundo?: a los ángeles, a los hombres, a los borricos, a los pájaros, a las estrellas...

Oriente volvió a sonreír, y el Arcángel Gabriel la envolvió con sus alas, para contarle muy bajito, de forma que no le oyeran las estrellas vecinas, su visita, de parte de Dios, a la Reina de los Ángeles y de los luceros.

Al terminar, la estrella tiritaba, y Gabriel, a su modo, también. Imposible saber cuánto tiempo permanecieron en silencio. Al fin, Oriente dijo:

—¿Y qué mensaje tienes para esta estrella?

El tono del Arcángel se hizo entonces más solemne:

—Vengo a decirte, de parte de Dios, que, sin saberlo, has estado navegando por el espacio durante millones de años con una meta bien precisa. Eres la más pequeña de las estrellas del firmamento. No tienes planetas, ni lunas. ¿Sabías que, hasta ahora, nadie te ha visto jamás? Pues bien, alégrate, Oriente, que el Señor también está contigo. Dentro de poco te mirarán los ojos de la Reina, y tú detendrás tu vuelo unos instantes encima de su palacio en Belén. Detrás de ti, caminará la caravana de unos Magos. Ellos saben también tu nombre, el que Yahvé te puso desde toda la eternidad.

La estrella permaneció en silencio. La mayor parte del mensaje del Ángel le resultaba tan misterioso...: la Reina, los Magos, el Niño...

—¿Qué puedo contestar?, dijo al fin

—Lo mejor es que no hables. Dios te ha asignado un papel en su navidad, aunque no lo entiendas del todo. No puedes aceptarlo ni rechazarlo: eres sólo una estrella y tu camino está ya escrito en el firmamento. Vivirás aún miles de siglos más, pero fuiste creada sólo para un día, el de Belén. Ahora ya sabes que, desde la galaxia más grande hasta la última luna, nada hay inútil en el universo.

A Oriente, sin embargo, se le habían pasado las ganas de hablar. Debería estar alegre; pero, por un momento, pareció apagarse de tristeza.

—En el fondo tienes suerte —trató de animarla Gabriel—. Fíjate: en ese Nacimiento que se prepara, hay millones de figuras: montañas, castillos, palmeras, ríos, estrellas... Pero hay otras mucho más pequeñas: los hombres, las mujeres, los niños... Cada uno tiene también un nombre, recibido de Yahvé antes de que tú existieras; pero deben descubrirlo, y aceptarlo. A ti te basta con dejarte llevar: ellos necesitan tener el oído atento, porque Dios les hablará en voz muy baja, casi como la brisa, y les dirá cuál es su sitio en este mundo que gira alrededor del Portal: conocerán su vocación. Pero su responsabilidad es enorme, porque pueden engañarse, o taparse los oídos, o contestar que no, o rebelarse... ¿Comprendes, Oriente? Y si lo hicieran, su vida se convertiría en un sinsentido, se habrían escapado del Belén; serían como astros perdidos, sin rumbo, como piezas inútiles y desgraciadas...

Oriente tardó en responder. Le habría gustado decir, como su Reina: yo soy la esclava del Señor; hágase en mí...; pero, claro, a las estrellas no se les consulta. ¿Era una suerte?

—No, Gabriel. No trates de consolarme. Sé lo que soy, y me conformo. Pero el Niño que va a nacer prefiere un sí enamorado y libre de una sola de aquellas figurillas a todas las luces del firmamento.

El Arcángel guardó silencio. Por primera vez en una eternidad, no se le ocurría nada.

—¿Y el Niño? —preguntó Oriente—. ¿Me mirará el Niño?

—¿Por qué lo preguntas?... No lo sé. Los niños recién nacidos tienen los ojos cerrados. Sólo se atreven a mirar a sus madres. Pero Jesús..., no sé. Quizá pueda conseguirte algo...

Sin noticias



Desde que estoy en Asturias no he leído el periódico ni he visto la tele. Tampoco he oído la radio, que en Madrid es casi mi única fuente de información.

No suelo utilizar Internet para enterarme de lo que pasa en el mundo, pero hoy he buscado los titulares de las “últimas noticias” seleccionadas por Google, y compruebo que el gobierno dice, que la oposición responde, que un ministro declara, que una ministra revela, que alguien interpela, que otro recusa y el de más allá exige… Y las frases. Cuanto más redondas, más tontas.

Es el mundo virtual de la política que, a veces —sólo a veces— tiene algo que ver con la vida real.

Además están las fotos, claro. Y los videos. La imagen. Sonrisas metálicas, apretones de manos, gestos seductores, miradas interesantes, peinados esculpidos, cabezas que se estiran en la segunda fila, camisas recién planchadas.

Y eso que llaman “sucesos”, como si todo lo demás no hubiese sucedido nunca: una mujer apuñalada, un papá condenado por abofetear a su hija; una sentencia que levanta pitos y aplausos, una juez (me niego a escribir jueza) que sonríe a la prensa, Lady Di y su novio, que siguen muriéndose año tras año…

Y dentro de cuatro días, Navidad. Ésta es la noticia, aunque no se haya enterado ni Papá Noel.

Ahora caigo en que aún no he escrito la carta a los Reyes Magos. ¿Leerán sus barbadas majestades este modesto blog? El año pasado me trajeron un sombrero impermeable que me ha sido muy útil para los pocos días de lluvia que nos ha deparado el cambio climático. Este año me gustaría tener música para el coche. A ser posible, música coral y si además fuese de Mendelssohn, tanto mejor.

Mientras tanto hago mío aquel eslogan que sirvió para anunciar algo que ya no recuerdo: La Navidad es el mejor regalo.

—Por supuesto, —responde Kloster, que, por una vez, me da la razón—, pero habrá que pedir también la paz del mundo, el fin del terrorismo, salud para todos, que termine el hambre...

—Me temo, querido colega, que esas peticiones tan sonoras y tan correctas no están al alcance de los Magos. Habrá que apelar a instancias superiores y pedir en voz muy baja al Niño del pesebre que nos haga entender que todo eso está en nuestras manos, y sólo en las nuestras.

jueves, 20 de diciembre de 2007

El belén que puso Dios, 5


Las lágrimas de Dios


Maldito será el suelo por tu causa (...): Espinas y abrojos te producirá (Génesis, 3, 17-18).

No pongáis triste al Espíritu Santo (Ef 4, 30).

Una lágrima en mayo
parece un gran desorden.
(Pedro Salinas)


Fue un viento helado que parecía llegar de otro mundo: de algún lugar muy alejado de Yahvé. Hasta los ángeles sentimos el escalofrío: fue un sobresalto; como si, por un instante, el pánico hubiese logrado forzar las puertas del Cielo y se colara por una rendija, y ya nadie estuviese a salvo. Nos pareció que la luz desaparecía sin remedio. Algunos dijeron haber oído un grito estridente; otros, por el contrario, aseguraban que el silencio era como un manto de niebla que cubría la Creación; era una noche sin salida, como una ausencia definitiva; pero ¿de quién? Alguien mencionó palabras que hasta entonces no se habían escuchado jamás: angustia, tristeza, muerte. Palabras recién inventadas que no podían tener cabida en la Gloria. Y, sin embargo, era indudable que algo semejante acababa de rozarnos, y se alejaba.

Miguel, el general de la milicia del Cielo, fue el primero en hablar:

—Es igual que aquel día , ¿recordáis?: como si Lucifer cayera de nuevo al abismo. Es, otra vez, el pecado.

En la tierra el cambio había comenzado:

Se acorazaron las flores con espinas. Las cigüeñas levantaron el vuelo, y empezaron las primeras migraciones de las aves, que desde entonces siguen huyendo del Paraíso en busca de la tierra prometida. Se agostaron los manantiales. Temblaron las montañas. Las culebras cargaron sus depósitos de veneno, y los alacranes afilaron sus aguijones.

El hombre ya no era rey de la Creación, sino una especie de virus monstruoso y agresivo dentro de un cuerpo sano, que, por ser obra de Yahvé, se rebelaba contra su tirano corrompido.

—¡Vete de mí! ¿A qué has venido? ¿A maltratarme?

Y nacieron las tormentas, los terremotos, los huracanes...

—Maldito será el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá...

Y el hombre escapó del Edén...Ya conocéis la historia.

En el Cielo, el escalofrío del pecado sólo duró un instante. Pronto volvió esa felicidad indestructible que ni siquiera los ángeles son capaces de describir.

—¿Y Yahvé?

Si dijera que Dios lloraba, es posible que alguno de vuestros teólogos se escandalizase.

—¡Dios no llora! —diría— ¡Dios es infinitamente feliz en el Cielo. Nada puede alterarlo porque es inmutable!

No me atrevo a llevarle la contraria. Los ángeles no estamos acostumbrados a las disputas académicas. Pero ¿conocéis el significado de vuestras propias palabras cuando habláis de Dios?

Si decís que algo es inmutable, ¿en qué pensáis?: ¿en la muerte?; ¿tal vez en una roca siempre idéntica a sí misma en lo alto del monte? Pues bien, Dios no es una roca: su inmutabilidad no es carencia de vida, sino plenitud.

Y, al decir felicidad, ¿sabéis de qué estáis hablando?

De amor, sí. Desde luego esa es la palabra más cercana, aunque sólo aquí arriba alcanzaréis a entenderla del todo. Pero comprendéis que amor es, sobre todo, vida, alegría, sufrimiento... ¿Quién puede imaginar un amor de hielo, inmutable, como una roca fría? Dios no es así: y su felicidad consiste también en no renunciar al dolor por los que ama.

Por eso lloraba Yahvé en lo alto del Cielo, mientras se rebelaba la tierra contra Adán.

Pero tenéis razón: ¡es tan difícil sufrir en la Gloria! No se conformaba el Señor con que apenas le rozara el viento frío del pecado del hombre: quería sentirlo en su carne. Y mientras ponía su belén, pensó en desahogar su pena. Y miró a la cuna. Y soñó con un fuego dulce que se abría paso por las mejillas del Niño, con un racimo de perlas ardientes que la estrella encendía en reflejos de plata, y se volvían amargas en los labios.

Yahvé las llamó lágrimas y las puso, generosamente, en los ojos de Jesús.


miércoles, 19 de diciembre de 2007

Contraluz

Flamencos a contraluz


—Hoy todos los pájaros están a contraluz

Lo dijo Rafa mientras trataba de determinar qué especie de gaviota había al otro lado de sus prismáticos.

El sol brillaba como una esfera de hielo que congelaba el aire en lugar de caldearlo. Con los termómetros escarchados y sin una nube, la atmósfera aparecía diáfana sin el menor indicio de bruma. Magnífica mañana, por tanto, para observar las aves. Pero Rafa tenía razón: no se dejaban. Todas se ponían a contraluz, y yo creo que lo hacían adrede para esconderse de nosotros.

Me quedé pensando en esa palabra tan precisa, “contraluz”, que el diccionario define como “vista o aspecto de las cosas desde el lado opuesto a la luz”. No explica, sin embargo, que estar a contraluz es la forma más eficaz de no dejarse ver del todo. A contraluz sólo se distinguen las siluetas y apenas se adivinan los colores; se nos ocultan los detalles. A contraluz se pierde perspectiva, el paisaje se aplana y, a veces, adquiere una singular belleza, aunque ilusoria. Yo creo que la mayor parte de las veces soñamos así, a contraluz.

Lo malo es que también en la vida real nos empeñamos en ver el mundo y en entenderlo enfrentando nuestra mirada con el único Sol que ilumina y da color a todas las cosas. Y así el mundo resulta incomprensible. No es razonable contemplarlo a contraluz de Dios, a contradiós.

Mándame tu luz y tu verdad, reza el Salmo. Y Dios, que escucha siempre, nos concede una chispa de esa luz, que es su Sabiduría. Sin embargo sólo cuando lleguemos al otro lado veremos todas las cosas desde la mirada del Creador. Entonces sí, comprenderemos hasta qué punto la creación es un Paraíso.

Termino recordando un punto de “Camino”:

La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen.

martes, 18 de diciembre de 2007

El belén que puso Dios, 4

Yahvé Alfarero

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya,
a imagen de Dios le creó,
macho y hembra los creó. (Génesis,
1, 27)

El alfarero, sentado a su tarea (...)
con su brazo moldea la arcilla,
con sus pies vence su resistencia;
pone su corazón en acabar el barnizado,
y gasta sus vigilias en limpiar el horno.
Todos estos ponen su confianza en sus manos,
y cada uno se muestra sabio en su tarea.
Sin ellos no se construiría ciudad alguna,
ni se podría habitar ni circular por ella. (...)
No demu
estran instrucción ni juicio,
ni se les encuentra entre los que dicen máximas. Pero aseguran la creación eterna; y el objeto de su oración son los trabajos de su oficio.

(Eclesiástico, 38, 29-34)


Sabíais que los ángeles trabajan, y que en el Cielo hay talleres de todas las clases? No podía ser de otro modo ya que los ángeles son seres espirituales, y crear es propio del espíritu. También los hombres que han alcanzado la gloria gozan del mismo privilegio. ¿No os parece razonable que los grandes pintores, los poetas, los escultores o los trompetistas continúen su tarea en el Paraíso? ¿Qué sería de Mozart sin la música? ¿Cómo podría Velázquez seguir siendo Velázquez en el Cielo sin una paleta llena de colores y un gran lienzo delante? Pues igual ocurre con los que hacen novelas, con los agricultores, con los cocineros, con los payasos o con los notarios. En el Cielo, trabajar es parte de la felicidad que Dios concede.

—Pero entonces—me diréis— ¿en qué queda el famoso descanso eterno?

Se descansa, naturalmente, pero sólo de la fatiga, del sudor, de las angustias de este mundo; no de la condición humana. Y ya dice el Libro de Job que el hombre nace para el trabajo y las aves para volar. Por tanto, si esa es nuestra condición, no tendría sentido que nos pasáramos la eternidad holgazaneando.

Pero vayamos a nuestro asunto. Antes de que Yahvé creara al hombre, en los talleres del Cielo no se trabajaba la madera ni la piedra ni el bronce, ni ninguna otra cosa material. Los ángeles diseñaban criaturas sólo con la imaginación, y las almacenaban en un depósito de obras de fantasía: allí se apilaban (es un decir, ya que el espíritu no ocupa lugar) montones de proyectos: camellos para el desierto, borricos para el campo, puestas de sol para La Antártida, nubes de diferentes texturas para tormentas tropicales... A veces Yahvé —que, por supuesto, es el único Creador de verdad (los demás son sólo creativos)— visitaba aquel almacén de sueños, aprobaba alguno de los proyectos y les daba el ser, sacándolos de la nada.

Así funcionaban las cosas. Por eso sorprendió tanto allí arriba que, una mañana, Dios decidiera mancharse las manos de barro.

Yahvé había hecho una pausa. Recorrió de nuevo con la mirada todo lo creado, y, por un instante, paró el reloj central de las galaxias: detuvo el parpadeo de las estrellas, el vuelo de los cometas, el torrente de los ríos, el silbo de la brisa... Hasta las olas quedaron, durante aquel segundo, de puntillas en el océano como frías esculturas de plata. Y se produjo en el mundo un silencio tan hondo que hasta los ángeles temían romperlo con su vuelo. Y dijo Dios:

—Vamos a comenzar el segundo acto de la Creación. Todo está dispuesto para recibir al soberano de este mundo. Hagamos, pues, al hombre a nuestra imagen y semejanza...

Bajó entonces a la tierra, y, a la sombra de unos álamos, junto al río, abrió su taller de alfarería.

Tomó Yahvé lodo del suelo. Era una tierra rojiza y blanda que enseguida se amoldó a las caricias del Creador.

—Primero formaré el cuerpo de vuestro rey, dijo Yahvé.

E inclinándose sobre la tierra, comenzó a modelarlo, mientras le hablaba en voz muy baja:

—Tu cuerpo será hermoso y fuerte. Caminarás erguido, porque no debes humillarte ante criatura alguna: sólo ante tu Dios.

Tus ojos mirarán de frente como las águilas; y verán el relieve; medirán las distancias y gozarán con los colores de las cosas. Encenderé en ellos una luz para que las demás criaturas reconozcan en ti a su dueño.

Tus manos serán atractivas y fuertes: servirán para golpear, pero también repartirán caricias. Tendrán su propio idioma, tan expresivo como la mirada o la palabra. Te servirán para crear belleza; manejarán instrumentos toscos y refinados; serán sensibles y recias.

Te voy a modelar un corazón: una bomba de sangre que, además de dar vida al cuerpo entero, será el sismógrafo del espíritu que registre, en una precisa escala de latidos, todas las emociones que tu alma pueda experimentar.

Tendrás un cerebro vigoroso, capaz de conocer las leyes más secretas de este universo que te he creado. Con él, llegarás lejos: ni tú mismo alcanzarás a conocer sus límites. Será una máquina perfecta si sabe someterse al espíritu, que es su guía; si se humilla ante la verdad y cree en ella; si aprende a elegir la Sabiduría antes que el ingenio: si no renuncia a conocerme a mí, que soy su Creador.

Te concedo además el don que hasta ahora sólo he otorgado a los ángeles. Serás capaz de amar y de recibir amor. Al entregar tu cuerpo, entregarás tu alma y todo tu ser, como yo mismo me entrego. Podrás unirte a tu esposa —y ella a ti— en un amor fiel y fecundo. Y cuando digas "para siempre", así será: amando, te harás eterno, como yo soy eterno.

Este barro, con el que te formo, es sagrado. Vas a ser lodo y espíritu en una sola pieza. No te vendas; no desprecies la materia que te he dado. Porque tu cuerpo también ha sido hecho a imagen de Dios.

El Cuerpo de mi Hijo me ha servido de modelo para crearte a ti, Adán.

A continuación, sopló Yahvé un viento huracanado que endureció el barro, penetró por todos sus poros y lo llenó de vida.

Así nació el primer hombre, la única criatura material que, por ser imagen de Dios, hablaba cara a cara con Yahvé; amaba como ama Yahvé, y era señor de cuanto se movía sobre la tierra.

—Realmente eres importante —le dijo su Creador—: el universo es tuyo.

Pon un nombre a cada animal y a cada planta, porque todas las he creado para ti, y aún no saben lo que son ni para qué están en el cosmos: tú debes definirlas y explicárselo.

Aprende a ser dueño de esta tierra. No le pidas que te dé lo que sólo yo puedo darte, porque me ofenderías a mí, te destruirías a ti mismo y la tierra te castigaría.

Ama al mundo como yo lo amo, respetando sus leyes. Contémplalo, y no dejes nunca de asombrarte ante la belleza: así me conocerás a mí, que soy su Creador.

Y trabaja: ayúdame a completar mi obra. Manifestarás tu señorío sobre la tierra convirtiéndola en tu hogar, domesticándola para tu servicio y el de mi hijo.

Yo lo he dispuesto todo en Belén para el nacimiento de Jesús; pero aún faltan los caminos por donde llegarán los pastores y los Magos. A ti te corresponde hacer el plan de carreteras, y construir el castillo de Herodes, el pesebre del portal, la posada...

Los caballos todavía están descalzos. Tendrás que hacerte herrero para resolver el problema. Y alfarero, como yo, para guardar el agua y el trigo en mi casa de Belén. Y debes inventar la ganadería, porque es preciso llenarlo todo de ovejas. Y te daré semillas de todas las plantas, para que nazca la agricultura.

Has de saber, además, que he escondido petróleo en las entrañas de la tierra, y he cargado de energía el corazón de la materia. Ten paciencia: ya la descubrirás, y serás poderoso.

He creado ocho mil especies de aves, para que aprendas a imitar su vuelo. Ellas serán también tus profesoras de música. (También hay ocho mil especies de hormigas; pero dudo que puedan enseñarte algo práctico, por mucho que se empeñen los fabulistas).

Por último, te he concedido el don de la palabra, para que hablemos en tu lengua cuando me necesites: háblame, que quiero ser tu interlocutor a todas horas. Ofréceme tu trabajo de cada día y cántame a mí en todas tus canciones.

Di siempre la verdad: no profanes la palabra que te he dado. Si te cansas de hacerlo, puedes inventar la literatura.

Con todo eso, ¿sabrás ayudarme a montar el belén?

lunes, 17 de diciembre de 2007

Desde Managua


Alfredo Quirós, un colega insigne que conocí en Valencia hace más de treinta años, me escribe ahora desde Managua y me manda dos fotografías del belén que acaban de poner los residentes de un centro llamado “Villa Fontana”.

Alfredo explica que es un belén renacentista, “por aquello de que el Misterio del Nacimiento del Hijo de Dios trasciende los siglos”. Y añade que manda “una foto de noche y otra de día, con la plaza llena y con la plaza vacía. Hay muchos detalles interesantes: la cruz en el obelisco, que nos recuerda a Roma; el Ángel en la azotea, y el reloj de la torre que está parado, porque, como decía San Josemaría en Forja, deberían pararse los relojes. El Niño aún no está puesto porque estamos en adviento…”

Pienso ahora que no estaría mal poner en el blog fotografías de unos cuantos belenes, con tal de que sean, como éste, originales y auténticos.

Y desde aquí invito a Alfredo a que nos cuente algo más de aquella tierra de Nicaragua, tan cercana. Así rezaremos mejor por ella.

Un silencio atronador

Ría de Villaviciosa



Supongo que es estupendo que no pase nada, pero el frenazo ha sido demasiado brusco y cuesta acostumbrarse.

Hace un par de años una ola de frío polar en el centro y nordeste de los Estados Unidos convirtió en un bloque hielo las mismísimas cataratas del Niágara. Aquella madrugada la temperatura descendió a 35 grados bajo cero y el “trueno del agua” (eso significa “Niágara” en lengua iroquesa) quedó en silencio: un silencio tan clamoroso y repentino que despertó sobresaltados a los lugareños. Ya no pudieron pegar ojo el resto de la noche.

Eso mismo me ocurre a mí. Acostumbrado al horario implacable de Madrid, al odioso tráfico de la ciudad, a los parquímetros y, en general, al estrépito de la vida ordinaria, tanta paz me sobresalta y hasta me inquieta un poco.

En las películas del Oeste, un minuto antes de que atacaran los indios, el bueno solía decir: “este silencio no me gusta nada”. Yo me lo repito en voz baja, pero es inútil: aquí no ataca nadie. Ni siquiera los pájaros dan señales de vida: el frío los tiene adormecidos.

Los pescadores de altura, cuando regresan después de pasar muchas semanas embarcados, ya no saben tenerse en pie: en tierra firme se marean. Lo suyo es el balanceo continuo, la vida agitada de la mar y de la pesca.

Aquí me tenéis, mareado en tierra firme, tratando de descubrir nuevos sonidos en este silencio magnífico; aprendiendo a mirar, a contemplar, a descansar con un belén a mi lado y un Sagrario a pocos metros.

Lo malo será el regreso.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Este video es mejor que el mío

Según hadasita, que es su autora y me lo envía por mail, se trata de otro PowerPoint convertido en video "en plan cutre", pero lo cierto es que le ha quedado de cine. Vedlo a toda pantalla.




Y, de nuevo, Feliz Navidad.