Olvidar los pecados ajenos es sencillo. Lo escribí ya una vez y lo repito: los pecados siempre son tristes y monótonos. Por eso no cuesta lo más mínimo guardar el sigilo sacramental. Pero ¿cómo olvidar las virtudes, las buenas noticias, las alegrías que recibimos diariamente los curas en el trato con tantas personas?Hace casi un año escribí aquí mismo que María Santísima fue a ver a Santa Isabel porque necesitaba desahogarse y romper a cantar de alegría, como así lo hizo. Dios no podía permitir que su Madre estuviese callada tanto tiempo.
El cura debe ser discreto, pero hoy he llegado muy contento a casa por varias razones… Contaré sólo dos.
La primera “razón” tiene 18 años y unas manos fuertes y expresivas. Sonríe con toda la cara y su mirada es tan franca, tan serena y sincera que desarma. La llamaré Adela.
Sus padres están separados. No daré detalles, pero a Adela le resulta imposible vivir con ellos. Tampoco tiene hermanos, y se vio obligada a esconderse en casa de una amiga hasta cumplir la mayoría de edad. Cambió de país, de colegio, de amigos… no una vez ni dos: más…
Durante veinte minutos, con una serenidad increíble, me va contando la historia terrible de su vida. No hace reproches, no se lamenta; ni siquiera busca compasión. Es verdad que se le ha negado buena parte de la infancia y toda la adolescencia, pero lo asombroso es que tanto sufrimiento no la ha convertido en una cínica, ni en una mujer amargada.
—He aprendido que ser libre no es fácil —me dice—; pero creo que me he hecho fuerte. Dura no…
—¿Y con qué sueñas para el futuro? —le pregunto—.
—Antes no era capaz de pensar en el futuro. Ahora quiero conocer a Dios y tener una familia normal con muchos niños.
Por la tarde he llevado la comunión a Carmen, que está embarazada y el médico le ha recomendado reposo absoluto.
Llamo a la puerta y me reciben Diego y Álvaro, que tienen algo así como 7 y 9 años. Dejó el santísimo sobre una mesita, donde han puesto un pequeño crucifijo y han encendido una vela. La madre de la pareja está sentada en un sofá.
Los dos se acercan a pocos centímetros de la mesita y miran fijamente la bolsa de seda donde se guarda la teca con la Sagrada forma. Yo les miro a ellos:
—¿Sabéis lo que he traído?
—Sí —responde el mayor como quien revela un secreto—: es Dios.








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