domingo, 26 de mayo de 2013

El anuncio del lunes

Aunque sea domingo 
Me gusta el nuevo anuncio de Coca-Cola y me gustaría aún más si alguien hiciese algo parecido con las librerías

sábado, 25 de mayo de 2013

Las historias de don Fernando (IV)



Una anciana de Pamplona decide enmendar su testamento añadiendo dos último deseos. Pero antes consulta con su párroco. El primer deseo es que la incineren, y el segundo que esparzan sus cenizas en El Corte Inglés.
 
― ¿Por qué en El Corte Inglés?
 
― Así mis hijas me visitarán dos veces a la semana.
 

La boina y el gigante de Santa Catalina

Los lugareños de las Islas saben muy bien que en el norte suele haber "boina" con mucha frecuencia. Los vientos alisios, además de refrescar al conjunto del archipiélago, arrastran unas nubes bajas que apenas descargan lluvia, pero se quedan prendidas en las montañas y ocultan el sol a los que viven por esas zonas.
Airaga está al Norte y, por tanto, suele amanecer con boina, una boina amable que modera las temperaturas mínimas de la noche y que, por lo general, dura poco. Al mediodía el sol ya golpea con fuerza. 
Ayer las chicas tuvieron excursión. Unas se fueron al Norte y otras al Sur. Yo decidí dar un paseo por Las Palmas para charlar con los paisanos. Antes de salir dediqué una hora al estudio; me instalé en el patio y pude comprobar que la boina ya se había ido. Lo comprobó sobre todo mi esplendorosa calva, que ha pasado la noche encendida en rojo. Ya en Las Palmas, vestido de turista búlgaro, di un paseo por el puerto y terminé sentado en un banco del Parque Santa Catalina.
Esta vez no fue cosa del uniforme, sino del periódico que desplegué para echarle una ojeada. Se me acercó un gigantón negro de unos veintitantos años  que parecía recién llegado de la NBA y con voz autoritaria y acento canario, me dijo:
―Ese periódico es del bar. Tienes que devolverlo o leerlo dentro.
Como se trataba de un error, se lo dije:
―Lo siento, amigo. El periódico es mío; lo traigo desde Trapiche.
El gigante no parecía tener buen carácter:
―Se está usted buscando un lío. No me haga llamar a los guardias.
No estaba yo muy dispuesto a reñir por un periódico. Así que se lo entregué sin chistar. Pero el gigante seguía enfadado.
―No. Así no. Llévelo usted y lo deja donde lo encontró.
Me puse en pie y, escoltado por mi denunciante, llegué a la puerta del bar donde nunca había estado. En ese momento una señora salía del baño con un periódico en la mano y lo depositó en la barra.
Miré a mi gigante como diciendo “¿lo ves…?”
Terminamos los dos sentados en la terraza ante una cerveza “Tropical” que, por supuesto, pagó el.
Y sí… También hablamos de religión, del Papa Francisco, de Guinea Ecuatorial, del “animismo”y el Islam… Pero este capítulo no debe ser transcrito.
 
 
 

viernes, 24 de mayo de 2013

Mis días con Bergoglio





El autor de este artículo es Jorge Rouillón, abogado y licenciado en periodismo. Preside el Club Gente de Prensa. Como columnista está especializado en cuestiones religiosas y culturales. Aquí narra sus recuerdos personales del Papa Francisco cuando era arzobispo.



Una vez le pedí al cardenal Jorge Bergoglio si podía rezar porque en esos días me darían el resultado de un estudio médico de próstata y había posibilidad de que fuera algo maligno. El resultado fue bueno y me olvidé del asunto. Dos o tres meses después, me crucé con el arzobispo de Buenos Aires. Al verme me preguntó: "¿Tengo que seguir rezando?" Tuve que pensar qué era lo que me estaba preguntando. Se ve que él seguía teniendo presente en su oración personal lo que para mí mismo había pasado a segundo plano.
Son muchísimas las personas que pueden dar cuenta del interés, la escucha, la atención personal, la cercanía que les ha brindado ese cardenal sencillo, habituado a andar en subte o en ómnibus, a levantarse al alba y acostarse temprano, a visitar a enfermos y necesitados sin hacerse notar, a encontrarse con vecinos de villas de emergencia sin salir en los medios de comunicación. Ese cardenal que ahora se ha visto llamado desde "los confines de la tierra" para ser obispo de Roma y así cabeza visible de la Iglesia Católica en todo el mundo.
Soy periodista y durante años he tenido a mi cargo una columna semanal de actualidad religiosa en La Nación, diario de circulación nacional. Nunca he tenido con él una larga entrevista personal, porque nunca las ha dado (sólo recuerdo una nota con preguntas y respuestas concedida a chicos periodistas de una revista católica juvenil, y una reunión de prensa con unos quince corresponsales extranjeros en 2001, de la que no participé).
Me parece que sólo estuve en su despacho y sus habitaciones el día en que lo nombraron cardenal, en que recibió la noticia con toda sencillez, en soledad, luego de haberse preparado su propia comida. Pero son muchas las veces en que he coincidido a la entrada o la salida de actos, en visitas a hospitales, hogares o iglesias, en recepciones o encuentros. En verdad, no es afecto a las reuniones sociales y si tiene obligación de asistir y le es posible se va pronto, pero es atento, cordial, dispuesto a escuchar. Lo he visto servir empanaditas, café o un refresco a su interlocutor (algunas veces, yo mismo). Y he advertido siempre un trato afable, fresco, sin vueltas.
Recuerdo un día en que se celebraba el Día del Periodista en un salón del arzobispado de Buenos Aires. Quizá haya habido bastante más de un centenar de colegas. El director de un diario que podría considerarse bastante alejado de su pensamiento y del cual ha recibido no pocos cuestionamientos, avisó que se había retrasado y llegaría tarde. Contrariando su costumbre de retirarse temprano de cualquier reunión, Bergoglio se quedó sentado esperándolo mucho.
Quizá bastante más de una hora después de que casi todos se habían ido. Cuando llegó lo atendió con toda deferencia, sirviéndole algún bocadito y manteniendo una conversación cordial, preguntándole por su familia, interesándose por sus hijos. Ambos charlaron amablemente. Y el cardenal nos agradeció a los tres o cuatro periodistas que nos habíamos quedado allí hasta que llegó ese colega, compartiendo la espera y el recibimiento.
Ciertamente lo vi muchas veces, como otros periodistas, en breves conferencias de prensa al concluir asambleas de obispos del país o en actos oficiales, universidades, congresos académicos. Lo he visto lavar los pies a madres embarazadas en una maternidad pública, enfermos en un hogar de ancianos, chicos en un hospital de niños.
Viene a mi memoria un sucedido de 1999. Hacía apenas un año que era arzobispo de Buenos Aires.
La puerta descascarada de la cárcel de Villa Devoto se abrió y un sacerdote de clergyman negro salió solo, con su portafolio, a la calle oscura. Era casi de noche, un Jueves Santo, e iba a tomar un ómnibus, el 109, para volver a su casa, en el centro de Buenos Aires. Salía de la cárcel donde había celebrado la misa para los internos y lavado los pies a doce de ellos. Había estado dos horas y media allí, conversando con los detenidos antes y después del oficio religioso.
En la vereda de esa calle desolada, al lado del enorme paredón de la cárcel, pude dialogar brevemente con él. "Quería que sintieran que la feligresía de Buenos Aires y Jesús estaban con ellos", comentó el sacerdote. Era el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, por entonces monseñor, dos años antes de ser hecho cardenal.
Cuando se iba, lo invité a volverse al centro en el auto del diario en el que yo había ido con un chofer. Agradeció pero dijo que se volvía en el ómnibus que pasaba por la esquina. Tuve que insistirle varias veces, diciéndole que íbamos para el mismo lado, hasta que finalmente aceptó subir.
Antes, en la vereda, deslizó en tono calmo, casi en voz baja: "Jesús en el Evangelio nos dice que en el día del Juicio vamos a tener que rendir cuentas de nuestro comportamiento: tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; estuve enfermo y me visitaste; estuve en la cárcel y me viniste a ver". Y señaló que "el mandato de Jesús nos obliga a todos y de una manera especial, al obispo, que es el padre de todos".
"Algunos podrán decir: son culpables -agregó Bergoglio-. Yo les respondo con la palabra de Jesús: el que no es culpable, que tire la primera piedra. Que cada uno de nosotros nos miremos en el corazón y descubramos nuestras culpas. Entonces, el corazón se nos hace más humano".
No hablamos demasiado en el viaje de vuelta con ese arzobispo poco dado a las entrevistas. Cosas normales, del momento. Al volver, pasamos cerca de un gran shopping e hizo un comentario al pasar sobre "los nuevos templos del consumismo".
No quiso que nos desviáramos unas pocas cuadras para dejarlo en la puerta de su casa. Se bajó en la calle peatonal Florida y se perdió entre la gente. Prefería ir caminando varias cuadras hasta la Curia aprovechando para meditar la tercera parte de los quince misterios del Rosario que reza todos los días. Luego iba a recorrer solo, a la noche, siete iglesias para adorar a Jesús Sacramentado, una costumbre que muchos católicos viven en la noche del Jueves Santo. Como cualquier otro fiel, el arzobispo iba a recorrer las iglesias sin que nadie lo esperara especialmente.
Al bajarse del auto me dijo: "Usted logró lo que no logró ningún periodista: tenerme apresado durante 40 minutos. Generalmente, yo les escapo". Seguramente no imaginaba entonces que unos años después iba a mantener una reunión, franca y amable, con unos 6.000 periodistas en Roma, a los que hablaría con soltura poco antes de otra Semana Santa.
Aquella noche, al despedirse, nos deseó, al cronista y al chofer: "¡Felices Pascuas!".
 
 Diario Los Andes (Mendoza, Argentina), 12 de mayo de 2013


jueves, 23 de mayo de 2013

Las historias de don Fernando (III)


 Cuestión de prioridades
Está a punto de comenzar la final del mundial de fútbol. La tribuna aparece completamente llena, pero junto a un espectador particularmente entusiasta hay un asiento vacío.
―¿Está ocupado este sitio? ―le pregunta otro aficionado―.  
―No ―le contesta―. Es suyo.
―Es increíble que no haya venido su dueño ―dice el hombre―. ¿Quién en su sano juicio compra un asiento como éste para el mayor acontecimiento deportivo del mundo, y no lo usa?
―Bueno ―responde el primero―, en realidad el asiento es mío. Lo compre hace 2 años. Se supone que mi esposa me iba a acompañar, pero falleció. Este es el primer Mundial en el que no vamos a estar juntos desde que nos casamos.
―Siento mucho oír eso. Es terrible. Pero ¿no pudo encontrar a alguien, no sé... un amigo, un pariente o incluso un vecino para que usara el asiento?
El hombre niega con la cabeza.
―Pues no. Todos están en el entierro.
 

Los pecados capitales y Canarias


Siempre viajo con “El Criticón” en la mochila y en el IPad. Hoy precisamente leía este pasaje en el que Gracián hace referencia a las islas afortunadas. Os brindo esta broma sin comentarios.

Contaban los antiguos que cuando Dios crió al hombre encarceló todos los males en una profunda cueva acullá lejos, y aun quieren decir que en una de las islas Fortunadas de donde tomaron su apellido (*); allí encerró las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma muerte, encadenados todos entre sí. Y no fiando de tan horrible canalla, echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente. Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes y los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud, la riqueza y la misma vida.
Vivía con esto el hombre felicísimo. Pero duróle poco esta dicha; que la mujer, llevada de su curiosa ligereza, no podía sosegar hasta ver lo que había dentro la fatal caverna. Cogióle un día bien aciago para ella y para todos el corazón al hombre, y después la llave; y sin más pensarlo, que la mujer primero ejecuta y después piensa, se fue resuelta a abrirla. Al poner la llave aseguran se estremeció el universo; corrió el cerrojo y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose a porfía de toda la redondez de la tierra. La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera, topó con España, primera provincia de la Europa. Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella, allí vive y allí reina con todos sus aliados: la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie, hacer del don Diego y vengo de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción; y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo. La Codicia, que la venía a los alcances, hallando desocupada la Francia, se apoderó de toda ella, desde la Gascuña hasta la Picardía, distribuyó su humilde familia por todas partes: la miseria, el abatimiento de ánimo, la poquedad, el ser esclavos de todas las demás naciones aplicándose a los más viles oficios, el alquilarse por un vil interés, la mercancía laboriosa, el andar desnudos y descalzos con los zapatos bajo el brazo, el ir todo barato con tanta multitud; finalmente, el cometer cualquier bajeza por el dinero; si bien dicen que la Fortuna, compadecida, para realzar tanta vileza introdujo su nobleza, pero tan bizarra, que hacen dos extremos sin medio. El Engaño trascendió toda la Italia, echando hondas raíces en los italianos pechos; en Napoles hablando y en Genova tratando, en toda aquella provincia está muy valido, con toda su parentela: la mentira, el embuste y el enredo, las invenciones, trazas, tramoyas, y todo ello dicen es política y tener brava testa. La Ira echó por otro rumbo. Pasó al África y a sus islas adyacentes, gustando vivir entre alarbes y entre fieras. La Gula, con su hermana la Embriaguez, asegura la preciosa Margarita de Valois, se sorbió toda la Alemania alta y baja, gustando y gastando en banquetes los días y las noches, las haciendas y las conciencias; y aunque algunos no se han emborrachado sino una sola vez, pero les ha durado toda la vida; devoran en la guerra las provincias, abastecen los campos, y aun por eso formaba el emperador Carlos Quinto de los alemanes el vientre de su ejército. La Inconstancia aportó a la Inglaterra, la Simplicidad a Polonia, la Infidelidad a Grecia, la Barbaridad a Turquía, la Astucia a Moscovia, la Atrocidad a Suecia, la Injusticia a la Tartaria, las Delicias a la Persia, la Cobardía a la China, la Temeridad al Japón, la Pereza aun esta vez llegó tarde, y hallándolo todo embarazado, hubo de pasar a la América a morar entre los indios. La Lujuria, la nombrada, la famosa, la gentil pieza, como tan grande y tan poderosa, pareciéndola corta una sola provincia, se extendió por todo el mundo, ocupándolo de cabo a cabo; concertóse con los demás vicios, aviniéndose tanto con ellos, que en todas partes está tan valida, que no es fácil averiguar en cuál más: todo lo llena y todo lo inficiona. Pero como la mujer fue la primera con quien embistieron los males, todos hicieron presa en ella, quedando rebutida de malicia de pies a cabeza. 

Baltasar Gracián. El Criticón. Crisi decimatercia. La feria de todo el Mundo 

(*) Conviene recordar que el adjetivo “fortunado/a” en el castellano clásico puede hacer referencia tanto a la buena fortuna como a la mala. Gracián, que no debía tener un concepto muy elevado de esta tierra, da por supuesto que las Canarias son islas de mala fortuna. (Nota de Kloster)

miércoles, 22 de mayo de 2013

Las historias de don Fernando (II)


Eva habla con Dios

 ― Señor y creador mío.
― Buenos días Eva ¿qué quieres?
― Tengo un problema.
― ¿De qué se trata?
― Que conste que te estoy muy agradecida por haberme creado y puesto en este fantástico hábitat. Los animales son preciosos y la culebra graciosísima…, pero no soy feliz.
―  ¿Cómo es eso?
­­―  Me siento muy sola y estoy harta de manzanas.
― En ese caso tengo una solución. Voy a crear un hombre para ti.
―  ¿Y qué es un hombre?
― Se parecerá a ti pero con algunos defectos: tendrá tendencias agresivas, será muy egoísta, a veces te hará feliz pero no será capaz de simpatizar y escucharte como es debido. Te creará problemas, pero será un poco más musculoso, grande y rápido que tú. Necesitará tus consejos. Se le dará muy bien luchar y jugar con una pelota…
― No está mal.
― Entonces será tuyo, pero con una condición.
― ¿Cuál es la condición?
― Que no se te ocurra decirle que a ti te creé primero.

* El titular del globo no se hace responsable del contenido antropológico de estas historias.

Tres actores y un carromato


Después de las clases de la mañana vuelvo a mi despacho y caigo en la tentación de ver en el ordenador La Strada, una de las pocas películas que me atrapan desde la primera escena hasta la última a pesar de que casi me la sé de memoria.
La Strada, la obra maestra en blanco y negro de Fellini, fue rodada en 1954, y consta de tres actores ―Anthony Quinn, Giulietta Masina y Richard Basehart― y un carromato. No hay escenas impactantes, ni sangre, ni sexo. Sólo un guión bien elaborado y talento.
Al terminar me reafirmo en la sospecha de que los efectos especiales están atrofiando la imaginación de los guionistas y quizá también de los espectadores.
Me pregunto si tantas imágenes disparatadas, tanta locura en 3D, tanto estrépito estereofónico, nos harán perder el gusto por la palabra, por las historias contadas al oído, en voz baja. ¿Hemos perdido la capacidad de fabulación que tenían nuestros padres? ¿Por qué apenas contamos cuentos a los niños?
Leo a San Pablo: fides ex audito… La fe llega por el oído. Creo que voy a prescindir del PowerPoint en las próximas clases de Mariología.
Os preguntaréis qué tiene que ver esto con La Strada. Yo también me lo pregunto.
 

martes, 21 de mayo de 2013

El huerto

 El "huerto" de Airaga

Hace seis meses puse en el globo alguna fotografía de este patinillo que es el único respiradero de la habitación del sacerdote en Airaga. Aquellos días no fueron especialmente plácidos: llovía a mares y un vendaval dejó sin flores el árbol de las buganvillas. Estuve encerrado una semana deseando volver a casa. Ahora el panorama es muy distinto.
Hoy mismo he recibido la visita de José Luis Aberasturi y hemos comido en el patio bajo la sombra protectora del toldo. José Luis es el creador de este incipiente huerto. Tiene sólo tres meses pero ya han salido los tomates y sólo espero que maduren antes de de mi vuelta a la Península. Las calabazas también dan señales de vida. Y las sandías. Y hasta las berenjenas, que no han salido en la foto. Me cuenta José Luis que también plantó pimientos, pero los lagartos gigantes se los comieron.
Al despedirse me ha encargado que riegue un pequeño cerezo de quince centímetros, pero a mí lo que me interesa es conocer al lagarto devorador de pimientos y charlar con él de nuestras cosas.


lunes, 20 de mayo de 2013

Las historias de don Fernando Acaso

Don Fernando me envía chistes de vez en cuando. Los iremos publicando sin más comentarios

Aquel matrimonio anciano tenía problemas de memoria, así que fueron al médico los dos. Éste comprobó que su salud era óptima, pero les aconsejó que anotaran las cosas que no querían olvidar.

Aquella noche cuando estaban viendo televisión el marido se levantó y su mujer le preguntó:
― Querido ¿Adónde vas?
― A la cocina.
― ¿Me podrías trae un bol de helado de vainilla?
― Sin falta.
― ¿No te parece que deberías apuntarlo para no olvidarte?
― No te preocupes; no me voy a olvidar.
― Ponme unas fresas con el helado. ¿No te parece que deberías apuntarlo para no olvidarte?
― No te preocupes; no me olvido. Quieres helado de vainilla con fresas ¿verdad?
― Pon también una cucharada de nata también. Apúntalo para no olvidarte.
― No hace falta, cariño…
El marido regresa a la media hora y le da a su mujer una bandeja con un plato de huevos fritos con jamón. La mujer le dice:
― Querido, te olvidaste la tostada.