jueves, 11 de agosto de 2016

¿Nos hacemos un selfi?


En otro tiempo, los acuerdos y las reconciliaciones se sellaban ante notario o con un apretón de manos. Ahora basta una sonrisa y un selfi.
Cuando Rivera, Rajoy y Sánchez decidan navegar en el mismo barco por el bien de España y de sus respectivas cuentas bancarias, se harán un selfi junto a los leones del Congreso.
¡Qué buen momento el verano para selfitear! ¿Por qué no aprovechamos estos días para pedirnos perdón, perdonarnos y hacernos un selfi con los que  fueron nuestros enemigos íntimos mirando fijamente a las perseidas, que vuelan estos días por el firmamento? En este año jubilar de la misericordia hacerse un selfi puede ser un signo de reconciliación y de esperanza.
Yo quiero hacerme un selfi con Cloti, una gentil lectora anónima —a la que he dado ese nombre para aclararme—, que me insulta un par de veces por semana y persevera desde hace meses, a pesar de que nunca he publicado sus comentarios. Algo malo habré hecho para merecer su atención y sus vilipendios durante tanto tiempo.
Pienso en Cloti y seguramente la idealizo en mi imaginación. La supongo joven —de unos treinta años—, más bien gordita, tímida en la intimidad y locuaz en las redes; quizá funcionaria, ya que escribe todos los lunes a las 9 de la mañana desde la oficina. Presumo que juega a cazar pokemons por la calle y a resolver herméticos solitarios en el trabajo.
Querida Cloti, si por fin de animases a dar la cara, iluminándola con tu mágica sonrisa, podríamos hacernos un selfi en cualquier parada del autobús. Ya verás; seremos amigos para siempre.

miércoles, 10 de agosto de 2016

El aborto, según Gustavo Bueno

Gustavo Bueno, conocido filósofo ateo, acaba de fallecer en Madrid. Dios le habrá premiado su honradez intelectual, su independencia de criterio y su búsqueda constante de la verdad. Me temo que, aquí, en la tierra, no recibirá muchos homenajes.

lunes, 8 de agosto de 2016

La culpa fue del viento


El presunto delincuente vivía en una cueva en medio del campo, como un animalito montaraz y solitario.
Tiene 29 años —otros dicen que 27—, es alemán y se considera ecologista de firmes y saludables principios.  Ama la naturaleza más que a su propia familia, con la que no habla desde hace muchos meses, y siempre ha tratado de no contaminar el paisaje con restos humanos orgánicos o inorgánicos.
El presunto malhechor es hombre de higiénicas costumbres. Se alimentaba del fruto que le proporcionaba su pequeño paraíso, y todos los días, quizá a la misma hora, devolvía a la naturaleza parte del alimento recibido, no sin antes reciclarlo en el taller de sus intestinos.
Al concluir esa delicada operación, quemaba el papel higiénico para no deshonrar al monte con aromas indeseables. Luego echaba la siesta a la sombra de un pinus canariensis, que es especie arbórea de gran valor ecológico, mientras escuchaba el martilleo del pájaro carpintero y el canto rítmico del pinzón azul.
Ahora el presunto forajido está en prisión sin fianza por culpa de un golpe de viento inoportuno que le arrebató el papel de la mano cuando ya había empezado a arder. El papel, con firma y todo, cayó sobre unas hojas secas que prendieron instantáneamente y provocaron el mayor incendio de la década en la Isla de La Palma y la muerte de un agente forestal.
No quisiera dar  la impresión de que me tomo a broma la trágica noticia; pero reconozco que, por un momento, me he llenado de compasión al pensar en el pobre hippy recluido en su celda por culpa de una maldita ráfaga de viento, y me he imaginado a mí mismo defendiendo en el foro a tan peligroso individuo. Porque, veamos, ¿era necesario esposarlo y meterlo en la cárcel? ¿Acaso cree su Señoría que si se le dejara en libertad con cargos sentirá la tentación de huir de la isla en patera? ¿De verdad supone que la cárcel servirá para rehabilitar al delincuente y encaminarlo por la senda del bien? ¿O se trata de evitar que prenda fuego al resto del archipiélago?
Teniendo en cuenta además que el muchacho es más insolvente que una cabra montesa, ¿no sería oportuno sacarlo de la trena y obligarle a realizar trabajos en servicio de la comunidad; algo así como limpiar el monte de rastrojos para evitar que los incendios se propaguen con tanta rapidez?
Claro que si el ministerio fiscal inculpa a mi defendido por la combustión incontrolada del papel higiénico sin permiso del Cabildo insular, la cosa puede ser más grave, ya que el muchacho vivió en la montaña durante cinco meses, o sea 150 días, y me consta que era muy regular en sus evacuaciones mañaneras. ¿Le incriminarán por 150 actos de imprudencia criminal con  quema de papel reciclable?
La pena puede ser terrible.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Nuevas adicciones



La estupidez humana no conoce fronteras. Es la globalización, querido Kloster. 
--Lo malo es que castigan en exceso las cervicales.
--En efecto, colega.

viernes, 29 de julio de 2016

A San Juan Pablo II


Europa y sus miedos



Queridísimo Juan Pablo II; me dicen que a los santos se les tutea. Permíteme, por tanto, que yo también lo haga en este e-mail.
Iniciaste tu pontificado romano hace 38 años. Yo estaba allí. Fue una mañana de sol, y la plaza de San Pedro resplandecía abarrotada de fieles de muchos países. También de Polonia, a pesar de que aún no habían caído los regímenes comunistas y el telón de acero seguía en pie.
A la izquierda del altar había una tribuna con mandatarios de medio mundo. En primera fila vi a la Reina de España, tocada con mantilla blanca y, junto a ella, al Rey don Juan Carlos.
En la homilía de la Misa empezaste hablando de tu propio miedo ante la carga que el Señor había echado sobre tus hombros. Recordaste a San Pedro, quien, según la novela de Sienkiewicz, quiso huir  de Roma durante la persecución de Nerón,  pero el Señor salió a su encuentro. El Apóstol le preguntó: quo vadis, Domine?: ¿Dónde vas, Señor?. Y Jesús le respondió: voy a Roma para ser crucificado por segunda vez. San Pedro, avergonzado, regresó a la Urbe y permaneció allí hasta su martirio.
Luego hablaste de otros miedos. Consciente de la dignidad y de la grandeza de tu misión, hiciste al mundo una súplica humilde llena de energía:
—"¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡No temáis! ¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo sabe!"
La potencia de tu voz, y sobre todo la fe, la esperanza y el amor a Dios que traslucían tus palabras golpearon las corazones de millones de personas.
Pocos años después, en el escenario incomparable de Compostela, tu voz volvió a resonar con igual solemnidad. Hablaste de Europa y precisamente en el lugar al que los europeos de todas las naciones han peregrinado desde hace más de mil años:
—"Yo, sucesor de Pedro, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡Vuelve a encontrarte, sé tú misma, descubre tus orígenes, aviva tus raíces...! Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual (…) Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo”.
Y concluiste:
—"Si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo, su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor…"
El caso es, Santidad, que los europeos, lejos de abrir las puertas a Cristo, parecen decididos a expulsarlo de las instituciones y a borrar toda huella de su paso por este continente. Han olvidado las doce estrellas blancas sobre fondo azul que forman la bandera de la Unión Europea. Representan la corona de la Virgen María tal como aparece en el Apocalipsis. Esa fue la intención de quien la diseñó, y quizá también la de los que la aprobaron precisamente el día de la Inmaculada de 1955.
Se diría que Europa hoy es un árbol milenario que se avergüenza de sus raíces y las repudia porque las teme. Dicen que los árboles mueren de pie; pero un árbol sin raíces se desploma y se pudre en tierra como un gusano.
¡Pobre continente, triste y asustadizo sin savia que lo alimente ni más valores que los bursátiles! Cada año tiembla ante una nueva amenaza cósmica: las vacas locas, la gripe A, el mosquito zika, el ébola, el islamismo… Ahora llaman a nuestra puerta cientos de miles, quizá millones, de refugiados que huyen de la guerra y del hambre; es Cristo quien viene, pero Europa lo ve como un peligro y, paralizada por el pánico, se atrinchera detrás de sus muros.
Querido Juan Pablo, haznos oír de nuevo tu voz poderosa. Sacúdenos la conciencia, como en 1978, con aquel "no tengáis miedo; abrid las puertas a Cristo". Y que se conmueva, igual que entonces, hasta la columnata de Bernini.





jueves, 28 de julio de 2016

Remontamos el vuelo


De regreso a Madrid, recupero la cobertura perdida en la Sierra y enciendo los dispositivos móviles con la avidez de un adicto.
Veo que el globo está olvidado en el fondo de un barranco. Trataré de ponerlo en órbita en cuanto se me caliente el motor de la sesera.
Abro el periódico de ayer, y veo en la portada el rostro de un cura anciano revestido con los ornamentos sacerdotales para la Santa Misa: es el padre Jacques Hamel; tiene 86 años y acaba de ser asesinado mientras celebraba la Eucaristía. Lo han matado por ser otro Cristo. Es un mártir más y pronto lo veremos en los altares.
Me quedo unos minutos contemplando la fotografía, y concreto un propósito: tengo que escribirle un e-mail ahora que acaba de llegar al Cielo. Quizá lo publique cuando termine el verano, pero probablemente empezará así:
Querido Jacques, enhorabuena, amigo; lo has conseguido. Tantos años entregando tu vida día a día y, al fin, el Señor te ha entregado la corona más preciada…