viernes, 5 de septiembre de 2014

Las maletas de la despedida pesan más

 Felipe y Paco, dos veteranos 
Termina la convivencia y mañana regreso a Madrid.
Dicen que están felices, que han disfrutado mucho y que salen con el espíritu renovado. No son unos chiquillos; algunos son mayores que yo, pero me piden que regrese a Tenerife el año próximo. Y nos sacamos fotos en el jardín con los teléfonos móviles.
Mientras preparo la maleta  —siempre lo hago con demasiada anticipación— repaso mentalmente la lista de los asistentes y pienso en lo que he aprendido de cada uno a lo largo de esta semana. También yo estoy contento porque veo que Dios sigue haciendo milagros cuando no le ponemos obstáculos.
Lo he escrito algunas veces aquí: cuesta muy poco vivir el sigilo Sacramental de la Confesión; los pecados son tristes y monótonos. Lo realmente difícil es reprimir las ganas de exultar de entusiasmo a pesar de este mundo serio, solemne, afligido y un poco estúpido que nos ha tocado en suerte.

4 comentarios:

Cordelia dijo...

Bien!

Juanma Suárez dijo...

Don Enrique, tiene usted razón. Y lo peor que hacemos los cristianos es dejarnos llevar por el ambiente empozoñado y triste en el que nos quieren meter y que nos rodea.

Ahora más que nunca es cuando deberían vernos felices, pero no con esa "felicidad del animal sano".

Alguien lo decía mejor que yo: "In laetitia, nulla die sine crucem".

AguascalientesBonaterra dijo...

La juventud de estos tíos la han adquirido con tiempo, paciencia y experiencia

Es cielo y es azul dijo...

Pues no reprima sus ganas de exultar entusiasmo, que a los penitentes eso nos ayuda en la lucha.
Recuerdo a un sacerdote con el que confesaba hace años, y no por sus consejos, sino por el entusiasta "¡¡Felicidades!!" con el que me despedía tras la absolución.