lunes, 13 de agosto de 2007

Un Retiro con terremoto y abanicos de colores


A pesar de que es domingo he salido de casa temprano porque no quiero arriesgarme a llegar tarde a la cita. El sol brilla pero no calienta. El verano declina; al menos eso espero.

Nada más poner en marcha el coche, me alegro de ir sobrado de tiempo: el depósito de gasolina está en la reserva.

La gasolinera parece desierta. Toco el claxon y sale un empleado soñoliento, que enchufa la manguera y me cobra entre bostezos. Corro hacia la M30, la autovía que rodea Madrid y que es casi siempre la mejor alternativa para los trayectos largos. Vivir junto a la M30 es como tener salida al mar.

Para llegar a mi destino debo recorrer casi nueve kilómetros sin salir de la Ciudad, pero no encuentro ni un solo vehículo en movimiento hasta la calle Alcalá. Dos furgonetas de reparto y una moto me confirman que Madrid aún respira.

¿Será verdad que todo el mundo está de vacaciones? Todo el mundo, no. Llego a Besana, que es un pequeño colegio, urbano, en un barrio populoso y humilde, donde debo predicar un Retiro espiritual a mujeres. Al salir del coche veo que ya han llegado las primeras.

Entro en la capilla. Esta completamente llena. Hay un aleteo de abanicos, como aves de colores a punto de echarse a volar. Empiezo la primera meditación, y tardo en centrarme en el tema porque, mientras hablo, no puedo dejar de mirar el vuelo de los abanicos ni consigo quitarme de la cabeza una pregunta: ¿qué hacen aquí 40 mujeres jóvenes de todas las profesiones, elegantes, alegres…? ¿Es razonable que dediquen una mañana espléndida de domingo a hablar con Dios, a hacer examen de conciencia y a escuchar a un cura?

Creo que durante el Retiro ha habido un terremoto. A esa hora estábamos en Misa y no me he enterado de nada. Al regresar a casa, oigo la noticia por la radio. Casi todos los entrevistados dicen que estaban en la cama y que se han despertado porque se movían los muebles, las lámparas… Ya será menos. Uno tiene la impresión de que a la gente le gusta sentirse protagonista y exagera un poco los hechos para darles un toque dramático.

Termino el día con dolor de cabeza y pocas ganas de escribir en el blog. Me pregunto sólo si habré sido capaz de mover, al menos un poco, los corazones de las personas que me escuchaban. No pido un terremoto espiritual, sólo un pequeño aleteo del Espíritu Santo, como el de los abanicos que se agitaban incansables mientras yo predicaba.

domingo, 12 de agosto de 2007

Los blogs de mi barrio XI


El tío cura


“¿Quién no tiene un tío cura? —se pregunta el autor de este blog en su presentación—. Puede ser un tío carnal, o un tío lejano. Tal vez un hermano del abuelo o un amigo de la familia que ha sido “adoptado” por todos. A veces pasan años sin tener noticias suyas, pero ahí está cuando se le llama: en los bautizos, las bodas… los funerales. Cada vez un poquito mayor, cada vez un poquito más pesado en los sermones, cada vez con más manías de “solterón” y yendo más “a su bola”. Este blog está escrito por un tío cura de esos.”

Hace medio siglo se decía en mi tierra: “si miras hacia adelante, hacia atrás, a izquierda y a derecha, y no ves ningún cura, es que el cura eres tú”. Lamentablemente las cosas han cambiado por dos razones: la primera, porque los clérigos no visten de uniforme (ya he expresado alguna vez mi opinión sobre este asunto); la segunda, porque hay pocos. Necesitamos más.

En todo caso, el “tío” que ha creado este blog vale la pena. Yo lo he conocido por casualidad, de rebote, y ni siquiera sé su nombre. Ya sabéis que estas cosas ocurren con frecuencia en la blogosfera. Escribe poco (habrá que animarle con nuestros comentarios) pero lo hace con verdadera gracia. Leed, por ejemplo “El funeral”, una historia súper divertida en tres capítulos que parece sacada de las aventuras de Don Camilo.

“El tío cura” se ve que está feliz con su oficio. Por eso nos lo cuenta. A lo mejor pretende, como yo mismo, echar la web para pescar. Hacen falta curas así, y la vocación también puede llegar por Internet.

—¿Cómo un virus?

—Como un virus, sí. Pero mejor no vacunarnos contra él. Es un virus que da sentido a toda la vida.

sábado, 11 de agosto de 2007

Las lágrimas de San Lorenzo, otra vez


Desde hace muchos años, suelo pasar estos días de agosto lejos de las luces de la ciudad. Y, aunque lo mío no es la noche, sino la madrugada, hago una excepción y salgo de casa para rastrear las estrellas fugaces de San Lorenzo: sus lágrimas.

Este año estoy en Madrid y no dejo de añorarlas. Son las once de la noche y tengo los párpados en cuarto menguante, pero me escaparía sin hacer ruido, cogería el coche y subiría al puerto más alto para tumbarme en la hierba y contemplar el espectáculo del cielo.

"Los cielos cuentan la gloria de Dios". Y yo aquí, hecho un idiota, me pierdo esa sinfonía de estrellas.

Hace algún tiempo "nombré" a San Lorenzo patrono de los enfermos que han perdido la alegría, de los depresivos, de los prisioneros de la angustia o de la tristeza.

La ciencia ha avanzado mucho en los últimos años en el diagnóstico y en el tratamiento de esa enfermedad. Ahora sabemos que buena parte de los que bebían para "levantarse el ánimo" y caían en el alcoholismo estaban enfermos de tristeza.

Son los más incomprendidos y los que más necesitan comprensión. Cuando les decimos "te entiendo", mentimos, porque es imposible ponernos en su lugar.

Hace tiempo publiqué un artículo sobre ellos y lo reproduje
aquí. Hoy querría decirles que los encomiendo a San Lorenzo, y pido al Señor que sus lágrimas sean tan fugaces como las del santo, y se conviertan en estrellas de luz para iluminar su noche.


viernes, 10 de agosto de 2007

Gregorio, la Iglesia y la ciudadanía


Éste era el artículo que ayer quise "linkear". Me lo envían ahora desde "La Gaceta".

Ser positivo


Con ocasión de mi entrada de ayer sobre la Humildad democrática, me pide Fred que sea “positivo”, que hable bien de los políticos, que no ironice sobre ellos…

Hago examen de conciencia y no encuentro en todo el blog ni un solo ataque personal. Sí que veo elogios, muchos elogios: a los blogueros de mi barrio, a los amigos y desconocidos que encuentro por ahí, a escritores, poetas, santos… Incluso he escrito un artículo elogiando a los elogiadores y a los elogios. ¿Qué más quieres?

Sigo haciendo examen: ¡Ah!, ¿pretendes que diga que “to el mundo es güeno”, que no hay malas noticias? Pues a lo mejor tienes razon, pero yo debo seguir pensando “por libre”, sin más ataduras que las de la buena sintaxis ni más objetivo que ayudar a los demás haciéndoles la vida alegre y divertida.

Y, muchacho, lo lamento:
no soy capaz de aplaudir
lo que acaba de decir
la Ministra de Fomento


Los blogs de mi barrio X


Ardiendo a un clavo



Cuando me decidí a navegar por este océano de la blogosfera, no pensé que encontraría tantos genios, ni tantos poetas, ni tanta gente buena, generosa, alegre y divertida.

—¿Y qué esperabas?

—No lo sé, amigo Kloster; pero reconozco que mis previsiones eran más bien pesimistas.

—En la red hay mucha basura, desde luego, pero tú te has establecido en un barrio-burbuja para gente encantadora.

—De burbuja, nada. Éste es un barrio bien ventilado, y tan grande que da la vuelta al mundo. En todo caso es cierto que donde hay higiene no hay ratas y los mugrientos se avergüenzan de sí mismos cuando se encuentran en un ambiente limpio. A veces cambian y se duchan, y a veces se van.

Pero vayamos a lo que vamos: El blog de Marta.

Marta es de Bilbao y lo dice en la primera frase. Hace bien. Dejémonos de falsas humildades. Que quede claro cuanto antes.

A Marta le gusta deshacer las frases hechas, descoserlas y zurcirlas de otro modo para divertirse ella y hacer pensar al lector. Por eso ha llamado a su blog “ardiendo a un clavo”.

Marta además se describe detalladamente. Esto dice de sí misma:

Soy… viento norte, mar Cantábrico, alma de Bilbao. Poca altura, menos peso y algo de sentido común. Una constante batalla entre el ser y el deber ser. Radical y categórica. Sincera.

Soy responsable. Francamente sensible, asquerosamente racional, tremendamente nerviosa y curiosamente serena cuando los demás tienden a perder los papeles. Desconfiada, un poco orgullosa, susceptible, pelín arisca y a veces, rencorosa aunque deteste tener que reconocer todo esto. Moderadamente rebelde. Ordenada, metódica y sistemática aunque esconda otro yo atropellado, caótico y disperso.

Estoy… enamorada de mi tierra, del mar y de la montaña. Loca por mi familia y mis amigos. Deseando la paz, aquí y en el mundo entero. En contradicción permanente entre la cabeza y el corazón. Hasta el gorro de tardar una hora en encontrar sitio para aparcar.

Estoy acostumbrada a mi rutina. Buscando mi lugar en el mundo (aunque lo esconden bien). Siempre indecisa. Harta de las injusticias.

Me gusta… el olor de la hierba recién cortada y el de la tierra cuando llueve. Bilbao. Estar descalza. Las tormentas de verano. La música y los Beatles. Lo claro y lo transparente. Las rapaces en vuelo a mis pies en la cima de una montaña. Meter la cara en la nieve. Muchos museos. Mafalda. El deporte. Los coches. Observar en silencio. Leer. El cine. Una orquesta. Mi guitarra o cualquier otra. Caminar. El gato Silvestre. Conducir y remar.

Me gustan los amaneceres y las puestas de sol. Los niños. Los sofás del salón que parecen retenernos hasta la madrugada conversando. Las copas que nos tomamos mientras. Las cañas por las tardes, rescatando los últimos momentos que le quedan al día antes de agotarse. Reír. Los tangos. Cocinar. Las patatas fritas. Montar a caballo. Viajar. Conocer y aprender. Escuchar.

Odio… la mentira y la traición, que siempre van de la mano. El aborto. La desconfianza (aunque la practique a menudo). Las malas noticias o leer el periódico (que vienen a ser sinónimos). El “shopping” compulsivo. La falta de personalidad. Los paraguas. El egoísmo. Que me subestimen y me comparen (yo soy yo, con mis virtudes y mis fallos).

Odio los malos olores. Los abusos de cualquier género. Los tópicos socialmente impuestos de obligado cumplimiento. La impuntualidad. Al cabrón de Piolín. La gente que grita. Los filetes de hígado y la macedonia. Los mosquitos trompeteros y las arañas. La política. Llorar. Los aviones. Los agobios. El ruido. Las masas de gente. Mis defectos, siempre tan atentos, que me acompañan a donde quiera que vaya.


Quisiera… ser mejor persona cada día. Hacer mi corazón mil veces más grande. Rezar más. Albergar menos prejuicios y más esperanza. Reír y llorar mucho más a menudo. Resultar verdaderamente útil para los demás. Poder dormir seguido. Retomar la fotografía y la equitación. Y la guitarra. Que se me cure el estómago y se me solucione el insomnio.

Quisiera viajar a Argentina. Y a Italia. Y a otros muchos lugares. Que mis amigos fueran puntuales. Tener cerca a todos los que extraño. Tiempo a raudales para estar con quienes quiero. Dedicar millones de momentos a lo que me llena. En fin, acertar a “Sacar de mí, mi mejor yo”.

El blog de Marta es un diario sereno, que infunde paz y a mí me llena de añoranzas. Está primorosamente escrito, con la difícil sencillez de los que aman el castellano. Habla de la Ría (ría no hay más que una: la nuestra), de esa lluvia confortable del País Vasco que pinta de melancolía los muros de las casas. Habla también de aquellas playas donde los bañistas llevan paraguas por si acaso.

Leyendo el blog uno aprende a conocer a su autora. Yo la conozco ya muy bien, aunque no la he visto nunca. Sé que es mujer de fe, que lucha por alcanzar metas cada vez más altas, que es generosamente ambiciosa. Por eso le molesta la cerrazón de algunos, el aldeanismo, y un cierto tipo de política hosca y desconfiada que es una mala enfermedad de aquella tierra.

No te preocupes, Marta. Bilbao siempre será Bilbao: expansivo, abierto al mundo entero. Los de Bilbao nos hacemos madrileños, andaluces, esquimales, yorubas, pakistaníes, gallegos…, incluso guipuzcoanos si no hay más remedio, sin dejar por eso de ser de allí.

Y cuídate el estómago.
















¿Y por qué odias los paraguas?


Una entrada fallida


Ayer puse aquí un link para que leyerais el estupendo artículo que publicó Ramón Pi en "La Gaceta de los negocios" sobre los ataques de Peces Barba a la Iglesia con ocasión de la famosa "educación para la ciudadanía".

El link duró poco. Al cabo de unas horas la web de "La gaceta" cambió de contenido, desapareció el artículo en cuestión y nos quedamos conectados con otra colaboración sobre el terrorismo islámico.

He tratado de hacerme con el artículo de Pi, pero me piden que me suscriba y suelte la pasta.

No vale la pena.

jueves, 9 de agosto de 2007

Humildad democrática



Procuro no hablar en el blog de cuestiones políticas, porque no es ése mi oficio ni mi beneficio. Pero, de vez en cuando, no puedo resistir la tentación de opinar sobre alguno de nuestros amados líderes.

Hoy, por ejemplo, oigo por la radio las “declaraciones” (los políticos no hablan, “declaran”) de una eminente ministra. Ella trataba de pedir perdón a los ciudadanos por algunos problemillas que, al parecer, han tenido en Barcelona. Y lo ha logrado: ha tomado carrerilla, ha tragado saliva, ha carraspeado levemente y ha conseguido balbucear un par de frases.

Al final, estaba tan contenta consigo misma que ha rematado su parlamento afirmando que pedir disculpas como ella lo ha hecho es “un ejercicio democrático de humildad democrática”.

Magnífico. De ahora en adelante ya sabemos que la humildad se divide en democrática y antidemocrática. ¿Ocurrirá lo mismo con el resto de las virtudes morales?

Esto merecería un comentario más largo, y no descarto que un día de estos lo haga, pero son las once de la noche y tengo un sueño manifiestamente antidemocrático que me impide seguir escribiendo.

Propongo una ley contra la cursilería parlamentaria.

miércoles, 8 de agosto de 2007

El síndrome del jorobado






“Dos jorobados jamás se miran de frente,
salvo que sean camellos”.

(Prov
erbio persa, o así).


Renato Gibbone, cantante, bailarín y payaso, era el bufón mayor de Siena, y con un solo gesto podía conmover hasta las lágrimas o hacer reír a carcajadas a toda la ciudad. Nadie fue jamás tan admirado ni tan querido. Las mujeres se confesaban enamoradas de él, y sus maridos no se sentían celosos, seguramente porque Renato —que lo poseía todo— tenía también una hermosísima joroba.

—¡Pero con cuánta gracia la lleva..., comentaban ellas.

En efecto: Renato había hecho de su deformidad su principal arma. Nadie contaba con más gracia chistes de jorobados. Sabía centenares, y siempre inventaba alguno nuevo.

Cualquiera podría pensar, al conocerlo, que se trataba de un gran hombre sin complejos, capaz de reírse incluso de sí mismo, pero la realidad era bien distinta: Gibbone tenía un alma tan retorcida como su cuerpo. Odiaba su joroba y todas las jorobas del mundo. Por eso no quería ver ni una sola a su alrededor. Su fobia era tan obsesiva que ni siquiera soportaba verse en un espejo. Por esta razón en Siena no debía haber más cheposos que él.

Para conseguirlo decidió ridiculizar a tres vecinos que padecían su misma deformidad: a Paolo, el zapatero; a Antonio, el mendigo, y a Renzo, el Conde.

Inventó chistes tan crueles, que muy pronto los demás jorobados tuvieron que ocultarse en sus casas para no ser objeto de las burlas de la ciudad entera. Paolo cerró la zapatería; el Conde se recluyó en su palacio, y Antonio, el mendigo, se consumía en su pequeña cabaña sin atreverse siquiera pedir limosna.

Al fin Renato era feliz: amado por las mujeres, admirado por los hombres, y rico por gracia de su señor, ya no tenía jorobados que le recordasen su aspecto monstruoso...

Pero una noche se vio llegar al palacio del Conde la sombra de dos cuerpos deformes. Los tres gibosos humillados habían decidido pasar al ataque. Llegaba la hora de la venganza.

Era la fiesta mayor de Siena. Centenares de banderas ondeaban en los abarrotados balcones de la Plaza del Campo. Sobre un escenario, instalado en el centro, el Gibbone arrancaba aplausos y risas. En verdad se estaba luciendo… Hasta que, de pronto, a lo lejos, apareció la figura grotesca y renqueante de un jorobado desconocido.

Tras la sorpresa se hizo silencio. Las gentes abrieron un pasillo. Por un instante en los ojos del bufón se encendió un chispazo de ira que casi nadie notó. Inmediatamente estalló en una carcajada tan franca, atractiva y contagiosa, que toda la plaza terminó por desternillarse de risa. Gibbone señaló con el dedo al intruso, y se dispuso a ponerlo en su sitio, provocando, como siempre que se lo proponía, la hilaridad del público.

Soltó chistes como disparos...; pero esta vez el jorobado no se inmutaba. Es más, siguió avanzando y llegó hasta el centro mismo de la plaza. Era increíble: aquel pobre idiota no se enteraba. ¿Sería sordo además de contrahecho? Subió al escenario. Las risas fueron dejando paso a la incredulidad. Renato lanzó sobre el intruso su repertorio más hiriente. Fue inútil. El misterioso jorobado aguardaba a que escampase la tormenta. Algunos pudieron ver que en su rostro había una sonrisa melancólica.

Al Gibbone se le fueron acabando los chistes. Ya casi nadie reía. Al fin, se hizo un silencio terrible, y el recién llegado miró con tristeza a su rival. Se quitó su joroba, que resultó ser de trapo, y la dejo a los pies del bufón, que, al mirarla, pareció más grotesco y deforme que nunca. Entonces el falso giboso se enderezó: era un joven, alto, fuerte y apuesto. A continuación lanzó una carcajada terrible, que llenó la plaza de ecos siniestros, se inclinó para recibir los aplausos del público, dio media vuelta, y se alejó.

Y cuentan que Renato, pálido de ira y de vergüenza, tuvo que esconderse abochornado en su casa, y nunca más volvió a salir a la luz pública.

Tras el cuento, la moraleja:

Los defectos ajenos pueden provocar en nosotros los más variados sentimientos: lástima, tristeza, repugnancia..., incluso simpatía. Todo depende de qué defecto se trate y de quién lo posea. Pero si nuestra reacción es de ira, de furia un tanto desproporcionada, seguramente padecemos el famoso síndrome del jorobado.

Se trata de una dolencia que suele aparecer a partir de los trece o catorce años y que algunos consideran como una característica más de la siempre conflictiva edad del pavo. Sin embargo, no conviene engañarse: muchos adultos la sufren con la misma virulencia.

El Doctor Kloster llama a esta enfermedad speculofobia, o aversión a los espejos, ya que, en definitiva, el síndrome del jorobado consiste en el odio a los propios defectos, cuando se ven reflejados en los demás.

Por supuesto que no me refiero sólo a las taras físicas. Desde luego, todo el mundo sabe que, por lo general, un tartamudo no suele encontrar el menor placer cuando conversa con otro tartamudo. También es opinión corriente que resulta de mala educación invitar a comer en la misma mesa a dos jorobados, ya que lo más probable es que ambos acaben con problemas de digestión. Pero como estas situaciones no se dan con frecuencia, el problema puede considerarse irrelevante.

Sí que es epidémica, en cambio, la alergia a los propios defectos espirituales o morales, cuando aparecen con toda su crudeza en las personas que nos rodean, especialmente en los parientes más cercanos, que generalmente son quienes los reproducen con mayor fidelidad.

Es el caso de Elia, estudiante de 2º de bup, que se reconoce incapaz de aguantar a Noelia. Y, para explicar el porqué, hace una imitación excelente de los gestos, la voz y el tonillo de la prójima que tanto le irrita. Como digo, la representación es perfecta, y no podía ser de otra forma, ya que Elia y Noelia son hermanas gemelas.

Concluyamos. Llevamos ya unas cuantas páginas hablando de una sola virtud: la sinceridad. Y estoy seguro de que nunca habríais sospechado que esta cuestión tenga tantas y tan complicadas ramificaciones. Reconozco que yo tampoco. Sin embargo os aseguro de que el síndrome del jorobado es epidémico en muchos ambientes. Os invito a haceros un sencillo chequeo, en forma de test:

1. ¿Entre tus parientes, colegas o compañeros más cercanos hay alguno que te caiga rematadamente mal, hasta el punto de no poder aguantarlo?

2. ¿Sientes frecuentes tentaciones (tal vez rechazadas) de estrangular a esa persona con el cordón de las cortinas, o al menos de someterla a refinadas torturas?

3. ¿Te regocijas secreta pero descaradamente cada vez que pierde su equipo de fútbol, suspende las matemáticas de 2º o queda como un imbécil delante de su primo/a Luisito/a?

4. Cuando te pregunta tu madre, “¿se puede saber por qué te cae tan mal NN,” respondes rotunda e irracionalmente “porque es idiota”?

Si has contestado afirmativamente a las cuatro cuestiones es indudable que padeces el síndrome del jorobado. Pero no te alarmes; el tratamiento es sencillo. Un sincero examen de conciencia te hará descubrir que lo que te irrita no es tanto la joroba ajena, como la tuya, tan vulgar, por otra parte.

Luego, ya sabes: a ser sincero contigo mismo, con Dios y con el confesor. Con un poco de constancia lograrás aguantar dignamente tu propia giba sin necesidad de jorobar a los demás.