sábado, 14 de enero de 2012

Propósitos de año nuevo

Pensar más en el fin y un poco menos en los obstáculos del camino. Si la ambición es sincera y se renueva cada día, las piedras se convertirán en polvo, y la atracción de la meta será irresistible. Dios mismo me conducirá a la victoria, a pesar de los pesares

viernes, 13 de enero de 2012

Esperanza


―¿Eres vaga o estudiosa?
―Antes era muy vaga, pero ahora ya soy súper estudiosa.
―¿Desde cuándo?
―Desde la semana pasada.
―¿Cuantas te catearon?
―Cuatro.
¡Ojalá tuviera yo tanta fe!

Silencio


―¿Por qué escribes tan poco estos días?
―Calla, Kloster, por favor; que estoy releyendo a Shakespeare. Los reyes magos me trajeron sus obras completas para que me avergüence aún más de mis “genialidades” matutinas. Se impone una penitencia de silencio. 

jueves, 12 de enero de 2012

En mi lugar


─Póngase en mi lugar…
Llevamos más de media hora de conversación. Él sabe muy bien que yo no puedo curar la enfermedad mental que sufre desde hace más de diez años; pero viene a verme de vez en cuando y charlamos.
Al fin no tengo más remedio que despedirlo. Le hago ver que no puedo dedicarle más tiempo esa tarde, que me esperan otras personas y debo predicar un retiro o dar una clase. Me pongo en pie y, entonces, vuelve a repetir la misma frase como una súplica:
─¡Póngase en mi lugar!
Nadie puede hacerlo del todo. Sólo Dios penetra en el corazón de cada uno y nos comprende mejor que nosotros mismos. Sólo Él se pone en nuestro lugar, porque amar es eso, y Dios es amor.
Si le dejamos, Él tomará sobre sus hombros la cruz terrible de la soledad.

miércoles, 11 de enero de 2012

La M30 y el río de la vida


Me pregunta Jorge qué tiene la M30 para que se haya convertido estos años en mi “fuente de inspiración”.
“Fuente”, no, querido Jorge. La M30 es sólo mi pensadero habitual. Casi una hora diaria en ese río de automóviles desbocados dan para mucho. Aquí preparo charlas, clases y meditaciones; ordeno ideas más o menos sensatas que uno tiene apiladas en la sesera. Aquí me cuento en voz alta lo que voy a escribir cada mañana en el blog. Aquí rezo el rosario y alguna que otra cosilla.
―Bueno, ¿pero qué es la M30?
―Te comento, como dicen ahora las gentes para tomar carrerilla.
Madrid es una isla y la M30, el mar. Vivir cerca de esta diabólica autovía es tener a mano un puerto de horizontes ilimitados que nos permite trasladarnos a cualquier punto de la ciudad sin tener que pasar las penalidades del tráfico urbano. 
La he llamado autovía, y lo es, a pesar de que ahora la han clasificado como calle. Se empeñan en llamarla “calle 30”, pero yo me opongo. Las carreteras tienen número, las calles nombre. Por tanto, si a una calle la llamamos 30, habrá que investigar dónde cae la 29.
Calle o carretera, la M30 es una metáfora de la vida. Vivir es como un viaje por su asfaltada piel. Un día nos encontramos dentro sin saber cómo hemos llegado ni con qué fin. No hay arcenes ni aceras. Nadie puede detenerse ni preguntar. Los rótulos son confusos y, cuando menos te lo esperas, el río de la vida te mete en un túnel de destino incierto que se asemeja a la noche oscura del alma. A veces te preguntas si vas en dirección norte o sur, pero aquí ni siquiera el GPS es fiable, ya que los satélites no funcionan bajo tierra.
Uno cree que conoce la ciudad. ¡Llevo más de treinta años y siete alcaldes a mis espaldas!, pero en la M30 puedes perderte a pesar de hacer cuatro veces al día el mismo trayecto.
El diseño, eso sí, es imaginativo: si tratas de tomar una salida, ojo, muchacho; lo más probable es que tengas que esquivar a los que entran por otra rampa que se cruza para ponértelo imposible.
Mi amigo Enrique vino un día de Guadalajara para verme y se precipitó en la M30. Dio dos vueltas a Madrid y se fue por donde había venido con los nervios deshechos.
¡Ah, la M30! Yo entro cada mañana resignado y expectante: ¿a dónde me llevará esta vez? Y pienso y pienso, mientras dejo mi destino en manos del alcalde.
 

martes, 10 de enero de 2012

San Juan de la Cruz, Hitler y la M30

Charlábamos Kloster y yo por la M30.
―No entiendo para qué roban tanto ―le dije al oír por la radio la cantidad de pasta que parecen haberse llevado algunos corruptos―. Cualquiera puede sentir la tentación de quedarse…, qué sé yo, con un par de millones o tres; pero ¿50? ¿Cien? ¿En qué se los puede gastar un viejo de 75 años con una esperanza de vida tan limitada? ¿En guardaespaldas? ¿En farmacia?
―Ése no es el caso, colega. No roban para tener más, sino para ser más de lo que son. Tratan de trascenderse a sí mismos…
―Metafísico te veo.
―Es que aún no he desayunado. Pero te lo explicaré en pocas palabras.
Kloster se enchufó un trago de de vodka y se dispuso a perorar.
―Si los corruptos sólo pretendieran llevar una vida lujosa el resto de sus vidas, es evidente que robarían mucho menos. El hurto moderado tiene notables ventajas; se perpetra más fácilmente, y los jueces y fiscales suelen hacer la vista gorda cuando se trata de altos cargos. Pero es que algunos no se conforman con eso.
―Entonces, ¿qué pretenden?
―Mira, muchacho. Todos los hombres y mujeres de este mundo somos conscientes de que tenemos límites; límites de tiempo, de espacio, de salud, de talento, de fuerza; de vida… Ante esta gran verdad que uno va descubriendo poco a poco, caben dos posibilidades: aceptarla y resignarse a una existencia mediocre o rebelarse: romper esos límites.
―Creo que has bebido demasiado…
―Quizá la palabra “mediocre” no sea la más adecuada; pero piensa ahora en los grandes conquistadores, en los héroes, en los poetas, en los tiranos… ¿Qué pretendían? Alejandro Magno, Hitler o Hernán Cortés no conquistaron reinos para tener unas hectáreas más en su parcela del cementerio. Ellos buscaban la eternidad; querían ser inmortales, romper las fronteras del alma.
―Creo que te vas por las ramas.
―Lo mismo puede decirse de los grandes ladrones. No es una enfermedad, como se ha dicho. ¿Tener por tener? No. Ellos quieren ser eternos, huir de sí mismos. Podría decirse incluso que buscan a Dios, o, mejor dicho, buscan algo que sólo Dios les puede dar. Ahí tienes, sin ir más lejos, al buen ladrón. Tantos años robando y sólo al final, en la cruz, comprendió que podía dar el gran golpe de su vida, el que siempre soñó para retirarse definitivamente.
―El buen ladrón, para robar el Reino, tuvo que arrepentirse y fue castigado por sus crímenes…
―Se arrepintió, en efecto, pero sólo de haber robado poco y mal. Conozco a otros ladrones que les ha ocurrido lo mismo: han comprendido que su ambición era demasiado pequeña, que a base de tener más y más no se consigue ser más. El día en que lo descubren, rompen con su paranoia, restituyen lo robado, lo entregan todo y se convierten en unos ambiciosos insaciables: buscan el tesoro escondido, el único que hace añicos esos límites de tiempo, de edad, de talento…, que nos encierran dentro de nosotros mismos. Hablo de ese tesoro de la parábola evangélica, el que endiosa y nos lleva a la eternidad. Lo llaman la Gracia.
―Así que, según tú, entre San Juan de la Cruz y Hitler…
―…hay sólo una pequeña diferencia. San Juan era mucho más ambicioso. Quería atrapar a Dios como un halcón a su presa. Acuérdate de aquel poema…, “en un amoroso lance/ y no de esperanza falto/ volé tan alto, tan alto/ que le di a la caza alcance”. En cambio el pobre Hitler sólo quería quedarse con el Planeta, empezando por Polonia… ¡Valiente ladrón de pacotilla!
Al abandonar la M30 hice el propósito de escribir este post y de adornarlo un poco más para incluirlo en “Mundo Cristiano”.

lunes, 9 de enero de 2012

Los lunes, publicidad (II)

Esta americanada a la española está dirigida por Benito Zambrano y también es de Campofrío.

 

Los lunes, publicidad

Seguiremos con la costumbre de poner uno o dos anuncios los lunes. Éste de Campofrío se me antoja muy oportuno para afrontar la cuesta de enero.

domingo, 8 de enero de 2012

De madrugada

Domingo, 8 de la mañana.
Tengo que celebrar Misa y voy camino del parking. Aún no ha amanecido. A lo lejos veo a un individuo que hace algo en una papelera. La está vaciando metódicamente. Alisa cada papel; mira y remira cada objeto antes de desecharlo. Por fin vuelve a recogerlo todo y lo introduce de nuevo donde estaba. Se acerca al parquímetro y mete la mano en lugar donde suelen quedar las monedas desechadas por la máquina. A continuación se dirige al banco que hay a pocos metros e inspecciona los restos que quedan del botellón de ayer.
En ese momento me ve; se mete la mano en el bolsillo y trata de disimular. No presenta mal aspecto. Tendrá 50 o 60 años y su traje necesita un planchado, pero no lo veo como un mendigo ni un vagabundo convencional. Lleva corbata y un jersey amarillo si manchas aparentes.
Me detengo frente al ascensor del parking y meto la llave en la cerradura para llamarlo. En ese momento se me acerca respetuoso.
―Perdone que le moleste, padre, ¿tiene usted una moneda? Necesito beber.
Ante una petición tan insólita, le miro a los ojos. Los tiene grandes y muy azules.
―Soy polaco y alcohólico. No puedo dejarlo.
Antes de tomar el ascensor, le he dado un euro.