Lo firma Cordelia, y me lo envía para el globo. Sólo le falta el título y yo no me he atrevido a poner uno.
María
puso la mano sobre su vientre y esperó. Una sonrisa juguetona bailaba en sus
labios. No tuvo que esperar mucho. En seguida, una patadita sacudió su mano. La
risa de María hizo levantar la cabeza a José, que se afanaba en colocar los
arreos a la mula.
―No
sé quién es peor de los dos ―dijo, blanca sonrisa asomando por entre la barba
morena―. Vaya par.
―Es
que siempre hace eso. En cuanto pongo la mano, pum. Mira.
María
cogió la mano de José y la apoyó sobre su ombligo. El Niño, deseoso de hacer
reír a su Madre, la golpeó suavemente con un pie. La cara de José se iluminó de alegría.
―Sois
incorregibles, los dos.
Abrazó
a su mujer, y al Niño dentro de ella, maravillado una vez más de su increíble
regalo. Dios le había confiado esta preciosa, dulce, alegre y perfecta
muchacha. Y la custodia de Su Hijo. Rezó, pidiendo una vez más estar a la
altura.
―Hala,
en marcha. Tenemos mucho camino hasta llegar a Belén.
María
pensó por un momento, recordando dónde había dado Su Hijo con el pie, y colocó
la mano de nuevo en su abdomen. Jesús apoyó la mejilla sobre esa mano, y se
durmió, soñando que muy pronto vería la sonrisa de Su Madre.
Al
pasar junto a unas viejas que sacaban agua del pozo, saludaron. Las mujeres
esperaron a que se perdieran de vista por el camino, para empezar a comentar.
Especulaban sobre cuando nacería el bebé.
―Está
muy alto todavía, faltan unas semanas, acordaron.
No sabían que Jesús quería
estar lo más cerca posible del corazón de Su Madre.