martes, 9 de julio de 2019

La tormenta



A las 8 en punto de la tarde los timbales retumban en el cielo para iniciar la primera sinfonía del verano. Se estremece el rebaño de nubes cumuliformes, blancas, como corderos asustados. Un viento húmedo imprevisto las sacude sin piedad y la atmósfera se oscurece. Las golondrinas llevan un buen rato picoteándose las plumas para impregnarlas del aceite que ellas mismas producen. Ya tienen dispuesto el impermeable.
De pronto, un relámpago ilumina el horizonte y se escapa hacia el sur. Otra vez suena el concierto de los timbales, que ahora se aproximan implacables y en pocos minutos estarán sobre mi cabeza. Penetra por la ventana un aroma inconfundible de campo mojado.  
El director de orquesta da entrada al primer chaparrón para que se una a la fiesta. La lluvia viene recia y fría. El termómetro se desploma. Los pájaros sienten el escalofrío y se refugian en los lugares más insólitos. Yo pienso en el himno de los tres jóvenes que he recitado esta mañana después de Misa:
—Benedícite, lux et ténebræ, Dómino, benedícite, fúlgura et nubes, Dómino. Sí; la luz y las tinieblas, los relámpagos y las nubes cantan la gloria de Dios.
Hace quizá sesenta años sorprendí un día en Pamplona a Leonardo Polo, el genial filósofo, catedrático en la Universidad, contemplando una tormenta. La lluvia arreciaba y los rayos parecían estrellarse en el horizonte contra la Higa de Monreal. Don Leonardo, completamente empapado, sólo se protegía con su inseparable boina. Me acerqué a él con un paraguas. Me miró y dijo:
—Si esto es sólo criatura, imagínate cómo será el Creador.
A las 8,45 de la tarde, termina la tormenta con un adagio de brisa suave. Las nubes se vuelven blancas y se quedan pensativas. 

La Higa de Monreal

lunes, 8 de julio de 2019

La mejilla y la espada



Las palabras de Jesucristo que comenté ayer se complementan con otras que transcribe San Lucas en su capítulo veintidós. Poco antes de su Pasión y muerte, el Señor dijo a sus discípulos:
—Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?
—Nada. —contestaron ellos—.
—Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada.
El primer episodio tal vez desconcierte a muchos: ¿cómo vamos a extender el Evangelio renunciando a emplear medios humanos, sin bolsa, sin calzado, sin wifi, sin cobertura, sin automóvil, sin dinero... ? El segundo episodio por una parte tranquiliza, pero también inquieta: ¿acaso necesitamos espada para el apostolado?
Pienso que podemos entender las palabras del Señor sin edulcorarlas. Jesús quiere que entendamos que el fruto de la tarea evangelizadora no depende de los medios que tengamos a nuestro alcance. Hemos de estar desprendidos de todo, incluso de nuestras cualidades personales: ésa es la verdadera pobreza de espíritu que Dios quiere.
Por otra parte, Él no desprecia los bienes materiales, que pueden ser vehículos de la Palabra y de la Gracia. Vivimos en medio del mundo; compartimos las alegrías, las penas, los fracasos y los triunfos de nuestros iguales, y utilizamos los mismos instrumentos materiales. Ser apóstol significa, entonces, no dejarse seducir por ellos. Tener el corazón desprendido. No convertir el teléfono en un juguete. No navegar por la red en busca de basura. No utilizar el automóvil para sentir en vértigo de la velocidad ni para mejorar nuestra autoestima humillando a los demás. Y echar la web para pescar, como nos pidió el Maestro en el Mar de Tiberiades.
¿Y la espada? Tal vez el Señor quiera decirnos que, si nos atacan, habrá que poner la otra mejilla; pero por defender a Jesucristo, a la Iglesia o al sucesor de Pedro, alguna vez  tendremos  que enseñar los  dientes.

domingo, 7 de julio de 2019

De prácticas





Lo cuenta el Evangelio de la Misa de hoy. Jesús envió a 72 discípulos a hacer prácticas de apostolado. Debían anunciar en los pueblos vecinos que había llegado el Reino de Dios, y les dio instrucciones muy precisas: "sin bolsa, sin alforjas, sin calzado"; así os mando, "como corderos en medio de lobos", sin más armas que vuestra fe.
No sabemos cuánto duró aquella singular expedición, pero, de regreso, los discípulos estaban eufóricos y contaron a Jesús el éxito de la aventura: "¡hasta los demonios se nos sometían en tu nombre!".
Esta mañana, mientras leía este pasaje en la Santa Misa, pensé en la "nueva evangelización" que nos pidió San Juan Pablo II, de la que se han hecho eco Benedicto XVI y Francisco. ¿Cómo podremos enfrentarnos los cristianos al inmenso poder que detentan los que tratan de expulsar a Cristo del mundo de la cultura, de la enseñanza, del ocio, de la vida pública…? ¿Cómo detener a esos "sembradores impuros del odio", de los que habla San Josemaría en el primer punto de Camino?
La respuesta no es sencilla, pero quizá haya que empezar con la clase práctica de hoy: "sin bolsa, sin alforja, sin calzado…" 
El mismo San Josemaría, recordando el 2 de octubre de 1928, confesó en una tertulia:
—Tenía 26 años, gracia de Dios y buen humor. Y nada más. ¡Y tenía que hacer el Opus Dei!
Ese "nada más" fue parte de su patrimonio, tan importante como los 26 años, la gracia de Dios y su extraordinario buen humor.
—¿Entonces…?
Lo siento; se me ha pasado el cuarto de hora  que me he propuesto dedicar al globo cada mañana. Continuaré en otro momento.  

sábado, 6 de julio de 2019

Fobias y fobios



Me dice Pepe en un largo whatsapp (de ahora en adelante lo llamaré guachap) que he sido muy valiente por "meterme" con el orgullo gay, y asegura que me van a tildar de homófobo.
Meterme, meterme…  No lo veo. ¿Qué he dicho que resulte tan ofensivo? ¿que han salido del toril más que del armario? Si supieran el afecto que yo profeso a los toros y a las toras no se enfadarían. Es verdad que vienen en plan un pelín belicoso, pero lo mismo les pasa a los hinchas del Liverpool y no por eso les tengo fobia. Sería redundante y divertido que alguno me agrediera por llamarle agresivo.
Siempre he creído que las fobias son síndromes que deben ser tratados en el sillón del psiquiatra. Al menos eso sugiere el diccionario de la Real Academia. Yo creo estar libre, por ahora, de tan incómoda dolencia. Sólo tengo un poquito de fobia al humo del tabaco ajeno —o sea que soy humófobo—, a las hamburguesas y a la música de Wagner. A otro nivel menos grave, me produce cierta alergia al idioma políticamente correcto y eso que llaman "lenguaje inclusivo", ya sabéis, ciudadanos y ciudadanas, diputados y diputadas, chubascos y chubascas, etc.
Gracias, Pepe, por suponer que soy valiente. Te equivocas, pero me encanta. 

viernes, 5 de julio de 2019

Los brazos de una madre


No conocía esta página. Ayer me la descubrió Goyo y me envió un enlace con un artículo  colosal. Yo sé que algunos no lo entenderán; quizá piensen que no se puede exigir el heroísmo a todo el mundo, que no vale la pena jugarse la vida de esa forma... Qué se yo. Hay tantos argumentos para dar la espalda a lo que Dios pide...
¿De qué estoy hablando? Leed el artículo; está aquí

jueves, 4 de julio de 2019

Brindemos, globeros



Hace mucho que no ponía un flash Mob aquí. Como hoy no estoy para demasiadas reflexiones, os dedico este brindis de "La traviata". Es divertido comprobar cómo los rostros serios, incluso huraños, de  la gente se van iluminando con sonrisas y cómo aparecen centenares de teléfonos móviles para captar la escena.
Brindemos, amigos, siempre alegres. No nos pongamos serios nunca. Lo dice San Pablo y yo le tomo prestada la cita: "diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum". O sea, todo es para bien si amamos a Dios.

miércoles, 3 de julio de 2019

Salir del congelador



Dicen que han salido del armario. ¿Del armario o del toril? Porque, la verdad, emergieron con tanta fiereza y agresividad que uno no sabe qué pensar, se asusta un poco y se refugia en el burladero por si las moscas.
Yo los veo por la tele, o sea a distancia, como en San Fermín; y, al contemplarlos, tengo sentimientos contrapuestos. Por una parte me produce cierta repulsión tanta carne sudorosa bajo el sol sobre el asfalto recalentado de la ciudad. No es un espectáculo agradable a la vista. Deben estar muy irritados, y quizá también algo colocados, para participar en semejante evento. Por otra parte no puedo dejar de admirarlos un poco. Dicen que están orgullosos de ser como son y, para demostrarlo, han abierto las puertas de chiqueros en todo el planeta y se han lanzado al ruedo de la Villa y Corte. La alcaldía les da la bienvenida, más que nada por la pasta, aunque dejen las calles hechas un asquito.
He apagado la tele, no sea que el hedor cabalgue con las ondas hertzianas y llegue volando hasta mi casa. Sin embargo creo que he aprendido algo. Pienso que ahora mismo hay muchos —demasiados— católicos que deberían salir no del armario sino del congelador. Hablo de esos que tienen la fe en conserva, escarchada y casi sin vida. Alguien les convenció de que sus convicciones religiosas son algo íntimo, personal y recóndito que no es licito exhibir. ¿Hablar de religión en la mesa? ¡Qué indecencia, por favor! ¿Bendecir la mesa antes de empezar? Vale, pero que sea muy bajito, no sea que se enteren los comensales más cercanos y piensen que somos creyentes. ¿Utilizar expresiones como "hasta mañana si Dios quiere"? ¡Eso es cosa de viejas! Y, por supuesto, que no se nos ocurra tratar de acercar a un amigo a la Iglesia, hacer propaganda de la Confesión, recomendar un libro de lectura espiritual…
—¿Eso es todo?
—Eso es el comienzo. Lo importante es sentir el orgullo santo de ser cristianos. No necesitamos cabalgatas ni manifestaciones agresivas. Respeto siempre, por supuesto, a todos los que no han recibido el regalo gratuito de la fe; pero ese don inmerecido debe rebosar por todos los poros del alma. La fe, como la alegría, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho; tan sobrenatural, tan pegadiza y auténtica, que arrastre a otros por los caminos cristianos.
Ahora debería yo alargar esta reflexión llenando tres o cuatro pantallas más; pero esto es un globo que vuela con el viento, no un sermón.
 

martes, 2 de julio de 2019

Algo pasa en Molinoviejo

—¿Va a ser capaz de resucitar el blog desde Molinoviejo, donde nunca pasa nada?, me pregunta Raquel.
¿Cómo puedes decir que no pasa nada? Ahora mismo pasa una brisa nueva, recién nacida en la montaña. Pasa una pareja de tórtolas que se dejan ver por mis prismáticos, y se están acicalando para salir más guapas en la foto. Pasa la voz lejana de una mujer, que charla con alguien el otro lado del muro, y no  sabe que sus palabras llegan hasta aquí con toda nitidez.
Sentado en el jardín con Scripta theologica en la mano, un sombrero Panamá en la testa y un botellín de agua a mi diestra, veo pasar la vida y recuerdo aquel poema de Juan Ramón Jiménez


—No era nadie. El agua.
—¿Nadie?
¿Que no es nadie el agua?
—No hay nadie. Es la flor.
—¿No hay nadie?
Pero ¿no es nadie la flor?
—No es nadie. Era el viento.
—¿Nadie?
¿No es el viento nadie?
 —No hay nadie. Ilusión.
—¿No hay nadie?
¿Y no es nadie la ilusión?


Por la mañana he ido a la ermita. Tenía mucho que pedir, pero nada más encender la luz lo he olvidado todo. He sacado esta foto y me he limitado a contemplar la imagen. Yo sé que es posible rezar sin palabras. Algunas veces basta con mirar y saber que la Virgen nos devuelve la mirada.  Ella recuerda muy bien lo que había pensado decirle y me responde que sí, que no me preocupe. 
Y es que en Molinoviejo pasan muchas cosas incluso cuando algunos piensan que no pasa nada.

lunes, 1 de julio de 2019

El autillo



He vuelto a la casa antigua de Molinoviejo. Mañana, si Dios quiere, podré acercarme a la ermita para saludar a la Virgen. La echaba de menos. He vivido con ella muchos meses, pero desde que recuperé mi condición de cura urbano sólo he podido rezarla mirando su estampa.
Llegué anteayer a primera hora de la tarde. Me hacía ilusión sentarme un rato largo en el jardín, a pesar de la ola de calor y, con los prismáticos al cuello, ir saludando a cada uno de mis pájaros de junio: el pinzón marcando su territorio con su machacona melodía, el huidizo chochín, los ruiseñores, las oropéndolas, quizá alguna bandada de abejarucos…; pero algo iba mal: el jardín olía a rastrojo quemado, el aire no tenía la transparencia de otras veces y el sol apenas dejaba pasar sus rayos a través de una bruma sucia. Los pájaros guardaban silencio o se habían esfumado.
Como es lógico pensé en un incendio, y hasta traté de localizar su origen haciendo un barrido del horizonte con los prismáticos. Al fin, gracias a mi amiga Siri, me enteré de que la humareda provenía de la provincia de Ávila, donde los bomberos habían logrado controlar un fuego que ya había calcinado cientos de hectáreas.
Estaba solo en la casa y me permití el lujo de acostarme pronto creando una corriente de aire templado que no me sirvió para conciliar el sueño. Hasta que oí el canto del autillo.
El autillo es un búho diminuto que vive en bosques y jardines. Es difícil verlo durante el día, porque se mimetiza con la corteza de los árboles. En cambio cuando el sol desaparece, nos regala un silbido rítmico y pertinaz como un metrónomo preciso que acompasara los latidos de la noche. A algunos ese silbo les irrita y les hace perder el sueño. A mí suele producirme el efecto contrario, me adormece.
Hoy me he propuesto localizar a la pareja de autillos. Sospecho que no están lejos de la ermita. Ojalá canten su serenata a la Virgen todas las noches y me despierten de vez en cuando para poder acompañarlos.