miércoles, 25 de noviembre de 2009

Caminar en Madrid


Hace años, cuando vivía a doscientos metros del viejo Aldeafuente, donde trabajaba como capellán, solía salir de casa diez minutos antes de que empezaran las clases y me permitía el lujo de llegar al cole a pie.

Por el camino saludaba siempre a las mismas personas: al portero de la finca, a un guarda de seguridad, al del quiosco de los periódicos, a la vendedora de chuches y a las madres que iban llegando con los niños y el carrito del supermercado.

Los olores también me eran familiares. Nunca me resistí al aroma cálido y hogareño de la panadería. Al llegar a su altura cambiaba de acera y amainaba un poco el paso. Por aquella época yo había dejado de fumar y reestrenaba una sensibilidad olfativa que el tabaco me había atrofiado durante veinticinco años. No os riáis: aprendí a distinguir a las personas y a las familias enteras por el aroma del jabón o de la colonia que utilizaban en casa. Y las niñas que fumaban un pitillo a escondidas en el lavabo lo tenían difícil conmigo: casi era capaz de distinguir la marca del cigarro dos horas después de cometido el delito.

Todo esto, por desgracia, ya pasó. Ahora vivo a cuatro kilómetros del mismo lugar y a cinco del centro de la Obra que atiendo en el Barrio de Salamanca. No me quejo. Tengo un cochecillo urbano y peleón que se conoce todos trucos del tráfico y que además me sirve para preparar las charlas o meditaciones mientras ruedo hacia mi destino; pero ya apenas puedo callejear por Madrid.

Es cierto que los domingos uno siempre puede dar un paseo por los alrededores; pero eso tiene poca gracia: los comercios están cerrados y la ciudad pierde su carácter. Además, ¿qué pinto yo paseando sin rumbo fijo como un jubilado cualquiera? A mí me gusta ir a algún sitio concreto, porque tengo que ir, y caminar a buen ritmo sintiendo en la cara el frío seco de las madrugadas entre aromas de café y de cruasanes recién salidos del horno.

Es lo que he hecho hoy. Sabía que llegaría tarde, que debería coger el coche y pelear con las zanjas municipales como cada día; pero me he puesto los zapatos voladores y me he lanzado a la calle camino del barrio de Salamanca.

En resumen: ocho kilómetros y medio de paseo; tres conversaciones callejeras, que no contaré, porque luego decís que me lo invento todo; cuatro rosarios, o mejor dicho, las cuatro partes de un único rosario. Y, al regresar a casa, un chaval de 15 ó 16 años con cara de bueno, trataba de liarse a mano algo que parecía un porro, sentado en uno de los bancos del parque.

—¿Quieres que te ayude?

Se puso colorado. Se conoce que, en efecto, era un porro.

—Tú verás lo que haces; no te servirá de nada. Además la boca te olerá a diablos.

—No, si yo no…

Por la tarde, ay de mí, he tenido que coger el coche.

13 comentarios:

Bernardo dijo...

La proliferación de coches diésel en Madrid han hecho el aire mucho menos respirable que antes.

Esta mañana he salido del Metro en medio de un atasco mañanero, y se me ha cortado la respiración del humo de los coches.

chon dijo...

D. Enrique, cada vez me gustan más sus comentarios. Y no le digo más para no alimentar su ego.

chon dijo...

Eso de que reconoce a las familias por el jabón que usan me deja un poco intranquila. Yo no tengo casi olfato y la gente que sí lo tiene me da un poco de prevención.

angel miquel aymar dijo...

Debiera contar lo de los 3 encuentros por la calle. Aunque sean inventados (que no lo son) seguro que son buenos.

Juana la Loca dijo...

Ay Madrid, mi Madrid! Que daría por caminar tempranito otra vez, por las calles recién estrenadas, con el sol desperezandose, el aire frío en la cara y el cielo.... Mas que azul. Los olores son un mundo: bollerías, talleres, la boca del metro, el quiosko de prensa, el mercado, la pescadería.... A veces basta con cerrar los ojos e imaginarlos y enseguida los tienes presentes. Otros tiempos, otras sensaciones.

Isa dijo...

Eso es lo que envidio de las ciudades grandes: las grandes distancias, ¡hay que ir en coche a todos lados! A mí me encanta caminar, encontrarme con gente...y gracias a Dios, excepto para ir al trabajo, lo puedo hacer. Sobre todo ahora que llega Navidad y todo huele a Navidad y hay tanta gente en la calle...
Me hace mucha gracia lo del chaval del porro, ya me imagino su cara...jejejeje...

Kike dijo...

Buena idea aquello de "¿Quieres que te ayude?". Me la copiaré cuando esté en una situación similar.

Almudena dijo...

Pero, ¿De qué pasta está ud. hecho?... después del palizón de la caminata le queda humor para vacilar al chico!. Pobre chaval, con lo difícil que es encontrar un buen escondite para hacer lo que no se debe...

ann dijo...

D. Enrique, estos comentarios ordinarios de cada dia, me encantan, eso si es sacar jugo a la vida cotidiana.

Hoy tengo mis platicas con mis seis muchachitas, y les prometi "El Belen que puso Dios", seguro que les encantara.

Gracias por compartir sus escritos.

INÉS dijo...

Usted cuente sus historias que ya somos mayorcitos paracreérnoslas o no.
Lo del porro...nunca me habría atrevido.Creo que a usted la sotana le hace de escudo...me parece.

Lupi dijo...

Yo tengo la suerte de trabajar a 15 minutos del trabajo...Pamplona es así.Lo malo es que el lunes entro a formar parte de la mayor empresa de Espana: el INEM.Crisis what crisis?

JUANMA SUÁREZ dijo...

Don Enrique, ¡¡no me diga que usted sabe liar porros!! Jajajaja. ¿Qué hubiera hecho si el chaval le hubiera respondido que sí?

Yo tengo la suerte de que las pocas veces que voy a Madrid lo hago de visita, y es cierto que las ciudades son para caminarlas. Me gusta de Madrid el que uno no se siente nunca extranjero. Yo, que soy de ir a todos los lugares andando, aquí en Sevilla lo tengo fácil. En Madrid..., hay que "currárselo" un poquito..., pero sienta bien eso de navegar entre la marea diaria de la gente...

Kike dijo...

Juanma: si le hubiera dicho que sí, no dudo de que mi tocayo lo hubiera "ayudado" a salir del vicio. Es que ese es el truquito de la pregunta que le hizo, ¿vio?: "¿Quieres que te ayude?".