lunes, 29 de marzo de 2010

Del diario de Lázaro

La tumba de Lázaro

Cuando pasen los siglos, nadie hablará de mí como discípulo de Jesús de Nazaret. Dirán solamente que fui su amigo. Me llamo Lázaro, tengo veintisiete años y acabo de volver. Cristo me ordenó que regresara del Sheol y en un segundo quedé libre de las ataduras de la muerte.

No voy a hablar ahora de ese milagro, que yo mismo no sabría explicar. Prefiero escribir solo unas líneas sobre mi amistad con Jesús. Pertenezco a una familia rica e influyente. Mis padres nos dejaron como herencia una gran hacienda llamada Betania en las afueras de Jerusalén y aquí vivimos, aún sin familia propia, mis dos hermanas y yo, que soy el más joven.

Al evocar ahora mi vida, me recuerdo siempre enfermo, con fiebres intermitentes que me dejaban postrado durante días e incluso meses. Marta y María me han cuidado como a un hijo pequeño. Nunca he sido el hombre fuerte de la casa. La mayoría de los médicos decían que moriría pronto, y, ya veis, no se equivocaron del todo.

Cuando Jesús vino por primera vez a Betania, Marta, lo recibió con todos los honores. Aún no lo conocíamos más que por el testimonio de algunos campesinos. Tal vez por eso Marta parecía tan nerviosa preparando lo necesario para él y sus acompañantes. Al parecer mi hermana mayor se enfadó un poco con María cuando vio que la pequeña se había quedado embobada a los pies del Señor, pero Jesús arregló el problema pidiendo que se sentaran las dos juntas para escucharle. Aquello era más importante.

Yo estaba en una habitación contigua, tumbado sobre un lecho especialmente construido para mí. Jesús vino a verme, me impuso las manos y me hizo una extraña pregunta:

—¿Quieres curarte?

—Llevo así muchos años —le respondí—. Sé que voy a morir.

—Esta enfermedad no es de muerte, sino de vida —me dijo entonces—. Aún la sufrirás algún tiempo, pero un día sanarás definitivamente.

Al atardecer, como me encontraba mejor, salimos a pasear entre los olivos y Jesús me habló de su muerte que tendría lugar en Jerusalén.

—Para entonces —me dijo— tú habrás recuperado del todo la salud, pero esa curación acelerará mi partida de este mundo.

Yo, que no entendía casi nada, le dejé hablar y desahogar su tristeza. Me habló de su Madre, María:

—Aún debe padecer mucho antes de recuperarme del todo.

De José, ya fallecido en Nazaret, que le enseñó el oficio de artesano.

—Fue siempre mi padre y señor, y lo seguirá siendo cuando nos volvamos a encontrar en la morada definitiva.

Era ya noche cerrada cuando me atreví a hacerle una pregunta:

—¿Por qué me cuentas todo esto?

Se le habían llenado los ojos de lágrimas mirando las luces de Jerusalén.

—El Hijo del hombre también necesita un amigo y un confidente en la tierra.

Hoy sé que Jesús está a punto de padecer en Jerusalén. Mi hermana, María, también lo sabe y ha preparado un perfume de nardo para derramarlo a sus pies cuando venga esta tarde a almorzar en mi casa. Tendremos muchos invitados; la mayoría sólo quieren ver si es cierto que Lázaro está vivo, que he recuperado el color y la fuerza que nunca tuve.

Desde que soy amigo del Señor, y sobre todo desde que salí del sepulcro, ya no necesito estar a su lado para conversar con él. Me habla siempre y yo le escucho. Por eso, mi alma, como la de Jesús, ahora está triste hasta la muerte. Deseo morir por segunda vez para acompañar a mi amigo hasta la casa del Padre.



20 comentarios:

Almudena dijo...

Gracias

Anónimo dijo...

:)
gracias!

elektrocrash dijo...

qué lindo... impresionante!

Marite dijo...

Muchas gracias

Marite

Anónimo dijo...

Yo tambien digo : "muchisimas gracias",con gente como Vd ¡que gusto da!. Anonima borriquilla

Anónimo dijo...

Muchas Gracias D.Enrique!!! porque nos ayuda a hacer Oración y porque le ha ganado hoy muchos amigos nuevos al Señor.
(y si no es mucho pedir... encomiéndeme un poquillo para que éste nuevo año que cumplo hoy lo sepa exprimir como Dios manda)
Gracias por adelantado.
Beatriz.

Maria dijo...

Maravillosa solución al conflicto Marta-María: las dos sentadas a escucharle, ¡es lo más importante!
Y el gesto de María, y la necesidad del Señor de tener un amigo con quien tener confidencias, y la referencia a San José, su padre y señor, y tantas cosas sobre las que meditar,...
Muchas gracias Don Enrique, ¡cuánto nos ayuda!

Carlos G. dijo...

¡Que voy a decir! Gracias

Anónimo dijo...

Yo también quiero ser un personaje más de los que acompañaban a Jesús. Esto me ayuda y me hace rezar mejor.
Gracias D. Enrique.

Emilio Muñoz dijo...

¡¡Protesto!! Lázaro era un tío fuerte, pero se le cayó una teja a la cabeza en plan Ben-Hur!! o tal vez un burro le pegó una coz en toda la cara. O quizá le dio una insolación recogiendo olivas, para una cena. Qué se yo...

AleMamá dijo...

Le ha puesto carne a un descarnado Lázaro que yo tenía EN MENTE. También lo ha puesto más jóven y enclenque, pero la amistad con Jesús me ha conmovido.

Nuevepornueve dijo...

Ya estoy impaciente por leer lo de mañana...
Gracias!

GAZTELU dijo...

GRAN ENTRADA!!!!
Gracias

Anónimo dijo...

Gracias. Yo le suelo decir al Señor que quiero ser a la vez Marta y María, madre de familia, apóstol y contemplarlo, sentirlo cerca en cada mometo del día.

Andrés dijo...

Veo que llego algo tarde, muchas gracias D.Enrique.


Un saludo

Isa dijo...

Gracias.
Qué bueno es ser amigo de Jesús; consolarle, ofrecerle la vida y nuestro corazón, para que encuentre un sitio donde descansar...

Nico dijo...

Yo también protesto. Lázaro tenía 33 años. Era amigo de Jesús desde la infancia. Sus hermanas eran algo mayores y Jesús las conoció en casa de su amigo, quedando ellas prendadas de su espiritualidad y sus enseñanzas. Por eso cuando Lázaro murió, moría también una parte de Jesús, por eso lloró por su amigo del alma. Era distinto del caso de San Juan Bautista, que tenía que eclipsarse para que Jesús brillara. Lázaro era necesario para que Jesús llegara al cenit. Con su revivir Jesús nos dice que El es la resurrección y que sus amigos no morirán jamás.

Lázaro dijo...

Emilio y Nico: ya veo que habéis pensado mucho en mí y en el pasaje del evangelio que habla de mi muerte y resurrección, pero os equivocáis. Este diario es auténtico. Siempre fui un muchacho enfermizo. Por eso Marta llevaba las riendas de la casa y no yo como habría sido lo correcto.
Lázaro

encarna dijo...

Gracias!

Anónimo dijo...

gracias a dios que te dio ese don para dar a los demas mucha fe dios te bendiga