miércoles, 12 de diciembre de 2007

Plantón

Abejaruco


La mendiga de la lata me ha dado plantón.

Juanito, mi amigo esquizofrénico que conoce y tal vez controla a todos los mendigos de la zona, me dice que se llama María y que no es de aquí, que ha venido de Usera, pero tampoco está muy seguro. Luego me pide un euro porque tiene que tomarse las pastillas y no es bueno hacerlo con el estómago vacío.

—¿Y qué te vas a tomar con un euro.

—Un bocadillo de chorizo y un vino.

Juanito es honrado. Mete la mano en el bolsillo y la saca llena de monedas para que compruebe la recaudación del día. Añado el euro que estaba destinado a María, y me pega una palmada cariñosa en la espalda.

—Gracias, padre. Ya somos amigos.

—Vale, pero tómate las pastillas…

La anécdota no da más de sí. Mañana traeré el segundo capítulo de El belén que puso Dios

martes, 11 de diciembre de 2007

La lata



A veces, cuando tengo un rato libre a media mañana, me acerco al Corte Inglés de la calle Serrano, que está a dos manzanas de mi lugar de trabajo. Nada más entrar hay una gran librería donde uno puede olisquear los libros recién llegados sin molestar a nadie. Ayer volví a visitarla a pesar de que la cercanía de la Navidad ha multiplicado el número de visitantes y resulta menos grato el paseo. Estuve diez o quince minutos y salí sin comprar nada, como casi siempre.

Entonces vi a la nueva mendiga. Yo creo que acababa de llegar, porque hasta ese momento no me había percatado de su presencia. Sentada sobre una manta sucia, a pocos metros de la puerta, golpeaba una lata con un objeto metálico para atraer la atención de los viandantes. Me detuve en seco para contemplar la escena antes de que me viera.

No tendría más de cincuenta años, pero parecía una anciana. El pelo, medio teñido de rubio con raíces de tonos indefinidos, dejaba amplias calvas irregulares por toda la cabeza. El color de su rostro me pareció enfermizo, pero sus ojos no. La mendiga miraba con viveza a cada persona que pasaba a su lado mientras hacía sonar la lata como una campana rota. Casi nadie le devolvía la mirada, solo los niños.

Recuerdo me vino a la cabeza la expresión “dar la lata”. Sí, eso es lo que hacía aquella mujer.

Me fui acercando mientras buscaba un euro en el bolsillo, pero me había dejado el dinero en la cartera, y la cartera estaba en el coche. Traté de huir, pero ya era tarde. La mendiga golpeó la lata y me miró.

—Dame algo.

—Me he olvidado el dinero.

—Entonces dame un rosario.

—¿Para qué lo quieres?

—Para que me dé suerte. Estoy muy mala.

—¿Qué tienes

—Lucemia.

Aún hablamos un rato más. Le di el Rosario y le expliqué cómo podía utilizarlo. Hoy hemos quedado en el mismo sitio a la misma hora, pero quizá no venga.

lunes, 10 de diciembre de 2007

El Belén que puso Dios, 1

Empiezo una semana complicada que culminará el jueves con un viaje a Bilbao y a Asturias. Como tendré poco tiempo para bloguear y para que esto no decaiga, he pensado ir publicando algunos capítulos de "El belén que puso Dios" con dibujos de Hortensia Nuñez Ladevece y de Giorgio del Lungo.
Aquí está el primero.


Al principio quiso Dios poner un belén, y creó el universo para adornar la cuna.

Primero inventó el tiempo, y lo dividió en meses, en semanas, en días. Los días estaban formados por millones de años, que son como instantes para Dios.

Y empezó su trabajo.

Hizo el cielo, y lo llenó de estrellas y de pájaros.

Hizo la luz, y luego el sol (así lo cuenta la Biblia, aunque parezca raro), y encendió una lámpara blanca en la noche para que se viera bien la cara de Jesús; no fuesen a equivocarse los ángeles de la Nochebuena.

Hizo las montañas, tan auténticas que parecían de corcho, y las coronó de águilas y de nieve.

Hizo mares y océanos de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos.

Después llamó a la más pequeña de todas las estrellas (apenas tenía 6 millones de hipergigavatios), y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para que, miles de siglos más tarde, parpadeara sobre las playas de Arabia a la vista de los Magos de Oriente.

Todo esto no fue muy difícil para Yahvé. Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado, y alfombró de musgo las orillas de los ríos. También hizo crecer los árboles, que, al desperezarse, agitaron el aire y formaron la brisa y los vendavales. Ahora dicen que es el viento quien mueve los árboles y no al revés, pero esto habría que demostrarlo.

Del viento nacieron las dunas y la música primera del campo.

Luego Dios hizo una pausa, y pensó dónde poner su belén. Y decidió que en Belén. Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavanderas, los pastores... Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos... Cientos de vidas para crear cada vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida en la postura exacta del belén de Dios.

Pensó en su Madre: toda la eternidad soñó con Ella. Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que había de brotar a su tiempo.

Igual que un artista que persiguiera tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios. Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre. Hasta que un día nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, su obra maestra. Y la colocó en el belén junto a la cuna, con Jesús, que, por ser sólo de María, era su vivo retrato.

Y vio Dios todo lo que había hecho. Y era muy bueno; más aún, estupendo. Y tanto le gustó que decidió transmitir en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres de la historia, y a todos los corazones que tuvieran sitio para un belén. Así inventó la Navidad.

La Navidad no es un aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es sólo un sentimiento. Es el día en que Dios pone un belén en cada alma. A nosotros sólo nos pide que le reservemos un rincón limpio; que nos lavemos las orejas para oír el villancico de los ángeles en la Nochebuena; que nos quitemos la roña acumulada, acudiendo al estupendo detergente de la Penitencia; que abramos las ventanas y miremos al Cielo por si pasaran de nuevo los Magos; que son verdad, que existen, y vienen siguiendo la estrella de entonces, camino del mismo portal.

Aunque tal vez veamos sólo a un matrimonio joven de inmigrantes que acaban de llegar a la ciudad. No traen el borrico, porque la especie está en peligro de extinción, sino una moto desvencijada que sabe Dios cómo sigue funcionando todavía. No encontrarán sitio en los hoteles, y ella deberá dar a luz en el Metro. Difícil lo tendrá la estrella para entrar allí abajo y situarse en el andén sin permiso de la policía municipal.

Si pasan por tu puerta, no les digas que tienes la casa llena de huéspedes. Ellos se conforman con el establo de tu corazón. Ábreselo de par en par, y, como es Navidad, dispónte a jugar a muñecos con María. Déjame que te acompañe: te prestaré el corcho de las montañas, mi castillo de Herodes, un borrico con la oreja rota, la plata para el río y un racimo de ángeles, que nos enseñarán canciones de cuna para el Niño del pesebre.


domingo, 9 de diciembre de 2007

Juan Diego


Hoy
la Iglesia celebra la fiesta de San Juan Diego, el indito mexicano al que la Santísima Virgen regaló un bellísimo retrato y lo grabó en su tilma. Ese retrato se venera desde entonces con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe.

El próximo día 12 volveremos todos, al menos con el deseo, a La Villa, la Gran Basílica donde late el corazón de México. Allí está la primera evangelizadora de América, la que hizo posible el milagro de la reconciliación entre conquistadores y conquistados.

Esta mañana he recibido este vídeo en mi correo. Me lo mandan desde México y, naturalmente, no puedo dejar de ponerlo. Por cierto, si aquí llegó a las 8,30, eso significa que mi amigo mexicano lo envió a las 2 y pico de la madrugada.

¿Qué hacías todavía despierto a esas horas?



sábado, 8 de diciembre de 2007

El divorcio perjudica el medio ambiente



He encontrado a Kloster extrañamente eufórico:

—Colega, acabamos de dar un paso de gigante para erradicar el divorcio.

Sin darme tiempo a rechistar me pone un periódico delante de las narices y lo abre por la sección de “Ciencia y Tecnología”. Allí leo lo que sigue:

WASHINGTON. El aumento de los divorcios en todo el mundo tiene un impacto negativo para el medio ambiente, según asegura un estudio publicado en los Estados Unidos. Tal afirmación se basa en el hecho de que «el divorcio generalmente provoca el traslado de uno de los ex cónyuges y la creación de un nuevo hogar, por lo que hay un aumento de los terrenos y materiales dedicados a la vivienda», tal y como sostienen investigadores de la Universidad del Estado de Michigan. Estos últimos constataron que las tasas de divorcio más elevadas «condujeron a un aumento del número de hogares» y eso supone más derroche energético.

Sin darme tiempo para leer el segundo párrafo, Kloster remacha:

—¿Lo ves? Lo dice la prensa, o sea que a lo mejor es verdad. Nuestros amados líderes se disponen a suprimir el divorcio.

—¿Tú crees?

—Desde luego. ¿No has leído que, en la próxima legislatura, la lucha contra el cambio climático será “una prioridad insoslayable”?

—Sí, pero no me parece que…

—Si no suprimen el divorcio de alta velocidad, moriremos abrasados.

Y, ante mis gestos de incredulidad, Kloster toma de nuevo el periódico:

— Mira, chico, a ver si te enteras: en el año 2005, los hogares de divorciados estadounidenses gastaron un 56% más de electricidad y agua por persona que los hogares de casados, y utilizaron un 61% más de recursos energéticos por persona que antes de su separación. Si los hogares de divorciados funcionaran con una eficiencia similar a la de los hogares de los casados, en Estados Unidos se hubieran podido ahorrar «más de 73.000 millones de kilovatios/hora de electricidad y 2, 3 billones de litros de agua», añade el estudio, publicado en la revista científica «PNAS».

—Bien, ¿y qué concluyes de todo esto?

—Concluyo que a los que han elaborado este informe les importa un rábano el divorcio y sus repercusiones en las familias, en los hijos y en la sociedad en general. El mundo es consciente de que el divorcio ya no es un remedio para situaciones límite —así se nos vendió la ley—, sino una banalidad. La mentalidad divorcista ha creado un matrimonio frágil y quebradizo, que a su vez multiplica los divorcios y contribuye a trivializar de la sexualidad y el amor. Todo esto constituye una de las mayores lacras de nuestro siglo, que ya nadie niega. Sin embargo tampoco resultaba fácil atajar el problema. Ahora, por fin, descubrimos cómo hacerlo.

—O sea, con el cambio climático.

—¡Evidente, mi querido colega! Contratemos a esas lumbreras de Michigan para que vengan a España. Estos muchachos han escrito que « una persona en un hogar de divorciado genera más residuos (sólidos, líquidos y gaseosos, como los gases de efecto invernadero) que contribuyen a las transformaciones del medio ambiente mundial, como el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad». De hoy no pasa: voy a escribir a la ministra de medio ambiente para que tome medidas cuanto antes. La neurosis meteorológica al fin servirá para algo.

—No te fíes. Lo más probable es que se limiten a crear un impuesto ecológico para compensar el daño medioambiental. Claro que si pudiéramos hacer algo semejante con el aborto…

—Por supuesto. Y con más razón. A los abortistas parece traerles sin cuidado que esos “desechos orgánicos” que incineran después de sus carnicerías sean, en realidad, pequeños cadáveres humanos. Un güisquicito a media tarde tranquiliza bastante la conciencia. Pero ya verás cuando los chicos de Michigan les digan que están contaminando la atmósfera. ¡Se les caerá la cara de vergüenza!

—No sé, no se…

9 poemas para una Novena (IX)


Solemnidad de la Inmaculada Concepción


Aquel alumno de bachillerato empezaba a estar harto de su profesor de lengua y literatura, un personaje que, al parecer, sufría algún tipo de fijación sexual, ya que no pensaba en otra cosa y le gustaba amenizar las clases con chistes subidos de tono y procacidades cada vez más explícitas vinieran o no a cuento. Los chicos, naturalmente, le reían las gracias, pero no todos.

En cierta ocasión preguntó si alguien podría recitar de memoria una décima o espinela. Aquel alumno pensó que había llegado el momento de dar la nota. Levantó la mano, se puso en pie y, muy lentamente, mirando a los ojos del profesor, recitó una décima perfecta y bien conocida.


Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea,
en tan graciosa belleza.
A Ti celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día,
alma vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.


Se hizo un silencio denso e incómodo. El profesor carraspeó y cambió rápidamente de tema.

Hay centenares de poemas dedicados a la Virgen. La mayoría son ingenuos, llenos de ripios, de entusiasmo y de piedad auténtica. Hay oraciones en verso, canciones, villancicos, himnos litúrgicos, sonetos de factura clásica y largos romances populares. También hay, gracias a Dios, grandes poetas actuales que siguen cantando a nuestra Madre: en esta Novena he incluido a Miguel D’Ors, a Joaquín A. de Peñalosa, a Luis Rosales, a Gerardo Diego…

Hoy celebramos, al fin, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, pero hasta que llegue la Navidad, seguiremos en tiempo mariano. La Virgen María está embarazada y hay que acompañarla hasta Belén. Algo haré yo también desde este blog.




viernes, 7 de diciembre de 2007

9 poemas para una Novena (VIII)


El NACIMIENTO DEL SEÑOR
(Luis Rosales)

Inmaculada tú, Virgen María,
cándido huerto, celestial princesa
mirada por la luz de la promesa,
morena por el sol de la alegría.

¿Qué arroyo te ha enseñado la armonía
de tu paso sencillo, qué sorpresa
de vuelo arrepentido y nieve ilesa
junta tus manos en el alma fría?

¿Qué viento turba el monte y le conmueve?
Canta su gozo el alba desposada,
calma su angustia el mar antiguo y bueno;

la Virgen a mirarle no se atreve,
y el vuelo de su voz arrodillada,
canta al Señor que llora sobre el heno

Obispo despistado

Creo que sobran los comentarios.

jueves, 6 de diciembre de 2007

9 poemas para una Novena (VII)

Hoy reproduzco un delicioso villancico de Juan del Encina (1469-1529), poeta, músico y gran dramaturgo, patriarca del drama español. Casi todos sus poemas están compuestos para ser cantados.


Quien tuviera por señora
la Virgen, Reyna del cielo,
no tema ningún recelo.

Que a los flacos coraçones
con su gracia torna fuertes,
haze vidas de las muertes
y es llave de las presiones;
quien de sus consolaciones
alcançare algún consuelo
no tema ningún recelo.


Siempre bive sin tristura
quien le tiene devoción;

da muy gran consolación
la vista de su figura;
el que servir la procura
con amor, en este suelo,
no teme ningún recelo.

Fin

A quien ella da osadía
no teme ningún temor
y si tiene algún dolor
se le buelve en alegría.
Señora, Virgen María,
consuela mi desconsuelo,
no tema ningún recelo.