Tengo una mochila con 15 bolsillos.
Siempre he sido muy partidario de la mochila. Bastante antes de que se pusieran de moda yo ya iba dando la nota por la calle a pesar de las paternales admoniciones de mis colegas:
—¿Estás seguro de que un cura honrado como tú puede ir con semejante adminículo?
Yo les respondía que la mochila es una prenda ortopédica, que ayuda a mantenerse erguido, permite caminar moviendo los brazos como mandan los expertos y reparte el peso tan sabiamente que uno llega a olvidarse de que lleva encima cuatro o cinco kilos más.
—Además —añadía—, muy pronto se pondrá de moda. Todos la llevaréis.
En una buena mochila cabe lo necesario para tres días de viaje, desde el ordenador hasta el cepillo de dientes, pasando por los libros de cabecera, la ropa imprescindible y los prismáticos pajareros.
Sólo le veo un inconveniente, sobre todo para personas tan despistadas como yo mismo: la puedes llevar abierta y ni te enteras. Con alguna frecuencia alguien me lo hace notar por la calle. Hasta ahora, gracias a Dios. ningún caco urbano ha caído en la tentación de meter la mano hasta el fondo y llevarse las gafas de sol o el poemario de Rocío Arana.
El problema se agrava con la mochila que uso ahora: es grande, capaz, cómoda y doctamente diseñada; pero tiene 15 bolsillos. Demasiados. Todos los días pierdo algo en las profundidades de mi zurrón, y casi siempre, cuando hurgo a conciencia en cada uno de los 15 bolsillos, encuentro mucho más de lo que busco: aquellas llaves que perdí el mes pasado, el ratón del ordenador, un peine…
Hoy mismo, buscando unas medicinas que compré ayer, he encontrado tres bolígrafos, un rotulador azul, un búho al que di por perdido hace meses y un carné de la Sociedad Española de Ornitología. ¿Veis por qué me siento feliz?
Mi vida, amigo Kloster, se parece a una mochila con quince bolsillos y treinta agujeros. La llevo al hombro y pesa, pero casi no se nota. Es una existencia llena de pequeñas sorpresas, de hallazgos inesperados, que convierten la vida ordinaria en una pequeña aventura extraordinaria.
(Por cierto, las medicinas no estaban en la mochila. Creo que me las he dejado en la farmacia).









