viernes, 23 de octubre de 2009

Libros voladores


Hay aves escondidizas que se complacen en desconcertar al pajarero. Se ocultan Dios sabe dónde y nos llaman con un silbo provocador para que tratemos de encontrarlas. Cuando uno cree saber dónde se esconden, cambian de rama o de árbol y recomienzan su juego.

Hace años yo tenía un oído fino y preciso. Cuando oía el silbido de un pájaro, sabía exactamente de dónde procedía y a cuántos metros había sido emitido. Por desgracia ya no es así; ahora sigo captando los sonidos del campo, pero mi radar no acierta con la posición y las distancias.

Algunos libros usan el mismo juego. Son libros voladores que me llaman desde la estantería y luego se esfuman. Me ocurre constantemente. Ayer, por ejemplo, sentí la necesidad imperiosa de leer un poema; ¿cómo era? Hablaba de los pájaros que huyen, del otoño y quizá también de la muerte. Son unos versos de “la rama”, el último poemario que me dedicó Pedro Antonio Urbina. “La rama” está siempre aquí, en éste ámbito de diez metros cuadrados; nadie me lo quita, pero cuando oigo su llamada y me levanto en busca de un poema, nunca está.

Ayer, lo reconozco, me enfurecí, no sé si con el libro o con su autor. “¡Ya está bien de bromas!, le dije: necesito leer esa poesía". Y escudriñé cada uno de los rincones de mi habitación. A las once de la noche me acosté tras reconocer mi fracaso.

Esta mañana, nada más levantarme, “la rama” se me ha aparecido en la mesilla de noche, justo a la izquierda del despertador.

He hecho el ofrecimiento de obras, y he recordado lo que escribí yo mismo hace algunos meses; que Dios también juega al escondite con nosotros. Lo hace para que sigamos buscándolo.

Al final siempre es Él quien nos encuentra.

11 comentarios:

Isa dijo...

Qué curioso...ya veo que le pasan sucesos impresionantes...
Cierto, Dios juega con nosotros y se nos hace el encontradizo muchas veces...como buen Padre que es.

Carlos G. dijo...

Ay,los libros voladores! Qué experiencia la del esforzado bibliotecario que intenta mantener la suya ordenada y completa. Una lucha sin cuartel, abocada al fracaso. Curiosamente, no suelen faltar libros de poesía: una tragedia.

Isabel Riñón dijo...

Voy a ejercer de ave de mal agüero, sin irme por la rama: no ver lo que tenemos delante de los ojos es propio de la edad, no digo de qué edad... je!

Almudena dijo...

Según he leído su entrada, que me ha encantado, me ha venido a la mente el salmo
"en vano madrugáis a levantaros,
el descanso retrasáis
los que coméis pan de fatigas,
cuando Él colma a su amado
mientras duerme".
Me asombra la capacidad que tiene para recrear lo cotidiano. A lo mejor está un poco teniente, pero viene a ser como la ceguera de Borges o la sordera de Beethoven. Siendo así, sean bienvenidas las limitaciones...

Clara dijo...

Ya nos contará cómo era la poesía de marras, ¿verdad?
Me ha picado la curiosidad con esa imperiosa necesidad de leerla que tenía.

Felicitas dijo...

Ahora nos tiene que poner esa poesía, sino nos quedaremos con las ganas.
El próximo día le dice a su angel que le ayude a encontrarla y sino, lo pone de cara a la pared.

Boo dijo...

Yo creo que lo de no ver lo que tiene uno delante le puede pasar a uno a todas las edades, lo veo en mis hijos, en mí y en personas mayores que yo...Y,siendo malo, lo peor no es no encontrar los libros, sino no ver a los que tenemos alrededor, no entender lo que les pasa, no verse a uno mismo, y no ver a Dios.Y qué mal se pasa cuando parece que no se ve a Dios...

Laurita dijo...

Desde luego que es así. Yo, a veces, me desespero buscando a Dios, y cuando me despierto, también está junto a la mesilla de noche. Tener fe hace que le pasen a una cosas inexplicables.

Un saludo.

Marisa dijo...

Dios también juega al escondite con nosotros. Lo hace para que sigamos buscándolo.

Al final siempre es Él quien nos encuentra.


Gracias, D. Enríq. Me acaba de desvelar una incógnita que tenía desde hacía mucho tiempo. Data de mi adolescencia y era una cuestión sin resolver.

Yuria dijo...

Está bien eso de jugar al escondite que hace Dios. Yo también voy a jugar con mis seres más queridos.

Cierre los ojos y cuente veinte.

nico dijo...

A Dios también le gusta que nosotros juguemos al escondite (Mt 6,6). Porque en lo escondido nos ve mejor. Sólo se autoesconden los libros buenos, aquéllos que en su interior guardan una poesía.