Todo empezó cuando apareció el BIC, no me cabe duda. Hasta entonces escribíamos a lápiz, a pluma o a bolígrafo, pero no era lo mismo. El lápiz se consumía poco a poco a golpe de sacapuntas y, cuando quedaba reducido a la mínima expresión, le colocábamos en la popa una prótesis metálica para alargarlo y así aprovechar la mina hasta el final. La pluma (me refiero a la estilográfica, no me remontaré a las viejas plumillas de mojar) se llenaba en el tintero apretando y soltando el cargador que absorbía el azul elemento. Y el bolígrafo, que llegó en los años 50 con librea de lujo, capuchón dorado y cuerpo de baquelita lustrosa, se presentaba a sí mismo como “una pluma que no se carga”; bastaba con sustituir una vez al año el tubito del interior.
Así vivíamos felices hasta que llegó el BIC de usar y tirar. “¡BIC naranja escribe fino; BIC cristal escribe normal!”, cantaba la publicidad de la época. Y como eran baratos, interclasistas y fáciles de morder por la punta, reventaron el mercado en cuatro días. Jubilamos los tinteros, los secantes, los sacapuntas y los “alargalápices”. Los BIC se compraban, se prestaban, se robaban, se olvidaban… y nos cambiaron la vida.
Lo mismo ocurrió con los encendedores. En los años 60 el mechero era expresión del nivel social y buen gusto de quien lo poseía. Los más rústicos manejábamos unos chisqueros que apestaban a gasolina con plomo y ardían sin moderación con humo y todo. Pero también había mecheros de oro, de diseño, muy adecuados para encender galantemente el pitillo emboquillado de una dama en cualquier fiesta de alto standing, cuando fumar aún no era pecado. Hasta que llegó el BIC: un artilugio de plástico lleno de gasolina súper, con una rueda, una piedra y un regulador de la llama, y aquel ingenio elemental derrotó a la competencia en pocos meses. Entró en los despachos de los banqueros para encender montecristos, y bajó a los tugurios para prender las colillas de los menesterosos.

La revolución BIC nos transportó a un estado de euforia patológica. Fuimos poseídos por el síndrome orgiástico del estreno permanente. ¿Qué importa que el encendedor sea de plástico, si podemos inaugurar uno cada veinte días? Ayer era rojo, hoy amarillo, mañana azul celeste. ¡Viva la novedad! Ya nadie presume de llevar en el bolsillo un reloj de principio de siglo con más cicatrices que un torero, que sigue funcionando como si nada y toca las campanadas del Big Ben. Ya no nos apetec
e escribir cartas de amor con la pluma —experta en amores— que nos legó el abuelo. Ya no encuadernamos los libros viejos para conservarlos por generaciones. Ya no mandamos a limpiar o a reparar las maquinas averiadas.
Pronto comprendieron los fabricantes que a nadie le interesa tener en casa algo que dure “toda la vida”. ¿Quién necesita un ordenador eterno? ¿O una tele? Hay que renovar y renovarse sin freno. Hace tiempo que desapareció de los hogares aquel entrañable huevo de madera que utilizaban nuestras abuelas para zurcir calcetines. Los calcetines se usan y se tiran; eso es lo correcto. Ya lo dice IKEA: redecora tu vida, tío, que lo nuevo es bello y la arruga cutre. Tira a la basura lo viejo. O mejor, recicla. No hay bienes de uso. Sólo de consumo.
Y si un día, al mirarte por la mañana en el espejo, compruebas que tú también estás listo para el recicle o para el camión de la basura, disimula, que la cosa es grave: pínchate un poco de botox por aquí, otro poco por allá, y a resistir como un héroe: que nadie sospeche que tienes cien años, porque, para la generación de usar y tirar, los viejos son trastos rotos sin valor.

Sin embargo Su experiencia los hace sabios, y esa sabiduría es parte de su belleza. He dicho belleza, sí; no me he equivocado. No pidamos a los viejos que sean “marchosos” y “enrollados”. Que no hagan el ridículo, por Dios; que no caigan en la tentación de quitarse años, porque los años son parte importante de un patrimonio que nos pertenece a todos.
Este mundo nuestro necesita sosiego, calma, silencio, paz. Reclama la sabiduría de los viejos para que el vértigo de lo nuevo no nos haga morir de inmadurez.