sábado, 15 de noviembre de 2014

El talento del tiempo


Mañana, domingo, volveremos a leer en la Misa la Parábola de los talentos. Ya sabes, querido Kloster; un hombre se va al extranjero y entrega en depósito a cada uno de sus empleados unas monedas imaginarias —cinco talentos, dos, uno…— con el encargo de hacerlos rendir. A su regreso hay un juicio, un premio para los siervos que han hecho fructificar su capital y un castigo para el holgazán que lo ha enterrado.
Siempre me ha inquietado esta parábola por una sola razón: ¿cómo puedo saber cuántos talentos he recibido? Seguramente serán menos de los que yo me atribuyo, pero a lo mejor soy el siervo perezoso. ¿Y cómo distingo entre la holgazanería y la fatiga?
Además hay un talento que se nos escapa: el tiempo. Los años de nuestra vida están escritos desde que vinimos a este mundo. Son un pequeño patrimonio, pero no se nos permite saber a cuánto asciende. Lo único seguro es que la cuenta atrás no se detiene. Hay un cronómetro en el Cielo que va descontando los días hasta que llegue la hora de hacer balance.
Cuando leo esta Parábola suelo recordar uno de los primeros funerales que celebré pocos meses después de mi ordenación sacerdotal. Había fallecido un conocido financiero en Valencia y me pidieron que celebrara la Misa de exequias. Yo temblaba como una hoja al verme rodeado de tantos personajes importantes. Me parecían todos muy ricos y muy viejos. Quizá no era para tanto: yo tenía solo 28 años; pero, al verlos allí, ocupando las primeras filas de la iglesia, se me pasó el nerviosismo. Aquellos colegas del muerto eran mucho más pobres que yo: la moneda del tiempo se les deshacía entre las manos. Yo en cambio tenía un gran patrimonio, porque miraba al futuro sin miedo.
Aquel día hablé de los talentos que aún podían hacer rendir antes del juicio, y de la virtud de la Esperanza. Alguien me dijo al final que había sido un poco duro.
Seguramente lo fui: era demasiado joven.
 

8 comentarios:

Rocky Balboa dijo...

Si le dijeron que fue duro es que dijo muchas verdades. Y eso es propio de la juventud.

Isa dijo...

Jolín con Rocky, cómo se nota en qué bando está.

Lo del cronómetro no me ha gustado, me gustaría más que Dios se dijera: "todavía es muy petarda, voy a darle un poco de tiempo más, otra oportunidad"

Almudena dijo...

Ufff. ésto viene a ser como el pecado de omisión. Y los vagos como yo, temblamos. Siempre me pregunto si no será mucha cara confiar en la misericordia de Dios u otra forma sutil de pereza

Antuán dijo...

Eso de ser joven tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Piensas que haces mucho, que te quieres gastar por que tienes energías suficientes. Por que yo lo valgo! a medida que pasa el tiempo te das cuenta que has desaprovechado muchas ocasiones y podías haber hecho mucho más. Y te das cuenta ¡como no! que Dios no nos pide ser super héroes. Adiosle

Juanma Suárez dijo...

Me ha encantado, Almudena, esa frase tuya: "...confiar en la misericordia de Dios u otra forma sutil de pereza".

Es cierto que a los vagos nos entran temblores al pensar en este talento del tiempo, y me doy cuenta de que, conforme uno va cumpliendo años, tiene más presente eso. Últimamente siempre me parece que el quedarme cinco minutos de más en la cama los días de fiesta es como perder un tesoro que debería aprovechar estando activo... Luego viene el demonio y nos engaña con otras cosas.

Qué gran dilema, don Enrique, cuántos talentos tendremos que rendir..., ¡y cuántos no habremos ya desaprovechado! Al final nos queda la esperanza de la misericordia de Dios.

Papathoma dijo...

Entre ayer y hoy me han hablado al menos de dos talentos nuevos -o al menos ha sido un descubrimiento verlos como tales-: usted, del talento del tiempo; el sacerdote en la homilía, del talento del agradecimiento: dar gracias a Dios por todo lo que recibimos de Él y, a los demás, por tantas cosas buenas que hacen por nosotros. Y cuanto más agradecidos seamos, más gracias recibiremos (la segunda, tercera, cuarta...y todas las oportunidades que nos hagan falta)

Churrinche Oriental dijo...

¡Touché!

El drama está cuando uno estira la cuerda más de lo debido y acaba enfermándose... como dice el dicho, "el que se quema con leche, ve una vaca y llora". Después se genera un caldo de cultivo para la pereza que ¡madre mía! (Bueno, es cierto que para eso está el consejo de las personas prudentes).

La juventud es la edad de hacer esas cosas arriesgadas (que no malas) que luego a uno se le va a poner difícil hacer. No es lo mismo participar en un juego de una jornada en la Universidad cuando se es estudiante que cuando se es profesor... Ya ahí la cosa se pone más difícil.

¡Saludos!

yankee dijo...

Nunca antes había considerado el tiempo como un talento. Gracias por habernos dado este nuevo punto de vista.

Por cierto, creo que el sacerdote de la Misa a la que asistí ayer había leído este post, porque la homilía fue calcadita.