martes, 8 de diciembre de 2009

Solemnidad de la Inmaculada Concepción


Y el ángel se retiró de su presencia…

¡Qué cosas tiene San Lucas! ¡Cómo voy a retirarme así, sin despedirme siquiera! Y dónde voy a estar mejor que con María. Yo, Gabriel, soy uno de sus ángeles custodios, ¿no lo sabíais?; estuve con Ella desde el primer instante de su concepción y no me he retirado jamás.

Por otra parte, desde que el Verbo se hizo carne en su seno, la Madre de Dios estuvo rodeada de millones de criaturas celestiales: Tronos, Dominaciones, Potestades, Serafines, Querubines, ángeles, arcángeles… ¡qué sé yo! Ya digo, una multitud; pero, como escribió alguno de vuestros teólogos en la Edad Media, en la punta de un alfiler caben infinitos ángeles. Así que nadie se percataba de nuestra presencia.

Cuando María dejó de verme aquella mañana, no se quedó ensimismada como habría hecho cualquier otra mujer. Habló con José, preparó un pequeño equipaje, cogió el borrico y se dispuso a esperar el paso de la caravana.

Fue un viaje feliz a pesar de la dureza del camino. Yo me las arreglé para la acompañara un anciano llamado Simeón que hacía la misma ruta y estaba destinado a reconocer y abrazar al Mesías poco después de su nacimiento. Pero, por supuesto, nosotros los Ángeles fuimos su mejor compañía y todos entramos en tropel en casa de su pariente, Isabel.

Debo desmentir rotundamente el rumor de que fui yo el inspirador del Magnificat. No, María lo improvisó nada más oír el saludo de su tía, y lo cantó y bailó con tal gracia y salero, que hasta Zacarías tocó las palmas. Nosotros no quisimos alborotar, más que nada para no llamar la atención del vecindario.

No puedo contar más. Os bastará saber que me aparecí en sueños a José para dejar las cosas claras y preparar la entrada de María en la casa de su esposo; que fui con ellos al Templo y viajé a Egipto; que vi crecer al Niño en estatura, gracia y sabiduría; que me llevé a San José al Cielo unos años más tarde; que brindé con Jesús y con su Madre en las bodas de Caná de Galilea.

En el Huerto de los Olivos la Virgen no estuvo, pero yo sí: ella me mandó para que limpiara la frente de su Hijo. Y también estuve al pie de la Cruz con las santas mujeres y con Juan.

¡Qué hermosa estaba María cuando volvió a decir en ese trance tremendo! Nunca fue más bella ni más Llena de Gracia que aquel día terrible y glorioso en el que se unió al Sacrificio de Jesús. Los ángeles entendimos entonces lo que es la envidia al escuchar cómo el Señor que, desde lo alto, nombraba madre de todos los hombres a nuestra Reina y Señora.

Tal vez en otro momento me anime a contar esta historia con más detalle…



Oración

Dios Todopoderoso y Eterno, Padre, Hijo y Esposo de María Inmaculada, te pedimos en el día de su fiesta, por todos los que la hemos acompañado en esta Novena. Que imitemos en nuestra Madre su fe llena de fortaleza; su valentía y su abnegación; su total disponibilidad a tu voluntad; su señorío y su desprendimiento; su entrega a los más necesitados; y, sobre todo, su piedad: su oración fiel y perseverante hasta la Cruz. Que cada día la conozcamos mejor; que nunca abandonemos las viejas devociones marianas que aprendimos de pequeños; que, con Ella, sepamos creer como creen los niños, rezar como rezan los niños, amar como aman los niños. De esta forma amaremos a tu Madre como Tú mismo la amas y será siempre nuestro camino seguro hasta el corazón de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén

lunes, 7 de diciembre de 2009

Vigilia de la Inmaculada Concepción


—Yo soy la esclava del Señor…

Al decirlo, tu gesto ha sido de asombro, como si te admirara que Dios quiera pedirte permiso para entrar en tu casa. A los siervos —has pensado— no se les consulta; todo lo más, se les informa. Una esclava debe ser sólo un puñado de barro en manos del alfarero. Así te ves todavía delante del Señor.

Dios, sin embargo, nunca te llamó sierva, y yo te pido que no vuelvas a emplear ese nombre, porque el Verbo ya se ha hecho carne en ti y Él no debe ser hijo de una esclava, sino de una Reina.

Desde ahora los hombres te llamarán Madre y los ángeles Señora. Dios, que estará en tus brazos, te hablará sin palabras, en una lengua misteriosa hecha de llantos, sonrisas y balbuceos de recién nacido. Los pájaros del cielo te cantarán melodías recién estrenadas, que Yahvé ya ha compuesto para ti; nacerán estrellas nuevas para coronar tu frente, y beberán y beberán los peces en el río por ver tu rostro cuando nazca el Niño.

Yo te enseñaré las lenguas de los ángeles y de los hombres, mi Señora, para que comprendas mejor los piropos que te traerá la brisa cada mañana. Y consolarás en su lengua a los tristes, harás sonreír a los enfermos, acompañarás a los pobres, abrazarás a los solitarios, limpiarás las heridas de los pecadores, llenarás de esperanza a los desalentados y cambiarás el corazón de todos los que se atrevan a llamarte por tu nombre, el que Dios te dio al comienzo de la creación: “Llena de Gracia”.

Lo sabes muy bien: el mundo entero te cantará. El avemaría se extenderá por la tierra.

—Sí, Gabriel, tienes razón. “Me felicitarán todas las generaciones, porque Dios ha visto la pequeñez de su esclava”. Esclava, sí. Mi hijo será Rey y yo, seguiré siendo su sierva. Mientras esté en este mundo, debo llamarme así.

Oración

Virgen Inmaculada, Esclava del Señor, Reina de todo lo creado. En esta vigilia de la Inmaculada Concepción, queremos pedirte muchos milagros: el primero, que Europa no olvide las doce estrellas blancas de su bandera azul. Esas estrellas son tu corona, la que Dios te regaló el día de tu Asunción al Cielo. Que Europa y España no renieguen de sus raíces cristianas y marianas, porque si lo hicieran, morirían.

Te pedimos también que los sacerdotes no se separen de ti; que, en este año sacerdotal, muchos jóvenes escuchen tu llamada y respondan con un sí pleno y sin condiciones imitando tu generosidad.


Te pedimos por el Santo Padre, por la Iglesia, por nuestros obispos, por las familias, por los niños que nacen y por los que son abortados antes de venir al mundo, por las madres engañadas, por los médicos que matan, por los políticos, por...


Este lunes, no habrá publicidad

...Ni publicidad ni ninguna otra entrada que interrumpa el discurrir de la Novena. Lo siento, Juanma, Lourdes, Manolo y todos los que me habéis escrito. Entre hoy y mañana terminaré, si Dios me ayuda, esta pequeña aventura de 9 capítulos, Luego, ya veremos. Consolaos, de momento, con este vídeo que me envía un prestigioso profesor de Universidad aquejado de gripe.



domingo, 6 de diciembre de 2009

Novena de la Inmaculada (VII)


Para un ángel como yo, mil años pueden pasar en un segundo, pero hay segundos que nos duran una eternidad; hay instantes interminables en los que parece concentrarse el tiempo y la historia entera del universo. De uno de esos instantes eternos debo hablar hoy, el que empleó María en responder al mensaje que le transmití de parte de Dios.

La Señora había escuchado con atención cada una de mis palabras y las había entendido hasta tal punto que sólo hizo una pregunta, la única necesaria, precisamente aquélla que yo pensaba responder a continuación. Al terminar, su gesto no cambió, pero en sus ojos se adivinaba una lágrima que no llegó a formarse.

Dicen que ha habido en la historia momentos estelares en los que el futuro de la humanidad estuvo en manos de una sola persona, de una pequeña decisión aparentemente trivial. He oído que si Napoleón hubiese sabido ganar la batalla de Waterloo, hasta los ángeles hablaríamos francés. Y si Aníbal, después de aplastar al ejército de Roma, se hubiese atrevido a asaltar las murallas de la Urbe, ni los ángeles sabemos qué habría pasado en Europa y en el mundo.

Sin embargo, en rigor, sólo hay tres momentos estelares que merecen este nombre porque afectan al universo entero: el sí de Jesús en el Huerto de los Olivos, que redimió al mundo; el sí de María al pie de la Cruz, que la asoció a ese Misterio y la convirtió en Madre de todos los hombres, y el sí de una Niña Inmaculada en Nazaret, del que dependió…, todo.

Yo no podía dudar de mi Señora; estaba seguro de que daría permiso a Dios Padre para que todo el misterio de la Redención pasara por su seno inmaculado. ¿Cómo iba a decir que no la Llena de Gracia?

Un santo enamorado de María, San Bernardo, se puso a mi lado en ese instante para animar a nuestra Madre a decir sí. Por supuesto, San Bernardo nació algunos siglos más tarde, pero qué importa: los hombres estáis tan prisioneros del tiempo que no entendéis estas cosas.

Él recitó conmigo esta oración con la que concluyo el séptimo día de la Novena:

Oración

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.
Está en tus manos el precio de nuestra salvación. En seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.

Te lo suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Igual que Abrahán, que David con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo entero, postrado a tus pies.

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Danos pronto tu respuesta. Responde ya al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción abre por el consentimiento.

—Aquí está la esclava del Señor—dice la Virgen—; hágase en mí según tu palabra.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Novena de la Inmaculada (VI)


Ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

No
sé por qué te he dicho esto, mi Señora. Y, sobre todo, por qué te lo dicho tan mal. Cualquiera que nos oiga pensará que quiero darte una prueba, una especie de signo de que todo lo anterior es verdad y no un sueño. ¡Como si tú necesitaras este género de pruebas!

Lo que pasa es que me he acordado que lo que me ha ocurrido hace seis meses. Verás fui enviado por Dios al Templo de Jerusalén, donde un sacerdote justo y piadoso iba a ofrecer el incienso. Ese sacerdote era Zacarías, esposo de Isabel, tu tía de Judá. Pues bien, me hice presente con gran solemnidad cuando estaba a punto de empezar la ceremonia y le dije que Dios había escuchado sus oraciones y las de todo Israel, que iba llegar el Mesías esperado y que él tendría un hijo llamado Juan, que habría de ser el Precursor del Cristo.

Zacarías me miró con desconfianza y no me creyó. Me pidió una prueba de que mi anuncio era cierto. Yo naturalmente me enfadé:

—¡Soy Gabriel —le dije— y he sido enviado por Dios para darte una buena noticia!

Le mostré mis alas de oro y el resplandor de mi rostro, pero, como a Zacarías le pareció poca señal, le di otra: se va a quedar mudo una temporada.

No te preocupes, María; es sólo una broma del Altísimo. Además, de este modo, podrás charlar a solas con Isabel cuando vayas a verla, sin que te interrumpa su marido con sus historias.

Tú sin embargo no necesitas señales, ¿verdad? Siempre has estado pendiente de los mensajes que Dios te iba enviando; pero tenías que enterarte de que Isabel también espera un niño y que ella sabe lo que te ocurre a ti. Además está un poco sola porque es casi una anciana y le da vergüenza salir de casa con un embarazo tan insólito. A lo mejor te gustaría ir a verla…

Sí, ya sé. No hace falta que me lo pidas. Cuando nazca su hijo, Zacarías recuperará el habla y los tres vivirán felices unos años más. Así que ya puedes ir pidiéndole permiso a José. Dentro de un par de días pasará por aquí una caravana camino del sur.


Oración.

Dios Padre Todopoderoso, tú colmaste a la Virgen María de todos los Dones y Gracias del Cielo. Le diste una fe gigante, una esperanza firme y una caridad ardiente, a la medida de tu propio corazón. Sin embargo también quisiste que, en su paso por este mundo, la Llena de Gracia siguiera creciendo, igual que su Hijo Jesús, “en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres”. Por eso, “durante su vida terrena no le fueron ahorrados ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo ni el claroscuro de la fe”. Concédenos, Señor, una fe sin vacilaciones como la de tu Madre, una esperanza alegre y una caridad sin miedos que nos lleve a entregarnos a ti sin condiciones. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén


viernes, 4 de diciembre de 2009

Novena de la Inmaculada (V)


—¿Cómo será eso? Yo no conozco varón…

José fue un regalo de Dios para María, y María lo fue para José. Ella conoció su vocación por la llegada de un ángel; José, por la aparición de Reina de los Ángeles.
Os voy a contar como fue, porque yo estaba como siempre con mi Señora. Ocurrió una tarde de verano, en las afueras de Nazaret.

José regresaba de la aldea vecina. Era un muchacho de 17 años, alto y robusto como los cedros del Líbano, de pocas palabras y mirada risueña. Conocía muy bien a María. Eran de la misma aldea y habían jugado juntos desde pequeños, pero él, como todos los que rodeaban a mi Reina, nunca la vio como realmente era. Ya os dije que Dios nubló la vista de cuantos trataban a la Inmaculada, porque de otro modo no habrían podido resistirse a su belleza ni a su mirada. Para sus vecinos, María era sólo una muchacha corriente y graciosa, como todas las de su edad.

Pero aquella tarde cuando José la encontró junto al pozo, Dios le devolvió la vista y se enamoró sin remedio de la que sería su esposa. El muchacho dijo entonces lo que en Nazaret esperaban desde mucho antes, y María contestó:

—Yo soy la esclava del Señor. Éste es mi nombre y mi vocación. Y Dios me ha pedido que sea completamente suya, que no me entregue a ningún hombre.

José reflexionó sólo unos segundos. Volvió a mirar a María y dijo:

—Si ésa es tu vocación, tal vez sea también la mía. ¿Me permites que esté siempre a tu lado? El Señor me pide sólo que te contemple toda la vida como un esposo y te cuide y defienda como un hermano mayor.

Poco después asistí a sus desposorios en primera fila, y en el Cielo se abrieron un millón de balcones para asistir al acontecimiento. Ya sólo faltaba la segunda parte de la ceremonia: la Novia, entre cánticos y flores, debería entrar solemnemente en la casa de José.

Durante esa espera, Yahvé me envió a la casita de Nazaret para dar a María la noticia más esperada de la historia de la humanidad, y Ella, que comprendió cada una de mis palabras, hizo la pregunta más oportuna:

—¿Cómo será eso? Yo no conozco varón…

* * *

Oración

(recomendada a los sacerdotes como preparación para la Santa Misa)


¡Oh feliz varón, bienaventurado José, a quien le fue concedido no sólo ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo! Ruega por nosotros, bienaventurado José.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Oh Dios, que nos concediste el sacerdocio real; te pedimos que, así como san José mereció tratar y llevar en sus brazos con cariño a tu Hijo unigénito, nacido de la Virgen María, hagas que nosotros te sirvamos con corazón limpio y buenas obras, de modo que hoy recibamos dignamente el sacrosanto cuerpo y sangre de tu Hijo, y en la vida futura merezcamos alcanzar el premio eterno.

Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.



jueves, 3 de diciembre de 2009

Novena de la Inmaculada (IV)

Retablo del oratorio de Molinoviejo, en la casa antigua.

No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

En toda la historia humana jamás ha habido un mensaje como éste, y yo, Gabriel, había sido designado por Yahvé para transmitirlo. El universo entero se estremeció, y no diré que me envidiaron los demás ángeles, pero sí que todas las criaturas celestiales escucharon en silencio el eco de cada una de mis palabras, expresadas en el lenguaje de los hombres. Mil veces me las había repetido para no equivocarme y para que mi voz resonara en la bóveda celeste con la firmeza y majestad propias de un enviado del Altísimo. Sin embargo pedí al Señor que, al llegar a los oídos de María, cada sílaba del mensaje se transformara en una nota musical hasta componer una melodía muy sencilla; la canción de un ángel enamorado que trataba de conquistar el corazón de su Reina.

Mientras yo hablaba no dejé de mirar a la Señora. Estaba pensativa aunque no sorprendida, igual que cuando era niña y aún no sabía mi nombre ni mi origen.

Tenía solo 5 años cuando hablamos por primera vez. A los 7 ya estaba acostumbrada a conversar con los ángeles. Y un día, mientras jugábamos con cantos rodados a la orilla del río, se quedó callada unos segundos y por fin me preguntó:

—¿Por qué mis amigas no te ven y yo sí?

Le dije la verdad: que yo era un Ángel del Cielo, que estoy siempre en la presencia de Dios y que Él me envió para protegerla y para señalarle el camino de su vocación.

María tampoco en aquella ocasión pareció sorprenderse.

—Entonces, ¿has venido a jugar con nosotros?

—¿A jugar?

—Yo juego con el Señor todos los días. El es mi Rey y yo su esclava. Tú ahora serás mi paje. Ya verás qué bien lo pasamos.


Oración

Dios Padre Todopoderoso, tú quisiste que la Virgen María fuese Santa e Inmaculada desde el primer instante de su concepción para ser una digna morada de tu Hijo. Al prepararnos ahora para su fiesta, ya que no podemos igualar su santidad y nos sabemos pecadores, permítenos, al menos, contemplarla como tú mismo la viste desde toda la eternidad. Que aprendamos de Ella a ser niños y a jugar siempre en tu presencia. Líbranos de nuestros enmarañamientos y vanidades de viejo. Concédenos la virtud de la sencillez y de la humildad, para que un día tengamos un hueco en el regazo de tu Madre y allí nos encontremos contigo, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Novena de la Inmaculada (III)

Nuestra Señora del silencio
Cuando María puso su dedo índice delante de sus labios, se hizo un silencio hondo y sonoro como la pausa musical de una sinfonía. Fueron unos segundos nada más; ella cerró los ojos, y el Cielo y la tierra estuvieron de acuerdo para que nada perturbara la meditación de la Señora. También los ángeles contuvimos el aliento.

Inmóvil junto a Ella, comprendí que, aunque quisiera, no podría traspasar el umbral secreto de su silencio interior. La Inmaculada reflexionaba sobre el significado de mi saludo, pero no a solas: en ese reducto escondido del alma donde ni siquiera los ángeles podemos penetrar, escuchaba y conversaba con el Señor.

De pronto, María comenzó a temblar. Era algo muy tenue, como una sacudida apenas perceptible. Probablemente nadie que la viera con los ojos de la tierra lo habría detectado. Su rostro seguía irradiando dulzura, serenidad y Gracia, pero era la flor más hermosa de Israel y se estremecía sacudida por un viento huracanado. Y vi a Dios tan cerca de su criatura que temí que la arrancara de la tierra y se la llevara a su casa para siempre.

—No temas, María —dije entonces—.

La Señora abrió los ojos. Sonrió como si nada hubiera ocurrido, y, sin palabras pero con toda claridad, me devolvió el consejo: “no tengas miedo, Gabriel: es el Señor”.


Oración

Virgen María, Señora del silencio, que supiste permanecer siempre a la escucha de Dios, con un “sí” al borde mismo de tus labios para entregárselo en cada llamada, en cada instante de tu vida, enséñame a hacer silencio en mi alma para que yo también sea contemplativo en medio del mundo: que descubra a Dios en la belleza de las cosas y de las personas, en el dolor de los que sufren, en la inocencia de los niños, en el trabajo de la jornada, en la enfermedad, en el dolor, en la pobreza y en la prosperidad, en las alegrías y en las penas. Que ningún ruido externo ni interno me impidan escuchar la voz de tu Hijo Jesucristo, que llama cada día a la puerta de mi corazón.

Amén


martes, 1 de diciembre de 2009

Novena de la Inmaculada (II)


El Ángel le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras…

La saludé como tú me dijiste, llamándola “Llena de Gracia”, y entonces la Reina se ruborizó igual que una adolescente. ¡Si la hubieses visto…!

Perdóname, Señor, por un momento olvidé que tú la ves siempre, que no puedes dejar de mirarla ni un solo instante. Pero es que mi Señora es una niña; sólo tiene 14 años y cuando se pone colorada aún parece más pequeña. Yo me quedé embobado contemplando su rubor, y allí habría permanecido toda la eternidad, sin saber qué decirle.

Pensé entonces que la culpa de su azoramiento era mía: yo había llegado sin avisar, y aunque los ángeles no solemos llamar a la puerta cuando vamos de visita, tratándose de María, debería haberle advertido con tiempo o entrar delicadamente por la ventana, como un suave remolino de brisa fresca. A ella le habría bastado una palabra en voz baja, el susurro de un ángel en la oscuridad. ¡Cuántas veces hemos conversado así desde que era muy pequeña! Y la Señora siempre comprendió mis palabras y yo las suyas; pero es que hoy tenía prisa, quería llevarle la noticia cuanto antes y surgí por sorpresa torpemente, con cierto estrépito, en medio de su casa.

Sin embargo enseguida entendí que no fue mi presencia inesperada lo que turbó María. Fue el saludo. ¡Qué bien lo escogiste!: es preciosa, de verdad; la más graciosa, la criatura que más se parece a ti, la que refleja con nitidez la gloria de tu rostro. Llena de Gracia y también de humildad.

Apenas duró unos segundos su rubor. Me miró a los ojos, se llevó un dedo a los labios y, sin perder su sonrisa de niña, me hizo callar.


Oración

Madre mía Inmaculada, tú que sentiste arder tus mejillas, turbada por el piropo de un Ángel, enséñame el secreto de la humildad. Que yo sepa, como tú, rechazar los halagos y soportar las humillaciones; que no busque los aplausos de nadie y no me rebele cuando sienta el desprecio o las burlas de los que me conocen bien. Que pueda decir, con sinceridad, aquello que tantas veces recitó en su oración San Josemaría Escrivá: “no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, soy la nada…” Y que comprenda que, por encima de todo, soy tu hijo. Con eso me basta.

Amén.