
Y el ángel se retiró de su presencia…
¡Qué cosas tiene San Lucas! ¡Cómo voy a retirarme así, sin despedirme siquiera! Y dónde voy a estar mejor que con María. Yo, Gabriel, soy uno de sus ángeles custodios, ¿no lo sabíais?; estuve con Ella desde el primer instante de su concepción y no me he retirado jamás.
Por otra parte, desde que el Verbo se hizo carne en su seno, la Madre de Dios estuvo rodeada de millones de criaturas celestiales: Tronos, Dominaciones, Potestades, Serafines, Querubines, ángeles, arcángeles… ¡qué sé yo! Ya digo, una multitud; pero, como escribió alguno de vuestros teólogos en la Edad Media, en la punta de un alfiler caben infinitos ángeles. Así que nadie se percataba de nuestra presencia.
Cuando María dejó de verme aquella mañana, no se quedó ensimismada como habría hecho cualquier otra mujer. Habló con José, preparó un pequeño equipaje, cogió el borrico y se dispuso a esperar el paso de la caravana.
Fue un viaje feliz a pesar de la dureza del camino. Yo me las arreglé para la acompañara un anciano llamado Simeón que hacía la misma ruta y estaba destinado a reconocer y abrazar al Mesías poco después de su nacimiento. Pero, por supuesto, nosotros los Ángeles fuimos su mejor compañía y todos entramos en tropel en casa de su pariente, Isabel.
Debo desmentir rotundamente el rumor de que fui yo el inspirador del Magnificat. No, María lo improvisó nada más oír el saludo de su tía, y lo cantó y bailó con tal gracia y salero, que hasta Zacarías tocó las palmas. Nosotros no quisimos alborotar, más que nada para no llamar la atención del vecindario.
No puedo contar más. Os bastará saber que me aparecí en sueños a José para dejar las cosas claras y preparar la entrada de María en la casa de su esposo; que fui con ellos al Templo y viajé a Egipto; que vi crecer al Niño en estatura, gracia y sabiduría; que me llevé a San José al Cielo unos años más tarde; que brindé con Jesús y con su Madre en las bodas de Caná de Galilea.
En el Huerto de los Olivos la Virgen no estuvo, pero yo sí: ella me mandó para que limpiara la frente de su Hijo. Y también estuve al pie de la Cruz con las santas mujeres y con Juan.
¡Qué hermosa estaba María cuando volvió a decir sí en ese trance tremendo! Nunca fue más bella ni más Llena de Gracia que aquel día terrible y glorioso en el que se unió al Sacrificio de Jesús. Los ángeles entendimos entonces lo que es la envidia al escuchar cómo el Señor que, desde lo alto, nombraba madre de todos los hombres a nuestra Reina y Señora.
Tal vez en otro momento me anime a contar esta historia con más detalle…
Oración
Dios Todopoderoso y Eterno, Padre, Hijo y Esposo de María Inmaculada, te pedimos en el día de su fiesta, por todos los que la hemos acompañado en esta Novena. Que imitemos en nuestra Madre su fe llena de fortaleza; su valentía y su abnegación; su total disponibilidad a tu voluntad; su señorío y su desprendimiento; su entrega a los más necesitados; y, sobre todo, su piedad: su oración fiel y perseverante hasta la Cruz. Que cada día la conozcamos mejor; que nunca abandonemos las viejas devociones marianas que aprendimos de pequeños; que, con Ella, sepamos creer como creen los niños, rezar como rezan los niños, amar como aman los niños. De esta forma amaremos a tu Madre como Tú mismo la amas y será siempre nuestro camino seguro hasta el corazón de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén