sábado, 10 de agosto de 2019

En verano, tengo una cita con la madrugada



Solemos estar solos ella y yo. Nos encontramos en el mejor momento del día, cuando sopla la primera brisa y la temperatura baja un poco, lo justo para tomar impulso e iniciar la escalada hasta los 28 ó 30 grados.
Me pregunto por qué hay tantos que disfrutan con el crepúsculo al anochecer y no amanecen como yo para ver la salida del sol, que surge limpio de bruma, descansado y radiante.
He visto muchos amaneceres. Recuerdo con cierta añoranza aquel albor matutino de Valencia, donde el sol nacía en la mar, nítido, joven, recién bañado, y parecía potenciar el aroma de las flores que también despertaban con él. Bien distinto era el alba en Tenerife. El sol aparecía en el horizonte como un fogonazo inesperado y subía veloz como un cohete hasta inundar de luz cada rincón de la isla. Al parecer la salida y la puesta del sol es más rápida cuanto más cerca del Ecuador uno se encuentre. Por eso, al atardecer, el sol no se ponía, se desplomaba, y no se desangraba como en mi tierra ni teñía de rojo el horizonte.
En la Acebeda me propongo acudir a la cita todos los días. No conozco mejor forma de preparar la meditación que debo dar cada mañana a las ocho y media. Saldré al jardín una hora antes, como hoy, como ayer, y la vista del cielo será mi guión.
Claro que el lunes y el martes deberé trasnochar. Tengo otra cita con las Perseidas. Son las lágrimas de San Lorenzo, que este año llegan con un poco de retraso.

viernes, 9 de agosto de 2019

Oír la música de la Creación




Como os dije, he volado a la Sierra con el globo. La wifi funciona a trompicones, pero de momento funciona. Hace calor, pero no tanto como en Madrid. Los pájaros apenas se hacen oír porque estamos en agosto, pero se dejan ver, gracias a Dios. No hay una sola nube en el cielo, pero tampoco incendios como el que tuvimos en La Morcuera hace pocos días. Desde la terraza de La Acebeda se divisa, como casi siempre, la nube negra que envuelve la Villa y Corte; pero aquí nos sentimos a salvo.
Al considerar todo esto, he recordado las palabras de Barenboim. Oídlas en este vídeo que he subido al globo. Os invito a hacer un sencillo experimento. Sustituid la palabra "música" por "el campo", "la naturaleza", "las aves del Cielo"…, en definitiva "la belleza". Gran cosa es saber contemplar la belleza de la Creación, sin convertirla en un mero instrumento al servicio del placer. 
Otro día, cuando agosto nos dé un respiro, tal vez me decida a escribir largo y tendido sobre esta apasionante cuestión. Por hoy basta.

jueves, 8 de agosto de 2019

Volamos hacia la Sierra


La última vez que estuve en La Acebeda saqué esta foto
Esta tarde salgo hacia La Acebeda, una casa de convivencias en Miraflores de la Sierra a mil doscientos cincuenta metros de altura sobre el nivel del mar. Estaré allí hasta que termine el mes. El globo seguirá volando, pero con menos frecuencia e ímpetu. Serán días de descanso, formación espiritual y pájaros montaraces. Al caer la tarde me pondré frente al teclado y, si la inspiración no falla ni se me despeña la wifi, escribiré algunas líneas para mantener vivo el fuego sagrado. En Miraflores, por cierto, ya ha habido un incendio y aún sigue por allí algún retén de bomberos.
Desde la Acebeda se divisan las cuatro torres de Madrid, que emergen de la niebla producida por la contaminación. A veces, si el viento es favorable, se despeja el panorama y aparecen a lo lejos los demás edificios de la ciudad. Cuando me toque volver procuraré no mirar hacia esa bruma que ensucia nuestros urbanos pulmones. Tomaré aire serrano y quizá lo embotelle para un caso de necesidad.
 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Camino del súper



Languidece el verano en Madrid y el globo parece desinflarse sin remedio. ¿Qué puedo contar cuando la ciudad está casi vacía? Por si acaso salgo a la calle aprovechando que la temperatura ha bajado, y apenas puedo cambiar un saludo con el portero, mi amigo José María, que ya ha regresado de sus vacaciones en La Mancha.
Camino del súper, doy un pequeño rodeo para cumplir con mi propósito de andar al menos una hora, y atravieso la terraza de una cafetería. Hay pocos clientes, casi todo mujeres que apuran el segundo café con leche de la mañana. Me miran y una de ellas se pone en pie. Se dirige hacia mí. Es una señora de mediana edad, muy delgada y de aspecto enfermizo.
—Padre, necesito que me dé su bendición —dice en voz baja—.
La mujer sonríe pero sólo con los labios. Su mirada, húmeda, está a punto de cruzar la frontera de las lágrimas. La miro a los ojos y ella toma mis manos entre las suyas y las acerca a su rostro:
—Lo necesito, padre. No me pregunte por qué.
Con el dedo pulgar le hago la señal de la cruz en la frente mientras digo en un susurro que solo ella puede oír: que el Señor esté en tu inteligencia, en tu corazón y en tus labios, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Que Dios te bendiga.
La mujer me besa las manos una y otra vez ya con lágrimas. Al fin le pregunto:
—¿Cómo te llamas?
Me dice su nombre, prometo rezar por ella y me alejo, conmovido, camino del súper.

Un poeta entre bombillas




Se llama Germán Talavan y tiene una tienda en la calle de Alberto Alcocer, a menos de cien metros de mi casa. Vende bombillas y lámparas de todo tipo. El barrio entero lo conoce. Desde hace algún tiempo sobre su escueto mostrador hay unos pocos libros apilados. La portada es sobria y elegante: en el centro la fotografía de un paisaje otoñal. Encima, el título: "Poesía y otros escritos". Debajo, el nombre del autor, que es el propio Talavan. Los ofrece a un precio razonable a todo el que tenga la curiosidad de interesarse por ellos.
En España hay muchos más poetas que lectores de poesía. Así que lo más probable es que el éxito de ventas no sea indescriptible. Yo me hice con un ejemplar y lo abrí al azar sin esperar nada. Hay en esta tierra abundancia de versificadores, rapsodas y versolaris que, aunque aportan poco a nuestra literatura, quizá cumplen una función en bodas, romerías o funerales. También tenemos poetas incomprendidos —tal vez porque son incomprensibles—, que parecen de la "poesía secreta"; pero, de vez en cuando, uno descubre un poeta auténtico. Éste es el caso de Germán Talavan, un hurdano de 70 años, escritor de raza, poeta melancólico, vendedor de luces.
No voy a hacer ahora una crítica del libro que tengo entre las manos. Lo leeré despacio y, con su permiso, pondré en el globo alguno de sus poemas, como este brevísimo, escrito en 1966:
Canta, madre.
Escucho tu dulce acento.
No llores mi desengaño.
¿Quieres que cante yo luego?
Anda, madre,
eleva el trino a la bóveda del cielo.
Pero elévalo bajito.
Cántame, madre, en silencio.


lunes, 5 de agosto de 2019

Carta del Papa a los sacerdotes



Con motivo de la fiesta de San Juan María Vianney, los sacerdotes hemos recibido una carta del Santo Padre. El Papa, que celebra el próximo 13 de diciembre las bodas de oro de su ordenación, siempre ha manifestado su amor a sus hermanos sacerdotes, pero necesitábamos una palabra de aliento y un cariñoso empujón como éste.
Hoy, en la Santa Misa, he encomendado al Romano Pontífice como todos los días; pero además he dado gracias a Dios de una manera especial por el Papa Francisco.
Transcribo los tres primeros párrafos de la carta. El resto puede leerse haciendo clic aquí

A mis hermanos presbíteros. 
Queridos hermanos:
Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo[. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos Ustedes hermanos presbíteros que sin hacer ruido “lo dejan todo” para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor y, expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. Me dirijo a cada uno de Ustedes que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal.
Hace un tiempo manifestaba a los obispos italianos la preocupación de que, en no pocas regiones, nuestros sacerdotes se sienten ridiculizados y “culpabilizados” por crímenes que no cometieron y les decía que ellos necesitan encontrar en su obispo la figura del hermano mayor y el padre que los aliente en estos tiempos difíciles, los estimule y sostenga en el camino.
Como hermano mayor y padre también quiero estar cerca, en primer lugar para agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, a su vez, animarlos a renovar esas palabras que el Señor pronunció con tanta ternura el día de nuestra ordenación y constituyen la fuente de nuestra alegría: «Ya no los llamo siervos…, yo los llamo amigos» (Jn 15,15).

domingo, 4 de agosto de 2019

Mensajes de agosto

  

Se confirman las previsiones. Esta mesa camilla se queda en los huesos cuando llega el mes de agosto y gruñe la chicharra en el campo. Hasta los pájaros se van o se resguardan de la canícula dosificando sus cantos para no hacer esfuerzos innecesarios. Siempre nos quedará Antuán con sus magníficas apostillas, pero casi todo el mundo se nos ha ido de vacaciones. Descansan de mí, y lo entiendo.
En cambio aumenta el número de whatschaps y de correos electrónicos. En mi buzón hay mensajes con sabor a salitre y a arena de playa. Son recados breves, escritos con prisa y, casi siempre, sin acentos ni demasiados signos de puntuación,  pero llenos de afecto y entusiasmo.
Entre los que recibí ayer, destaco éste:
Buenas tardes don Enrique, leo siempre su blog. Le quería preguntar cómo puedo hacer para ser fiel cada día al Señor, cómo amar a la Santísima Virgen, y yo sobre todo quiero ser fiel a Jesús. Se lo pregunto porque valoro mucho su experiencia. Un abrazo muy grande!
No conozco al remitente. Me escribió una vez hace algunos meses; sé que vive en una ciudad de Castilla y que es un chaval muy joven, de quince o dieciséis años. Me dice su nombre y naturalmente le he contestado.
No le he dicho que su mensaje me ha levantado el ánimo. Acabo de leer en una revistilla de medio pelo que el mes de agosto es el mes de las rupturas, de los divorcios, de las infidelidades. Supongo que el autor de este comentario se lo ha sacado de la manga, pero algo de eso hay. En todo caso, a este chico, el calor del verano no le ha hecho perder el sentido de su vida. Él busca lo único importante, y en esta mesa camilla hay ya unos pocos que le acompañaremos con la oración, para que no flaquee.

viernes, 2 de agosto de 2019

Tinto de verano




 Con la llegada del verano, o sea de agosto, todo se tiñe de rosa. Los políticos se apresuran a llegar a acuerdos antes de las vacaciones y lucen sonrisas apócrifas, ligeras y frescas como el vichyssoise. Su merecido descanso es lo primero. Por cierto, ¿por qué el descanso siempre lleva adosado el mismo  adjetivo? No sé; quizá piensen —y por una vez con razón— que los ciudadanos y ciudadanas también merecemos descansar de ellos y de ellas y de su omnipresencia mediática.
La prensa mejora una barbaridad en agosto. Pierde kilos de publicidad y si no fuese porque los crímenes parecen proliferar con el calor, sería una delicia leer los periódicos. En agosto casi nadie hace declaraciones solemnes, y los reportajes se centran en las ocurrencias de esos famosos que salen en la tele porque son famosos y son famosos porque salen en la tele.
Claro que en verano también suceden cosas importantes, aunque los periódicos no hablen de ellas. Hace un par de días hablé aquí de “los ángeles de Kenia”, que merecerían una portada en la prensa nacional, y conozco a docenas de chicos y chicas que pasan las vacaciones en países tan dispares como Perú, Croacia, la India, Marruecos, Costa Rica…, o incluso España. En septiembre regresarán al cole o a la universidad con unos centímetros más de altura, los músculos templados por el trabajo, la mirada más viva y el cutis de un moreno especial.

─¿Qué, de la playa?
─No, hija no; es tinto de verano.


jueves, 1 de agosto de 2019

Repasar, releer, repensar, revivir





Me gusta ver de nuevo viejas películas que casi he olvidado, aunque nunca del todo. A veces siento el antojo de repasar solo una escena, un diálogo,  el gesto de un actor. Lo mismo me ocurre con algunas novelas que quizá leí demasiado pronto, cuando era adolescente, y nadie me advirtió que era preferible esperar a ser adulto para entenderlas del todo. Mejor que no lo hicieran, porque se habrían equivocado. Ahora las examino con especial fruición y, creedme, el placer es doble. Entro en esos relatos lentamente, línea a línea, paso a paso, y revivo cada episodio con más pasión que entonces.
Algo parecido me ocurre con los viejos libros de estudio. No me refiero sólo a los de teología. Ahora, por ejemplo, he vuelto al Derecho Romano gracias a los manuales que me prestó mi sobrina Susana, los mismos que utilicé hace sesenta años al empezar la carrera. Creo que fue la asignatura más larga y también la más difícil. Le dediqué más horas que a ninguna otra y logré a pulso mi primer sobresaliente. Sin embargo creo que no entendí gran cosa. Y es que aquellos dos tomos de Derecho Romano eran para juristas curtidos, no para alumnos de 17 años. Ahora, al releerlos, disfruto más que nunca y descubro con sorpresa que aún recuerdo los viejos aforismos de Ulpiano o de Paulo que tanto me hicieron sudar.
Releer es revivir; quizá también añorar. Pero la añoranza no siempre es mala. Es cierto que abre paso a la melancolía. ¿Y qué? La melancolía es sentir la alegría de estar un poco triste, y, al menos a mí, me mueve a dar gracias a Dios por todo lo que Él ha hecho en el pasado y continúa haciendo.
Vistas así las cosas, es fácil recomenzar releyendo la propia vida y volviendo una y otra vez al kilómetro cero del camino, cada día con un poco más de experiencia y siempre con mucha más esperanza.