Languidece
el verano en Madrid y el globo parece desinflarse sin remedio. ¿Qué puedo
contar cuando la ciudad está casi vacía? Por si acaso salgo a la calle aprovechando que la
temperatura ha bajado, y apenas puedo cambiar un saludo con el portero, mi amigo
José María, que ya ha regresado de sus vacaciones en La Mancha.
Camino
del súper, doy un pequeño rodeo para cumplir con mi propósito de andar al menos
una hora, y atravieso la terraza de una cafetería. Hay pocos clientes, casi
todo mujeres que apuran el segundo café con leche de la mañana. Me miran y una
de ellas se pone en pie. Se dirige hacia mí. Es una señora de mediana edad, muy
delgada y de aspecto enfermizo.
—Padre,
necesito que me dé su bendición —dice en voz baja—.
La mujer
sonríe pero sólo con los labios. Su mirada, húmeda, está a punto de cruzar la frontera
de las lágrimas. La miro a los ojos y ella toma mis manos entre las suyas y las
acerca a su rostro:
—Lo
necesito, padre. No me pregunte por qué.
Con el
dedo pulgar le hago la señal de la cruz en la frente mientras digo en un susurro que solo ella puede oír:
que el Señor esté en tu inteligencia, en
tu corazón y en tus labios, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Que Dios te bendiga.
La mujer
me besa las manos una y otra vez ya con lágrimas. Al fin le pregunto:
—¿Cómo te
llamas?
Me dice
su nombre, prometo rezar por ella y me alejo, conmovido, camino del súper.