martes, 20 de mayo de 2008

Una palabra profanada


Apenas hube terminado de redactar el post sobre “ la palabra”, me acordé de este viejo artículo, que habla de una palabra amadísima: la Hostia Santa. Cuando lo escribí no supe cómo titularlo. Los españoles entenderán mi perplejidad. Ahora, a pocos días de la fiesta del Corpus Christi, creo que viene como anillo al dedo.


Empiezo a redactar este artículo en la capilla del Centro universitario donde trabajo. En este pequeño oratorio celebraré la Santa Misa dentro de media hora. Entre tanto permanece en penumbra. Para escribir me basta la luz tenue que ilumina el Sagrario.

He puesto una palabra como título. La leo en voz alta y siento la misma desazón que me produce oírla a todas horas: en la radio, en la televisión, en la calle, en las conversaciones más triviales e incluso en ambientes presuntamente cultos. Decido tacharla. Había escrito “La Hostia”

“La Hostia” es una palabra profanada, un vocablo envilecido, contaminado por el vómito de millares de blasfemos que se han ensañado con Ella durante años. No tengo tiempo ni ganas de hacer un análisis sociológico o histórico de la cuestión; pero, en todo caso, ofender a Dios con la palabra siempre me ha parecido un pecado estúpido, una especie de pataleta de adolescente, aunque sea cosa de viejos. Los blasfemos se rebelan contra sus más íntimas creencias con la misma agresividad del quinceañero que escupe a un retrato de su padre para reivindicar su autonomía.

No tan grave, pero sí tan necia como la blasfemia, es la irreverencia consciente, el manoseo torpe o graciosillo del lenguaje sagrado para escándalo de ancianitas o regocijo de clerófobos. La Hostia Santa (pongamos siempre este adjetivo) se ha convertido para muchos en un sustantivo “audaz”, en un churrete asqueroso del lenguaje progre o en una muletilla mohosa para tartamudos mentales.

Hace un rato, frente al despacho del capellán, un grupo de alumnos de Derecho comentaba el último examen de no sé qué asignatura. Una alumna repitió tres o cuatro veces esta palabra con su correspondiente artículo determinado. Yo no podía verla, y quizá ella tampoco era consciente de que la escuchaba a pocos metros. La chica probablemente no quería ofender a nadie, pero su reducido vocabulario precisaba de un comodín, y por lo visto no tiene otro mejor.

Sin embargo, la Hostia es Jesucristo. No quiero decir que “signifique” la presencia de Jesús entre nosotros; ni siquiera que “esté” escondido en un pedazo de pan. No: el pan ya no existe. La Forma consagrada “es” Jesús, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad.

Miro al Sagrario. Todavía faltan diez minutos para la Misa. Dentro de poco tendré la Hostia en mis manos: el Cuerpo glorioso e inmortal de Jesús, que ha querido permanecer con sus heridas abiertas, entregándose eternamente al Padre desde la Cruz, para hacer perenne su Sacrifico.

Por eso, mientras trato de prepararme para celebrar la acción más sagrada y trascendente que podemos realizar en esta vida, pienso en ese Jesús escupido, torturado y humillado que se dispone una vez más a ser Sacerdote y víctima del Sacrificio. Y me pregunto si, tal vez, permitirá tantas ofensas, insultos e irreverencias a su presencia eucarística para poder seguir sufriendo como Hostia igual que sufrió en la Cruz.

* * *

He terminado la Misa hace veinte minutos. Hablo con Nacho de todo esto. Él piensa que tengo razón en el fondo, pero que exagero.

—La gente no sabe lo que dice. A mí no me gusta emplear esas palabras, aparte de que soy la mar de tranquilo, pero cuando juegas a básquet y te dan un codazo, no sé…, a lo mejor se me escapa. ¿Está mal eso?

—Las palabras salen siempre de algún sitio —respondo—; y nunca son inocuas.

Le propongo que limpiemos entre todos esta palabra santa, y no toleremos que la irreverencia se extienda entre personas que ni siquiera sospechan que ofenden al Señor. Que no vaya de boca en boca como si fuera basura.

—¿Y qué se consigue con eso?

—Dar gloria a Dios. Y, de paso, reparar por tantas ofensas.

Imagina por un momento que estás en el Huerto de los Olivos con Jesús. Él lleva ya sobre sus hombros todos los pecados de los hombres, y no aguanta más el peso y la repugnancia de ese cáliz terrible. Ha empezado a sudar gotas de sangre… ¿No te gustaría limpiarle la frente y besar su rostro?

Limpiemos al menos su Nombre; no seamos cobardes.

11 comentarios:

luis dijo...

OK. Voy a copiar y pegar este artículo y enviarlo por email a mis contactos más deslenguados.

Anónimo dijo...

Don Enrique: Yo me conformo con que algunos días se limite a presentarnos algún video de YouTube.

LUISA dijo...

Yo quisiera que se hablase más de esto y del respeto a Dios. Ayer entré a visitar al Señor en el Sagrario de mi pueblo. Había riadas de madres con niños(la cosa iría de catequesis de algo) Los niños corrian y gritaban, mientras comian chuches y tiraban los papeles al suelo. Las madres hablaban,como hacemos en España, a voces. A mí me dolió la situación y le dije: Señor, perdóname, pero esto es insoportable.Y me fui.
Si no es falta de respeto, que lo es, es ignorancia.Habría que hacer una cruzada sobre respeto y formación.
Salu2.
Luisa.

Rocío Arana dijo...

Voto por Luiss: yo siento lo mismo. Creo que para el día del Corpus lo voy a citar en mi blog...

Nuevepornueve dijo...

Pido permiso "retórico" o con carácter retroactivo (y espero q me lo conceda xq, entre la moderación de comentarios y que Ud. estará ocupado..., dudo que pueda esperar a recibirlo) para reenviar tal cual este articulo, y el "miniprólogo".

GRACIAS, AGAIN.
Creo que tiene la sensibilidad precisa y la argumentación certera para abrir la cabeza de muchos "ingenuos".

Enrique Monasterio dijo...

No me pidáis permiso. Copiad lo que queráis, que para eso existe el blog.

riCh dijo...

Yo sé que mucho consuelo no es, pero acá en México (Lindo y Querido) aun se trata con bastante respeto al Señor en la Hostia... Con la ventaja de que no "heredamos" el mal uso de la palabra... Ahora toca hacer de este pueblo mexicano un pueblo santo: vaya que va a costar trabajo... Don Enrique, usté no deje de encomendarnos...

aDios!

j.a.varela dijo...

Para consuelo, en el Río de la Plata esa blasfemia no se conoce. Y si se oye, se sabe que lo dijo un extrahjero. Pero cómo duele!

j.a.varela

Juanma Suárez dijo...

Siempre he pensado que nuestros hermanos del otro lado del charco usan el idioma mucho mejor que nosotros, que en principio fuimos sus "padres"; y no lo digo sólo por los comentarios de RICH y de J.A.

Hay tantas cosas que tendríamos que aprender de ellos... La Virgen de Guadalupe nos ayudará desde allí, seguro...

P.D.: Por cierto, don Enrique, por fin he conseguido poner una foto en mi perfil para que aparezca por aquí; así todos pueden ver mi "careto". Al menos el anonimato ya es más complicado.

Anónimo dijo...

Mi padre me enseñó, de pequeño, a respoder, interiormente y de forma inmediata, a esta y cualquier otra blasfemia con una jaculatoria: ¡Bendito sea el Señor! o, también, ¡Señor mío y Dios mío!
Acción-reacción.

Pablo G.
anónimo pero no tanto...

Nota: Según los casos, también me enseñó a responder de otra manera...

yomisma dijo...

Gracias D Enrique; se lo voy a enviar a alguno que otro, aunque solo sea por no ser cobarde. La palabra, que es preciosa y como todo lo precioso hay que guardarla para que no se ensucie y devalore, la dicen en la mayoria de los casos los que en realidad no saben qué significa. Bien es verdad que ha sido utilizada muchos años como arma arrojadiza y ofensiva de los odiadores de Dios y la Iglesia. Pero estoy con Ud. Hay que limpiarla y volverla a guardar para adornarse con ella los días de fiesta.