lunes, 9 de julio de 2007

Rectifico (por una vez, y sin que sirva de precedente)



En vista de que la mayoría de mis interpelantes no estaba de acuerdo con el nuevo traje de mi blog (yo, la verdad, tampoco), me visto de nuevo la ropa de invierno para celebrar que la temperatura de Madrid ha bajado hoy un par de grados.


domingo, 8 de julio de 2007

La mirada

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Patzarella ha colgado en su blog este video que no me resisto a copiar. Ella dice que es un tributo a la belleza. Yo añado que la belleza en los hombres y en las mujeres está siempre en el rostro. Y más que en el rostro en la mirada, que no envejece nunca.

Dios no tiene cuerpo, pero tiene rostro y mirada. El Antiguo Testamento habla muchas veces del "rostro" de Dios. Por verlo, suspiran los santos.

Hay quien sólo es capaz de valorar la belleza de los hombres y de las mujeres con criterios zoológicos. Dan un poco de pena, la verdad. Porque esa belleza desaparece enseguida a pesar de que muchos parecen vivir sólo para conservarla.


viernes, 6 de julio de 2007

Olvidarte



Camino de Madrid, he puesto en el coche el disco de Pasión Vega que me dio mi hermana Carmen.

La cuarta canción se titula “Olvidarte” y es un poema de Francisco Céspedes. Pasión Vega lo interpreta mucho mejor que su autor, con una voz dulce y poderosa. Nada más oírla he decidido aprendérmela de memoria, y he programado el CD para que me la repitiera una vez más y otra y otra y otra... hasta llegar a casa.

Hace años San Josemaría nos enseñó a hacer oración oyendo canciones de amor. Esta mañana me ha resultado sencillo.

Olvidarte será fácil, ya lo sé:
tengo apenas que dejar de ver el mar
y cegarme ante la luz de las estrellas,
no ver llegar la luna detrás de un cristal.

Olvidarte será fácil, ya lo sé:
tengo apenas que arrancarte de mi piel
y cerrar a tiempo puertas y ventanas,
no ver llegar la noche ni el amanecer

Olvidarte será fácil,
tengo apenas que taparme los oídos
a los cantos de las aves
y al murmullo penetrante de los ríos.
Olvidarte será fácil, te lo digo,
es cuestión de no escuchar a mis latidos.

Olvidarte será fácil, ya lo sé:
tengo apenas que matar un sentimiento
y tapar el sol entero con un dedo,
cambiar mi corazón por uno de papel.

Olvidarte será fácil:
tengo apenas que taparme los oídos
a los cantos de las aves
y al murmullo penetrante de los ríos.
Olvidarte será fácil, te lo digo,
es cuestión de olvidar que he nacido.

Es cierto. Es fácil olvidar a Dios. Basta con cerrar los ojos al paisaje de Castilla que me ha deslumbrado durante estos día, y no escuchar al anochecer la orquesta de los timbales que acompaña a la tormenta. Basta con mirar para otro lado cuando, al alba, la brisa renueva su paleta de colores.

Negar a Dios no cuesta mucho. Basta con pensar que la belleza es un afortunado accidente; que no hay ningún artista detrás de la Meninas; que el orden del universo surgió por azar. Que volaban por el espacio millones de letras y, al caer, formaron casualmente “La Divina Comedia”.

Olvidar a Dios es sencillo: basta con tapar el sol con un dedo y cerrar los oídos al canto del ruiseñor, que improvisa cada noche una melodía diferente.

Es tan fácil negarte, Señor. Basta con tachar de todos los diccionarios esas palabras que sólo un loco o un alucinado pudo crear: “siempre”, “eternidad”, “felicidad”... Y pensar que la música de Mozart, el vuelo del águila real, Casablanca, la Catedral de León, los sonetos de Garcilaso de la Vega y todos nuestros sueños, nuestras dudas y nuestros amores nacieron de un gran pedrusco que hace millones de siglos se puso a girar el en espacio.

Negar a Dios es sencillo. Basta con proponérselo. Y si un día oímos que golpea en nuestra puerta, decir, como en aquella comedia de Ionesco:

“¿Llaman? Eso es señal de que no hay nadie”.




jueves, 5 de julio de 2007

El record más estúpido


El telediario nos ha traído dos noticias muy distintas con un elemento común: las salchichas. Ayer nos contaron que un ciudadano de no sé dónde (lamento no haber prestado mucha atención) ha batido el record mundial de ingestión de salchichas de Frankfurt. Hoy nos cuentan que, en nuestro país, un niño ha fallecido al atragantarse con una sola.

* * *

El libro Guinness de los récords está espléndidamente encuadernado y lleno de fotografías. Su lectura es fácil, porque permite picotear en cualquier página sin orden ni concierto. Su contenido es fascinante.

Gracias a él me entero, por ejemplo, de que el récord mundial de lanzamiento de escupitajos está en poder de Harold Fielden, quien en el III Campeonato Internacional de salivazos, eructos y tacos celebrado en Central City, Colorado (USA), expelió un portentoso gargajo hasta 10,36 metros de distancia. También descubro que la lozana laringe de Errold Bird fue capaz de emitir tarariros tiroleses a plena potencia durante 26 horas seguidas.

Abrumado por tan sorprendentes registros, me pregunto qué mentalidad puede llevar a un ciudadano a intentar batir el récord mundial de lanzamiento de huevos de gallina (96,90 m.) y qué misterioso síndrome nos impulsa a los demás contribuyentes a entusiasmarnos con la lectura de marcas tan idiotas.

Mi conclusión es que nos encontramos en la era de la trivialidad. Es el triunfo de lo leve, la apoteosis de lo ingrávido en una sociedad competitiva, pero que ya no se atreve a competir en lo verdaderamente grande.

Hubo un tiempo en el que los concursos radiofónicos o televisivos premiaban a personas que sabían más que nadie sobre determinadas materias o que habían hecho algo extraordinario en la vida.

En los años 50, por ejemplo, la radio hizo célebre en España a un gordito con cara de flan que conocía cada minuto de la vida de Puccini. Poco después, un bedel de la Universidad de Barcelona se nos reveló en la tele como experto ornitólogo. Y algo más tarde nos presentaron a un joven policía con perfil de águila culebrera, que conocía todas las montañas del planeta, y ganó una pasta demostrándolo cara al público. Se llamaba Pérez de Tudela, y todavía anda por ahí dando guerra.

Pero pasaron los años, y ahora nadie parecen tener ganas de descubrir genios ocultos. Se diría que ser el mejor en algo importante ya no vale la pena. Lo que cuenta es ganar más millones que nadie, y para conseguirlo basta con adivinar el precio justo de un lavaplatos, con deducir detrás de qué panel se encuentra el coche soñado o en qué casilla del damero está el viaje al caribe-con-todos-los-gastos-pagados.

Y es que lo importante es jugar. Todos tienen derecho a vencer, que la vida es un juego, un pelotazo al alcance de listos y de memos.

Es significativo que uno de los pasatiempos más extendidos en la última década haya sido el “trívial” (el acento en la í sirve para que suene aún más trivial). El “trívial” es sólo un cuestionario de ingeniosas preguntas. Pero que nadie se asuste. No se necesitan conocimientos especiales. Aunque uno las falle todas, no importa. ¿Quien se sentiría humillado por desconocer semejante elenco de simplezas? Y, precisamente porque de estupideces se trata, hasta el más bobo puede ganar, cualquiera puede ser récord mundial en trivialidades.

¿Veis? Hemos logrado hacer compatible el igualitarismo con la competitividad. Hasta ahora sólo vencían los mejores, los más listos o los más esforzados. Pero esto es injusto: también los vagos, los frívolos y los memos tienen derecho a su pequeño triunfo. ¿Por qué no vamos a ser todos récord de algo? Aún hay muchas marcas por batir.

¿A dónde quiero ir a parar? De momento, si yo fuera, pongamos por caso, recordman mundial de los 10.000 metros, pediría a los editores que no me incluyeran en el Guinness, para no compartir páginas con el lanzador de escupitajos. Lo digo para que no me salpique.

Además temo que si la recordmanía sigue proliferando, mi vecino de enfrente trate de batir el récord mundial de horas-televisión-encendida-a-toda-pastilla, o que alguien pretenda cocinar en el Pantano de Lozoya la sopa de ajo más caudalosa de la historia.

No tengo nada contra los récords; pero quizá no esté de más recordar que las metas importantes no caben en el Guinness, que este libro nunca nos dirá quién tiene el récord de sabiduría, de sinceridad, de amor o de humildad.

Cuando los enamorados afirman querer “más que nadie en el mundo” no mienten, porque el amor auténtico siempre es el más grande; pero tampoco pretenden batir una marca para ganar al vecino. Y cuando uno se siente el hombre más feliz de la tierra, lo es de verdad, aunque haya otros que lo sean también.

San Josemaría escribió hace muchos años: “Jesús, que sea yo el último en todo... y el primero en el Amor.”

Me temo que este record no cabe en el Guinness.


Recuerdos



A Riaza vengo siempre de repaso.

Descubro caminos viejos en los que aún reconozco la huella de mis paseos; paisajes que nada han cambiado. Si acaso, los colores de la montaña, las tonalidades del verde, la música del viento.

Releo los recuerdos que guarda esta tierra: los días de silencio, las charlas al atardecer, sentados en la hierba o de paseo por el campo. Los propósitos de entrega, los deseos renovados.

Regreso al santuario de Nuestra Señora de Hontanares, la ermita de piedra que domina el pueblo en la ladera de la montaña, en un claro del robledal. Allí rezo el Rosario, como otras veces.

Vuelvo a Piedrasllanas, el mirador en lo alto del monte, desde el que se divisan tres provincias. El paisaje es precioso, pero más preciosa es la memoria de haber contemplado con mis padres el mismo horizonte hace veintitrés años.

Me acerco al Hayedo de Riofrío y al puerto de La Quesera, y escucho el grito de una pareja de halcones, que quizá sea la misma que vi en 1998. Los halcones suelen ser longevos y monógamos. ¿Me habrán reconocido?

Y, como voy de repaso, de vuelta en el Albergue, pongo una película en blanco y negro que casi he olvidado. Voy recordando cada escena justo en el momento en que termina la anterior.

En la tele trasmiten otra película mucho más tediosa que también me sé de memoria: el debate sobre el estado de la nación.



miércoles, 4 de julio de 2007

En Riaza todo es fantástico, menos...


menos la línea telefónica.

Tengo el ordenador en boxes, y ahora sólo dispongo del que me prestó Manolo: un portátil modelo "Atapuerca", sin tarjeta de red. Entro en Internet gracias al modem, pero hay que armarse de paciencia.

Lo siento, no escribiré correos hasta el sábado. Homero dormirá, y yo me limitaré a echar una ojeada a los mails que me lleguen.

Hoy he estado en el pueblo. Nada más llegar a la plaza, ha venido corriendo hacia mí un chavalín de ocho o nueve años:

–¡A qué no sabes cuántas columnas tiene esta plaza...!

Y como yo levantaba la vista para comprobarlo, ha gritado:

–¡Mirando no vale!

¿No os he dicho que es grande ser cura? A los curas nos pasan las cosas más extrañas. Y tenemos que saber de todo.

martes, 3 de julio de 2007

Ver un halcón



Sigo en Riaza, un pueblo precioso al Norte de la provincia de Segovia. He venido este año algunas veces, y si por mí fuera, me quedaría hasta Navidad. Desde que existe Internet, en Riaza es posible descansar trabajando (o trabajar descansando), sin sobresaltos telefónicos ni televisores interpuestos. Aquí uno rinde el doble, y siempre hay tiempo para un paseo al atardecer, para gozar de unas puestas de sol inolvidables o para saludar a las aves.

Hoy, después de predicar un Retiro y de preparar tres o cuatro clases, aún he podido ir a Hontanares, la ermita de la Virgen, y he subido un poco más arriba, al mirador desde el que se divisa un panorama de tres provincias.

Pero dejémoslo estar. El sábado volveré a Madrid.

Hasta entonces, ¿qué puedo poner en el blog? Quizá parte de un artículo descongelado que escribí precisamente en Riaza hace qué se yo cuántos años. Contaba una singular experiencia:



Un día subí al Puerto de La Quesera. Dejé el coche a la sombra de un roble y, sentado en una roca, me dispuse a ver los colores y a escuchar los sonidos del monte a la espera del crepúsculo, ya próximo.

De pronto oí el grito inconfundible de una rapaz. Un halcón, pensé, y no me equivocaba: la pareja hizo acto de presencia tan cerca que decidí convertirme en roca para no molestarla. Ni siquiera osé desenfundar los prismáticos.

Los halcones peregrinos quisieron agradecerme la visita con un soberano baile en el cielo. Primero se lanzaron en picado como balas de plata simulando que cazaban. Luego subieron en vertical igual que una fuente luminosa, y, al llegar a lo más alto, se enseñaron las garras mutuamente sobre el cielo rojizo. Después, qué se yo: planearon en círculos, gritaron al sol que ya caía, se enzarzaron en juegos de amor… Fue fantástico.

Entre tanto unos abejarucos –los pájaros con más colorido de Europa– habían empezado a cazar los últimos insectos de la tarde en medio de su inconfundible algarabía. Pero yo no tenía tiempo para ellos. A esas alturas de la función, casi me había convertido en granito.

La fiesta terminó bruscamente. Un ruido ensordecedor puso en fuga a las aves. Un todoterreno y un descapotable con la radio a tope llegaron a mi altura, frenaron y expelieron a seis o siete chavales, chicos y chicas, gritando. La visita duró segundos.

–¡Vámonos tíos; aquí no hay nada que ver!, dijo uno de ellos.

Y desaparecieron en medio de una nube de polvo. Yo creo que ni siquiera se percataron de mi presencia. Tan perfecta era mi metamorfosis.

* * *

Dicen que la naturaleza está de moda, y me temo que es verdad: los montes están llenos de botes, botellas, plásticos y toda suerte de restos inequívocamente humanos.

Sin embargo no es esto lo más lamentable. El problema es que la mayor parte de los visitantes tienen la vista desentrenada. Se conoce que de tanto ver asfalto y hormigón, se les ha atrofiado la conjuntiva y ya no saben admirar lo que tienen delante.

Para algunos el campo es exclusivamente una pista de trial, de mountain bike o de cross: se encasquetan los auriculares, y a correr, que es muy sano. Para otros, es un somnífero natural, que les permite dormir a pierna suelta, lejos de los ruidos de la ciudad. Hay quien busca en el campo un clima distinto o un remedio contra la ansiedad o la depresión, o un sistema de ponerse moreno/a con ese tinte alpino y montaraz que es de tan buen tono. Algunos van por setas.

Todo esto me parece la mar de bien. Como me parece estupendo (relativamente) que se emplee la música de Mozart para que las gallinas pongan huevos o para que los cirujanos se relajen en el quirófano y no les tiemble el bisturí. Sin embargo conviene recordar de vez en cuando que lo importante de la música de Mozart es su belleza y que ha sido pensada para ser oída en primer plano y no como música de fondo en busca de un efecto “útil”. Lo mismo cabe decir de la naturaleza: Dios la ha hecho hermosísima para que la contemplemos. Lo demás…, que venga por añadidura.

–Pues a mi Chopin me relaja cantidad –asegura mi prima Mari Tere–.

–Y usted ¿para qué ve pájaros?, me preguntan con frecuencia mis alumnas.

Para nada, por supuesto.

Aprender a contemplar la belleza –toda la belleza– debería ser una asignatura obligatoria. Claro que no sería fácil encontrar maestros idóneos. Tampoco estaría mal que alguien enseñara a oír el silencio como primera lección de música.

Quizá penséis que esto no es importante. Lo es. Quien sepa descubrir la belleza de las cosas y gozar con ella está empezando a ver al Creador.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios –dice la Escritura– y el firmamento anuncia la obra de sus manos”.

Esto no significa que la contemplación de la belleza sea sólo un medio útil para deducir la existencia de otra belleza infinita. No. La belleza acerca a Dios fácilmente: con solo verla…, y no está en las montañas ni en los museos de arte, sino, sobre todo, en las miradas, en las sonrisas, en el trabajo, en el dolor, en lo ordinario.

–Entonces, si es tan sencillo, ¿por qué tantos no lo descubren?

–Será porque no saben mirar. O porque no han oído el silencio. Más fácil es ver un halcón, y sin embargo…

lunes, 2 de julio de 2007

El Estado-Institutriz ataca de nuevo



Estoy en Riaza, un paraíso de la Sierra en el que no se echa de menos nada. Y menos que nada el aire acondicionado.

Vine ayer, y por el camino volví a oír una y otra vez, hasta la nausea, las paternales admoniciones radiofónicas para incitarme a ser prudente en el manejo de mi bólido. Ya hablé de ellas aquí en otra ocasión.

Lo malo es que ahora al Estado nodriza que nos ampara se le ha agotado la paciencia y ya no aconseja ni amonesta, sino que nos riñe con una gobernanta faltona. Trata de humillarnos, de que nos veamos como seres estúpidos necesitados de disciplina y mano dura.

—¡Qué pasa, tío! —dicen más o menos—, ¿que te mola ir sin casco? Y si te quito tres puntos, ¿qué..? ¡Ah!, que tienes más. Ya. Y cabezas, ¿cuántas tienes? Te vas a matar, ¿sabes? Y tu madre tendrá que ir a reconocer tus sesos en el kilómetro 26 de la autopista. Hazlo por ella, o por lo que te dé la gana: porque te mola una tía o porque no te mola…; pero ponte el casco...

El mensaje termina como siempre. El amonestador se lamenta de que no puede llevar nuestro vehículo.

En el artículo que escribí sobre este asunto, manifesté mi inquietud ante esta amenaza implícita: ¿quién es el que quiere conducir por nosotros, aunque de momento no pueda?¿Serán los extraterrestres?

Gracias a Dios el enigma ha quedado resuelto. En la nueva versión que oí ayer, la advertencia final viene con firma:

“—¡No podemos conducir por ti! Gobierno de España.”

Menos mal. Ahora estoy tranquilo. Es nuestro amado gobierno quien desearía ir al volante de mi Polo. Cuando lo consiga, tal vez tenga como chofer al mismísimo ministro de justicia, persona encantadora y de amable conversación, que me guiará por las sendas del bien.

Ya estoy más tranquilo.


domingo, 1 de julio de 2007

Perdón, perdón, perdón...




Nunca supuse que este blog generaría un volumen tan alto de correspondencia. Entre los que ponen comentarios al pie de las entradas y los que me escriben directamente por correo electrónico, que son muchos más, esto está más concurrido que el Metro de la Puerta del sol.

Como además bastantes de los que llegan tienen su propio blog y casi siempre es estupendo, tendría que visitarlos todos y añadir algún comentario. Lo siento, el tiempo no me da para más.

Escribo esto para pedir perdón a los que he castigado con mi silencio y a los que castigaré de ahora en adelante. Es verdad, pocas veces respondo. Pero tomo nota, encomiendo, visito vuestras webs y salgo de puntillas.