domingo, 7 de agosto de 2011

"La escapadita"


 Agroturismo
Hace muchos, muchos, años nació “el veraneo” y con él los veraneantes. El veraneo duraba dos o tres meses y no era cosa de la plebe. Sólo las familias con pasta podían ir a Zarauz, a gozar del chalet junto a la playa con los niños, el servicio doméstico, el perro y el albornoz.
El desarrollismo y el Corte Inglés acabaron con el veraneo e inventaron “las vacaciones”. Las vacaciones, también llamadas “vacas”, se presentaban en dos formatos: mensuales y quincenales. En ambos casos eran un derecho de los trabajadores, que se sentían injustamente frustrados si un año, por casualidad, no podían tomárselas.
Con las vacas, se vaciaban las grandes ciudades, y los urbanitas y urbanitos huían hacia la costa en busca de nuevas aglomeraciones bajo el sol tórrido del Mediterráneo. Todo quisqui tenía sus vacas programadas, y hasta los cruceros dejaron de ser un privilegio de las clases pudientes.
―Este año hemos estado en Creta, en Malta, en Atenas… Hija, ya ni me acuerdo; pero me he traído unas pirámides como las de Egipto que se enchufan y se iluminan. Me han quedado estupendas encima de la tele.
Las vacaciones eran democráticas e igualitarias: en traje de baño, desaparecían las clases sociales: jefe y currante compartían chapapote y chiringuito con la mayor naturalidad.
Pero llegó la crisis y, con ella, “el veranito”; y con el veranito, “la escapadita”.  
―¿Tomas vacas este año?
―¡Qué más quisiera! Si acaso, alguna escapadita al pueblo.
La escapadita ha resucitado muchos pueblos de Castilla, que estaban abocados a la desaparición.
―Pues yo este año voy a practicar turismo rural.
―¿Y ecológico?
―Eso, ecológico.
Las viejas casonas de pueblo se han convertido en casas rurales. Los niños descubren el campo y aprenden que las patatas fritas del Burger King no cuelgan de los árboles y que el pollo frito tuvo una juventud emplumada.
Luego están los que ni siquiera pueden permitirse la escapadita. Me temo que ya son mayoría; pero siempre hay una salida digna:
―Mira, chica, como en Madrid en ninguna parte. Agosto en Madrid es divino. Por las noches te tomas tu cervecita en una terraza y a vivir Paloma que son dos días. Por cierto, no tendrás suelto. Es que me he dejado el monedero en casa, y…
No sé por qué escribo estas cosas. Será que Kloster se ha marchado de crucero y no me encuentro muy inspirado. Mañana me voy a Molinoviejo hasta fin de mes. Pero cuando mi vecina Pilar me ha preguntado si voy a tomarme unas vacas, me he comportado como un hipócrita:
―¿Vacas? ¡Quién pudiera!… Sólo una escapadita a Ortigosa del Monte.
 
  
 
 
 

Empiezo la cuenta atrás

Sólo faltan 9 días. Yo comienzo hoy mismo una Novena a San Josemaría para pedir por el Santo Padre y por el fruto de la JMJ. Mientras esperamos, aquí tenéis para abrir boca el himno oficial de la Jornadas.
 

Claro que a mí me gusta más esta versión pop, a pesar de que no tiene imágenes
 

sábado, 6 de agosto de 2011

Escritores consagrados



José Ramón Ayllón, filósofo. escritor y amigo, publica hoy este artículo en “La Gaceta”. Yo sólo añadiré una palabra: olé.


Con aburrida insistencia, en esta España protésica y atípica, nuestros escritores consagrados repiten sus argumentos jurásicos sobre el franquismo, el Papa, la homosexualidad o Galileo. Y nos parece una obsesión asociada, en muchos casos, a un escaso conocimiento del ser humano y de su historia, como ponen de manifiesto, en sus novelas, unos personajes de ficción que tienden a ser planos, tristes, triviales.
Está claro que nuestros escritores consagrados saben escribir. Incluso dominan la forma y reciben premios prestigiosos. Pero su fondo tiene a menudo la decepcionante profundidad de un charco después de un aguacero. Se diría que están muy lejos de sospechar la hondura del misterio humano que se vislumbra, sobre todo, cuando la libertad descubre el horizonte inquietante de una responsabilidad más allá de la muerte. Sin esa libertad, sin ese misterio y sin esa responsabilidad, no habría Hamlet ni Raskolnikov, ni Antígona o don Quijote, por supuesto. Pero tampoco tendríamos la cordialidad maravillosa de Dickens, Saroyan, Natalia Ginzburg, Marisa Madieri o Dorothy Sayers. Es lo que echamos de menos, precisamente, en nuestros escritores españoles.
Así, a nuestra Elvira Lindo, chica de la progresía posfranquista, le provocaba sarpullido cualquier cosa que oliera a trascendencia. En consecuencia, ella y su gente se instalaron en una cultura comprometida con la intrascendencia, hasta que no lo soportaron y empezaron a evadirse. Pero toda evasión, si no es por elevación, tiene su precio. En la entrevista que concede a la revista literaria Mercurio, Elvira Lindo, esposa de Muñoz Molina y mamá de Manolito Gafotas, reconoce que, por aquellos idealizados años ochenta, “la droga arrasó con muchos de mis amigos, y en cuanto a la cultura había un camelo tremendo”. ¡Y tanto! El mismo camelo –ya es coincidencia– que uno encuentra, sin ir más lejos, en su última novela, donde la apuesta por la intrascendencia sigue siendo explícita, encarnada en unos personajes planos, llenos de vacío y –como diría Gustavo Bueno– con alma de esclavos.
Esa misma impresión nos dejan, salvando las distancias del Nobel, muchos personajes de Vargas Llosa, autor que reconoce compartir con Emma Bovary “nuestro incurable materialismo, nuestra predilección por los placeres del cuerpo sobre los del alma, nuestro respeto por los sentidos y el instinto, nuestra preferencia por esta vida terrenal a cualquier otra”. Este panorama lo ilustra muy bien Sergio Vila-Sanjuán en Pasando página, estudio rebosante de información y anécdotas, con las señas de identidad de los mejores editores, autores y libros españoles de la España democrática: Lara, Barral, Herralde, Cela, Millás, García Márquez, Saramago… Autores y editores son englobados por SVS –con pocas excepciones– en la gauche divine, izquierda que respira el viejo idealismo de mayo del 68. En sus best sellers, el periodista aprecia cuatro ingredientes comunes: el gusto por la cultura, el cosmopolitismo, la ambigüedad sexual y la amoralidad.
Lo que Vila-Sanjuán no cuenta –porque tampoco es la misión del libro– son las consecuencias de todo ese planteamiento alternativo. Las resumió Pérez-Reverte, hace una década, en El Semanal: “Me aterra que semejantes personajes, irreales, embusteros en su pretendida naturalidad, tan planos como el público que los reclama e imita, se consagren como referencias y ejemplos”. Se refería a una serie televisiva, pero entre aquella serie y nuestros novelistas consagrados hay una profunda afinidad. Uno se pregunta de dónde procede la escasa estatura de nuestras letras actuales. Con la muerte de Franco había que salir del nacional catolicismo, pero no era necesario venderse al radical inmoralismo, a una libertad y estilo de vida cuyos efectos –directos o colaterales– ahora todos deploran: contracultura televisiva, degradación educativa galopante, aborto y divorcio a la carta, droga fácil, juventud embotellada e indignada, corrupción endémica de la clase política, incremento exponencial de las enfermedades de transmisión sexual… Cualquier lector no ideologizado podrá concluir –a la vista de lo que han sembrado y cosechado, y también de la gran oportunidad perdida–, que la gauche divine no es precisamente inocente: hay en ella, al menos, una profunda irresponsabilidad histórica.
Platón grabó a fuego, en el imaginario de Occidente, nuestra condición cavernícola. Pero la lectura esencial de esa historia apunta fuera del mito y se resume en tres palabras: hay otro mundo. Verdad enorme, ampliamente atestiguada por la Biblia y aceptada como evidente, durante muchos siglos, por todos los europeos. Pero eso es otro cantar, porque hace tiempo que en la vieja Europa estamos –como observa Jiménez Lozano– “encantados de descender del mono y de los surrealismos y totalitarismos del siglo XX, que nos han acostumbrado a admitir que la noche es el día, y a tomar la basura por la más grande de las creaciones humanas”.

Aniversarios, memoria y amnesia


El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, una bomba lanzada por el Enola Gay estalló a una altura de 580 metros sobre el centro de Hiroshima y mató a unas 70.000 personas al instante. La onda expansiva, a unos 6.000 grados de temperatura, no dejó un edificio en pie y carbonizó los árboles a 120 kilómetros de distancia.
Varios minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a las miles de personas que habían escapado del calor y las radiaciones. Dos horas después habían muerto unas 120.000 personas, 70.000 habían resultado gravemente heridas y el 80% de la ciudad había desaparecido.

Eran las 8,15 en todos los relojes. También en éste que apareció entre las ruinas de Hiroshima

No me contradigo con lo que escribí ayer. No quiero ser yo ahora quien levante “el estandarte del diablo”. Pero recordar es bueno ―y necesario― cuando lo hacemos desde el perdón y la oración. 
Lo malo de eso que llaman “memoria histórica” es la simultánea “amnesia histórica” que fomentan unos y otros para no sentirse obligados a pedir perdón.   
 

viernes, 5 de agosto de 2011

Monolitos


¿Un monolito? No, es sólo un parquímetro.

Leo en la prensa que la Junta de Andalucía quiere llenar de monolitos aquella región. Allá donde se haya perpetratrado un crimen de la guerra civil o de la represión franquista, habrá que poner el correspondiente marmolillo con todos los datos para que nadie lo olvide.
El comunicado de la Junta habla de Justicia, de homenaje a las víctimas, de memoria histórica…  Suponen nuestros amados líderes que las “familias” (o sea los biznietos de los muertos) necesitan esas piedras para ser más felices.
No dicen nada en cambio  del rencor, del empeño por alimentar el odio; de los muertos como armas arrojadizas.
Yo, por mi cuenta y riesgo, me pregunto cuándo nos libraremos de esta enfermedad crónica que nos envenena la sangre durante generaciones y sólo se sacia con la venganza permanente. ¿Aprenderemos algún día a perdonar, a olvidar, a convivir? 
Es la segunda vez que cuelgo en el blog estas palabras de San Josemaría:
No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo.  La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.  (Vía Crucis, 8ª Estación, n. 3).
―Tienes razón, Kloster; éstos al menos no levantan una cruz. La cruz les produce sarpullidos. Prefieren el inocente símbolo masónico del monolito.

jueves, 4 de agosto de 2011

El hermano pequeño de Pedro, en Hong-Kong


Don Andrés ya va camino de Corea. Lo conocí hace un par de meses en Molinoviejo y me pareció insultantemente joven y dotado de un entusiasmo envidiable. Sí, he escrito envidiable, a pesar de que habitualmente repudio esa palabra. Reconozco que sentí envidia al verlo tan lleno de vitalidad y con tantas ganas de comerse el mundo. Asistíamos los dos a una convivencia de sacerdotes de la Obra, y allí nos contó que este verano se iría a vivir a Corea.
―Bueno, antes pasare por Hong-Kong para ambientarme.
Andrés no sabe media palabra de chino ni de coreano, pero “se maneja” en inglés. Por tanto deberá dedicar muchos meses a aprender la lengua y tendrá tiempo para ser corresponsal de este globo en el Extremo Oriente. Se lo propuse formalmente y aceptó a cambio de que todos los globeros recemos por la labor del Opus Dei en Corea.
Esta mañana he recibido su primer correo desde Hong-Kong. No tiene carácter de crónica, sino de carta circular para un grupo de amigos. Por eso sólo transcribo aquí unos párrafos de sus primeras impresiones y la anécdota final:
Esta ciudad es increíble. Tiene un puerto gigantesco (la puerta de China), y además, según me acercaba a la ciudad iba viendo cada vez rascacielos más grandes. Las casas normales tienen más de veinte pisos, y los de oficinas tienes que romperte el cuello para ver la parte de arriba. Entre edificio y edificio solo hay calles estrechas. Y todo esto, en un terreno que va escalando la montaña, con más pendiente que en Canarias: Torre Espacio se quedaría minúscula aquí.
 Al llegar a casa, me duché, recé un poco, y enseguida a comer (12.45). Ya por la tarde (cuando en España estabais levantándoos de la cama) lo primero que hice tras el rosario, fue rezar un poco y celebrar Misa. Después, no me dejaron ponerme a escribir correos, porque parece ser que el Jet Lack, el desfase horario, se suaviza si te mueves conforme al horario nuevo. Yo pensaba que eso del cambio horario era sólo para débiles, pero sin darme cuenta, aquí, me fui quedando dormido por todas partes en cuanto dejaba de moverme.
Fui  a comprar las sotanas blancas ―ahora entiendo porqué no son un capricho― con D. Ramón. Allí, me pusieron mi nombre en chino: no me acuerdo como sonaba, pero literalmente se traduce por "hermano pequeño de Pedro".
En efecto, el Apóstol Andrés es el hermano pequeño de San Pedro, y ahora lo tendremos de corresponsal.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Los colores del verano

 
Salgo de Bilbao por la Nacional I, y enciendo la radio. La agencia estatal de meteorología me cuenta que estoy en alerta amarilla por lluvia y viento. Cien kilómetros más adelante, la alerta ya es naranja y en algunas provincias occidentales, roja. Ignoro si existen más alarmas cromáticas; pero los de tráfico también se han apuntado al sistema. En plena operación salida, me encuentro con “nivel blanco”, o sea, ningún problema. Al parecer en las salidas de Madrid hay “nivel amarillo”, tráfico lento con paradas intermitentes, y en algunos casos, nivel negro, atasco mortal. Aún no han descubierto que también existe el “nivel marrón”, por obras interminables en la calzada, con estrechamientos y camiones paralizadores del tráfico.
Gracias a Dios los meteorólogos no dan una, y la alerta amarilla se traduce en un cielo gris con sirimiri a la altura de Burgos.
Los servicios informativos hablan de economía y crisis: las Bolsas europeas padecen un martes negro y España ha pisado la línea roja de la prima de riesgo.
Apago la radio y pongo un disco: Plácido Domingo canta Dammi i colori. Recondita armonía. 

martes, 2 de agosto de 2011

La recta final


―Parece mentira que, precisamente tú, me digas que debo cambiar. Nadie cambia jamás, y lo sabes muy bien. Todo lo más adquirimos algo de experiencia y aprendemos a tolerar nuestros defectos. ¿Cambiar? Lo que no hemos hecho en cincuenta años no vamos a hacerlo ahora que hemos entrado en la recta final. 
Más o menos éstas fueron tus palabras (corrígeme si me equivoco). Me hizo gracia el tono condescendiente que empleaste. Total, sólo tienes dos años más que yo. Claro que, en el colegio, parecías mucho mayor.
Te repito ahora algo de lo que te dije entonces. Es verdad que vamos haciéndonos mayores; pero te revelaré un secreto: sí que es posible sacar matrículas de honor en junio empezando a estudiar en la recta final aunque uno no haya salido en la pole position del mes de octubre. Yo lo hice más de una vez, pero no se lo digas a nadie.
¿Y tú? ¿Tan mayor te ves o es sólo cobardía? Anda, muchacho, ajústate el marcapasos y ven a la JMJ. Es posible que un anciano sabio, que comenzó una nueva vida casi al final, te convenza de que siempre es posible volver a empezar.  

lunes, 1 de agosto de 2011

Hoy es lunes pero...

esto no es publicidad.

Resulta que un grupo de chicos y chicas que participarán en la JMJ, han decidido ponerse frente a una cámara y explicar lo que piensan sobre el aborto, el divorcio, la eutanasia, el celibato sacerdotal y otras cuestiones más o menos polémicas.
Aquí tenéis 4 vídeos escogidos al azar. El resto están en YouTube.Si poneis en Google "catequesisarguments" encontraréis muchos más. Vale la pena verlos.






Al parecer ha habido algún que otro personaje que se ha enfadado una barbaridad al ver estos vídeos y se ha permitido responder a los argumentos de los chavales con insultos o etiquetas descalificadoras. Qué se le va a hacer.  El respeto a la libertad de expresión es una asignatura que algunos no terminan de aprobar.