
Agroturismo
Hace muchos, muchos, años nació “el veraneo” y con él los veraneantes. El veraneo duraba dos o tres meses y no era cosa de la plebe. Sólo las familias con pasta podían ir a Zarauz, a gozar del chalet junto a la playa con los niños, el servicio doméstico, el perro y el albornoz.
El desarrollismo y el Corte Inglés acabaron con el veraneo e inventaron “las vacaciones”. Las vacaciones, también llamadas “vacas”, se presentaban en dos formatos: mensuales y quincenales. En ambos casos eran un derecho de los trabajadores, que se sentían injustamente frustrados si un año, por casualidad, no podían tomárselas.
Con las vacas, se vaciaban las grandes ciudades, y los urbanitas y urbanitos huían hacia la costa en busca de nuevas aglomeraciones bajo el sol tórrido del Mediterráneo. Todo quisqui tenía sus vacas programadas, y hasta los cruceros dejaron de ser un privilegio de las clases pudientes.
―Este año hemos estado en Creta, en Malta, en Atenas… Hija, ya ni me acuerdo; pero me he traído unas pirámides como las de Egipto que se enchufan y se iluminan. Me han quedado estupendas encima de la tele.
Las vacaciones eran democráticas e igualitarias: en traje de baño, desaparecían las clases sociales: jefe y currante compartían chapapote y chiringuito con la mayor naturalidad.
Pero llegó la crisis y, con ella, “el veranito”; y con el veranito, “la escapadita”.
―¿Tomas vacas este año?
―¡Qué más quisiera! Si acaso, alguna escapadita al pueblo.
La escapadita ha resucitado muchos pueblos de Castilla, que estaban abocados a la desaparición.
―Pues yo este año voy a practicar turismo rural.
―¿Y ecológico?
―Eso, ecológico.
Las viejas casonas de pueblo se han convertido en casas rurales. Los niños descubren el campo y aprenden que las patatas fritas del Burger King no cuelgan de los árboles y que el pollo frito tuvo una juventud emplumada.
Luego están los que ni siquiera pueden permitirse la escapadita. Me temo que ya son mayoría; pero siempre hay una salida digna:
―Mira, chica, como en Madrid en ninguna parte. Agosto en Madrid es divino. Por las noches te tomas tu cervecita en una terraza y a vivir Paloma que son dos días. Por cierto, no tendrás suelto. Es que me he dejado el monedero en casa, y…
No sé por qué escribo estas cosas. Será que Kloster se ha marchado de crucero y no me encuentro muy inspirado. Mañana me voy a Molinoviejo hasta fin de mes. Pero cuando mi vecina Pilar me ha preguntado si voy a tomarme unas vacas, me he comportado como un hipócrita:
―¿Vacas? ¡Quién pudiera!… Sólo una escapadita a Ortigosa del Monte.





