Desde el Balcón de Hontanares se divisan tres Provincias
De nuevo estoy
en Riaza. Esta vez no me acompañará nadie, sólo el otoño, que parece acentuar
aún más la soledad: hay un silencio insólito en el jardín. Ni un pájaro, ni el
ladrido de un perro, ni siquiera el rumor de la brisa. Aún no amarillean las
hojas de los árboles, pero los colores apenas tienen vida y se van apagando
poco a poco. El crepúsculo se prolonga perezosamente durante horas, y la sierra
se viste de un rojo mortecino, ceñida por las pocas nubes que quedan en el
horizonte.
Hoy he predicado
la primera meditación de la convivencia y he dado gracias a Dios en voz alta
por todo lo que hemos vivido en los últimos días. ¿De qué otra cosa podría
hablar? Luego he explicado tres clases
de Teología y me he sentado en el confesonario durante algo más de una hora.
Vuelvo a
"mi zona" y entro en "mi" pequeño oratorio para hacer
compañía al Señor. Es una habitación muy chica. Le pido al Maestro, como los
discípulos de Emaús, que se quede conmigo esta noche porque se está acabando el día y no quiero estar solo.
Mañana es una
gran fiesta y volveré a predicar y a decir "gracias". No se me ocurre
otra cosa.