Hace un par de años escribí este cuento para que lo leyera mi
sobri-nieto Javi en el día de su primera Comunión. Como estaba previsto, a su
madre le encantó y hasta soltó alguna lágrima. De Javi no me consta ninguna
reacción especial.
Ahora que llegan las primeras comuniones de miles de niños y niñas, se lo dedico a cada uno con todo mi cariño.
* * *
Querido
Javi.
Soy
Gaby (o sea, Gabriel) y trabajo en el Cielo como Arcángel Custodio de la Virgen
María.
Me
ha contado tu tío que el día 20 de mayo vas a hacer la primera Comunión y, como
él ahora está muy lejos, me pide que escriba un cuento para mandártelo como
regalo.
Yo
le he dicho que los Ángeles no sabemos inventar historias falsas. Sólo decimos
la verdad; pero tu tío ha insistido:
—Por
eso quiero que lo escribas tú. Javitxu se merece un cuento que no sea cuento.
Seguro que en el Cielo hay mogollón de anécdotas que nadie hasta ahora ha
puesto por escrito. ¿Por qué no nos explicas, por ejemplo, cómo fue la Primera
Comunión de la Santísima Virgen?
Tenía
razón. Así que le he arrancado a Rafael una de sus plumas de colores, la he
mojado en tinta celeste color verde esmeralda y me he puesto a la tarea.
Aquí
tienes el resultado:
San Juan Evangelista dando la Comunión a la Virgen (Iglesia de los Santos Juanes. Valencia)
Era
el día de Pentecostés. Acababa de venir a la tierra el Espíritu Santo, que se
posó sobre las cabezas de los apóstoles dividido en pequeñas llamaradas. Un
huracán luminoso alborotó el salón y oímos una música suave que venía del
Cielo. San Pedro entonces se puso en pie, salió al balcón y pronunció un
discurso ante la multitud. Hay que ver lo bien que le salió. Todos entendieron
sus palabras gracias a que un centenar de ángeles políglotas hicieron la
traducción simultánea a cincuenta o sesenta lenguas: le escucharon en griego,
latín, francés, euskera, kikuyu, tagalo, mandarín, etc., cada uno solo en su
idioma. Fue una pasada. Nunca se había hecho antes, pero era necesario que la
gente supiese que había comenzado una nueva era. Nacía la Iglesia Católica y
las puertas del Cielo se abrían de par en par para todos.
Enseguida
empezaron los bautizos. Los apóstoles fueron de cabeza. Imagínate, 3.000 personas
en una sola mañana. Y, como a partir de ese día ya era posible celebrar la
Santa Misa, los recién bautizados y todos los que habían recibido al Espíritu
Santo se pusieron en cola para comulgar por primera vez. Fue la Primera
Comunión más numerosa de la historia.
—¿Y
la Virgen?
Mi
señora se había escondido en un rincón porque quería pasar inadvertida. Yo
supuse que no comulgaría. Al fin y al cabo ya había recibido a Jesús muchos
años atrás, cuando era una chiquilla y yo un arcángel novato. En aquella ocasión
Dios mismo me envió a Nazaret para anunciarle que el Señor estaba impaciente
por venir a la tierra y que, si daba su permiso, ella iba a ser la Madre del
Mesías. Mi Señora dijo que sí y, a partir de ese instante, llevó a Jesús en su
seno durante 9 meses. Eso era mucho más que una Comunión.
No
caí en la cuenta de que la "Llena de Gracia" tenía más ganas que
nadie de recibir a su Hijo por segunda vez ¡Quería hacer su Segunda-Primera
Comunión! Y tenía todo el derecho del mundo.
Como
comprenderás, querido Javi, la Virgen y yo teníamos ya largas conversaciones a
solas. Nadie se daba cuenta porque no necesitábamos palabras para charlar y,
por supuesto, sólo María podía verme. Para los demás, los ángeles somos
invisibles. El caso es que el mismo día de Pentecostés me llamó la Señora y,
con su delicadeza y cariño habituales, me dijo:
—Mira,
Gaby, mañana por la mañana voy a hacer la Primera Comunión. Juan, que es el
apóstol más joven y Jesús me lo encomendó antes de morir, celebrará la
Eucaristía en casa por primera vez, y estaré yo sola con él. Pero hay un
problema: cuando pasen los siglos, los niños y las niñas harán su primera
comunión vestidos de fiesta. Yo tendría que darles ejemplo, y resulta que no
tengo nada que ponerme. ¿Cómo puedo hacer la Primera Comunión con este vestido?
Me
aparté un par de metros para mirarla con más atención, y quedé deslumbrado como
me ocurre siempre. Si los hombres hubiesen visto a la Santísima Virgen como la
veo yo a todas horas caerían rendidos a sus pies. Desde pequeñita hasta el
final de su vida fue siempre la mujer más guapa que ha habido jamás. ¡Qué
importa el vestido! Cualquier prenda parecerá una joya si lo lleva la Reina de
los Ángeles y de los hombres. Sus ojos
verdes, enormes y transparentes, parecían iluminar la estancia entera.
María
tenía casi sesenta años, y, claro, se le marcaban algunas arruguitas junto a
sus ojos y la boca. Y su cabello era blanco, como el de casi todas las abuelas.
—No
importa —le dije—; esto te lo arreglo yo en un plisplás. Encargaremos a los
ángeles-modistos un vestido azul como el mar con ribetes de plata. Luego te
pondremos una diadema de brillantes y esmeraldas y unos zapatos de cristal…
—No,
Gaby —me interrumpió María—. No quiero eso. Yo soy la Esclava del Señor, y sólo
me gustaría recuperar, arreglada y limpia, la ropa que llevé en Nazaret cuando
me preguntaste si quería ser la madre de Jesús y yo te dije que sí…
—Pero,
Señora, han pasado muchos años y tu vestías como una chica pobre de un pueblo
muy pobre. Recuerdo que llevabas un delantal blanco sobre una falta gris y una
blusa muy sencilla…
—Eso
es lo que necesito. Nada más. Jesús no tuvo ningún inconveniente en vivir junto
a mi corazón, a pesar de ese vestido. Con él fui a ver a mi prima, Isabel, y
luego, camino de Belén. Lo tuve que lavar muchas veces y dejarlo al sol para
que se secase… Ahora me gustaría poder hacer lo mismo. Seguro que el Señor
estará contento.
Me
retiré de la presencia de la Virgen. En mi casa del Cielo, guardado en un
armario de marfil, estaba el vestido que yo mismo conservaba como recuerdo.
También el pañuelo floreado de varios colores que María llevó en la cabeza. Lo
extendí todo sobre una nube de algodón y llamé a los ángeles modistos para
poner en práctica una pequeña travesura que se me había ocurrido.
* *
*
Al
día siguiente, en la misma habitación donde Jesús y los apóstoles tuvieron la
última cena, San Juan celebró la Misa para su Madre, María. Ella, igual que en
el Jueves Santo, amasó el Pan y preparó el Vino que se iban a convertir en el
Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
—¿Sabes
que estás muy guapa con ese vestido? —le dijo Juan, que se consideraba hijo de
mi Señora, y la llamaba siempre "mamá"—. Te veo mucho más joven, como
una chiquilla, con ese pañuelo en la cabeza.
María
se rió:
—Eso
es porque me he tapado las canas.
Comenzó
la Misa. Asistieron también dos amigas de la Señora: Salomé, que era la madre
de Juan y Santiago, y María Magdalena. Sólo la Virgen se dio cuenta de que,
además, en aquella pequeña estancia, había un coro de millones y millones de
ángeles que cantábamos una melodía recién inventada, que sólo se oía en todos
los rincones del Cielo.
Justo
antes de la Comunión, San Juan dijo unas palabras a la Virgen. Le habló de
aquel momento en que Jesús, desde lo alto de la cruz, le encomendó a él que
cuidara de su Madre, y a María, que recibiera a Juan como hijo.
—¿Recuerdas,
mamá? Pues ahora yo te digo lo mismo que nos dijo el Maestro: aquí tienes a tu Hijo. Te lo entrego por
primera vez en forma de Pan. Y lo haré cada mañana hasta que los dos vayamos al
Cielo.
María
tomó el Cuerpo de Jesús y comulgó en silencio. En ese momento, San Juan y las
dos mujeres que acompañaban a la Señora vieron bajar del Cielo una nubecilla
luminosa que cubrió por un instante a la Santísima Virgen. Al disiparse la
niebla, todo había cambiado: el rostro de María volvía a ser el mismo que yo vi
en Nazaret, el de una chiquilla preciosa de 14 años. Su cabello negro había
recuperado el brillo y el color de entonces, y ya no estaba sentada en un
humilde taburete, sino en un trono de oro y terciopelo .
Lo
del vestido fue cosa nuestra. Los ángeles diseñamos un modelo especial para ese
momento: el pañuelo de la cabeza se había convertido en una corona de flores
naturales que se entrelazaban con su cabelloy llenó la sala de una leve
fragancia que no parecía de este mundo. Y elmodesto hábito de campesina que
había elegido la Virgen se transformó de pronto en una espléndida túnica blanca
con bordados de oro y plata en las mangas y sobre la cintura. Seis ángeles se
hicieron visibles para llevar la cola del manto azul que completaba el atuendo
de María. Y volvió a sonar la música que, ahora sí, todos pudieron oír con
absoluta claridad.
* *
*
¿Y
ya está?
Por
supuesto que no. Te contaré un secreto: para celebrar ese día, los ángeles
creamos una receta nueva: la del chocolate con churros, que, desde entonces, ha
tenido bastante éxito en casi todas las primeras comuniones.