miércoles, 8 de mayo de 2019

Hace 3 años


Hoy se cumple el tercer aniversario del fallecimiento de mi madre. Así lo conté en el globo aquel día. Ni que decir tiene que esta mañana en la Santa Misa me he encomendado a ella como siempre, y le he pedido por tantas cosas que no sería discreto poner aquí.
También la he rezado por ella, claro. aunque sé muy bien que no necesita mis oraciones. Yo sí que las necesito.

martes, 7 de mayo de 2019

Hablar de mi Madre



Ayer me tocó predicar sobre la Virgen, y recordé a aquella niña de 14  años  —¿qué habrá sido de ella?— que se negó en redondo a escribir un folio sobre su madre. La profe de lengua de Aldeafuente les había mandado que hicieran esa redacción en clase, pero Raquel se levantó muy enfadada y se marchó del aula. Al día siguiente ella misma me contó el porqué de su desplante. 
—No puedo escribir sobre mi madre sin hablar de mí misma. Y no quiero que nadie se meta en mi vida, ¿vale?
Ayer yo pensé que lo mismo. ¿Cómo puedo predicar sobre la Virgen María sin desnudarme delante de los que me escuchan? 
No me fui del oratorio, pero me tocó pasar un rato de vergüenza.


domingo, 5 de mayo de 2019

Carta de Kloster



Querido Colega:
Sé que alguno de los pocos lectores que te quedan me echa de menos. Es natural; siempre he sido un elemento básico en ese globo que con tanta torpeza sigues pilotando.
No sé si volveré. En los viejos tiempos llegamos a tener más de cuatro mil seguidores diarios. Mérito mío, claro. Ahora apenas te leen dos docenas de fieles insensatos. ¿Por qué no proclamas a los cuatro vientos que has regresado? ¿Acaso tienes miedo de comprobar que ya nadie te sigue como antes?
Voy a ser magnánimo. Cuando vea que el globo ha remontado el vuelo  y que recupera la gloria de antaño, regresaré. Hasta entonces no cuentes conmigo. Atte.
HK














He contestado a mi amigo que no le necesito. Está viejo y achacoso. Ya me buscaré otro interlocutor. En todo caso, no haré el menor esfuerzo por buscar nuevos pasajeros para el globo. Si los antiguos dan conmigo y quieren subir a bordo, serán bienvenidos, pero en esta nueva etapa me gustaría convertir el blog en una especie de mesa camilla, o a lo sumo en un modesto cuarto de estar donde nos reunamos los amigos para conversar de nuestras cosas.
Y a Kloster…




sábado, 4 de mayo de 2019

34 nuevos curas



Mientras escribo estas líneas, asisto “en directo”, desde una esquina de mi pantalla, a una solemne ceremonia que se celebra en la Basílica de San Eugenio de Roma. Se trata de la ordenación sacerdotal de 34 fieles del Opus Dei presidida por el Arzobispo de Valencia, el Cardenal Cañizares.
Está terminando la Misa. La cámara va recorriendo lentamente los rostros de los nuevos curas. No son unos niños. Algunos han superado ya los 40. El pelo escasea y las canas han hecho acto de presencia en más de una testa. Parecen lo que en realidad son: unos profesionales del Derecho, la Medicina, la Enseñanza, la Ingeniería… a los que, de pronto, les ha salido un alzacuello y están dispuestos a ser, de ahora en adelante, sacerdotes a jornada completa.
Me viene el recuerdo de mi propia ordenación. Yo era de los mayores y solo tenía 28 años. Ya se ve que algunas cosas han cambiado; pero estoy seguro de que “la procesión” que, según dicen, “va por dentro”, es la misma.
Todos los sacerdotes tenemos clavada en la memoria del corazón cada uno de los momentos de esta ceremonia y las emociones, los deseos y los propósitos de nuestra primera Misa. San Juan Pablo II la recordaba así en su Encíclica sobre la Eucaristía:
Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han quedado fijos en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota. 
Yo pido ahora al Señor y a su Santísima Madre que estos 34 nuevos sacerdotes no se acostumbren nunca a tener en sus manos a Jesús ni a perdonar los pecados en nombre del Señor; que sean ellos mismos Cristo que pasa para sus hermanos, y que, siempre, como quería San Josemaría, sean santos, doctos, alegres…, y “deportistas” en su lucha personal. 

jueves, 2 de mayo de 2019

Sobre mis interlocutores

A partir de ahora, cada vez que cuente una historia o reproduzca un diálogo más o menos privado* con otra persona, en lugar de inventarme un nombre para no desvelar la identidad de mi interlocutor, utilizaré siempre los siguientes:
Alex, si hablo con un chico;
Raquel, si se trata de una chica;
Don Gregorio, si es un adulto
Doña Clotilde, si hablo con una señora.
* Por supuesto serán siempre conversaciones reales, pero no tan confidenciales que no puedan ser divulgadas. Ni que decir tiene que lo que conozco en la Confesión simplemente lo olvido. El mismo Dios dice en la Sagrada Escritura: "no recordaré vuestros pecados". ¡Magnífica amnesia divina, de la que participamos todos los sacerdotes sin ningún esfuerzo!

Propósitos de mayo






Para este mes, dedicado a Nuestra Señora, Raquel ha hecho solo un propósito:
—Cada vez que mire al móvil, me inventaré una jaculatoria distinta para la Virgen.
—Te vas a hinchar a decir jaculatorias —le contesto—.
—No crea. Ya empecé ayer. Lo que pasa es que miro menos al móvil. No es tan fácil improvisar cada vez una jaculatoria diferente.
—Está claro. La Virgen te está ayudando. A ella no le importa que digas alguna jaculatoria menos con tal de que de vez en cuando levantes la vista de la dichosa pantallita.


El puente





—Esta vez os habéis pasao tres pueblos. ¿Puente? ¡Esto es el acueducto de Segovia! El miércoles, día del trabajo; el jueves, fiesta de la Comunidad de Madrid; el viernes, descanso; el sábado, sábado, y el domingo, domingo. ¿Es que nadie trabaja en esta tierra?
A Martin le gusta ejercer de extranjero a pesar de que lleva en España 40 años, o sea, desde que hizo la primera comunión, y habla un castellano perfecto con música y letra del barrio de Chamberí.
Martin, con su melena rubia cada día más rala y su mirada azul, cuando va a El Corte Inglés o a cualquiera de las tiendas de moda del Barrio de Salamanca, improvisa un acento británico espantoso y charla con las dependientas (con ellos no; solo con ellas) como un guiri cualquiera. Luego remata la faena pasando bruscamente al castellano-madrileño, no compra nada y se va con la música a otra parte.
—¿Te das cuenta que esa gamberrada es típicamente española? —le sermoneo—. Eres más hispano que el jamón ibérico.
El caso es que Martin es amigo mío desde que estudiaba en la Facultad de Medicina. No terminó la carrera —había que currar demasiado— y se pasó a Derecho. Tampoco triunfó como jurista, ya que en segundo de carrera comprendió que lo suyo era la informática. Algo debió de aprender, puesto que se pasa la vida jugando con su tableta, antes de abandonar definitivamente la Universidad.
Con todo, Martin es un buen chico lleno de grandes y utópicos deseos. Ayer estaba indignado:
—¡Ni una tienda abierta en todo Madrid! ¿Es que no curra nadie en esta tierra?
—Es el día del trabajo —le recuerdo—.
—Más a mi favor. ¿Hay algo abierto esta tarde?
—Sí. Los confesonarios; el mío está abierto todo el día, y además hay rebajas. ¿Te espero?
Martin inclina de lado la cabeza con un gesto muy suyo, sonríe y me dispara con el dedo índice.
—Buen intento, don Henry. Pero hoy no…, mañana.


 

martes, 30 de abril de 2019

Volamos



Hace exactamente doce años comenzó a volar este globo.
—Cómo pasa el tiempo, don Enrique.
—Y usted que lo diga, doña Clotilde.
Era mayo de 2007 y acababa de terminar un retiro. Vivía en esta misma casa de Madrid y alguien me instó con sólidos argumentos a entrar en la blogosfera. Le contesté que la palabra blog me parecía horrenda.
—Prefiero llamarlo globo, la verdad. Al fin y al cabo poner una página en la red es como soltar un balón al aire para que flote sin rumbo en el espacio en busca de otros semejantes.
Desde entonces la blogosfera ha crecido mucho. Es como el universo, que, al decir de los expertos, está en continua expansión desde el instante mismo del big-bang.
 En este singular firmamento hay millones de blogs como el mío creados por gentes de todos los pelajes, lenguas y re­ligiones, que, no contentos con navegar por la red, ponen un escaparate y dan la cara, porque quieren ser vistos y expresarse a su manera.
Aquí uno encuentra de todo: especialistas en origami que trafican con figuras de papel; poetas incomprendidos (valga la redundancia); coleccionistas de bolígrafos; sectas destructivas; profetas alucinados que anuncian catástrofes siderales; políticos que matan por un  puñado de votos; navegantes solitarios sedientos de compañía; ideólogos con pocas ideas o sin ninguna en absoluto; adolescentes con acné en el alma; anoréxicas que se cuentan nuevos trucos para matarse de hambre sin que lo note mamá; depresivos afligidos; alcohólicos anónimos; borrachos conocidos; novelistas sin editor; cantantes sin discos; personajes en busca de autor; traficantes de mugre; obsesos sexuales; genios de cualquier doctrina que ofrecen sus servicios a bajo precio; misioneros heroicos que cuentan mil historias; sacerdotes que asesoran espiri­tualmente a quien lo pida...
En la blogosfera hay también restos de blogs abandonados que giran en órbita como harapos de recuerdos deshilachados. Hay versos perdidos, páginas de personas muertas, que nadie se ha molestado en cerrar, y proyectos de blogs que no se hicieron, y ahí siguen, ocupando un “espacio” que uno no sabe hasta dónde llega, en qué consiste, dónde está ni quién controla. 
La blogosfera es una ciudad aún más extensa que la Nínive del Profeta Jonás. Y, como en todas las ciudades, la vida va por barrios. Hay suburbios que es mejor no frecuentar para no correr el riesgo de recibir una cuchillada, de ser estafado por un gánster virtual o de ser corrompido con sobredosis de sexo salvaje.
Por tanto la blogosfera es peligrosa, sí, como Madrid, Nueva York o Tokio. Pero no hay que huir ni encerrarse en el gueto. Al contrario: hay que entrar; hay que crear nuevos barrios, urbanizar los viejos, limpiar la basura, poner un buen servicio de alcantarillado y echar la red (o sea, la web) para pescar, como Jesús pidió a San Pedro. Hay que crear nuevos ambientes, “remansos de aguas limpias” diría San Josemaría, y  ponerse la escafandra anti-mugre para explorar la selva: los leones esperan.
Hemos de inundar de contenidos saludables  este universo que está surgiendo y ya nos posee como Matrix. Es un deber. Gota a gota hay que llenar el mar. 
Cómo no recordar aquel punto de "Camino":  Eres, entre los tuyos —alma de após­tol—, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un pri­mer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho.    ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?
Yo ya lancé la piedra una vez —el blog es un globo sonda—, y ahora, doce años después, vuelve al ruedo. Entrad sin miedo, malditos. Se admiten okupas.





domingo, 28 de abril de 2019

La primera Comunión de María




Hace un par de años escribí este cuento para que lo leyera mi sobri-nieto Javi en el día de su primera Comunión. Como estaba previsto, a su madre le encantó y hasta soltó alguna lágrima. De Javi no me consta ninguna reacción especial.
Ahora que llegan las primeras comuniones de miles de niños y niñas, se lo dedico a cada uno con todo mi cariño.
*     *     *

Querido Javi.
Soy Gaby (o sea, Gabriel) y trabajo en el Cielo como Arcángel Custodio de la Virgen María.
Me ha contado tu tío que el día 20 de mayo vas a hacer la primera Comunión y, como él ahora está muy lejos, me pide que escriba un cuento para mandártelo como regalo.
Yo le he dicho que los Ángeles no sabemos inventar historias falsas. Sólo decimos la verdad; pero tu tío ha insistido:
—Por eso quiero que lo escribas tú. Javitxu se merece un cuento que no sea cuento. Seguro que en el Cielo hay mogollón de anécdotas que nadie hasta ahora ha puesto por escrito. ¿Por qué no nos explicas, por ejemplo, cómo fue la Primera Comunión de la Santísima Virgen?
Tenía razón. Así que le he arrancado a Rafael una de sus plumas de colores, la he mojado en tinta celeste color verde esmeralda y me he puesto a la tarea.
Aquí tienes el resultado:




San Juan Evangelista dando la Comunión a la Virgen (Iglesia de los Santos Juanes. Valencia)


La primera Comunión de María.



Era el día de Pentecostés. Acababa de venir a la tierra el Espíritu Santo, que se posó sobre las cabezas de los apóstoles dividido en pequeñas llamaradas. Un huracán luminoso alborotó el salón y oímos una música suave que venía del Cielo. San Pedro entonces se puso en pie, salió al balcón y pronunció un discurso ante la multitud. Hay que ver lo bien que le salió. Todos entendieron sus palabras gracias a que un centenar de ángeles políglotas hicieron la traducción simultánea a cincuenta o sesenta lenguas: le escucharon en griego, latín, francés, euskera, kikuyu, tagalo, mandarín, etc., cada uno solo en su idioma. Fue una pasada. Nunca se había hecho antes, pero era necesario que la gente supiese que había comenzado una nueva era. Nacía la Iglesia Católica y las puertas del Cielo se abrían de par en par para todos.
Enseguida empezaron los bautizos. Los apóstoles fueron de cabeza. Imagínate, 3.000 personas en una sola mañana. Y, como a partir de ese día ya era posible celebrar la Santa Misa, los recién bautizados y todos los que habían recibido al Espíritu Santo se pusieron en cola para comulgar por primera vez. Fue la Primera Comunión más numerosa de la historia.
—¿Y la Virgen?
Mi señora se había escondido en un rincón porque quería pasar inadvertida. Yo supuse que no comulgaría. Al fin y al cabo ya había recibido a Jesús muchos años atrás, cuando era una chiquilla y yo un arcángel novato. En aquella ocasión Dios mismo me envió a Nazaret para anunciarle que el Señor estaba impaciente por venir a la tierra y que, si daba su permiso, ella iba a ser la Madre del Mesías. Mi Señora dijo que sí y, a partir de ese instante, llevó a Jesús en su seno durante 9 meses. Eso era mucho más que una Comunión.
No caí en la cuenta de que la "Llena de Gracia" tenía más ganas que nadie de recibir a su Hijo por segunda vez ¡Quería hacer su Segunda-Primera Comunión! Y tenía todo el derecho del mundo.
Como comprenderás, querido Javi, la Virgen y yo teníamos ya largas conversaciones a solas. Nadie se daba cuenta porque no necesitábamos palabras para charlar y, por supuesto, sólo María podía verme. Para los demás, los ángeles somos invisibles. El caso es que el mismo día de Pentecostés me llamó la Señora y, con su delicadeza y cariño habituales, me dijo:
—Mira, Gaby, mañana por la mañana voy a hacer la Primera Comunión. Juan, que es el apóstol más joven y Jesús me lo encomendó antes de morir, celebrará la Eucaristía en casa por primera vez, y estaré yo sola con él. Pero hay un problema: cuando pasen los siglos, los niños y las niñas harán su primera comunión vestidos de fiesta. Yo tendría que darles ejemplo, y resulta que no tengo nada que ponerme. ¿Cómo puedo hacer la Primera Comunión con este vestido?
Me aparté un par de metros para mirarla con más atención, y quedé deslumbrado como me ocurre siempre. Si los hombres hubiesen visto a la Santísima Virgen como la veo yo a todas horas caerían rendidos a sus pies. Desde pequeñita hasta el final de su vida fue siempre la mujer más guapa que ha habido jamás. ¡Qué importa el vestido! Cualquier prenda parecerá una joya si lo lleva la Reina de los Ángeles y de los hombres.  Sus ojos verdes, enormes y transparentes, parecían iluminar la estancia entera.
María tenía casi sesenta años, y, claro, se le marcaban algunas arruguitas junto a sus ojos y la boca. Y su cabello era blanco, como el de casi todas las abuelas.
—No importa —le dije—; esto te lo arreglo yo en un plisplás. Encargaremos a los ángeles-modistos un vestido azul como el mar con ribetes de plata. Luego te pondremos una diadema de brillantes y esmeraldas y unos zapatos de cristal…
—No, Gaby —me interrumpió María—. No quiero eso. Yo soy la Esclava del Señor, y sólo me gustaría recuperar, arreglada y limpia, la ropa que llevé en Nazaret cuando me preguntaste si quería ser la madre de Jesús y yo te dije que sí…
—Pero, Señora, han pasado muchos años y tu vestías como una chica pobre de un pueblo muy pobre. Recuerdo que llevabas un delantal blanco sobre una falta gris y una blusa muy sencilla…
—Eso es lo que necesito. Nada más. Jesús no tuvo ningún inconveniente en vivir junto a mi corazón, a pesar de ese vestido. Con él fui a ver a mi prima, Isabel, y luego, camino de Belén. Lo tuve que lavar muchas veces y dejarlo al sol para que se secase… Ahora me gustaría poder hacer lo mismo. Seguro que el Señor estará contento.
Me retiré de la presencia de la Virgen. En mi casa del Cielo, guardado en un armario de marfil, estaba el vestido que yo mismo conservaba como recuerdo. También el pañuelo floreado de varios colores que María llevó en la cabeza. Lo extendí todo sobre una nube de algodón y llamé a los ángeles modistos para poner en práctica una pequeña travesura que se me había ocurrido.
*     *     *
Al día siguiente, en la misma habitación donde Jesús y los apóstoles tuvieron la última cena, San Juan celebró la Misa para su Madre, María. Ella, igual que en el Jueves Santo, amasó el Pan y preparó el Vino que se iban a convertir en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
—¿Sabes que estás muy guapa con ese vestido? —le dijo Juan, que se consideraba hijo de mi Señora, y la llamaba siempre "mamá"—. Te veo mucho más joven, como una chiquilla, con ese pañuelo en la cabeza. 
María se rió:
—Eso es porque me he tapado las canas.
Comenzó la Misa. Asistieron también dos amigas de la Señora: Salomé, que era la madre de Juan y Santiago, y María Magdalena. Sólo la Virgen se dio cuenta de que, además, en aquella pequeña estancia, había un coro de millones y millones de ángeles que cantábamos una melodía recién inventada, que sólo se oía en todos los rincones del Cielo.
Justo antes de la Comunión, San Juan dijo unas palabras a la Virgen. Le habló de aquel momento en que Jesús, desde lo alto de la cruz, le encomendó a él que cuidara de su Madre, y a María, que recibiera a Juan como hijo.
—¿Recuerdas, mamá? Pues ahora yo te digo lo mismo que nos dijo el Maestro: aquí tienes a tu Hijo. Te lo entrego por primera vez en forma de Pan. Y lo haré cada mañana hasta que los dos vayamos al Cielo.
María tomó el Cuerpo de Jesús y comulgó en silencio. En ese momento, San Juan y las dos mujeres que acompañaban a la Señora vieron bajar del Cielo una nubecilla luminosa que cubrió por un instante a la Santísima Virgen. Al disiparse la niebla, todo había cambiado: el rostro de María volvía a ser el mismo que yo vi en Nazaret, el de una chiquilla preciosa de 14 años. Su cabello negro había recuperado el brillo y el color de entonces, y ya no estaba sentada en un humilde taburete, sino en un trono de oro y terciopelo .
Lo del vestido fue cosa nuestra. Los ángeles diseñamos un modelo especial para ese momento: el pañuelo de la cabeza se había convertido en una corona de flores naturales que se entrelazaban con su cabelloy llenó la sala de una leve fragancia que no parecía de este mundo. Y elmodesto hábito de campesina que había elegido la Virgen se transformó de pronto en una espléndida túnica blanca con bordados de oro y plata en las mangas y sobre la cintura. Seis ángeles se hicieron visibles para llevar la cola del manto azul que completaba el atuendo de María. Y volvió a sonar la música que, ahora sí, todos pudieron oír con absoluta claridad.
*    *    *
¿Y ya está?
Por supuesto que no. Te contaré un secreto: para celebrar ese día, los ángeles creamos una receta nueva: la del chocolate con churros, que, desde entonces, ha tenido bastante éxito en casi todas las primeras comuniones.