sábado, 24 de agosto de 2019

El arte de la tertulia


 
 Tertulia sobre Harry Potter. ¿Cómo no me avisaron a mí?



—Tertulia es una reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o recrearse.
—No, abuela, no. Eso sería en tus tiempo.
—Pues es lo que dice el diccionario de la Academia.
—El diccionario dirá lo que le parezca, pero ahora se entiende por tertulia un conjunto de personas que se pelean a grito pelado en la radio o en la tele para entretener a un público sediento de sangre.
—Tampoco exageres. Hay de todo…
—Sí, es cierto: hay tertulias de madrugada que agitan al durmiente, lo sacan de la cama y contribuyen a que permanezca despierto después del primer café mientras conduce hacia su puesto de trabajo. Son debates políticos en los que todos opinan de todo, nadie rectifica jamás, y son muy útiles para amenizar los atascos de la primera hora punta. También hay tertulias de media tarde, que ayudan a hacer la digestión. Han sustituido a las transmisiones del tour de Francia, cuando dormitábamos con Indurain o Perico. Ahora aparecen unos contertulios que se insultan y/o se besuquean entre sí mientras hacen juicios temerarios, asaltan intimidades ajenas, murmuran, difaman o calumnian ante un público orondo y fisgón que aplaude entusiasta a los protagonistas de la farsa.
—Chico, como te pones… Yo suelo oír una tertulia nocturna donde se habla de cine.
—Sí. Esas tertulias son otra cosa. Los participantes conversan como personas civilizadas y consiguen que los oyentes se adormezcan a medida que languidece la conversación.
—Entonces ¿eres partidario de estas últimas?
—Tampoco. A mí lo que me gustaría es que aplicáramos el criterio de la academia. "una reunión para conversar y recrearse"
—Ojalá fuera posible.
—Lo es. Eso es lo que hemos hecho en La Acebeda durante estos últimos veinte días. Después de comer nos reuníamos en el cuarto de estar y charlábamos sin más. Yago nos ha hablado de Lituania, el país que le ha adoptado. Jorge ha recordado mil aventuras por veintitrés naciones. Carlos, que es un prestigioso cirujano y profesor, nos cuenta historias de la ONG que ha fundado, y así sucesivamente. Sin gritos, sin debates. En la tertulia se escucha, se aprende y, si aprieta el calor, uno puede echar una cabezada.
A veces pienso que el Cielo se parecerá a una pequeña gran tertulia de familia. 

viernes, 23 de agosto de 2019

Propósitos para comenzar el curso




No decir nunca "esto ya lo sé". Seguir aprendiendo hasta que comprenda que mi ignorancia seguirá creciendo sin freno, alimentada por la soberbia.
Aprender de los jóvenes y de los viejos; también de los niños; de los incultos y de los ilustrados; de los tontos y de los listos; de los hombres y de las mujeres; de los que llamo "buenos" y de los que pienso que son "malos".
Aprender a escuchar ajustando bien los audífonos del alma para no perder una sílaba.
Aprender a mirar a los ojos de quien me habla hasta descubrir la chispa de verdad, de bondad y de sabiduría que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre.
No poner etiquetas a nadie. Arrancar sin contemplaciones las que yo puse en el pasado.  
Romper la libreta negra en la que apunto las ofensas recibidas y estrenar otra de colores para ir anotando las mil cosas buenas que me entregan gratis cada día.
Repasar una vez a la semana esta entrada del globo.

jueves, 22 de agosto de 2019

Un taxista "incallable"



No es la primera vez que me acusan de inventarme las anécdotas que cuento de palabra o por escrito. Yo suelo responder —y es la verdad— que me gusta provocarlas buscando la conversación con las gentes que aparecen en mi camino. A veces basta una palabra, una pregunta inocente o incluso un simple gesto para que alguien responda y surja una historia. Cuando esto ocurre uno no tiene más remedio que entrar al trapo, y escuchar, que es, al fin y al cabo, lo que todos esperan de un sacerdote.

Ayer, sin ir más lejos, fui a Madrid, y como tenía una cita en una calle del centro, donde los automóviles normales tienen prohibido el acceso, dejé el mío en un parking y tomé un taxi aprovechando que la compañía free now me concede un 25% de descuento hasta fin de mes.
El taxista estaba notoriamente enfadado. Nada más subir al coche, se desahogó conmigo poniendo de vuelta y media, por este orden, a los turistas borrachos, a los jóvenes que salen colocados de las discotecas, a los hinchas del Getafe, a los del Real Madrid, y a su cuñada María Luisa. Apenas se hubo calmado, la tomó conmigo:
—¡Que le voy a decir yo a usted, que no sepa! Seguro que oye muchos cuentos. Pero no se fíe. ¡Hay mucho hipócrita, padre! Y los curas se lo tragan todo. Mire, hace tres días se me monta una señora mayor en el coche; parecía la mar de seria, pero la muy..., me vomita en el asiento la borrachera que llevaba. 
El taxista habló y habló sin parar un instante hasta llegar a mi destino. Para entonces ya me había contado que es "bastante católico", que va a Misa siempre que puede, pero que no aguanta a los curas (usted perdone, padre) porque tienen mucho morro y poco fundamento; que se casó por la Iglesia con su primera mujer y que lo hará con la segunda si le dejan, porque ella dice que no es lo mismo ir al juzgado…
No pude responder a todas las cuestiones que me planteó, ya que debía abandonar el coche sin detenerme porque estábamos en una calle estrecha y con mucho tráfico; pero él sí que tuvo tiempo para añadir:
—Usted sería buen taxista, porque sabe escuchar. Algunos compañeros hablan demasiado. Yo en cambio oigo, ¿sabe usted? Esto es como un confesonario.
Quizá tendría razón si se callara de vez en cuando y dejara meter baza a sus clientes.  

martes, 20 de agosto de 2019

Lecturas de agosto




Ya apenas leo libros de papel. Añoro su textura, el aroma que desprenden cuando se abren por primera vez. Hojear un libro y oír el aleteo de sus páginas recién estrenadas es un pequeño placer del que nos privan las nuevas tecnologías.
Por otra parte, desde que manejo un lector electrónico, un kindle que me trajeron los reyes hace tres años, puedo permitirme el lujo de leer más que nunca; a veces cuatro o cinco libros al mismo tiempo. En este pequeño aparatito lo tengo todo: desde los nosecuántos tomos de la Biblia de Navarra hasta la colección completa de mis novelas negras favoritas —Chandler, Ross Mac Donald, Hammett— y, por supuesto, cientos de esquemas de homilías, meditaciones y clases que yo mismo he ido elaborando.
Llega el verano y no necesito trasportar un quintal de libros en el maletero del coche para descansar de la civilización. Me basta con el kindle. Durante estos días estoy leyendo
  • "En vanguardia", de Mercedes Montero. La mejor biografía de Guadalupe Ortiz de Landázuri escrita hasta la fecha. Ya soy fan de Guadalupe gracias a este libro.
  • La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán. Un relato ameno y bastante riguroso de la gran epopeya que protagonizó España en aquellos siglos. Sería un libro muy recomendable, incluso para niños, si no fuera por algunas descripciones zafias e innecesariamente sensuales.  
  • Juegos de la edad tardía, de Luis Landero. tercera relectura. Ya hablé aquí de esta sorprendente novela.
  • Los Buddenbrook, de Thomas Mann, una fantástica novela que sólo puede saborearse poquito a poco. Thomas Mann se complace en ser un verdadero ladrillo; pero vale la pena.
  • Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, tercera o cuarta relectura del gran poeta de la ciencia ficción. Un clásico que nunca hay que perder de vista.
  • Coplillas del Marqués de Santillana. Un capricho.
  • Y, por supuesto, El criticón, de Baltasar Gracián, mi libro de cabecera desde hace más de veinte años. Cada día leo, al menos, una página.
¿De verdad estoy leyendo todo esto a la vez? Me temo que sí. De hecho he elaborado esta lista para convencerme a mí mismo de que es posible pasárselo en grande sin ver una sola serie de Netflix.

domingo, 18 de agosto de 2019

Demasiado personal



A veces no sé cómo etiquetar mis entradas en el blog. En muchos casos suelo incluirlas en ese cajón de sastre que llamo "diario". Luego pienso que, en efecto, esto parece un diario, incluso un diario íntimo que lanzo a la red con una desvergüenza digna de mejor causa.
Hoy, por ejemplo, llevo todo el día pensando en lo que hago aquí, en las meditaciones que predico cada día y en las conversaciones personales que mantengo con los que vienen a mi despacho en busca de consejo o de ayuda.
Llega la noche, hago examen de conciencia y pienso, en la presencia de Dios, que tengo mucha cara: "sermoneo" desde una mesa en el presbiterio y lo hago con cierta elocuencia, porque ya son 50 años de práctica pastoral. Y, sí, alguna vez me siento la mar de ufano… ¡Qué forma tan tonta de  hacer el ridículo delate del Sagrario! Por eso, al acabar, me siento avergonzado. Sé que algunos de los que me escuchan son más sabios, más santos y, por supuesto, más humildes que yo.
Entonces hago el propósito de no "pontificar", de predicarme a mí mismo y aplicarme el cuento luchando personalmente en aquello que "exijo" de los demás con tanta desfachatez. 
No sé si colgaré en el globo esta reflexión. Si lo hago esta noche, por favor, hoy no me llevéis la contraria.

sábado, 17 de agosto de 2019

Ferragosto




Si buscáis ferragosto en Internet encontraréis unas cuantas páginas copiadas las unas de las otras en las que se dice que se trata de una palabra italiana derivada del latín  feriae Augusti. A continuación, aseguran que comprende una serie de festividades introducidas por el emperador Ottaviano Augusto en el siglo XVIII a.C. (sic).
Como comprenderéis, en el siglo XVIII antes de Cristo no existía Octavio Augusto, ni Roma, ni el Imperio; pero en Internet vale casi todo. El primero en escribir esa tontería lo más probable es que no tuviera culpa alguna. Fue sólo una errata. Pero los que la reproducen sin detenerse a reflexionar un instante deberían darse golpes de pecho por plagiarios y copiones.
Ferragosto, en cualquier caso, es el tiempo de la canícula; otra palabra interesante que, según mi amiga la wikipedia, deriva de "can" (perro). Su alusión a la temperatura agobiante de estos días "tiene un fundamento astronómico: alude a la constelación Can Mayor y a su estrella Sirio, La Abrasadora, cuyo orto helíaco coincidía con el fenómeno de calor abrasivo".
El caso es que la canícula del ferragosto tiene un efecto hipnótico y soporífero. Mis neuronas se adormecen, mi imaginación se atrofia, mi escaso ingenio se esfuma, y la indolencia, la apatía, la desidia  y —ay de mí— también la pereza, toman el mando de mi vida. Sólo espero que no se desinfle el globo, que pueda seguir volando hasta que lleguen las aguas de septiembre.
A la mayoría de mis escasos lectores esto les trae sin cuidado: casi todos están de vacaciones y no entrarán en esta página hasta el mes que viene. Yo tampoco lo haría. Los de Bilbao somos un poco anfibios; necesitamos sentir el agua en la piel para seguir vivos. A la espera de esa ducha revitalizadora, he comenzado a releer por tercera vez una novela lenta, melancólica y brillante como pocas; "diálogos de la edad tardía". Luis Landero debió de tardar un siglo en escribirla. Yo me lo imagino acariciando cada palabra, buscando metáforas insólitas, gustándose y recreándose en cada frase. Como un torero que se resistiera a entrar a matar seducido por la bravura del morlaco, el escritor juega con el capote de su peculiar diccionario, sin prisa por atacar la historia.
Sin embargo, gracias a sus artes de ilusionista, Landero consigue hipnotizar a los lectores; a mí también, sobre todo en este tiempo, que se desliza lánguido por el desierto abrasador de la canícula.

jueves, 15 de agosto de 2019

Se ha dormido la Madre de Dios





Cientos —quizá miles— de pueblos y ciudades de España celebran hoy sus fiestas patronales, asociándose a la gran solemnidad que llena la liturgia de Iglesia Universal; la Asunción de la Santísima Virgen al Cielo.
Miraflores de la Sierra también está de fiesta. Hay farolillos, tenderetes, churros y toda suerte de festejos para la gran multitud que abarrota el pueblo. También hay un pequeño santuario al aire libre, una gruta dedicada a la Virgen de Begoña, que recibirá montones de visitas. Yo me acercaré mañana. Hoy me conformo con verla desde la terraza de La Acebeda con los prismáticos pajareros que siempre me acompañan.
Esta mañana, durante la Santa Misa, me ha venido a la memoria otra imagen; la de la dormición de la Santísima Virgen que preside una pequeña capilla junto a la cripta de la Iglesia prelaticia del Opus Dei, en Roma. He rezado allí cientos de veces y he visto cómo los peregrinos que pasaban camino de la tumba donde estaba enterrado entonces el Fundador de la Obra, se detenían un momento, miraban a la Señora y tocaban con la punta de los dedos la urna de cristal en la que duerme la Virgen.
Es una imagen bellísima. Nuestra Madre, engalanada como una reina, con un vestido blanco, tiene el rostro de una chiquilla; como si al final de su vida, hubiese recuperado la hermosura que le corresponde —también en el cuerpo— por ser Llena de Gracia. Su Hijo quiso llevársela así al Cielo. Necesitaba sentir el calor de su regazo, los latidos de su corazón de carne, la caricia de sus manos maternales.
Hoy tengo la memoria llena de recuerdos de esta fecha. Debería escribirlos, ya lo sé, pero el tiempo que dedico al globo se termina. Tal vez mañana.  



Gruta de la Virgen de Begoña

martes, 13 de agosto de 2019

El frío congeló las lágrimas de San Lorenzo.



 El frío y la luna. Cuando me puse en pie a las tres de la madrugada para mirar al Cielo, el termómetro del jardín marcaba 12 grados; demasiado frío para el mes de agosto y para mis pobres recursos indumentarios. El jersey no pudo evitar mi primer estornudo. Además estaba la luna, redonda, brillante y soberbia como un doblón de oro. Con semejante lámpara no había forma de ver el vuelo de las perseidas. A San Lorenzo se le secaron las lágrimas.
Todos los años me ocurre lo mismo. Unas veces son las nubes; otras, lo que los cursis llaman la  "contaminación lumínica"; el año pasado, los pinos de Valsaín… Ingenuo de mí. ¿Por qué seguiré buscando las lágrimas de San Lorenzo? En el fondo ¿qué importa si el cielo chisporrotea más o menos? Además, "pedir un deseo" con la esperanza de que una estrella fugaz nos lo conceda, ¿no es una superstición un poco tonta?
En eso pensaba yo cuando me metí de nuevo entre las sábanas. Tardé un rato en recuperar el sueño: al menos dos minutos. Me desperté a las 7 un tanto confuso: ¿había soñado mi breve expedición por el jardín? Por un momento pensé que sí; pero el frío de mis pies era demasiado real.
Teníamos retiro, y como siempre volví a salir al jardín para ver amanecer. En esta ocasión, una bandada de rabilargos pasó frente a mí como un rayo azul. No eran perseidas, pero me sirvieron.

 
Rabilargos 

lunes, 12 de agosto de 2019

Un paseo


 La llaman Plaza del álamo, pero en realidad hay un olmo que murió de grafiosis hace veinte años

Ayer decidí salir de casa por la mañana. La temperatura era muy agradable y había cesado el viento. Seguro que las aves de la zona darían la cara.
A las 11, con los prismáticos al cuello y, vestido de ornitómano, tomé el camino que baja hacia Miraflores de la Sierra. Fue un paseo muy agradable, y, sí, pude charlar con algún que otro pájaro. Interesante, sobre todo, mi conversación con un alcaudón común (lanius senator) que desde su posadero en una rama se lanzó a tierra y regresó con una pequeña lagartija en el pico.
El alcaudón es una mini rapaz, un pájaro cazador y carnicero ("lanius" significa eso, carnicero) que empala sus presas en los espinos y las deja allí colgadas para devorarlas más adelante. Así son las cosas en la naturaleza: nos comemos los unos a los otros y, gracias a eso, la vida se abre camino.
El caso es que llegué al pueblo, y pronto hubo complicaciones: una amable señora vino a mi encuentro alborozada:
—¡Don Enrique, qué alegría!, ¿Está en la Acebeda? ¿No se acuerda de mí? Hace cinco años…
Yo, que no recordaba nada, puse cara de póquer y me dejé invitar a un refresco con su marido, que también me conocía, y sus tres niños. Me despedí en cuanto pude, y apenas había dado diez pasos cuando apareció una antigua alumna del cole.
—¡Pero qué sorpresa…!¿Sabe con quién estoy aquí…?
Creo que se me dan mal estos encuentros inesperados, especialmente cuando me he desprendido del uniforme y llevo una camisa tropical y un pantalón vaquero. Es cierto que me emociona comprobar que me conoce muchas personas de todas las edades. Es la consecuencia lógica de haber predicado centenares de retiros y pláticas, de haber sido capellán de un colegio durante dieciocho inolvidables años y, en definitiva, de ser ya un viejo inofensivo que se deja asaltar por la calle.
Volví a casa por el mismo camino dando gracias a Dios por tanta gente buena con las que uno se cruza. El alcaudón seguía en su rama oteando el horizonte, pero no me detuve.     
Alcaudón común