miércoles, 14 de noviembre de 2007

Otra memoria histórica


Hace unos días terminé de leer en Molinoviejo una admirable antología de lo mejor y lo más significativo del periodismo literario durante la Segunda República española. Se titula “República, periodismo y literatura” y su autor es Javier Gutiérrez Palacio, doctor en Literatura Hispánica y director del Centro universitario Villanueva.

El libro, editado por la Asociación de la Prensa de Madrid y por el propio Centro Villanueva, tiene casi mil páginas, con un espléndido estudio preliminar sobre el periodismo literario en España, una introducción a cada uno de los autores y más de 200 fotografías de la época.

Por aquí desfilan Azorín, Baroja, Alberti, Fernández Flórez, Machado, Camba, Américo Castro, Madariaga, Indalecio Prieto, Ortega, Unamuno…, hasta un total de 68 autores de primera fila, con cientos de artículos de indudable interés y belleza.

No tengo tiempo hoy de hacer un comentario más largo; pero quiero dejar constancia de que he disfrutado mucho con esta auténtica “memoria histórica” de la época. Os la recomiendo.

El libro me ha durado casi año y medio. Lo he tenido a mano durante meses y he ido leyéndolo muy despacio, paladeando cada artículo. Me ha dado pena terminar, pero no importa: seguiré picoteando un año más.


martes, 13 de noviembre de 2007

Mi barrio


Mi barrio son cuatro calles del Barrio de Salamanca. Nunca he vivido aquí, pero es mi barrio porque trabajo y pateo esta zona desde hace veinticinco años.

Aquí conocí a Pablo, el mendigo canario que ya regresó a su tierra; a Raquel, la mendiga presumida; a Mariano el Gordo, del que aún no he contado nada. Y a Stalin, el ecuatoriano que trabaja en lo que puede, pero no quiere pedir, “porque eso no es de hombres”.

De Stalin —Manolo para los amigos— escribí algo hace un mes; pero ayer volví a encontrármelo a la entrada del Mercado de la Paz.

—Padre, tengo que pedirle un favor.

—Dime.

—¿Usted me podría hacer un papel en el que se diga que estoy bautizado?

—¿Y estás bautizado de verdad?

—Mi papá dice que no.

—¿Y para qué quieres el papel?

—Para casarme. Mi novia quiere casarse en la iglesia, y no nos dejan si no tenemos bien los papeles…

Ya sospechaba yo que un padre que llama Stalin a su hijo no estaría muy dispuesto a llevar al niño a la iglesia.

Le explico a Manolo —llamémoslo así— que un papel no es suficiente, y menos aún si es falso…

—Vamos a ver, ¿tú quieres bautizarte?

—Cómo no, padre. Yo soy cristiano. Y creo en la Virgen. Y mi novia también.

A todo esto, como el bueno de Manolo hablaba casi a gritos, enseguida me vi rodeado por un grupo de amigos, probablemente de su tierra. Tan pública fue nuestra conversación, que no me importa reproducirla en el blog.

Quedamos en vernos hoy y charlar con más calma.





lunes, 12 de noviembre de 2007

Rectifico

Los más adictos a este blog quizá echéis de menos un video que rueda por la red y que yo mismo puse ayer. Lo he suprimido.

No me ha convencido Kloster, sino Carmelo, un lector amable y sensato.

Sigamos adelante y procuremos que no nos falte sentido del humor, pero siempre con "buen" humor. Sin ofender a nadie.

La Reina de Molinoviejo


Me reprocha María, con razón, que en ninguna de las tres entradas sobre Molinoviejo, haya citado a la Dueña de la Casa, la Virgen de la ermita. Aquí tenéis un par de fotografías.

La imagen es de madera policromada. San Josemaría le dio la advocación de Madre del Amor Hermoso. La Virgen viste una túnica cobriza con irisaciones doradas, una capa de color verde y oro, y se cubre la cabeza con un velo de la misma tonalidad dorada que la túnica del Niño. La Madre y el Hijo están descalzos.

En 1987, por indicación de don Álvaro del Portillo, la Virgen y el Niño recibieron sendas coronas doradas.

Santa María está sentada sobre un trono de madera, imitación de piedra y porta en la mano derecha un cetro coronado por la cruz; con la izquierda sostiene al Hijo, sentado en su regazo. El Niño bendice con la diestra y en la otra mano tiene una paloma.

sábado, 10 de noviembre de 2007

El servidor público



Aquel abnegado servidor público hablaba de sí mismo en tercera persona y poniendo siempre el cargo por delante.

—Decir "yo" está al alcance de cualquiera —explicaba a su cónyuge—. Todo el mundo puede usar ese insignificante monosílabo. Pero estás casada con un servidor público, que debe mantener y expresar su dignidad en cada frase.

Por eso él prefería aludir a su persona proclamando, por ejemplo: "este diputado está en condiciones de afirmar que..."

Cuando le nombraron concejal, la abstracción subió un grado: "la concejalía de cultura opina..." Y cuando llegó a ministro, el cargo llenó por completo su vida:

—¿Quieres jamón, querido?

—Gracias. Este ministro tomará un poco. ¿Es ibérico, verdad, amor mío?

—Legítimo de bellota, dilecto prócer.

Un día decidió que, en adelante, nada de calificativos triviales para las palabras que salieran de su boca. Él no hablaría como todo el mundo. Él emitiría "declaraciones", "comunicados", "desmentidos" y, si acaso, algún que otro "off the record" en el ámbito más intimo de sus relaciones conyugales. Así, por ejemplo, si un día se le ocurría manifestar que hacía calor, las afirmación "hay que ver como aprieta el sol en verano" debería considerarse una "declaración", cuya trascendencia sería valorada por sus habituales turiferarios. Sin embargo, la frase "cielo, voy a darme un chapuzón en la piscina", tendría el carácter de "comunicado".

Después de muchos años, el servidor público fue desposeído de todos sus cargos y prebendas. Regresó a casa, tocó al timbre de la puerta y se oyó una voz femenina:

—¿Quién es?

El ex servidor público sollozó debilmente antes de responder:

—Soy Paquito.





Los colores de Molinoviejo (II)

El pabellón



Después de un paseo breve por el jardín, regreso a “la casa antigua”, a la vieja entrada que crucé por primera vez en 1960. La piel de Molinoviejo, al caer la tarde, se enciende en rojos y ocres, como este sol de otoño, que ya empieza a desangrarse lentamente al otro lado del muro.

Comienza la tradicional bronca vespertina entre las urracas y las ardillas, que buscan acomodo para pasar la noche en lo alto de los pinos. El viento de la sierra me enciende también a mí las orejas, pero me detengo un momento: “aquí, exactamente aquí, tuve mi primera tertulia con San Josemaría en el mes de septiembre de 1960”.

Acababa de terminar el segundo curso de Derecho, y estaba pasando unos días de convivencia con otros veintitantos estudiantes de España y Portugal que habíamos pedido la admisión en el Opus Dei poco antes. Aprovechábamos las vacaciones de verano para recibir una formación doctrinal específica y para conocer mejor la espiritualidad de la Obra.

Lo cierto es que nos lo pasábamos en grande haciendo deporte, bañándonos en la piscina y conociendo la región, cuando recibimos la insólita noticia de que venía a pasar con nosotros unas horas el Padre, el Fundador del Opus Dei.


Llegó a las cinco en punto de la tarde.


(Ahora debería llenar dos docenas de pantallas de ordenador para relatar las horas que pasamos junto a un santo. Pero yo sólo quería contaros una anécdota).

Había terminado la tertulia. Los veintitantos chavales nos esforzábamos por reconstruir en un papel lo que nos había contado. Mientras tanto, San Josemaría, acompañado por don Álvaro del Portillo y por don Manuel Sancristoval, paseaba por el campo de fútbol de la finca.

Alguien se acercó a nosotros y se dirigió a mí:

—El Padre quiere verte.

—¿A mí?

—Sí, anda, vete corriendo, que te espera.

Corriendo no fui, porque en aquella época yo era bastante tímido y me temblaban hasta las orejas; pero, en pocos segundos estuve a su lado.

San Josemaría me dio un abrazo, y me contó con todo detalle cómo se enteró de un famoso accidente que sufrió mi mollera en el autobús del colegio Gaztelueta por sacar medio cuerpo por la ventanilla. Me dijo que rezó por mí desde el primer momento. Y añadió:

—Pedí al Señor dos favores: que te curaras pronto y del todo y que, con el tiempo, recibieras la vocación al Opus Dei.

Por último me ofreció un regalo por ser la vocación más antigua de Gaztelueta: una pequeña cruz de palo, de madera negra sacada del viejo artesonado de la ermita de Molinoviejo, igual a las que entregaba a las primeras vocaciones de cada país. Me hizo notar que mi colegio es la primera obra corporativa de enseñanza que tuvo el Opus Dei en el mundo, y que Dios me pediría cuenta por haber estudiado allí. Yo estaba tan emocionado y tan avergonzado que no sabía cómo responder.

—Escríbeme a Roma y te mandaré la cruz. ¿Te acordarás?

—¡Claro!

Me temo que no fui capaz de decir ni una palabra más.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Los colores de Molinoviejo (I)

Entrada de la casa antigua



Ayer llamé “caserón” a Molinoviejo. Valiente tontería. En esta finca hay ahora varias casas de retiros que, con el paso de los años, fueron injertándose en el primer edificio sin alterar su estilo ni su carácter. Hay también un pabellón para convivencias destinado a gente joven, y un campo de fútbol, un camino empedrado de historias, unos pinos esbeltos y altísimos que se balancean con el viento. Y la Sierra, con la Mujer Muerta al fondo, que la nieve amortaja de tanto en tanto.

Mientras paseo entre los pinos compruebo que, sin cambiar nada, aquí han cambiado muchas cosas. Molinoviejo sigue siendo el mismo, pero ha crecido. Nadie ha puesto sus manos sobre mis recuerdos. Ahí siguen, prendidos en las ramas de los árboles, en la ermita, en el viejo oratorio de la casa antigua, en la chimenea de granito que preside la sala de estar, que yo conocí en 1960…

Cuando caiga la tarde encenderemos esa chimenea, grande, acogedora y familiar, y, durante la tertulia, permaneceremos con la vista clavada en el fuego, porque el fuego hipnotiza, igual que hipnotiza el mar.

Es sencillo narrar en voz baja viejas aventuras mientras arden los troncos en el fondo del hogar. Fijar la vista en el fuego ayuda, quién sabe por qué, a contar cuentos, a leer poemas o a hacer confidencias. Y Molinoviejo está cargado de tantas historias… Muchas de ellas nunca serán escritas porque pertenecen a la intimidad de los que, en esta casa, dejaron que Dios les hablara y les cambiara el alma, pero hay otras…

Mañana contaré una.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Molinoviejo



Dentro de diez minutos salgo hacia Molinoviejo, una casa de Retiros que crece desde hace 60 años en la ladera Norte de la Sierra, en la Provincia de Segovia. Yo la conocí cuando era muy pequeña, entrañable e incómoda. Ahora se ha convertido en todo un caserón confortable donde se reza muy bien, con una vieja ermita llena de recuerdos.

Allí estaré hasta el domingo. En Molinoviejo los ángeles pasean entre los pinos. Espero entrar en la red un rato y poner algún "pensierino".

Esto parece un diario íntimo. Sí, qué le vamos a hacer. Para que, en efecto, lo sea del todo, confieso sin el menor pudor que estoy cansado. El regreso de Canarias fue agotador y la Terminal 4 de Madrid remató la faena.

Ahora voy a dar un breve curso de retiro. Me vendrá muy bien trabajar de otra manera, bajando el ritmo y moderando las pulsaciones.


miércoles, 7 de noviembre de 2007

Felicidades


Se me enfada Pascalle si doy más datos; pero no puedo terminar el día sin dejar constancia en el blog de que hoy ha cumplido años alguien a quien quiero mucho.

El 7 de noviembre de 1983. Estábamos en Madrid y yo le pregunté si quería que le regalase algo por su cumple. Me dijo que sí: que dejara de fumar.

Apagué el pitillo, regalé las cuatro pipas que tenía, y hasta hoy.

Los de Bilbao somos así.