miércoles, 19 de septiembre de 2007

Muestrario de cenizos



Este aguilucho se llama "cenizo", pero me cae bien


Hoy he leído este viejo artículo a una pasota de 17 años. Lo ha oído con gesto escéptico, la mirada perdida en la pared de enfrente y la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Al llegar al último párrafo, cuando hablo de “tortícolis espiritual”, se ha enderezado bruscamente.

El Prof. Kloster, tantas veces citado, acaba de publicar un meritorio trabajo titulado "Elenco de agoreros, cenizos, gafes, malasombras y otras plagas". Hoy me propongo comentar algo del estudio de tan eminente investigador.

Se entiende por cenizo aquel espécimen relativamente humano que sólo ve la parte lóbrega de las cosas: cuando hace sol, llora por la sequía; cuando llueve, profetiza inundaciones. Para él, las botellas mediadas están siempre medio vacías; considera que la salud es un estado transitorio que no presagia nada bueno; asegura que no hay situación tan desesperada que no pueda agravarse, y piensa que los seres humanos sólo somos sólo unos muertos que están de vacaciones.

El prof. Kloster distingue hasta ocho tribus de cenizos; pero nos fijaremos sólo en dos: los llamados cenizos afligidos y los destructivos.

El cenizo afligido está convencido de que todo sale siempre mal, pero no lo dice: se limita a mirar al prójimo con aire atribulado cada vez que éste se propone algo “imposible”. Y, si, a pesar de todo, lo alcanza, verá en ese éxito un signo evidente de que la catástrofe final será aún mayor.

Sus expresiones favoritas son: “se veía venir”; “más dura será la caída”; “ya te lo decía yo”; “no por mucho madrugar amanece más temprano”, etc. Todo lo cual le sirve para no madrugar y para no correr riesgos, por el sencillo procedimiento de abstenerse de tomar decisiones.

El cenizo destructivo es más peligroso, y a su vez se divide en dos razas: el cenizo proselitista (gafoide) y el suicida (o gafe). El primero se dedica vocacionalmente a cortar las alas de los demás. A tan triste cirugía consagra sus mejores esfuerzos. Pone todo su entusiasmo en desentusiasmar a los entusiastas, y se siente feliz si lo logra. Sus frases más repetidas son: “no seas loco”; “te arrepentirás”; “fíjate en Lupe, que también se casó con un murciano y ya está separada”; “ni se te ocurra hacerte cura: te saldrás”, etc. Y es que los cenizos proselitistas tienden a suponer que un proyecto que comprometa del todo sólo puede nacer de la neurosis o de la manipulación mental. De ahí que luchen con toda el alma para evitar que los demás abandonen ese estado letárgico de coma espiritual en el que suponen se encuentra la felicidad.

Capítulo aparte merece el cenizo suicida. Se trata de un sujeto que, cuando no tiene más remedio, emprende tareas de cierta entidad, pero siempre con la convicción de que no prosperarán. Este cenizo, también llamado gafe, capta con sorprendente precisión todos los obstáculos que se le pueden presentar en el camino…, y se estrella metódicamente en cada uno.

A Pitufa, por ejemplo, me la encontré un día con sus dos piernas escayoladas y un dramática funda de esparadrapo en la nariz.

—¿Pero, qué te ha ocurrido?

—¿Y qué quiere que me ocurra?: que yo no valgo para esto…

Entre balbuceos me contó la historia. Acababa de sacar el carnet de conducir al quinto intento; se puso al volante de su Ibiza recién comprado, y tomó la carretera de la costa para hacer prácticas.

—Ya. Y te caíste al mar…

—¡No! Me pegué con un árbol.

—¿Un árbol…? No recuerdo que haya ninguno por esa zona.

—Sí. Hay uno —me contestó con aire compungido—… Lo vi enseguida a lo lejos, y comprendí que era el fin. Se me agarrotaron las manos. No podía apartar la vista del árbol ni aflojar el pie del acelerador: empecé a repetir: “me la pego, me la pego…” Y, claro, me la pegué.

Entendámonos: no es cierto que los gafes traigan desgracias a los demás. El gafe, en realidad, polariza los males sobre sí mismo. Es un pararrayos, que llama, e incluso convierte en reales, las dificultades que sólo existían en su imaginación.

El cenizo suicida es una permanente amenaza para sí mismo. Y, como la especie aumenta, el mundo se va llenando de tipos que, en el terreno profesional y en el espiritual, en sus amores humanos y en el amor a Dios sólo ven las piedras que van a encontrar en el camino. Como a Pitufa, se les dilatan las pupilas contemplando el obstáculo, y repiten: “me la pego, me la pego, me la pego…”

La castaña es inevitable.

La cura de tan dramática enfermedad es sencilla si se diagnostica en la edad del pavo, que es cuando suelen aparecer los primeros síntomas. Hablo de esos chavales que, a la hora de elegir carrera, acaban buscando “una facilita”, porque tiemblan ante el riesgo de fracasar; de los que no se entregan a Dios porque se obsesionan con los mil tropiezos que sin duda sufrirán: de los enfermos de tortícolis espiritual, que no saben levantar la cabeza para mirar a lo alto, a la meta, porque tienen miedo a ilusionarse, a amar, a vivir. Hablo también de algunos pasotas de quince años que, en el fondo, son sólo unos pobres cobardes, que están “de vuelta” sin haberse atrevido jamás a estar “de ida”…

Al llegar a este punto he pedido su opinión a mi “escuchante”. Ella ha agitado su melena, se ha quedado unos segundos callada y me ha dicho:

—Jo, no sé.

5 comentarios:

Juanan dijo...

Es peligroso eso de ser gafe...

Verónica dijo...

Don Enrique, su blogg engancha que es una barbaridad, que dirían en La Verbena de la Paloma. Según Julián Marías, q.e.p.d, lo del "ya te lo decía yo", viendo cómodamente los toros desde la barrera, es patrimonio -sobre todo o en gran parte- de algunas féminas que van (o vamos) de listillas... Y es que sienta fatal que te digan eso cuando te acabas de pegar la torta. Espero no decírselo a nadie jamás.

Y en cuanto a los gafes, ellos se lo pierden. No están hechos para las grandes empresas. Creo que era San Ignacio el que decía aquéllo de que "Santo no es el que nunca ha caído, sino el que siempre se levanta".

Gracias por el artículo, y por el blogg. No deje de escribir mientras le quede aliento.

Enrique Monasterio dijo...

Verónica, lo del aliento..., ¿acaso me ves en estado terminal?

Verónica dijo...

Para nada, Don Enrique, para nada. En plena forma.

Anónimo dijo...

Y qué nombre recibirían esa mezcla de cenizos sin autoestima que siempre piensan que hacen las cosas mal, que tienen la culpa de todo, y que se pasan la vida intentando agradar a los demás?